La tenue línea

 Un bello lugar | La tenue línea

Un amigo no deja de repetirme que cada vez que circula por la autovía Jaén-Granada se acuerda de mí al pasar por La Cerradura: cuéntame, me dice, cómo un tosiriano afincado en Jaén ha podido convertirse en un cerradureño - en un riostro, le corrijo yo- tan indudablemente arraigado, porque, insiste, no dejo de preguntarme cuántos pretextos - vínculos familiares aparte - debes tener para abandonarte y cobijarte allí cada fin de semana, con esa lealtad que sospecho encierra una especial gratitud hacia alguien de allí, y qué tendrá de especial esa aldea de casas tan encantadoramente desordenadas, que aparecen como sumergidas en ese verdor que el Guadalbullón alimenta, pero que en invierno se me antoja de una soledad insufrible, Querido amigo: ahora es verano, tengo ante mí un paisaje de belleza singular, percibo el vigor que provoca la natural pureza de su aire, estoy inmerso un día más en la plácidez y frescura de su amanecer, y en esta tesitura que, créeme, simplificaría extraordinariamente cualquier argumento para dar respuesta a tus dudas y acentuar tu respetuosa e indisimulable envidia, me propongo hacer memoria sobre lo que esta aldea ha significado en los últimos dieciséis años de mi vida, de tantos de sus asuntos que considero vanidosamente son ya de mi incumbencia, y que al ocuparme de ellos me sugieren estas líneas. Espero que en ellas puedas encontrar algunas respuestas.
Llevas toda la razón cuando sospechas que andamos sobrados de excusas todos los que retornamos una y otra vez a La Cerradura sin reparar en estaciones ni fechas. Una de ellas, quizá para ti la más evidente, es para disfrutar de los primores de su emplazamiento en medio del trinomio natural agua- vegetación - montaña, favorecedor de su agradable clima estival, con marcas nocturnas de varios grados por debajo de los calores capitalinos, que alivian los bochornos veraniegos propiciando el descanso nocturno bajo sábanas, detalle supuestamente minúsculo si no fuera porque en estas fechas estivales no puede relatarse sin suscitar la lógica incredulidad o la natural sospecha de que se trate de un chiste de mal gusto por parte de quienes con ilimitada resignación están padeciendo día tras día y, sobre todo, noche tras noche la insoportable canícula del verano jiennense. Y esa frescura del amanecer veraniego que aún perdura, que la siento sobre mi rostro, que me reanima, y me sugiere otra excusa, esos matutinos paseos que vivifican el ánimo y oxigenan el físico, esa saludable actividad que arrastra su contagio a quienes la prefieren cuando el sol empieza a declinar, y ante la que como metódicos andariegos ya nos hemos entregado por el suave trazado de la antigua N-323. Y es que, amigo, esta vía a su paso por La Cerradura ha quedado metamorfoseada en los amaneceres y atardeceres estivales en animada estela de caminantes y de ciclistas que no encuentran mejor alternativa porque quizá no la haya para recorrer placenteramente largas distancias sin rigores ni cuestas, y que impulsados por una creciente y cada vez más arraigada afición a la caminata y al ciclismo sosegado han llegado a conformar hoy una más de las agradables estampas estivales que esta aldea ha incorporado al natural colorido de su paisaje.

Inundado de luz

Pero lo anterior sólo son destellos luminosos de un lugar inundado de luz, ideal para la comunión familiar y amistosa, que en verano sugiere y consiente todo: amistades entre todas las edades, entendimiento e intercambio entre tres -en mi caso hasta cuatro generaciones, sosiego y quietud que propician el reparador descanso, animadas tertulias en la acogedora terraza de nuestra plaza, dominó entre amigos, excelente y variado tapeo tanto en su Chiringuito como en Las Delicias o en El Manchego o en Casa Antonio, y una modesta pero disputadísima cancha de deportes en la que nuestros niños- los pequejumi, como ya se les conoce gracias al generoso patrocinio de una familia arraigada aquí-, nuestros jóvenes y algunos de los que ya no lo somos tanto emulamos en lo posible a nuestros ídolos futbolísticos. Como ves, se trata de un lugar abrigado y abierto a la vez para el desahogo de toda nuestra chiquillería, y que solventa en toda edad cualquier menester de la materia, del corazón y del espíritu, que ayuda a sobreponerse a todos los desalientos, que nos despoja de toda sensación de fatiga como si de un baño a merced de las turbulentas aguas de su río se tratara, pero valiéndose de la más simple de las recetas: ocuparse por unas horas o, para los que somos más afortunados, por unos días simplemente de esas cosas en apariencia banales pero tan necesarias: abrir el alma a la naturaleza, vivir, convivir. Por eso, amigo mío, cada vez somos más los que anclamos en este lugar cada fin de semana incluso en la severidad y silencio de su invierno, y los que pensamos que, disfrutar de su radiante sol invernal en las mañanas indolentes de domingo bajo la desnuda arboleda de la plaza, refugiarse en verano, contemplar sus noches estivales de luna y estrellas, percibir en el amanecer riostra el vigor de su aire, conversar en compañía de sus entrañables gentes, echar de menos entre semana los saludables efectos que este ingrediente natural provoca sin tardanza en el ánimo y en el físico, sentirse ganado por ese extraño poder de atracción que emana por doquier en este lugar,... constituyen en su conjunto un humilde privilegio. Pero no todo son luces en este lugar: algunas sombras han deslucido en parte la armonía de color y sonido de este paraje natural y algunas tinieblas planean con inquietud sobre el futuro de su población. Porque cuando reparo en ese horrible viaducto de cemento de la autovía Jaén-Granada que sobrevuela sin miramientos nuestra Ermita, esa desatinada derrama con la que esta aldea ha contribuido al progreso, ese desmedido precio cobrado por llevarse consigo el bullicio y las inquietudes que el intenso tráfico de la N-323 sembraba, quiero recordar la natural placidez de este minúsculo santuario, la difusa luz del sol que lo ilumina a través de su frondosa arboleda en las mañanas festivas de cada 8 de septiembre, el suave rumor del manantial de este entrañable rincón hoy mancillado por las necias e inútiles pintadas de algún que otro insensato, que sigue manando agua de vena tan profunda como los recuerdos que atesora, y que hoy se ve inundado de sombras; de los ecos producidos por sus inmensos pilares y vigas de cemento, del estremecedor ruido que sobre nuestras cabezas y sobre nuestros rezos causan los automóviles, de laderas montañosas afeadas tras quedar en parte convertidas en terrosas y estériles paredes.

Singular estrechez

Y ese pinar coronado por dos picachos rocosos de caprichosas formas, de paredes que caen a pico amenazando al viajero con un nuevo derrumbe, un lugar cuya singular estrechez da nombre a esta aldea, que apenas permite el sinuoso y hermanado discurrir de la antigua N-323 y el río. Hoy, su montaña horadada por túneles irrumpiendo sobre gigantescos pilares de cemento que emergen imponentes desde el cauce del río, el Peñón de Los Tres Quesos herido en sus pies para soportar el trazado casi faraónico concebido por aquí para esa autovía y el recuerdo del por entonces coto de pesca de La Cerradura en las limpias y abundantes aguas de este paraje, conforman una imagen hiriente y un duro golpe en la memoria de quienes recordamos con obstinación su otro abundante bosque de ribera y su fauna, bioindicadores del delicado equilibrio de la naturaleza, de la sagrada intimidad entre el pájaro y el árbol que ha sido aplastada sin piedad por una vastísima pasarela de cemento.
Pienso ahora en el devenir de esta pedanía, y quiero imaginar cuántos de sus hijos y de sus nietos han labrado ya su destino en otros climas y han buscado sustento en otras labores, y cuántos padres y abuelos, a veces tras los pasos de su descendencia, escapan en cuanto pueden del temor, la angustia e inseguridad que les provoca la quietud sobrevenida a sus casas con la llegada del otoño, cuando se dejan sentir los primeros fríos, cuando la hojarasca revolotea en estas calles, en esta plaza, ante las puertas cerradas de casas aledañas, cuando todo revela que allí se están instalando dos nuevos vecinos el silencio y la soledad. Y pienso en las secuelas de este comprensible éxodo humano, en esa sensación de desamparo que asalta a las gentes que restan de esta aldea a lo largo de todo el año, en ese temor que tú pareces adivinar y que se extiende desde que llega el otoño hasta el ocaso de la primavera. Entonces te preguntarás: ¿cuál es el misterio?¿por qué nada desmantela esa sensibilidad materna que durante décadas abrigó la infancia y juventud de sus hijos y ahora, como prórroga vital, la de sus nietos?, y pensarás que debe haber algo que compense tanto sacrificio, una luz en el horizonte que mantenga viva la esperanza de los que no tienen o no quieren otra opción que la de seguir aquí. Lo hay, querido amigo, y es esa luz que surge desde lo más profundo de quienes un día tuvieron que desatender su cuna ignorando que sin el descorazonamiento que aquel día les provocó una huida no habrían conocido la renovada sensación de dulzura de tantos regresos, y temo no equivocarme si la atribuyo a esa noble y encomiable resistencia al desarraigo que sus nativos y nativas despliegan en cualquier época, en ese apego a la tierra que les vio nacer y a la que años atrás le debían el entusiasmo y la vida, en ese ardor por retornar y disfrutar de la compañía de las gentes junto a quienes crecieron, en esa sed urgente de volver a beber de sus raíces. Yo contemplo en esa sincera actitud un humilde patrimonio de emociones, que estas gentes respetan y legan con devoción, enseñando a sus generaciones futuras cómo llevar en sí mismos un poco de esta gran virtud, esa misma que cultivamos cada verano, cada fin de semana,... a la menor oportunidad, y que, para quienes lo vemos desde dentro y desde fuera a la vez, representa el mejor ejemplo de convivencia familiar, de firmeza ante el desarraigo, de réplica con la que recompensar el esfuerzo de quienes predican con su hospitalidad y generosidad, de quienes mantienen viva la llama de la vida en sus calles, en su huerta y en su olivar, de quienes se esfuerzan por conservar este lugar tan invulnerable como diamante que no admite podredumbre.
Y ahora que este relato de luces y algunas sombras llega a su fin, permite que me olvide por un momento de esos espantosos viaductos de los irrecuperables días de pesca, de las tinieblas que ensombrecen el futuro de este lugar,... e intente vencer la imposible marcha atrás del tiempo rescatando de la parte más feliz de mi memoria la particular excusa que preludió mi feliz apego a esta aldea: todo empezó por una extraña fascinación que envolvió mi pensamiento el 24 de Junio de 1983 cuando llegué por primera vez a este lugar embelesado por los encantos de una riostra. Desde entonces la campechanía de sus vecinos, la libertad que rezumaban sus espacios abiertos, la placidez de un vivir humilde y, sobre todo la generosidad de una familia me presagiaban que La Cerradura iba a apadrinar casi todas mis satisfacciones futuras. Esta familia que poco después acogió y alimentó la imborrable felicidad primera de mis hijos, que hoy sustenta la irreprimible alegría de su infancia, que nos reclama su presencia cada sábado con voz de respetuosa impaciencia, que los recibe con una mirada de gratitud y con gestos tan expresivos y llenos de promesas hacia ellos, y este lugar, al que me mantengo amarrado cada fin de semana como felizmente en una memoria circular desdeñosa con la evolución del tiempo y de la que no muestro intención alguna de escapar, son la misma familia, el mismo lugar y las mismas gentes que en aquel cálido verano de 1983 no tardaron en hacerme ver que la línea entre algunos sueños y la realidad es aquí de lo más tenue.
Querido amigo: en La Cerradura somos ya muchos los que pensamos que en estos tiempos tan ilustrados y vertiginosos, sólo la ficción y lugares como éste presagian y consienten historias tan venturosas. Presiento que desde hoy me conoces mejor.


A la memoria de Esteban Ramírez,
 a quien esta aldea tanto debe.

Texto: Ricardo Ortega Carpio
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