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DISCURSO DE INGRESO EN LA R.A.E.
Aquí
podéis leer el discurso completo y la réplica de Gregorio Salvador. Los
sibaritas disponéis, además, de una versión facsímil exclusiva made in la
T.I.A. para que os la podáis descargar, imprimir en bonito y encuadernar
para vuestra colección de "Curiosidades Revertianas de Ayer y
Hoy".
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DISCURSO DEL EXCMO. SR. DON ARTURO PÉREZ-REVERTE Señores Académicos: Estar aquí esta tarde es favor altísimo y honra siempre
codiciada, en palabras que son venerables en este recinto. Aunque ese favor y
esa honra yo no los hubiera codiciado nunca, ni los imaginara siquiera, hasta
que ilustres miembros de esta institución, a la mayor parte de los cuales no
conocía sino por su prestigio, trabajo y magisterio, me hicieron el inmenso
honor de proponer mi nombre para ocupar el sillón de la letra T. Eso me ha colocado en una doble incomodidad. Primero, por
encontrarme hoy aquí, en lugar de otros escritores cuyo trabajo admiro y
respeto. Y también porque quien me precedió en el sillón que hoy ocupo fue el
profesor don Manuel Alvar. Cualquier orgullo o satisfacción que yo pueda
sentir por hallarme aquí se templa y hace modesto ante su obra y su recuerdo.
Con profundo respeto y agradecimiento, como escritor que trabaja
con la lengua española que el profesor Alvar tanto amó, tengo que recordar a
mi insigne predecesor en este sillón que me dispongo a ocupar. Y por si no
bastara el inmenso caudal de su obra, y mi deuda (nuestra deuda) con ella,
tengo el privilegio de que algunos de sus discípulos, de esas decenas de
miles que tiene repartidos por el mundo de habla hispana, sean mis amigos; y
en boca de ellos obtuve hace tiempo la costumbre de pronunciar siempre el
nombre de don Manuel Alvar con veneración absoluta. Es difícil contar todo lo
que hizo. Sería más fácil hacer recuento de lo que no hizo, al mencionar la
obra de este pionero en la globalización de la filología española. Doctor
honoris causa de 25 universidades, adelantado en el estudio del español del
sur de los Estados Unidos y en el análisis de la sociolingüística al estudiar
el español de las Canarias, el hondo saber de aquel maestro indiscutible de
la dialectología española abarcó historia de la lengua, sociolingüística,
toponimia, literatura contemporánea, literatura medieval, cronistas de
Indias, fonética, poesía popular, lengua y literatura sefardí, y culminó en
la titánica obra de los atlas lingüísticos, donde trazó la casi totalidad de
la geografía del español; con especial atención a esa América que, en sus
propias palabras, fue su ventana, desde el norte del río Bravo hasta la
Tierra del Fuego, desde Puerto Rico hasta Ecuador. Y entre sus 40.000 páginas
escritas y 859 títulos publicados, dos de esos títulos pueden considerarse un
manifiesto oportunísimo para estos tiempos y esta Casa: Variedad y unidad del
español y La lengua como libertad. Con esa lengua hermosa y libre a la que el profesor Alvar dedicó
su vida entera, trabajo como escritor, como novelista, desde hace diecisiete
años. Por eso hoy elijo un asunto que me es querido y familiar, desde que en
1995 empecé una serie de novelas históricas ambientadas en el siglo XVII, con
intención de explicar, a la generación de mi hija, la España en la que hoy
vivimos. Somos lo que somos porque, para bien o para mal (a menudo más para
mal que para bien), fuimos lo que fuimos. En ese intento por recuperar una
memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como
protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su
espada. El trabajo de ambientación histórica y el necesario rigor del
lenguaje me llevaron a adentrarme, también, por los vericuetos fascinantes
del habla de germanía: esa lengua marginal, paralela a la general y en
continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para
conservar su utilidad hermética; y que hoy es lo que algunos llamamos
golfaray: el argot de los delincuentes y de las cárceles. Pues, como ya
apuntaban las jácaras del siglo XVI: Habla nueva germanía porque no sea descornado; que la otra era muy vieja y la entrevan los villanos. Con cuatro novelas de esa serie escritas y con una quinta a
punto de acabar, el asunto me resulta cercano. Por eso decidí que mi discurso
de entrada en la Real Academia Española trataría del habla de un delincuente,
de un bravo. Un valentón, en este caso, de los que en el Siglo de Oro vivían
mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufián,
o jaque. El habla de esa gente quedó recogida en una abundante literatura
contemporánea, incluidas brillantes páginas realistas de los más grandes
autores de aquel tiempo; no en vano por la cárcel de Sevilla, por citar sólo
una, pasaron Mateo Alemán y Miguel de Cervantes (nada tiene que ver el
idealismo con lo que se decía en el patio de Monipodio). Han transcurrido
cuatro siglos, y esa jerga del hampa, riquísima, barroca, salpicada de rezos
y blasfemias, no está muerta ni es una curiosidad filológica. Además de su
influencia en el español que hablamos hoy, la germanía del XVI y XVII es un
deleite de ingenio y una fuente inagotable de posibilidades expresivas. A
menudo recurro a ella en mis novelas sobre el Siglo de Oro español, y les
aseguro (o son mis lectores quienes lo hacen) que, debidamente
contextualizada, todavía funciona. Para demostrarlo, con esa habla quiero
contarles una historia. En parte me beneficio del trabajo de otros:
profesores y estudiosos, algunos de los cuales se sientan en esta Real
Academia. En el resto, de mis lecturas. En todo caso, he querido utilizar
para este discurso de ingreso mi propia biblioteca: los libros con los que
documento las novelas del capitán Alatriste. Por eso esto debe considerarse
no una pretensión de filólogo o lexicógrafo, sino una aproximación como
lector. Como lector, insisto, que accidentalmente escribe novelas. Como
corsario ante un rico botín que saqueo sin escrúpulos, a fin de narrar con la
mayor eficacia posible. Tal es el privilegio del escritor de ficción que
maneja una lengua tan hermosa como la nuestra. Con esa lengua (y esto no es
en absoluto una obviedad) he construido este discurso. EL HABLA DE UN BRAVO DEL SIGLO XVII El bravo, el valentón, se levanta tarde. La noche, que él llama
sorna, es su territorio; y a veces, para su gusto y oficio, algunas clareas
(algunos días) tienen demasiada luz. Ya empieza a bajar el sol sobre los
tejados de la ancha, la ciudad (que en este caso es Madrid), cuando nuestro
hombre se echa fuera de la piltra, carraspeando para aclararse la gorja. Se
le nota en la cara, que él llama sobrescrito, en lo desordenado de los
bigotes y en los ojos inyectados en sangre, que anoche y hasta de madrugada
dio a la bufia y besó el jarro más de lo prudente, que el sueño ha sido
escaso, y que la borrachera, la zorra, aún está a medio desollar. Era de lo
fino, por supuesto. De lo caro. Y de remate, para terminar de cargar
delantero, otro vino dulce como alquitara de monja moza, y espeso como sangre
de Cristo. El caso es que nuestro jaque se lava un poco, y tras mirarse en el
azogue la zanja que le santigua la cara (recuerdo de una cuchillada, o
jiferazo, de seis puntos, porque a veces es uno quien madruga, y otras veces
nos madrugan otros), se compone con parsimonia los bigotes, que son fieros,
de guardamano, apuntándole mucho a los ojos. Que entre la gente de la carda,
o de la hoja, la valentía se estima según el tamaño de los bigotes, la barba
de gancho y el mirar zaino, valiente, de quien es (o parece) capaz de reñir
con el Dios que lo engendró. Pues él es uno de esos de quienes dice la
jácara: En ese mar de la Corte donde todo el mundo campa, toda engañifa se entrucha y toda moneda pasa; donde sin ser conocidos tantos jayanes del hampa tiran gajes, censos cobran de las izas y las marcas; donde, haciendo punto de honra esto de la vida ancha, andan como cazadores viviendo de lo que matan. Se viste nuestro bravo, tintineándole al cuello el crucifijo de
plata y las medallas de santos (que en la España del rey católico, paladín de
la verdadera religión, una cosa no quita la otra). En lo terrenal, lo suyo no
es indumento de lindo, sino propio de la jacarandaina. Un poco a lo soldado,
pese a no haberlo sido nunca. A él, las guerras de Flandes y de Italia le
pillan demasiado lejos, y es de los que dirían, en palabras de Lope: Bien mirado, ¿qué me han hecho los luteranos a mí? Jesucristo los crió, y puede, por varios modos, si Él quiere, acabar con todos mucho más fácil que yo. El caso es que se viste, como decía, con aires de mílite, cosa a
menudo propia de la gente de la hojarasca. Aunque no haya oído en su vida
zurrear de veras un arcabuzazo, y al turco y al luterano no los conozca sino
de los corrales de comedias, él y sus compadres suelen dárselas de veteranos
de los tercios o de las galeras del rey. Y alguno lo es, en efecto; pero no
de tragafuegos de cubierta, sino como bogavante en gurapas: como galeote. El
caso es que el valentón se pone la camisa, que no es lo que en jerga de su
oficio llaman una cairelota, una camisa elegante, sino una lima sencilla, y
no muy limpia (nuestro jaque ignora, por supuesto, que esta palabra, lima por
camisa, como varias de su parla, seguirá utilizándose en el golfaray que
hablarán los delincuentes del siglo XXI; habiéndose perdido, sin embargo,
otras variantes como alcandora, amiga, carona, hermana, prima y certa, o
serta). Se pone luego el bravo los alares (palabra que también ha llegado
hasta la jerga rufianesca de nuestro tiempo), que en el siglo XVII no se
llaman todavía pantalones, sino calzones: gregüescos, en este caso, más
modernos que las calzas a las que, en tiempos de su padre y su abuelo, los
hampones honraban con los nombres germanes de leonas o follososas. Enfunda
luego las gambas en las cáscaras, las medias, y después se calza lo que
algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar
calcos, tal vez porque le suena (y así es, aunque él no lo sabe) palabra más
culta e hidalga (otra, por cierto, que llegará también hasta nuestros días),
y porque el acto de poner pies en polvorosa, propio de su oficio sobre todo
cuando asoma gurullada de alguaciles y corchetes, suena más digno cuando se
lo define con la palabra calcorrear. Pues los hombres de hígados como nuestro
bravo no se van, sino que se alonan. No corren, sino calcorrean. Nunca huyen,
sino que se trasponen, se alargan, redoblan, las afufan o se van al ángel.
Sin olvidar la expresión más común en el ambiente: peñas y buen tiempo. Y viendo que a la Justicia quien no temerla codicia ni noble ni cuerdo es, volví la espalda, y huyendo en vuestra casa me entré. Completa nuestro bravo su indumento con unas grullas o polainas
sobre los calcos, que abotona con parsimonia, y luego busca la carlanca: un
cuello de camisa con pretensiones de valona, usado de tres días y almidonado
de grasa, pero no hay otro. Después se pone el apretado, o jubón. Por su
oficio debería cubrirse el torso con un coleto de ante o de cuero, como de
soldado, o mejor con un jaco o cota de malla, también llamada once mil o
cofradía; pero las premáticas del rey nuestro señor lo prohíben para el
callejeo. De manera que se conforma con lo que él llama un cotón doble: un
jubón forrado de estopilla, con más remiendos que el parche de un tambor en
Flandes, y que a un arrojado de braveza siempre lo ayuda algo cuando granizan
cuchilladas. Así vestido, el valentón mete en la sacocha de la goda (así
llama al bolsillo de la derecha) la bolsa, en germanía cuadrada o cigarra,
que tras el apiorno de anoche anda ligera, cargada sólo con unos pocos
charneles. Y en el puño del jubón, sobre la cerra lerda (la mano izquierda),
introduce un mocante de lienzo fino, primorosamente bordado por su marca, su
hembra, una bachillera del abrocho que es anzuelo de su bolsa en una manfla
(una mancebía) de la calle de la Comadre. Pues nuestro bravo puede responder,
como el soldado de la comedia lopesca, en Zalamea: -Me parece que no es mujer para mí. -Pues para mí, señor, sí, cualquiera que se me ofrece. Después mira por la ventana. El tiempo no es malo; pero a la
noche, refresca. Mejor capa que herreruelo. Descarta, pues, el bonito y
recurre a la abuela, también llamada red, o pelosa. Antes de ponérsela sobre
los hombros, por supuesto, nuestro rufo se ciñe los instrumentos propios de
su oficio: tachonado de cuero, que así llama él al cinto, con espada, o mejor
toledana, de cazoleta y grandes gavilanes, larga de seis o siete jemes, casi
palmos, a la que él gusta llamar centella y a veces durindana: esto último porque,
aunque apenas sabe escribir (y se le da una higa, porque en España nunca fue
de hidalgos leer ni hacer buena letra), nuestro bravonel posee una cultura
elemental, popular, procedente de los corrales de comedias, las jácaras y los
romances oídos en los mentideros, en las tabernas y en las plazas. Como una
de sus loas favoritas, la de la Espada, que se sabe de memoria: No estoy solo, pues me guarda esta espada que me ciño. El que la lleva a su lado lleva cruz, defensa, amigo, valor, adorno, nobleza, honra, desenfado, aviso. Aunque en realidad su gusto tiende más al lenguaje de la
jacaranda, que es su garla, y en la que se encuentra más a sus anchas cuando
oye eso de: A la capa llama nube, dice al sombrero tejado, respeto llama a la espada, que por ella es respetado. O lo de: Mató a su padre y su madre y un hermanito el mayor; dos hermanas que tenía puso al oficio trotón. En fin. Por aquello de que para ir artillado más vale que sobre
y no que falte, completa nuestro bravo el equipo con una ganchosa vizcaína:
una daga de ganchos, atravesada en los riñones y al alcance de la zurda,
lista para salir como un relámpago. Que, en el oficio de valentía, hombre
precavido mata por dos, o por siete; y en materia de madrugarle al prójimo
siempre valió más una hora antes que un minuto después. Pues nuestro bravote
es de aquellos a quienes hacía decir Calderón: ¿Y cuántos hombres son estos que he de matar? Porque vaya, con que si no son cincuenta, con menos no hacemos nada. Y como en materia de precauciones nunca hay nada superfluo,
también esconde en la caña de la grulla goda, o polaina derecha, lo que
nosotros llamaríamos cuchillo, pero que él prefiere llamar desmallador:
cachas amarillas, corto y de filo bien amolado (pieza clave, ésta, en la
panoplia de cualquier alentado que se precie, y que se conoce también, en el
oficio, por los elocuentes nombres de filosillo, secreto, agujón,
barahustador y enano). Así equipado, nuestro rufián requiere el gavión o
chapeo, el sombrero, que él prefiere llamar tejado, y que es de mucha falda,
con toquilla y pluma. Se lo arrisca a lo bravonel y sale a la calle con mucho
ruido del hierro que carga encima y el andar arrufaldado y zambo (nosotros
diríamos chulesco) de los valientes: Rebosando valentía entró Santurde el de Ocaña; zaino viene de bigotes y atraidorado de barba. Un locutorio de monjas es guarnición de la daga, que en puribus trae al lado con más hierro que Vizcaya. Cruza la plaza procurando no pisar los cagajones de las caballerías,
y su ojo avisado advierte los trajines de la vida que late alrededor. El
sitio es de posadas: bullen foranos, buscavidas, daifas de medio manto,
acechonas encubiertas que traen dueñas para florear a incautos, ociosos y
mendigos, o capachas, con mutilaciones reales o fingidas que, de creerlos,
estuvieron en Amberes, en Nieuport y hasta en Lepanto, y que andan a la
brivia pidiendo limosna de la manera que suelen los mendigos españoles: con
muchos fieros y palabras arrogantes, como si el sonante se les debiera por
derecho, y la única forma de disculparse con ellos fuese decir: «perdóneme
vuesamerced, pero hoy no llevo dineros». Que en España, hasta los mendigos
dicen aquello de: Entre nobles no me encojo; que, según dice la ley, si es de buena sangre el rey es de tan buena su piojo. Más allá, a la puerta de una bayuca, entre las mesas con jarras
de vino, un anciano de pelo blanco y aspecto hidalgo pide por la doncella (un
timo tan frecuente en la época como todavía en nuestro tiempo el tocomocho) a
la busca de un palomo al que sangrar la bolsa de dineros, o armas reales.
También los de la cofradía del agarro hacen su vendimia: bruhadores y
peinabolsas se dan en gavilla: Murciélagos de la garra, avechuchos de la sombra, pasteles en recoger por todo el reino la mosca. Muchas del centenar largo de variantes que en germanía del XVII
debe de tener la palabra ladrón según las diversas especialidades (de puta
habrá más de ochenta) se dan en la ciudad, en este cuartel y en esta plaza:
bailes, caleteros, cicarazates, comadrejas, apóstoles, picadores (que
perviven hoy en la palabra piqueros, o carteristas), lechuzas, cachucheros,
alcatiferos, golleros, sanos de Castilla, farabustes, ciquiribailes, buzos,
cherinoles, doctores del araño, murcios, filateros, águilas de flores llanas.
Incluida, entre muchas otras, una que todavía se usa: juanero. Ladrón
especializado en aliviar de peso, hoy euros como antaño maravedises, los
juanes, o juanillos: los cepillos de las iglesias. Con el fieltro hasta los ojos, con el vino hasta la boca y el tabaco hasta el galillo, pardo albañal de la cholla, columpiando la estatura y meciendo la persona, Zampayo entró, el de Jerez, en casa Maripilonga. Llega así el bravo hasta una taberna, la que más frecuenta
porque el vino es turco (no ha sido bautizado con agua) y porque tiene puerta
trasera por donde guiñarse o alargarse si a los vellerifes del Sepan Cuántos,
o sea, los alguaciles y corchetes de la Justicia (los acerradores o alfileres
de la gura), se les ocurre caer por allí con intención de hospedar por cuenta
del rey a algún parroquiano. Entra el rufo en la bayuca retorciéndose los
bigotes, el aire peligroso y de muchos fieros, poniendo el baldeo en gavia, o
sea, apoyando la mano en el pomo de la espada para que ésta le levante la
capa por detrás, a lo bravo. Dándose además mucho toldo, porque nuestro
hombre gusta, como todos sus camaradas de la carda (y como todos los
españoles en general), de apellidarse hijodalgo, muy Mendoza y Guzmán y
cristiano viejo por línea directa de los godos. Que en nuestro siglo XVII (y
la cosa estuvo lejos de terminar ahí) hasta los sastres y los zapateros se
colgaban espada y eran don Fulano y don Mengano. Mándame quemar por puto si no valiere un millón, imponiendo en cada Don una blanca de tributo. Lo que tampoco se resume mal en aquellos otros versos lopescos
que no han perdido, por cierto, su vigor ni su sentido en cuatro siglos: ¡Oh, españoles fanfarrones, todos voces y palabras! Nidos sois de la soberbia, allí le nacen las alas. Pero volvamos al bravonel. Por muchos dones y fieros que se
ponga, nuestro jayán es alfarachado de cuna, tinto en lana y de Lavapiés;
barrio que con La Heria de Sevilla, el patio de los Naranjos y el corral de
los Olmos de esa misma ciudad, el Potro de Córdoba y los Percheles de Málaga,
entre otros sitios ilustres, ha dado a España y al mundo lo mejor de cada
casa en los siglos XVI y XVII: la nata de la chanfaina. Es de los que tienen
a honra decir, y dice: Y más que ya probé el Potro, comí chufas en Valencia, y en el corral de los Olmos aprendí chanzas y levas. O de esos cuya
biografía es honrada con versos como estos otros: Nació en Córdoba la llana de un ventor y una gitana; creció el chulo y dio en valiente entre germanesca gente. El caso es que entra nuestro matante como quien es, y se para a
lo escarramán, las piernas muy abiertas y echada la cadera, mirando alrededor
con ese aire entre receloso, fanfarrón y avisado que los de su oficio llaman
a medio mogate. Saluda a la amontonada valentía que allí anda piando de la
bufia, y la jábega le responde grave con mucho vuacé y uced y camarada,
pronunciando las palabras a lo gayón, muy puestos en garla de jaque. Son de
los que cantan: Vino y valentía, todo emborracha; más me atengo a copas que a las espadas. Todo es de lo caro, si riño o bebo, con cirujanos, o taberneros. Y que don Francisco
de Quevedo, el poeta, describe así en una de sus jácaras: Matadores como triunfos, gente de la vida hosca, más pendencieros que suegras, más habladores que monjas. Se sienta nuestro rufo con otros dos matachines que, como él,
viven a lo de Dios es Cristo y, a fuer de tales, cargan sobre el hígado más
hierro que las rejas de la cárcel de Sevilla, amén de capas fajadas por los
lomos, jubonazos de estopa más agujereados que el cedazo de la Méndez,
chapeos con las faldillas altas por delante, bigotazos de ganchos y tatuajes
en los dorsos de las manos de uñas tan negras como sus almas. Pide vino para
él y aquí, los valentachos, y algo de muquir, que su estómago mocho tiene
boque, es decir, hambre. El vino se lo traen aguado, o sea, cristiano;
protesta el bravo con mucho pardiós y pesiatal, diciendo que esa afrenta a un
hidalgo no se viera ni entre luteranos. Al cabo traen otro vino, esta vez tan
satisfactoriamente infiel como arráez de gurapa (de galera) argelina. La
mufla, que llega al poco, consiste en un guiso de gallina, a la que el bravo
se refiere como gomarra (aún se llama hoy a los robagallinas gomarreros) y
una escudilla de quemantes crudos: de ajos. Embucia con apetito el recién
llegado y sorben los tres como para quitarse las pesadumbres, limpiándose los
bigotes entre tiento y tiento, bien a gusto: Aquí paz y después gorja. Más vino han despabilado que en este lugar la ronda, que un mortuorio en Vizcaya y que en Ambers una boda. Mientras azumbran, los tres bravotes garlan de la vida y de sus
cosas. Que si dicen en las gradas que el turco baja o sube. Que la coima de
Fulano tiene mal francés y le ha pegado las melacotufas a su engibacaire. Que
a Zutano le trincharon los aparejos el otro día, por apitonarse con un
rajabroqueles que le salió rápido de aceros. Que a Mengano, por no sobornar a
un alguacil (por no ensebarle la palma al mayoral de la güerca), le
acanelonaron un jubón de pencas, de latigazos, paseándolo por las calles
acostumbradas, y salió luego de ajo en la ristra de la chusma, camino del
Puerto de Santa María, para muflirse, o sea, comerse, tres años cosido al
palo de batanear sardinas. Que, como dice el entremés de la Cárcel: Plaza, plaza al comisario de las jaulas de la mar, que lleva a encerrar calandrias porque cantaron acá. O aquella carta
famosa del Escarramán a su daifa, la archifamosa Méndez: Remolón fue hecho cuenta de la sarta de la mar, porque desabrigó a cuatro de noche en el Arenal. Y el caso es que allí rema el camarada, graduado de pencas, como
quien dice, al grito todo el día de ropa fuera y boga larga, la espalda bien
amapolada de alamares por el corbacho del cómitre. Que rascarse y bogar, todo
es empezar: Envíanme por diez años (¡sabe Dios quién los verá!) a que, dándola de palos, agravie toda la mar. Luego recuerdan a Perengano, que andaba escondido, o sea, a
sombra de tejados desde que con otros camaradas le afufó el ánima a un
corchete: a un alano de la gura. Al pobre Perengano lo acerró por fin el
árbol seco (la Justa, la Justicia) saliendo de la iglesia donde se había
llamado a altana. En el estaribel (palabra que sigue en uso en el golfaray
del siglo XXI para designar la cárcel) le pusieron cuerdas y clavijas sin ser
guitarra; y, como al Maladros del romance: Mandáronle que declare lo que debe en este trato. Maladros responde: «Iglesia», sin responder otro garlo. Y de ese modo, el bravonel se comió tres ansias (es decir, tres
tormentos de agua y cordel) como un grande de España, sin berrearse de los
camaradas (ese berrear por delatar también sigue hoy en vigor); y allí sigue
el león, embanastado pero con la sin hueso, la lengua, en soniche. Cosa muy
de elogiar, por cierto. Que negar cuando se anda en tratos de cuerda es de
godos, y para ejemplo, Grullo: A Grullo dieron tormento, y en el de verdad de soga, dijo nones, que es defensa en los potros y en las bodas. O aquel otro
quevedesco que decía: Tienen la tirria conmigo los confesores de historias; mas sólo Iglesia me llamo pueden hacer que responda. Amén que el son y el soniche (que de las dos formas se llama al
silencio), aparte de ser saludables para la honra de la gente de la hojarasca
encarcelada en la casa fosca (la cárcel, otrosí llamada caponera, cesto de
culpas, casa de poco pan y bolsón de la horca) lo son también cuando a uno le
quitan los cascabeles (o sea, los grillos y las cadenas) y lo desembanastan,
y una vez en la calle tiene que dar cuentas a los camaradas de lo que dijo y
de lo que no dijo. De rijón (sí) a nejo (no) va un abismo; y más teniendo en
cuenta que cuando se es fuelle de fraguas ajenas o abanillo de chimenenas (es
decir, delator o soplón), cualquier bramo acabas pagándolo con la gorja. Y
además, qué diablos. Puestos a garlar, si no queda otra, para un hidalgo las
mismas letras tiene un no que un sí. Bien remojada la
palabra, los tres escarramanes tratan de su oficio. Son malos tiempos, por
vida del rey de copas. Como dice el baile: Todo se lo muque el tiempo, los años todo lo mascan. Poco duran los valientes, mucho el verdugo los gasta. Eso, en cuanto al oficio y los camaradas. En cuanto a las
coimas, o sea, las yeguas que cada cual tiene en la dehesa, las cosas tampoco
van muy bien. Sus hembras, que responden a los ilustres nombres de Blasa
Pizorra, Gananciosa y Marizápalos, apenas rinden resullo (dinero).
Últimamente no trotan más que de baratillo, con balhurria, y el poco socorro
que aportan con el trabajo de su broquel (o guzpátaro, para entendernos,
aunque hay otros nombres; y permitan que me quede ahí), ese dinero se les va
a ellos alijando la nao, o sea, gastándoselo, en el garito, con la
desencuadernada (los naipes) o con los dados: los huesos de Juan Tarafe. Y
del oficio de valentía, para qué hablar. Fatal. O sea, agua y lana. Uno de
los jaques, la cara persignada por varios araños, se queja de que ayer mismo
un cabestro (un marido barbado, o sea, un cornudo, o cartujo) pretendía una
hurgonada (una estocada) al querido de su legítima por la fardía ledra de
veinte míseros ducados. Una vergüenza, se lamenta otro compadre. A él le
ofrecieron hace una semana, explica, veinticinco ducados por trincharle las
asas (las orejas) y treinta por calaverar (cortar la nariz) a un galán que ponía
(observen hasta qué punto el golfaray del XVII trabajaba también lo culto)
aljófar en alcatara ajena. Por vida de Roque, adónde vamos a parar, se
lamentan los tres bravos. Ni entre turcos o herejes viérase tal desprecio por
las maneras y el oficio de valentía. Por ese argén, matiza uno, no hay hombre
de bien que desenvaine la fisberta. Lo más que puede ajustarse por
veinticinco granos es un signum crucis: un chirlo en la cara. Un tajo de diez
puntos o, como mucho, un beneficio de doce, e incluso una cruzada de oreja a
oreja: de aldaba a aldaba. Así se lo dije al bacalario, responde el primer
rufo. Dije nones. El hijo de mi madre no trincha una calle del tabaco, o sea,
una nariz, por menos de cuarenta cruzados. Se me apitonó el cliente muy
Bernardo, echamos verbos y a punto estuve de desnudar la de Juanes y
atarascarlo a él, dándole su ajo, pero gratis. Que, como dicen los valientes: Eso déjolo yo para la zurda, que con la diestra soy del mundo azote. En fin. Que son malos tiempos, se quejan de nuevo los compadres,
besando el jarro. Mundo mundillo, protesta uno; nacer en Granada y morir en
Trujillo. Parlan luego de tiempos gloriosos, cuando el Escarramán, y Gonzalo
Xeniz, y Gayón el de la mojada (la cuchillada) famosa, y otros bravos
respetados y triscadores, que no cenaban liebre ni gallina, ni temblaron
nunca sino de frío. Como, sin ir más lejos, Ginesillo el Lindo, que floreaba
a primera vista dando astillazo porque parecía alcorza, tan rubio y blanco de
piel, de los que cuentan (ahora diríamos de los que entienden); pero que en
realidad era caimán ahigadado, fácil de centella (de espada) y de filoso (de
puñal) como el que más; y que metió mano a la blanca e hizo cecina a un
corchete, afufándole el ánima porque éste lo llamó puto en público. Pues, como
dice el entremés famoso: Que soy muchísimo hombre para andar escrito en burlas. Comentan también el caso de Tomás Mojarra, un arrojado de
braveza al que dieron de agudo en una cascarada desabrigándole el resuello
con dos palmos de toledana: al verse descosido el cofre de los molletes,
hecho un eccehomo en un charco de colorada y sintiendo que se iba por la
posta, pidió confesión y óleos; pero luego, cuando llegó el dómine con los
avíos, viendo que había conocidos entre la concurrencia, se lo pensó mejor y
se negó a cantar en la última ansia, a confesar, diciendo que no era de
hidalgos berrearle como una calandria a última hora al coime de las Clareas,
o sea, a Dios, lo que tantas veces había callado en el potro. Aunque, puestos
a hablar de bravos con hígados, no podía olvidarse a Nicasio Ganzúa,
prestigioso archimandrita de la Heria, espejo de crudos, buen tajador y azote
de garitos y pinares (mancebías) que despachó a su propio padre, y a dos que
pasaban por allí, sólo porque el padre le dijo «mientes por la barba». Ganzúa
era de esos de los que se cuenta: Con una daga que le sirve de hoja, y un broquel que pendiente tray al lado, sale con lo que quiere o se le antoja. Con Ganzúa, la noche antes de su ejecución en San Francisco de
Babilonia, a orillas del Betis, ciudad que es Chipre de los valientes, los
camaradas echaron tajada (que así se decía a acompañar al amigo que iba a ser
ejecutado al día siguiente) confortándolo en el banasto (o trena, como aún
decimos después de cuatro siglos) con mucho azumbre de lo fino y guitarras: Vamos todas tres a verle zampuzado en el banasto donde agora le llevan para poder vendimiarlo. Ése era el ambiente, recuerdan los tres bravos. Y Ganzúa, como
quien era, estuvo jugando a las cartas todo el rato y haciendo la razón a los
amigos, alzado de empeine. Es decir, con muchos argamandijos (o redaños) y
con mucha flema, hasta el alba (seis granos juego, matantes tengo, voy con la
puta de oros, alce vuacé por la mano, envido, malilla y demás lances de la
baraja, o catecismo), diciendo entre naipe y naipe que verse enjaulado no era
injuria, pues enjaulados se tenía a los leones. Y en cuanto a la esquinencia
de esparto de la que en la siguiente clarea (al día siguiente) iba a verse
con la Cierta (la muerte, también llamada la Descarnada o la Chata), a él, a
fin de cuentas, quien lo llevaba al finibusterre era la justicia real, o sea,
el mismo rey; y a eso, dijo, nada tenía que objetar, pues entruchaba (entendía)
que quien lo sacaba del mundo era el rey en persona, como quien dice, y no un
calcirroto cualquiera. Que, en tal ilustre marrajo como él, fuera deshonra
verse despachado por un don nadie, y que a otro no se lo hubiera consentido
en absoluto. Y con ese talante subió al día siguiente a la mula como quien va
de bureo, retorciéndose los bigotes y saludando con mucha flema y asaduras a
la gavilla que allí se juntaba para ver el espectáculo. Y en el patíbulo, o
sea, en el cabo de Palos, mientras le añudaban la calle del trago, aún tuvo
alforjas para decirle al bederre (al verdugo) que hiciera su oficio
bochándolo con presteza y decoro, porque él no era de los bravos de
contaduría que blasonan del arnés y nunca lo visten, sino de los que dicen:
tenga yo fama y háganme pedazos. Que en vida nadie se la hizo que no la
pagase; y si algún bellaco quedaba, el día de la resurrección de la carne
iban a verse las caras. Y entonces, voto a Dios y a quien lo engendró,
daríale tierra hasta el ánima. Tratan luego de un negocio en curso. Ya saben vuacedes, dice
nuestro bravo, que en España no hay más Justicia que la que uno compra: El médico está mirando cuándo el de a ocho le encajas; el letrado, cuándo bajas la mano al párrafo, dando; el jüez, cuándo le toca la parte del denunciado; el procurador no ha dado paso hasta que el plus le toca; el que escribe, sólo atiende cuándo sacas el doblón. Cualquiera negociación de sólo el dinero pende. Y resulta, prosigue, que un profeta, también amparo (es decir,
un abogado) de la plaza de la Providencia, que defiende un pleito complicado
y costoso de los llamados sanguijuelas, afloja el minamayor del cigarrón (el
oro de la bolsa) si a un testigo molesto le abren una buena boca de tarasca
para impedir que el cometa, el testigo, declare ante el juez y el escribano
(o, para entendernos, ante el Noli me tangere y el lima sorda). Que como
decían el otro día los representantes de la comedia nueva de Lope en el
corral de la Cruz, en España: Traer un pleito forzoso es negocio temerario, con un hombre poderoso y el escribano contrario. Así que una de estas noches, apunta el valentón, cuando todo
esté oscuro a boca de sorna, tendremos danza de blancas, con la ventaja
casual de que somos tres a uno (que hasta para acuchillar a un manco hay que
precaverse), y de que el mayoral de alacranes que estos días va de ronda por
el cuartel es amigo, se le ha ensebado la cerra, y no hemos de temer que nos
inquiete la gurullada. Pero si algo sale a ledras, que nunca se sabe, y
durante el negocio asoma la zarza (la Justicia), cerca tenemos la altana de
San Andrés, para trasponernos y amadrigarse en sagrado, hasta que escampe. Se levanta nuestro jayán. Mete, o más bien cala, la cerra (la
mano) en la sacocha y hace tintinear un Juan Platero sobre la mesa, también
llamado Juan Redondo: Helo por do viene mi Juan Redondo, con su cruz y sus armas en el de a ocho. Pero los dos guiñaroles le dicen que se guarde el cumquibus, que
hoy pechardinan de manga, o sea, que pagan tomando la penchicarda. Dicho y
hecho. Alzan la voz los tres y echan verbos como si discutieran, en tono
propio de aquella jácara quevedesca: ¿Tú te apitonas conmigo? ¿Hiédete el alma, pobrete? Salgamos a berrear, veremos a quién le hiede. Y en efecto, los tres hampones salen afuera muy atropellados y
sin pagar, como dispuestos a reñir acuchillándose las asaduras; y una vez en
la calle se despiden y se van cada uno por su lado. Que, como dice el refrán,
hombre apercibido, medio combatido. Una vez solo, camina el bravo por la calle como si fuera suya,
echando bálago y contoneando el navío, el cuerpo, para que resuene toda la
Vizcaya que carga encima, el aire feroz, una mano apoyada en el pomo de la
temeraria y la otra retorciéndose los bigotes. En la calle interroga a un
muchacho desocupado sobre si ha visto por allí a Fulana, su coima, y el
chulamillo responde que ésta anda en corso tres esquinas más allá. En este punto
conviene precisar, una vez más, que nuestro bravo no es precisamente de esos
que se reconocen cuando en el corral del Príncipe o el de la Cruz,
representando lo último de Tirso, o de Lope, alguien recita, grandilocuente: ¡Ay, honor, fiero enemigo! maldiga el cielo tu nombre, pues no hay hombre a quien no asombre que el honor pudiese hacer que flaquezas de mujer fuesen infamias de un hombre. Todo lo contrario. La Marizápalos es murciélago de moneda, de
esas que saben de coro la cartilla del buscar: Piensa que somos de aquellas que infaman este lugar, que salen a negociar con la luz de las estrellas. Que salen, aventureras, a esta Vega y al Cambrón a dar público pregón de sus hermosuras fieras. Y exactamente así encuentra nuestro bravo a su hembra,
mariscando: en tratos con un cliente a la puerta de la manflota, la mancebía
(también llamada aduana porque nadie pasa adentro que no pague), y decide
quedarse por allí, esperando que el palomo se decida a alojar el caballo en
el broquel de la hurgamandera y alcabale los nipos, o dineros. Porque no será
nuestro bravote quien impida a su pencuria ganarse la vida, y de paso la de
él. Que con una hembra como la Marizápalos, que así se llama la cantonera, es
difícil no caer en la tentación: Quien no tiene por hazaña caer, quien se aventuró, acuérdese, pues se engaña, que cayó Troya y cayó la princesa de Bretaña. Sin embargo, el cliente no se decide a abrochar. Quizá sea de
los que se amapolan ante una doctora del arte aviesa, o le parecen caricios
los dineros que pide la rabiza porque le troten el anca. El caso es que
nuestro rufián se impacienta; de manera que se acerca, arroldanado y bravoso,
añusgando (mirando) al mandria muy fijo y muy zaino, con las piernas abiertas
al caminar, andando a lo columpio sin apartar la cerra, la mano, de la
amenazadora bayosa que carga al costado. El otro, que en cuanto le mira el
coram vobis adivina que el bravo se acerca con las intenciones del turco,
parece hombre de paz y poco amigo de meterse en baraja: de reñir. Así que,
temiéndose un araño, se acatalina y bate talones tomando calzas de
Villadiego. O, dicho de otro modo, peñas de longares. Murmurando tal vez
entre dientes eso de: A niños de la doctrina no pienso pagar la solfa: música que no he de oílla, que la pague quien la oiga. O tal vez aquello
otro que decía Juan Rana: -¿Y el atajo que os dije? -En mi trabajo, no salir a reñir es el atajo. O, finalmente, en
versos rufianescos cervantinos: Muerte y vida me dan pena; no sé qué remedio escoja, que si la vida me enoja, tampoco la muerte es buena. El caso es que allí queda nuestro rufo dueño del campo, y le
dice a su gananciosa que palme el cairo de la jornada, que tiene necesidad de
socorro para unos asuntos. Le entrega la otra el sonante, que no es mucho,
lamentándose, la mantilla terciada al brazo, de la poca paja que últimamente
mete en el establo; pero es que, señala en su descargo, estos días está con
la camisa, o sea, con la costumbre. Dices que te contribuya, y es mi desventura tal, que si no te doy consejos, yo no tengo qué te dar. Pese a las excusas, al engibador le parece poco dinero; se
arrufa, y para demostrarlo hace ademán de asentarle la mano a la pecatriz.
Déjate de tretas y alicantinas, dice, y no le hagas cagar el bazo a este
león. Que ya me conoces: hay cosas que no sufro ni en Argel, y cuando se me
alborota el bodegón igual atrueno a dos que a doscientos, y soy capaz,
pardiez a caballo, de borrajarte el mundo cruzándote con un tajo
(persignándote con un signum crucis) esa bonita cara. Así que alonga luengo y
gánate tu jornal y el mío si no quieres que te esclisie o te desoreje
trinchándote una mirla. Todo eso se lo dice con la cerra derecha en alto,
como si fuera a jugar de abejón sacudiéndole el balandrán a la acechona, que
se amilana y llora (acebolla los columbres) vertiendo abundante clariosa de
los lagrimales porque teme una turronada. Pero el jaque amaga y no da. Pese a
sus fieros, en el fondo le tiene ley a su cisne. Cuando se pone tierno, cosa
que ocurre sólo muy de vez en cuando, le recita junto al asiento de las
arracadas aquello de: Marca la más goda y fresca de todo el trato germano, donde tuvo mi navío de sus trabajos regalo. O eso otro de: ¡Ay coima la más godeña de toda la germanía, reina de todas las coimas y flor de todas las izas! La iza es, con perdón, más puta que la Caba Rumía; pero eso sí:
cumplidora, limpia, ambladora y muy buena (muy godeña) en el oficio trotón.
No como las trongas, abadejos y calloncos que trabajan para rufeznos
traspillados (y tal vez la palabra callonco haya llegado hasta nuestros días
abreviada en callo, a veces acompañada del adjetivo verbenero: callo
verbenero). El caso es que, volviendo a nuestro bravo y a su iza, ésta no es
como esas grofas de todo trance a las que, por volver a decirlo en germán
culto, o casi, aceitan de almendras el alhorce por cuatro blanquillas; sino
de tan buen aspecto, en opinión de su hombre, que podría pasar por tusona de
categoría, de las que frecuentan condes y marqueses de mucho toldo. Y tan dispuesta
a lo suyo, además, que de quedarse preñada (cosa que evita una vieja
cobertera de la vecindad), podría decírsele lo del romance aquel de don
Francisco de Quevedo: Fuimos sobre vos, señora, al engendrar el nacido, más gente que sobre Roma con Borbón por Carlos Quinto. El caso es que, asentada su autoridad, el germán se embanasta la
pecunia, le palmea el buz (o retaguardia) a la daifa y la deja seguir ruando,
no sin que antes ésta lo llame cherinol de mi corazón, flor de la altana,
cosario de mis columbres, abrigo de mis criojas y (en plan más íntimo)
ballestazo de mi broquel, califique su boca de arcaduz de mi dicha, y sus
ojos de quemantes de mis asaduras. Que, en la España del Siglo de Oro, las
bachilleras del abrocho no necesitan leer a don Luis de Góngora para
enjaezarles las escarpias, o sea, halagarles las orejas, a los gallos (a los
caporales) de sus entretelas. Que, por Dios, así me goce, que le vi reñir con doce. Se encamina nuestro bravo a la casa de conversación, es decir,
al garito, no sin hacer antes viacrucis colando calles por las tabernas, o
sea, por las alegrías y consolatorias que le pillan de camino, haciendo suyo
aquel higiénico y casi filosófico principio de: ¿Cuándo se vio que muriese hombre que sin asco sorba? Seguro de eso, el bravonel escurre el barroso, o el barro, o el
estaño, que en todo puede ir el vino, con algunos conocidos piadores que por
allí pastan, haciendo la razón, o brindis, o dominus vobiscum. (No sorprende,
por cierto, la presencia de tantos cultismos en el golfaray de la época, si
tenemos en cuenta que Italia estaba muy presente en la vida española, que el
teatro, la jácara, las canciones y los romances callejeros eran populares, y
que la participación del pueblo en la vida religiosa hacía de uso común,
burlesco a veces, no pocas expresiones latinas.) Volviendo junto a nuestro bravo, y bien remojadas por éste la
obra y la palabra, lo vemos llegar por fin a la casa de tablaje, y entrar: ... de capa caída, como los valientes andan, azumbrada la cabeza y bebida la palabra. El garito, todo hay que decirlo, no es coima de minoribus, o de
poquito, ni antro de baratillo, sino coima de maioribus frecuentada por gente
de calidad, donde se dan astillazos bien godizos, a lo grande, y lo mismo
ruedan brechas, o dados (también llamados albaneses, hormigas, astas, peste,
cuadros o Juan Tarafe), que se ara con bueyes: nombre este que los germanes
como el que nos ocupa dan al libro real, o baraja, también llamado
desencuadernada además de catecismo. En el garito se juegan lo mismo
quínolas, polla y cientos, que son juegos de sangría lenta, donde un palomo
sangra el argento poco a poco, que el siete, el reparólo y otros juegos de
los llamados de estocada, por la rapidez con que dejan a un hombre sin
dinero, sin habla y sin aliento. A fin de cuentas, la comparación no es
ociosa, y ya lo dijo Lope: Como el sacar los aceros con quien tuviere ocasión, así el jugar es razón con quien trajere dineros. Sólo que en este caso, como es costumbre en los garitos para
evitar males mayores, las armas se dejan al portero, pues en gente poco
sufrida como la española, y más si es del hampa, los dimes y diretes suelen
terminar a cuchilladas. Así, destocado del gavión, o chapeo, y de la red, la
capa, y aliviado de hierro (aunque conserva el desmallador escondido en la
caña de la grulla) pasea el valentón entre la media docena de mesas, rumor de
conversaciones, ir y venir de tahúres, mirones y entretenidos que despabilan
velas y cumplimentan a los que ganan, en busca de propina, o barato. En las
mesas, alrededor de las cartas y de los dados que ruedan, se oyen suspiros,
jaculatorias y pardieces. Sobre todo esto último: juramentos de los que
alijan el navío. O sea, los que palman, o más bien, aquellos a quienes
despalman: Veinte escudos que tenía de mi amo le he jugado con un fullero taimado, pensando que no sabía. Por la compuesta le alcé, y tanto del juego ignoro, que, de veinte escudos de oro, con uno me levanté. En ese ambiente de tipos gariteros (sages, vivandores, coimeros,
templones, cercenadores, caballos, astilleros y dancaires), nuestro bravo
encuentra a algunos conocidos, mirones y prestamistas del garito, llamados
tomajones, que lo abrazan. Y responde a tanto afecto con tiento, recordando
que en lugares como ése, españoles todos a fin de cuentas: Cuando te abracen, advierte que segadores semejan: con una mano te abrazan, con otra te desjarretan. Se juega nuestro bravo el cumquibus de su daifa, evitando las
mesas donde fulleros de él conocidos, doctores de la valenciana expertos en
ahuecar el as, el rey, el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo,
astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo,
despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras.
Llevan éstas los naipes (los bueyes) preparados y llenos de trampas, o
flores, que son tan infinitas como el ingenio (berrugueta, ballestón, tira,
cristalina, alademosca, panderete) y que parecen directamente salidas del
popular romance de Perotudo: Diez huebras lleva de bueyes; cada cual es con su flor, con la raspa y cortadillo, tira, panda y ballestón. Prueba primero nuestro bravote con los dados, a los que él llama
brechas. Ruedan en su contra, así que piensa que están cargados o tal vez
amolados: Mira mal al brechador, a quien le resbala, y decide cambiar de
aires antes de que lo dejen en cordobán. Se va a una de las mesas de las
cartas donde se aran quínolas y cuaja conversación, que así se dice a empezar
a jugar. Pero hace agua, o sea, pierde más que gana. Y como no es de los que
callan como en misa, termina jurando a los doctrinales. O, dicho de otro
modo, a echar mantas y no de lana, renegando del papo de Adán y del broquel
de Eva. No se fía del tahúr que lo despluma, y lo observa con mucho cuidado
intentando descornarle la flor, atento a si hace amarre (que es trampa para
que salga cierto naipe), o retén (también llamado salvatierra), reteniendo el
siete de matantes, o de espadas, que en germanía se conoce como setenil,
ronda o cueva del becerro. Carta esa, o buey, que a nuestro bravo le
permitiría cambiar su suerte. Pero no lo consigue. Sigue perdiendo, y añusga
de mala manera al fullero, que con mucha desvergüenza le sostiene la mirada.
Sin duda es brujulero fino, de esos de los que puede decirse: ¡Vive Dios, que no hay mayor bellaco desde aquí a Roma! ¡Qué bien unos naipes toma, qué bien sabe cualquier flor! Viendo su dinero más perdido que el alma de Judas, se arrufalda
nuestro bravote; más por no poder probar la flor que porque se la hagan.
Aunque empieza a olerse que la alicantina se la fragua un doble del fullero,
que a su espalda, dándoselas de curioso, puede estarle haciendo el espejo de
Claramonte, pasándole al otro señas para soplarle los palos vacíos (el cinco
de bastos), la calle del puerto (el seis de copas) y la puta de copas (la
sota) que nuestro bravo tiene en las manos y que el otro le avizora, o
columbra, por encima del hombro. Al fin se vuelve el rufo a decirle al
apuntador que se quite de ahí. Echan verbos y mentís por la gola, y al cabo
hace nuestro león ademán de meter mano a la temeraria que no carga, porque se
la dejó al portero. Dicen de salir a reñir afuera. Tercian los conocidos y
también el coimero, el dueño del garito, pidiendo que no se alborote el aula;
y al fin, nuestro bravo observa que el fullero y su contrayente (hoy todavía
se usa la palabra consorte para cómplice) son hombres avisados y no están
solos, sino que tienen cerca una camada de cuatro o cinco campeadores de
garulla, allí llamados padrinos o ángeles de guarda, por si las cosas se
complican y hay que darle a alguien en la calle un catorce, o un antuvión de
esos que llaman conclusión o mojada de cien reales. El caso es que, como las
reglas de los que profesan de braveza dicen valientes pero no tontos (o sea,
crudos pero no badajos), nuestro Roldán decide que peñas y buen tiempo. De
manera que se va hacia la puerta como si tuviera algo importante que hacer,
tocándose el cinto cual si lamentara no ir de hierro hasta las cejas. Y allí,
muy arrojado de chanfaina, se vuelve a medias y le dice al mozo de la puerta:
«Cuerpo de Mahoma, juro a dix y vive Dux, juro por mis dos y por mis cuatro
que si no tuviera un asunto urgente, voto al cinto, desataba la sierpe y le
contaba los botones con mi temeraria a más de un bellaco. Por vida del rey de
espadas (que de España iba a decir) que no hay bastantes hombres aquí para
quien, como yo, ha reñido cien veces y matado a quinientos, y eso en ayunas.
A fe de quien soy, y no digo más. Y quien dijese lo contrario, miente». ... Y luego, encontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. Muchas gracias.
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CONTESTACIÓN DEL EXCMO. SR. DON GREGORIO SALVADOR Señores Académicos: Quiero manifestaros ante todo mi gratitud por haberme designado
vuestro portavoz en este acto ritual y siempre emocionante de recibir en
nuestra casa a un nuevo compañero, porque me honra y me complace ser yo quien
le dé la bienvenida a Arturo Pérez-Reverte, muestre los caminos y los logros
que lo han traído a esta corporación y responda al discurso que le acabamos
de oír. Sabéis que fui uno de los tres académicos firmantes de su
candidatura, con Eduardo García de Enterría y Antonio Muñoz Molina. Para el
primero, la Real Academia Española no podía caer en el error de la Francesa,
que no incorporó nunca a Alejandro Dumas, con quien tan vinculado se siente
nuestro novelista, al que algún crítico ha llamado, afectuosamente, «el
quinto mosquetero», y para Antonio Muñoz Molina, «Arturo Pérez-Reverte
culmina en la narrativa española un proceso de recuperación del gusto de
contar y del reencuentro de la novela con el lector común que venían ya
insinuándose desde algún tiempo atrás en algunas otras novelas que usaron las
claves de la literatura de género como puntos de partida para contar el mundo
y para establecer una complicidad gozosa entre la novela y el lector».
Digamos, finalmente, que yo no era sino uno de esos tantísimos, incontables
lectores que han disfrutado de sus relatos, a la par que admiraba su
fidelidad histórica, su precisión documental, sus pinceladas de humor y la
eficaz trasparencia de su prosa. Añádase el conocimiento personal, desde hace
nueve o diez años, que sin haber sido frecuente, ha sido bastante para
advertir en él una calidad humana, una generosidad intelectual, una
independencia de ideas y una claridad de juicio, que han ido ganando, poco a
poco, mi aprecio, mi admiración y mi amistad. Comprenderéis, pues, mi satisfacción por oficiar, con la voz de
la Academia, en este acto protocolario pero jubiloso que nos reúne esta tarde
para recibir a Arturo Pérez-Reverte. Porque existe aún otra circunstancia
para mí particularmente sensible. El nuevo académico viene a ocupar el sillón
T mayúscula, el que dejó vacante al morir mi maestro Manuel Alvar, a quien
él, que no llegó a conocerlo sino a través de sus discípulos, ha retratado en
esbozo, con intuición y tino, en el preámbulo de su discurso. Diré yo ahora
que si algún escritor se podía vislumbrar, en el panorama actual de nuestra
literatura, que me pareciera adecuado para suceder a mi maestro en ese
sillón, no era otro que Pérez-Reverte, andariego como él, igualmente
universal, el único que ha pisado, como el inolvidable filólogo, todos y cada
uno de los países de nuestra lengua y que ha ido dejando memoria de sus
trabajos, que es conocido y alabado en todos ellos. Hasta raro se me antoja
que no coincidieran ninguna vez en algún avión, en algún aeropuerto, en algún
cruce de caminos. Era en ese sillón académico donde, después de tantas
vicisitudes y avatares, del uno y del otro, se iban sus nombres a emparejar. Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena en 1951. Lector precoz,
devora ya en la infancia todas las viejas novelas folletinescas, de misterio
o de aventuras o de recreación histórica que acumulaba la biblioteca de su
abuelo: Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Julio Verne, Daniel Defoe, Salgari,
Conan Doyle, Galdós, con sus Episodios Nacionales, lo van ganando para la
imaginación y la literatura. Ya adolescente continúa con Galdós y con Baroja,
Valle-Inclán, Wells, Melville, Conrad y, en seguida, los clásicos españoles.
Su padre lo lleva al teatro, cuando hay ocasión en la ciudad provinciana, y
esas representaciones, ese oír los versos de Lope o de Calderón, le mueven
los pulsos y le excitan los ánimos. Su padre sabe sembrar en él inquietudes
de lectura, ponerle disimulados cebos en lo que piensa que debe leer. Y le
abre puertas al mundo clásico. Refuerza con un profesor privado el obligado aprendizaje
del latín y el griego que exigía el bachillerato de la época. Y de este modo
traduce, con pasión, a César, a Virgilio, a Horacio, luego a Jenofonte y a
Homero. Su prosa se va haciendo con esas traducciones de la Iliada, de la
Odisea, y su imaginación se va poblando de aquellos héroes del mundo antiguo.
Pero es la Anábasis el libro que más lo influirá y que marcará decisivamente
toda su obra. Soldados perdidos en territorio enemigo, sin retaguardia que
los proteja, es un tema recurrente en sus relatos, porque esa es la gran
metáfora de la vida para Arturo Pérez-Reverte. El hombre no es más que eso:
un soldado perdido en territorio hostil. Aquel muchacho que traducía el
relato de Jenofonte recuerda ahora, recordará siempre, la más fuerte
impresión literaria de su vida, desvelando el texto griego, con el
diccionario a mano, con la gramática en la cabeza: aquel destacamento de
soldados griegos que alcanza la cumbre de una montaña y avista el Ponto
Euxino: ¡zalasa, zalasa! ¡El mar, el mar! Y aquel muchacho, hoy el novelista que recibimos, explica así su
literatura: «Mi único secreto es muy simple y está al alcance de cualquiera:
planteamiento, nudo, desenlace, las comas en su sitio, y sujeto, verbo y
predicado». Y luego lo condensa en tres palabras: «Escribo como lector». Le
preguntan por sus temas y dice que acude a los asuntos que literariamente más
lo han emocionado, los grandes temas clásicos, y precisa: «El honor, la
amistad, la aventura, el mar, el peligro, el tesoro, el laberinto, el
enigma». «Utilizo -añade- los mecanismos de la narración clásica: ¿por qué
empeñarse en cambiar algo que han hecho tan genialmente Galdós, Stevenson,
Dumas o Stendhal? Cuento historias en las que pasan cosas...». Cuando terminó el bachillerato deseó venir a Madrid a estudiar
Periodismo e ingresó en la por entonces flamante nueva Facultad. Su padre
opinaba que bueno, pero que debía hacer, aunque fuera a la par, una carrera
seria, y se matriculó también en Ciencias Políticas, de la que llegó a
concluir tres cursos. Pero en la que se licencia, finalmente, en 1973, es en
la que deseaba, en Ciencias de la Información. Entra de reportero en el
diario Pueblo y en seguida lo mandan a informar sobre la guerra de Chipre.
Trabajará doce años como corresponsal de guerra, en ese periódico, y luego
otros nueve en TVE. Será testigo de todas las guerras ocurridas entre 1973 y
1994, que fueron muchas, se pierde la cuenta: la del Líbano, la de Eritrea,
la del Sáhara, la de las Malvinas, la de El Salvador, la de Nicaragua, la del
Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique,
la de Angola, el golpe de Estado de Túnez, etcétera, etcétera. Las últimas
que cubrió, ya para TVE, con imágenes y reportajes en los telediarios, fueron
la revolución de Rumanía, la crisis y guerra del Golfo y las de los Balcanes,
la de Croacia y la de Bosnia. También había dirigido, durante cinco años, La
ley de la calle, un programa de Radio Nacional de España sobre marginalidad y
delincuencia, por el que recibió el Premio Ondas de 1993. Su mundo no era, pues, el de los círculos literarios y al
relativo éxito de su primera novela, El húsar, de 1986, no se le presta
demasiada atención; el de la segunda, El maestro de esgrima, 1988, resulta ya
más notorio, y con la tercera, La tabla de Flandes, de 1990, y la cuarta, El
club Dumas, de 1992, se consagra como novelista arrollador, como autor
siempre instalado en las listas de libros más vendidos. Su obra empieza a
traducirse y a traspasar fronteras y la crítica española se muestra remisa a
reconocerle méritos literarios, considerándolo un escritor de novelas
populares cuyo éxito se basa en ser una cara conocida de televisión. Pero más que cara conocida era un personaje conocido, no un
simple busto parlante sino un tipo alto y enjuto, con gafas de concha y
chaleco antibalas, que nos contaba, al amparo de una tapia o resguardado por
unos sacos terreros, el día a día de las guerras de los Balcanes, entre
ráfagas de ametralladora, explosiones de bombas, destrucciones, muertos,
heridos, ambulancias, carros de combate y personajes más o menos siniestros,
y nos lo contaba directamente, mirándonos a los ojos, con oficio,
imperturbable delante de la cámara, con una mochila colgada, en la que, al
parecer, llevaba más libros que cualquier otra clase de utensilios, pues sólo
la lectura le permitía sosegarse y reponerse de los horrores que se veía
obligado a presenciar cada jornada. En 1994 abandona TVE y publica Territorio Comanche, en el que
narra, con brevedad y dureza, sin pelos en la lengua, su experiencia de
reportero en esa última guerra a la que asiste. Otras dos narraciones breves,
novelas cortas más o menos, La sombra del águila y Cachito o Un asunto de
honor, publica en 1995 tras aparecer como folletones en El País. De ese mismo
año es La piel del tambor, y un año más tarde publica el primer tomo de lo
que van a ser las aventuras de El capitán Alatriste, que se irán
desarrollando, en años sucesivos, con Limpieza de sangre, El sol de Breda y
El oro del rey. La crítica comienza a entregársele y a reconocer que hay
mucho más que un simple folletinista o un constructor de novelas de misterio
o aventuras en el reportero de Cartagena. Ahora empieza a ser el escritor de
La Navata, lugar de la sierra madrileña donde se ha retirado a escribir, que
es ya su único oficio: darle a la tecla desde las nueve de la mañana hasta
las tres de la tarde sin interrupción. Con reflexión, con documentación
irreprochable para sus recreaciones históricas y con «la impecable factura
estilística que se gasta en sus narraciones», según apreciación literal de
Luis Alberto de Cuenca, que le dedicaba un artículo a la saga del capitán
Alatriste en un volumen de quinientas páginas, Territorio Reverte, con
treinta y dos ensayos sobre su obra, de otros tantos autores, que publicó
hace dos años la Universidad suiza de Berna. De vez en cuando se marcha a
navegar en su propio barco, que es su gran afición; afición que le ha
inspirado su hasta ahora penúltima narración, La carta esférica. Explica, sin
embargo: «No navego por aventura, sino para estar lejos de lo que no me
gusta». Pero también suele decir que su patria es el Mediterráneo. Ya nadie se atreve a poner en tela de juicio su calidad
literaria. Su última novela, La Reina del Sur, situada su acción en nuestro
tiempo y localizada en Sinaloa, México, y en nuestra Costa del Sol y Zona del
Estrecho, con personajes entremezclados de uno y otro país, es un verdadero
prodigio de observación lingüística, de matización de las diferencias, de
entendimiento de los usos idiomáticos. Es probablemente hoy el escritor español en activo con más
presencia en los territorios americanos de nuestra lengua y esa última novela
lo ha acabado de consagrar allá. En el mes de noviembre pasado, en el
Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española que se celebró
en San Juan de Puerto Rico, el director de la Academia Costarricense, Alberto
Cañas, escritor prestigioso, novelista también, como todos sabemos, me
preguntó: ¿No han pensado ustedes en llevar a Pérez-Reverte a la Academia? Le
contesté que varios académicos ya lo estábamos pensando. Y así era y justo
será recordar que fue nuestro llorado secretario, Domingo Ynduráin, quien
primero pronunció su nombre como el de un candidato ineludible. Las obras del nuevo académico se han editado en muchos países
hispanohablantes y la serie de El capitán Alatriste se ha convertido en
España en materia de lectura escolar, porque su intención fue desde el
principio, al concebir este personaje, que la recreación, con él, del
ambiente de nuestro Siglo de Oro, de los hechos, los modos y los
acontecimientos, llenara de alguna manera el hueco dejado por el destierro de
la historia en los planes de estudio, en algunas naciones de América están
cumpliendo idéntica función, pues ellos sienten claramente que esa historia
les afecta y les es común. El éxito del personaje en el nivel secundario de
enseñanza ha llevado incluso, en España, a traducirlos al catalán y al
eusquera, con lo cual suman ya veintiocho las lenguas a las que nuestro autor
se ha traducido. En dos naciones tiene muy particular presencia: en Francia y
en los Estados Unidos. Ya en 1993 la revista Lire eligió La tabla de Flandes
como una de las diez mejores novelas extranjeras traducidas ese año al
francés y se le concedió también el Grand Prix de literatura policíaca; en
1997 recibe el Premio Jean Monnet de literatura europea, y en 1998 es
nombrado Caballero de la Orden de las Letras y las Artes por el Presidente de
la República Francesa, y en 2001 se le otorga el Premio Mediterráneo a La
carta esférica en su traducción al francés, que también es galardonada por la
Academia de Marina del vecino país. En los Estados Unidos, el Suplemento
literario del New York Times consideró, en 1994, La tabla de Flandes como una
de las cinco mejores novelas extranjeras publicadas ese año en aquel país y
la sigue recomendando a sus lectores en los años siguientes; en 1998
selecciona El club Dumas como uno de los libros de ficción más importantes
del año literario y define la novela como «deliciosa y llena de
inteligencia»; y en 2000 destaca El maestro de esgrima, tardíamente traducida
ante el éxito del autor, como uno de los mejores libros del año y resalta «su
espléndida ejecución». La tabla de Flandes en Suecia y El club Dumas en
Dinamarca reciben igualmente premios u honores reservados para novelas
extranjeras. Estas y otras narraciones de Arturo Pérez-Reverte han sido
llevadas al cine: se han realizado ocho películas hasta el momento, tres en
los Estados Unidos y cinco en España. Arturo Pérez-Reverte se ha propuesto en todo momento hacer buena
literatura, porque ha sido siempre un entregado amante de ella, un denodado
lector. Empieza tarde (tiene 35 años cuando publica su primera novela, en
1986), pero lleva trece años viendo guerras sin cesar y treinta leyendo
libros sin parar. Y diez años después, en 1996, ya absolutamente triunfador,
cuando salta al ruedo literario su capitán Alatriste, contesta de este modo,
en una entrevista, a quien le recuerda esa llegada tardía a la literatura:
«Uno publica cuando cree que tiene algo que contar, cuando siente una
necesidad casi física de contar historias. Hay que esperar a sentir esa
necesidad: hasta entonces podemos aprovechar el tiempo viviendo y leyendo.
Pero, fíjese, ni siquiera ahora, cuando llevo diez años publicando libros, me
sé escritor: yo soy, ante todo, un lector. Un lector apasionado cuya
verdadera patria son los libros que ha amado. Concibo la escritura como una
forma, también apasionada, de rescatar todos esos libros que amé, que sigo
amando». Y antes ha dicho a su entrevistador, que también había mostrado su
asombro ante el hecho de que, salvo Territorio Comanche, en ninguna de sus
novelas hubiese utilizado los recuerdos de su intensa experiencia como
corresponsal de guerra: «Lo cual no quiere decir que prescinda de mi vida a
la hora de abordar una novela. Mi vida está detrás de cada página, de cada
personaje. Ahora bien, mi propósito no es contar mi biografía (eso resultaría
muy aburrido), sino contar el mundo: intentar trasladar al papel la lucidez o
la confusión que la vida me ha dejado. No escribo para contar mi vida, sino
para contar los amores que no he tenido, las cuentas que no he saldado, las
mujeres que no he amado, los enemigos a los que no he matado, los amigos a
quienes no he podido abrazar». Permítanme que incluya aquí una reciente
observación personal. Su primera novela, El húsar, yo no la había leído;
había entrado en su narrativa por La tabla de Flandes y Territorio Comanche y
no me había preocupado de volver la vista atrás; pero ante este deber de
recibirlo hoy, que se me encomendaba, consideré obligado completar mis
lecturas. Y El húsar me ha dejado atónito: creo que nunca he leído una novela
donde la guerra esté descrita tan duramente, sin paliativos, con toda su
crueldad y truculencia, con su inevitable desbarajuste, sin escatimar rigores
y atrocidades. Es una recreación histórica vista por un subteniente de
húsares del ejército napoleónico en la guerra de España, nuestra guerra de la
Independencia, pero no desde el recuerdo de los libros leídos, sino desde la
inmediata experiencia del corresponsal de guerra que la está escribiendo. Y
ese entreverar lo vivido y lo leído creo que es una constante en su narrativa
y la razón que la trasciende. La preocupación por ese ensamblaje de la realidad con la ficción,
por escribir para su extenso público manteniendo, por encima de todo, la
calidad literaria de su producto y la fidelidad en los detalles de sus
recreaciones históricas, es una constante en su quehacer. Se documenta hasta
la saciedad y está convencido de que los libros más vendidos igual pueden ser
obras deleznables y ocasionales que obras bien escritas, sólidamente pensadas
y con esperanza de futuro. «Yo escribo para vivir más y me siento un hombre
libre», ha dicho en alguna ocasión. Libre, pero heredero de una larga e
imponente tradición narrativa: «Nadie -añade- salvo los soberbios, los
cretinos o algunos bobenzuelos a quienes vuelven locos los elogios de algunos
críticos cantamañanas, puede creerse de veras capaz de escribir nada que
merezca la pena con una memoria literaria o cultural que empieza en Kundera o
en la última película de Tarantino. Cervantes, Shakespeare, Tolstoi,
Dostoievski, Galdós, Valle, Stendhal, Quevedo, Virgilio, Homero, Dickens,
Dumas, Stevenson, Melville y todos los otros, los de siempre, los viejos
maestros que nos enseñaron a contar historias como siempre se contaron,
siguen siendo necesarios antes de dar el primer teclazo, porque en ellos
obtenemos el aplomo y el equipaje y en ellos afinamos las armas de la lengua,
el estilo y la estructura». Cuando escribe de estos asuntos, es un polemista deslenguado,
implacable e hiriente. Desde hace diez años, viene publicando, cada semana,
un artículo de opinión o de denuncia en El Semanal, suplemento dominical de
todos los periódicos del grupo Correo, que llegan a más de cuatro millones de
lectores. Reunió los publicados hasta 1997 en un libro, Patente de corso, y
los comprendidos entre 1998 y 2001 en otro: Con ánimo de ofender. Vale la
pena leerlos y compararlos con sus novelas. Los títulos ya son bastante
expresivos de su actitud y de su intención. Ahora acabamos de oírle su discurso de ingreso, que me parece
que ha dejado a sus oyentes entre admirados y estupefactos. Ha sido una
especie de alarde lingüístico consciente de convencido narrador. Ha querido
demostrarnos hasta qué punto conoce los entresijos idiomáticos de nuestro
Siglo de Oro y la seguridad y fiabilidad con que podemos aceptar sus
recreaciones. El Diccionario de Autoridades incorporó íntegramente el
Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo y la Academia lo ha conservado
siempre, es decir, la mayor parte de esas palabras insólitas que hemos oído
esta tarde en nuestro Diccionario se definen. No todas porque el
recipiendario ha utilizado además otras fuentes, siempre de garantía, amén
del testimonio apabullante de los clásicos. Llega a esta casa, que concentra
sus tareas en el registro y descripción de los empleos de cada palabra de hoy
o de ayer, y ha querido mostrarnos que ya trae, a ese respecto, alguna
lección aprendida y que podrá ponerse manos a la obra desde el primer día. Es
posible que a algunos les haya parecido acumulativo, que lo es, y que lo
hayan estimado críptico y se hayan perdido en más de un pasaje sin acabarlo
de descifrar. En fin, esto último ocurre con frecuencia en conferencias y
discursos sin que podamos atribuírselo al lenguaje de germanía, pero sí a
otras jergas que se estilan y se emplean con profusión en la lengua actual,
no pocas veces especializada y pedantesca. En el discurso que hemos escuchado
la acumulación ha sido evidentemente intencionada y manejada con maestría,
pues se ha explicado lo necesario, sin cortar el hilo narrativo, y la
situación y el contexto han bastado casi siempre para atribuirles a las voces
desconocidas su exacto significado. El bravo del título, el consabido
valentón, ha desarrollado ante nosotros su rutinaria jornada, lo que nos ha
permitido conocer, paso a paso, los nombres que suele dar a las cosas que
utiliza, a las personas con las que se encuentra y a los hechos habituales en
su mundo, jalonado todo ello con jácaras y romances de Lope o de Quevedo, y
además el personaje queda dibujado, vivo, y finalmente nos resulta ser un
viejo conocido, el del famoso soneto de Cervantes al túmulo de Felipe II, con
cuyo estrambote ha rematado el nuevo académico su disertación. Sobre la
originalidad de esta no creo que le quepa a nadie la menor duda, aunque habrá
que reconocer que, evidentemente, se ha salido del canon. Pero ¿qué es el canon?, ¿quién lo fija?, ¿quién lo establece?
Con motivo de su elección para la Academia no faltó quien se lamentara por
ahí, en privado o en público, de que se hubiera elegido un escritor popular,
cuyos libros se vendían copiosamente y se leían con placer por gente muy
diversa, pero que no se ajustaba al canon. Como llevamos algún tiempo en que
se ha puesto de moda la protesta callejera, el jueves de su elección se
convocó por Internet una manifestación de rechazo ante las puertas de la
Academia. Aunque los organizadores probablemente cuenten ahora, como es
habitual, que acudieron doscientas personas, si no quinientas, lo cierto es
que sólo vinieron diez con sus pancartas y su desacuerdo, que manifestaron
con ruidos de hojalatas. Con ese débil y desangelado fondo acústico de
charanga o de cencerrada se celebró la votación, que bastó con una, con la
primera. Cuando yo salí quedaban nueve contestatarios de los diez: alguien se
había cansado o tenía otras urgencias. Dejo constancia aquí del anecdótico
episodio, uno más en la historia lateral de la Academia. Probablemente, en el
grupo habría alguien que quizá me hubiera podido explicar lo del canon.
Aunque lo que dudo mucho es que alguno de sus componentes hubiera leído
alguna vez alguna línea del escritor que rechazaban. Arturo Pérez-Reverte llega a la Academia cargado de lecturas, de
saberes y de experiencias, y con una ya extensa obra literaria de amplísima
aceptación e indiscutible calidad. Es además un hombre serio, estricto en el
cumplimiento de sus obligaciones y de una asombrosa puntualidad, una virtud
tan infrecuente. Tiene un certero instinto lingüístico y un declarado amor a
la lengua en que se expresa. Me atrevo a pronosticar que su actividad
académica ha de ser valiosa y relevante, porque posee todas las condiciones
necesarias para que eso ocurra: lo veo como un académico cabal. Estás ya en tu sitio, Arturo, estás donde debías, en la Real
Academia Española. El camino ha sido arduo, los trabajos muchos, duro el
vivir. Pero has alcanzado la cumbre, como los soldados griegos de Jenofonte
(¡zalasa!, ¡zalasa!), y has llegado a esta casa, que va a ser la tuya, y aquí
estamos tus amigos, tus nuevos compañeros, con los brazos abiertos, anchos
acaso como la mar, para darte la bienvenida.
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© Filemon, 2003
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