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ERITREA. LOS MUERTOS BOCA ARRIBA.
Pues eso, que uno tenía interés en conocer más de
cerca ese episodio de la vida de reportero de Arturo y no era cuestión de
quedarse con las ganas. Así que, haciendo gala de las más finas y depuradas
dotes detectivescas (y de una suerte que te cagas), ha llegado a mi poder -y
ahora al vuestro- este preciado documento del Jurásico Superior o por ahí.
Lo acompaño de una introducción introductoria que
os ayudara a introduciros en el tema.
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- Usted fue dado por perdido dos veces, una en 1975 en el Sáhara
y otra en Eritrea... - Sí... Lo del Sáhara fue que empezaba entonces la guerra del
Polisario, todavía no se sabía nada aquí, y crucé las líneas y me fui con el
Polisario, y en Madrid me dieron por perdido durante mes y medio. Y en
Eritrea fue peor: en aquella ocasión estaba en Tessenei, una ciudad eritrea,
con la guerrilla, y tomamos la ciudad, bueno, la tomaron ellos, y después
fuimos cercados por los etíopes, y, bueno, fue una masacre, hubo una matanza
y tuvimos que irnos a la frontera con Sudán, huyendo de noche por la selva...
Eso sí que fue una cosa mala, mala... En Madrid me dieron por muerto. Llegué
a la frontera con disentería, hecho una porquería, medio muerto... - ¿Llegó con los refugiados? - No, iba con los guerrilleros eritreos, no había refugiados. Y
salimos de Tessenei unos 500 y llegamos a Sudán 30 ó 40. Fue un episodio
tremendo. Publiqué en Interviú las fotos que pude salvar. El reportaje se
llamaba Los muertos boca arriba porque había muchos muertos... - Y usted pensó que también iba a morir. - Sí, sí, fue una de esas veces que... Aparte de que llegué a la
frontera con hemorragias intestinales, muy malo, muy malo. También fue la
única vez en mi vida que... [levanta la mano, con el índice y el pulgar
estirados]. - La única vez que ha llevado armas... - Sí, por supuesto. Porque allí nadie cuidaba de ti más que tú
mismo. - ¿Sabe usted disparar? - No, sólo lo que cualquiera que ha hecho la mili. Pero no me
gustan las armas. La gente cree que porque eres corresponsal de guerra te
tiene que gustar las armas y tienes que ser militarófilo, pero en mi caso no
es así. - ¿Y ha disparado usted? - Sólo en Eritrea, pero es que tenía que hacerlo, nadie cuidaba
de mí y... - ¿Le dio a alguien? - No lo sé y espero que no. Afortunadamente no lo sé. Pero te
diré una cosa: en esas circunstancias me hubiera dado igual el haber dado a
alguien, tenías que hacerlo. A mí me han disparado muchas veces en mi vida,
muchas veces, me han disparado para matarme y no me han dado, y, bueno..., si
una vez he disparado yo y he dado a alguien, pues mala suerte, pero se
trataba de mi piel. Pero, de todas formas, mejor es no saberlo. Al menos no
tengo sobre la conciencia ningún muerto, que yo sepa. (...) - Pues, pues... No sé, por ejemplo, yo nunca le he pegado a un
tío con gafas, pero cuando yo llevaba gafas me las rompieron un montón de
veces, y cuando empezaba en periodismo había un tío que me decía: «Hola,
chaval», y yo pensaba: «Qué tío tan simpático», y luego resulta que me estaba
haciendo una faena por detrás para que yo no fuera a hacer tal reportaje y
así poder hacerlo él... Y entonces me di cuenta de que yo era un ingenuo, un
auténtico pringao. La vida te va dejando marcas, y cuanto más te mueves, más
riesgos corres. O sea, si eres un empleado de banca, a lo mejor los riesgos
son menores, pero si tienes una vida más movida, pues hay riesgos en los que
te juegas el alma, si el alma existe... Por eso, yo, mi alma... Yo he visto
violar mujeres. Lo he visto. Tengo una de esas fotos de la memoria de que
antes hablábamos, y tengo la foto de una ciudad ardiendo, que se llamaba
Tessenei, y tíos saliendo de las casas con colchones, y radios, y vajillas; y
hay gente corriendo, y muertos en las calles, y hay mujeres a las que están
violando que están gritando en los portales. Y algunos de los que las están violando
son mis amigos, gente que ha estado conmigo un montón de meses en la selva, y
yo tengo 26 años, y estoy viendo eso. ¿Qué hago yo, las defiendo? Tendría que
haber dicho: «Moriré por defenderlas». Teóricamente tendría que haber dicho
eso, porque eso era lo que me pedía mi código personal. Pero, por otra parte,
hay una cuestión práctica: no puedo defenderlas, no vale para nada lo que yo
haga. Y después soy un periodista, un testigo, no un actor del suceso. Y de
esas fotos tengo unas cuantas. Esas cosas te... No pasas impunemente por
Tessenei. Rosa Montero entrevista a Arturo Pérez-Reverte para EL PAÍS SEMANAL (18 de julio de 1993) |
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Fue Boldai Tesfamicael quien me enseñó a limpiarlo. Boldai era
una especie de gigante eritreo, literalmente negro como la madre que lo
parió, a quien en marzo de 1977 le encomendaron la fastidiosa tarea de
mantenerme vivo mientras la guerrilla del FLE atacaba y capturaba la ciudad
de Tessenei. A los eritreos un periodista fiambre no les servía para nada,
así que a Boldai le dijeron que mucho ojito conmigo, para que yo pudiera
volver y contarlo y publicar las fotos. Boldai debía de medir casi dos metros
y hablaba italiano y francés, y era pintoresco verlo con su pantalón corto
caqui, sus armas y puñales encima, el pelo a lo afro y aquella sonrisa que
parecía un brochazo blanco en mitad del careto oscuro. El tío me daba unas
broncas espantosas, casi maternales, cuando yo me paseaba por donde podía
haber minas, o extendía mi saco de dormir sin comprobar antes si había serpientes
cerca del lugar donde iba a apoyar la cabeza. Imagínense a un pedazo de negro
como un armario echándote chorreos todo el puto día. Llegué a pensar que en
realidad lo que le habría gustado ser era institutriz británica, o estricta
gobernanta. Era un auténtico pelmazo. El caso es que durante las tres semanas que estuvimos esperando
el ataque a Tessenei, para matar el tiempo Boldai me enseñó a montar y
desmontar el Kalashnikov con los ojos vendados. Yo no tenía otra cosa que
hacer más que estar tumbado bajo las ramas que nos camuflaban, con cincuenta
grados a la sombra, leyendo Las vidas paralelas de Plutarco en un grueso y
compacto volumen de la editorial Edaf, o entreteniéndome en limpiar los
artilugios bélicos. A fuerza de practicar llegué a hacerlo tan bien que el
hijoputa de Boldai llamaba a sus colegas, y me hacía competir con los
reclutas jóvenes cronometrando el tiempo que tardaba en desmontar y volver a
montar a ciegas. Intimé así con Kibreab, Tecle, el pequeño Nagash y todos los
demás del grupo con el que semanas más tarde entraría en Tessenei, y que
luego, cuando los etíopes contraatacaron y la aviación cubana nos machacó
hasta hacernos picadillo, se quedaron allí para siempre. Todavía tengo sus
fotos, entre ellas la de Kibreab muerto boca arriba y con los sesos encima de
un hombro, el 4 de abril, tras el combate ante el banco de Etiopía. Esa
diapositiva es de las pocas que no vendí nunca. Por muy cabroncete y
mercenario y toda esa película que uno se monte, o que sea, hay cosas que no
pueden hacerse. BOLDAI TESFAMICAEL (fragmento). Publicado en El Semanal el 29 de Octubre de 2000 |
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"Quizá el muerto no era chadiano, sino etíope, y en lugar
de Yamena había ocurrido en Tessenei, Eritrea, donde el 4 de abril de 1977
Barlés estuvo media hora en una colina donde sólo había hombres muertos, y
cuando terminó el último rollo de película y dejó de verlos a través del
objetivo, sintió tanto miedo que bajó la ladera corriendo, como si temiera no
regresar nunca al mundo de los vivos." Extraído de la novela TERRITORIO COMANCHE. |
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ERITREA. Los muertos boca arriba Por ARTURO PEREZ-REVERTE (Publicado en Interviú en Abril de
1977) Tessenei es un pequeño rincón olvidado del mundo, una ciudad que
apenas figura en los mapas. Está en Eritrea, la provincia más septentrional
de Etiopía, asolada por la guerra de secesión que desde hace quince años
enfrenta a los guerrilleros nacionalistas con las tropas de Addis Abeba. En
el curso de una ofensiva desencadenada en las últimas semanas; los eritreos
capturaron Tessenei a los etíopes, tras treinta y cinco horas de feroces
combates. INTERVIU estaba allí. La batalla por Tessenei comienza a las 4,30 de la madrugada del
día 4 de abril, Lunes Santo en España, cuando un millar de guerrilleros
eritreos salen de los bosques y avanzan hacia la ciudad, guarnecida por mil
quinientos soldados etíopes. Con las últimas sombras antes de amanecer,
pequeños grupos de comandos se infiltran en las calles desiertas, degollando
a los centinelas etíopes. Cuando suenan las primeras ráfagas y el grueso de
los asaltantes cruza el lecho seco del río, irrumpiendo en el cinturón de
posiciones defensivas enemigas, un centenar de sus camaradas lucha ya dentro
de la ciudad por el control de la central eléctrica y el edificio de
Telecomunicaciones, la Banca etíope y el aeropuerto. "Quiero que te mantengas pegado a mí y agaches la
cabeza". Kibreab sonríe como los niños, tras su hermosa barba abisinia.
Su grupo está compuesto por treinta guerrilleros, ninguno de los cuales
cuenta más de veinte años, cuyos pantalones cortos y rostro imberbe les dan
un aspecto de "boy-scouts". Han permanecido seis horas inmóviles,
tendidos de bruces en la arena, esperando este momento. Prohibido fumar,
prohibido hablar. Atentos a las órdenes de su jefe, al que veneran como a un
dios. Porque Kibreab tiene treinta y seis años y sabe hacer la guerra. "Nos vamos. El primero que pise el puente tendrá derecho a
la mejor arma capturada". El puente que comunica Tessenei con la carretera de Asmara está
protegido por un blocao de sacos terreros. Los guerrilleros corren entre los
arbustos que cortan como navajas, la arena ahoga sus pasos. Pero los etíopes
ya están alerta. Una ametralladora crepita delante y las balas trazadoras
arrancan chispas anaranjadas a los arbustos. En la oscuridad, gritando
"Eritrea" a pleno pulmón, los chiquillos de Kibreab saltan como
sombras sobre un decorado irreal de humo y llamaradas. El estallido de una
granada ilumina durante un segundo cuerpos acurrucados en el suelo. Un crío,
herido o asustado, está llorando ahí delante. Su gemido, miedo o dolor queda
rápidamente ahogado por otra llamarada sobre la que se recorta la silueta de
alguien que corre enloquecido. El primer eritreo que cruza el puente no recibe su trofeo. Está
muerto. Del grupo de Kibreab, sólo diecinueve guerrilleros se mantienen en
pie. Hay cadáveres por todas partes, etíopes y eritreos se han vuelto
idénticos ante la muerte. Su aspecto no es agradable, y tú te sientas un
momento con los ojos cerrados, la boca seca y una extraña sensación aferrada
en el estómago. Un sudor frío te pega la camisa a la espalda. En algún lugar
a miles de años luz de aquí la gente va al cine, al trabajo, fabrica niños.
Aquí acaban de morir veinte hombres por un puente que ni siquiera figura en
los mapas. Pero la guerra es esto. compañero. Y te pagan por hacer un
trabajo. Los lectores esperan que les muestres cómo es la guerra, y tú no
puedes defraudarles. Van a quedar hartos. Por eso tomas aliento, compruebas
la abertura del diafragma, el enfoque y comienzas a tomar fotografías. Que
Dios te perdone, pero estos muertos no van a quedar bien si utilizas película
de 64 ASA. Hay todavía muy poca luz. Clic. Foto. ¡Qué limpia es la guerra en
el cine! Allí no se ven críos de dieciocho años con las tripas al aire. Clic.
Foto. Menudo oficio el tuyo, compañero. A media mañana, la batalla por Tessenei continúa en todo su
ardor. Los guerrilleros han capturado todos los puntos claves de la ciudad a
excepción de un campo atrincherado y la Banca de Etiopía. Donde los etíopes
continúan resistiendo. Media ciudad está en llamas y la población civil,
enloquecida, huye a refugiarse en los bosques. Largas columnas de refugiados
avanzan por la carretera. La sección de Kibreab recibe orden de entrar en la
ciudad para reforzar a sus camaradas que asedian la Banca. El maltrecho grupo
se pone en marcha siguiendo el cauce seco de un "uad" (río seco)
que discurre junto al campo atrincherado etíope. Los etíopes esperan, pero
los proyectiles pasan demasiado alto. Zumban como abejas. "Si escuchas el zumbido de las balas no debes preocuparte.
La que se oye es que ya ha pasado. El peligro está en aquellas que no oyes.
Pero no te preocupes, porque da igual. Cuando toca, toca. Cuestión de suerte
y de no levantar demasiado la cabeza". Ese mortero ha caído muy cerca. Demasiado. Cuando te levantas
tienes los tímpanos convertidos en un tambor y compruebas que sigues entero.
Te entra una alegría feroz. Cuando toca, toca. Pero a ti no te ha tocado, que
es lo importante. El guerrillero que te agarraba del hombro no ha tenido
tanta suerte. La metralla, o las piedras que saltaron con la explosión. le
han rajado a tiras la mejilla derecha. Eres el único que lleva un pequeño
botiquín de campaña, pero su contenido es ridículo, Así que cuanto puedes hacer
por el muchacho es darle un par de aspirinas y pintarle la cara con
mercromina. Tienes la lengua pegada al paladar y una sed de mil diablos,
cuando haces un alto en el camino para fotografiar ese cadáver que tiene el
rostro hundido en la arena. La sección de Kibreab entra en Tessenei a las tres de la tarde,
pegándose a las paredes como lapas. Hay francotiradores etíopes por todas
partes, y al guerrillero que marcha en cabeza le meten una bala en la pierna.
En el cine, alguien habría ido a recogerlo desafiando el fuego enemigo, pero
aquí los tiros son de verdad. Hasta que los eritreos liquidan al tirador
emboscado, el herido se queda en medio de la calle, haciéndose el muerto para
evitar que el próximo disparo le dé en la cabeza. A las dos de la madrugada me matan a Nagash, el muchacho que
durante dos semanas a sido mi intérprete y mi cocinero. Los etíopes lanzan un
contraataque, se apoderan de una manzana de casas, y los guerrilleros deben
desalojarlos con granadas y cuchillo. A esa distancia, luchando casa por
casa, las armas de fuego tienen la misma utilidad que una escoba. Los hombres
se buscan atientas en la oscuridad acuclillándose en silencio. Nagash sale de
una casa apretándose la brecha del abdomen y, sin un gemido, apoya la espalda
en la pared y se desliza hasta el suelo. Tiene dieciséis años, y muere
iluminado por el resplandor de los incendios, con los ojos cerrados, sin
pronunciar palabra. En memoria de Nagash, sus camaradas no hacen prisioneros
esta noche. El asalto a la Banca se da a las cinco y media de la tarde del
martes "santo". El blindado etíope salta tras el impacto de un
proyectil anticarro, los guerrilleros cruzan la plaza y penetran en el Banco
a la bayoneta. Dos etíopes se rinden y nueve están muertos. Tessenei se encuentra
en manos eritreas. De pie en el centro de la plaza, con los ojos enrojecidos por el
humo de los incendios, rebobino la película mientras contemplo el cadáver de
Kibreab. Las moscas, eternas compañeras de los muertos, aún no han invadido
su cráneo destrozado por un balazo. Murió en el último minuto, cruzando la
plaza a la cabeza de sus guerrilleros, gritando "Eritrea" a pleno
pulmón. Kibreab era mi amigo ¿saben? Quizá por eso siento una extraña
vergüenza cuando coloco nueva película en la máquina fotográfica, enfoco su
imagen y oigo el "clic" del disparador. Ha muerto mirando al cielo.
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© Filemon, 2002
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