Sobre Reverte

  ...y sus amigos.

 

LIBROS SOBRE LA OBRA DE ARTURO PÉREZ-REVERTE.

 

Estos señores de aquí abajo si que saben de la materia. Seguro que en cuanto os zampéis estos pequeños aperitivos en forma de Indices y Prólogos, no vais a poder evitar salir zumbando a donde lo de Er Gome a pillaros estas joyas.

 

 

 

LOS HÉROES CANSADOS

 

 

FICHA TÉCNICA

 

ARTURO PÉREZ-REVERTE: LOS HÉROES CANSADOS

Autor: José Belmonte Serrano

Editorial: Espasa Calpe

Fecha de publicación: 05/1995.

Número de páginas: 304.

ISBN: 8423976890.

 

ÍNDICE

  

PROLOGO: «Vidas prestadas» / SANTOS SANZ VILLANUEVA

 

INTRODUCCIÓN José Belmonte Serrano

  

EL MUNDO

 

(De El húsar)

En un recodo del camino

La columna siguió avanzando

Fréderic mantuvo a Noirot al paso

La guerra

 

(De La sombra del águila)

-Murat

Desde su colina

Al llegar a este punto

 

(De El maestro de esgrima)

Aquella tarde, la tertulia del Progreso

Romero había pasado de la turbación

Sonrió aprobador el de los Alumbres

 

(De La tabla de Flandes)

Se detuvo en el umbral

Muñoz sacudió el agua de su gabardina

-¿Muñoz? -Julia no pudo evitar una sonrisa

Muñoz se había quedado en pie

César curvó los labios

Julia indicó el gramófono que sonaba

Se dirigió al club de ajedrez

 

(De El club Dumas)

Conocí a Lucas Corso

Varo Borja emitió un chasquido

Replinger le dirigió una mirada de agradecimiento

-¿Qué está ocurriendo?

 

(De Territorio comanche)

Dio unos pasos por la carretera

Barlés su detuvo en la cuneta

Barlés lo sabía muy bien

Tampoco aquél era un relato original

Casi nunca intentaba explicarlo

Un tanque produce siempre una desazón especial

 

 

EL DEMONIO

 

(De El club Dumas)

-¿Has oído hablar de Las Nueve Puertas?

Dio Varo Borja unos pasos

Había una secretaria

Miré hacia las luces del tráfico vespertino

Corso hizo un gesto para interrumpirme

Regresó andando al pueblo

Leía en silencio

 

(De El maestro de esgrima)

Se la quedó mirando

Esta vez no cabía la menor duda

Dejó escapar otra carcajada

 

(De La tabla de Flandes)

Y lo vio con perfecta nitidez

 

 

LA CARNE

 

(De El húsar)

El escuadrón se congregó de nuevo

 

(De La sombra del águila)

El 15 de septiembre de 1812

 

(De El maestro de esgrima)

Media hora antes contemplé

Fue Luis de Ayala

El amor, don Jaime

 

(De La tabla de Flandes)

-Reconoce que es una belleza

-¿Cómo esta tu mujer?

 

(De El club Dumas)

Makarova puso dos cervezas mas

Impresionante comento Corso

Aquella misma tarde

-Lo conozco -dijo

Ella dormía

Se reía a solas cuando

 

(De Territorio comanche)

-Se parece a Sexsymbol

Tipos raros

 

(De «Un asunto de honor»)

Lo malo -o lo bueno

En Jabugo paramos a tomar café

¿Por qué te llaman Llanero Solitario?

 

«La pasajera del San Carlos»

 

 

EL CORAZÓN DEL HEROE

 

(De El húsar)

Un dramático suceso

No me preocupa la lluvia

La llovizna seguía cayendo

La guerra. ¡Que lejos estaba!

 

(De La sombra del águila)

Cuentan los libros

Unos dicen que gritábamos Viva España

 

(De El maestro de esgrima)

Jaime Astarloa se llevo la copa a los labios

Mientras permaneció en París

Empezaban a encenderse las primeras farolas

Casi daban las cuatro de la tarde

 

(De La tabla de Flandes)

Se detuvieron a poca distancia

Estaban en el estudio de la joven

Cruzaron la avenida desierta

 

(De El club Dumas)

Fargas. que hurgaba en el aparador

El policía entró directamente

Después de irse Pinto

Abrió la ventana

 

(De Territorio comanche)

La granada de mortero cayo lejos

En la guerra

 

(De «Un asunto de honor»)

Permitan que me presente

Pensé en lo que había sido hasta entonces

  

REVERTILANDIA

 

BIBLIOGRAFÍA

 

PRÓLOGO: VIDAS PRESTADAS

 

A su regreso del exilio en 1977, Rafael Alberti se vio asediado por los periodistas, que le preguntaron por todo lo divino y lo humano y, cómo no, por sus preferencias literarias y por su parecer acerca de las letras españolas del momento. El ya anciano poeta contestaba a duras penas a los reporteros e iba saliendo airoso del interrogatorio gracias a la sabiduría que proporciona la edad y al tono entrañable que ese aire suyo de persona bohemia y afable daba a sus palabras. Pero una joven tenaz le agobiaba con exigencias de precisión y le forzó a una respuesta que contiene una excelente lección de historia literaria en la que resulta imposible ser más exacto en menos palabras. Quería saber la periodista qué novelas españolas recientes le habían interesado y el poeta le contestó, apenas velado un impulso de malhumor, que no leía a los nuevos novelistas de nuestro país, que lo había intentado repetidas veces y que había desistido porque en sus libros siempre sucedía lo mismo: un personaje tardaba veinte páginas en subir una escalera.

 

Que el gran poeta gaditano no estaba al tanto de lo ultimo era claro, pues para entonces ya había logrado cierta notoriedad, por ejemplo, La verdad sobre el caso Savolta, la entretenida opera prima de Eduardo Mendoza, pero tampoco andaba muy descaminado. Esa narrativa morosa y que despreciaba un relato tradicional cargado de anécdotas y de personajes aludida por Alberti, había sido casi una moda desde finales de los sesenta y había llevado a nuestra ficción a una difícil encrucijada, o mas bien a un callejón de imposible salida. Por suerte, otras obras que tenían planteamientos parecidos a la de Mendoza se fueron escalonando. Unas pertenecían a autores de las promociones precedentes, como Miguel Delibes, Juan Marsé o Isaac Montero, por citar unos nombres cuyos nuevos títulos no compartían la inclinación a la inanidad anecdótica. Otras las firmaban unos escritores casi noveles que a mediados de los setenta se afirmaban reivindicando el encanto de la tradición oral: Luis Mateo Díez o José María Merino, por ejemplo. Aquel conjunto de obras vinieron a evidenciar que era posible una novela que ara sucesos, que recreara peripecias, que hablara de conflictos personales o de problemas colectivos y que tuviera categoría artística. Esa clase de ficciones que hacia 1980 ya eran moneda de uso mostraron que el viejo arte de contar no había prescrito. Así retornó briosa una novelística que, para entendernos sin dar más vueltas al asunto, podemos calificar de cervantina y que poco tiempo después consiguió lo que un decenio antes parecía una quimera, la reconciliación del lector español con sus autores, ahora situados en la cabecera de esas dudosas pero significativas listas de más vendidos.

 

Cuando en 1986 publica Arturo Pérez-Reverte su primer libro, El húsar, no se daba ningún exclusivismo artístico, sino que, al contrario, convivía la mayor pluralidad imaginable de tendencias. Este nuevo narrador, por entonces periodista de acción ya famoso, se situaba sin ambigüedades en una de las dos grandes corrientes del momento, y no solamente en la que gozaba de mayor prestigio literario. Hace un par de lustros andaba pujante un tipo contrario de narración, todavía hoy muy cultivada, que indaga con discreción y buenas maneras en interiores humanos llenos dc perplejidad y de irresolución y que se canta por una intrascendencia anecdótica muy marcada. En las obras de este sector de la novelística española reciente no sucede casi nada. Frene a ellas ha habido voces criticas que las han descalificado con epítetos muy negativos: «ensimismadas» las ha llamado Manuel Vázquez Montalbán; «catatónicas» las ha apellidado Juan Madrid. A uno y a otro les molesta la poca o ninguna atención que esos relatos prestan a los conflictos históricos y su enclaustramiento en un intimismo sin trascendencia colectiva. Les falta, podríamos decir, comunicación con la amplia y tornadiza marea de la vida. Tanto Vázquez Montalbán como Madrid prefieren un testimonio vital que ellos engarzan en crónicas corales de un tiempo al hilo de investigadores privados que descubren entresijos del crimen y la estafa. Esta rica veta de novela criminal o negra ha sido uno de los estímulos que ha tenido esa generalizada recuperación del gusto por contar, el cual se ha convertido en una de las corrientes dominantes de nuestra narrativa finisecular. En este frente que proclama el gusto por la literatura de acción se coloca Pérez-Reverte desde El húsar y asume sin complejos ya en esta primera novela un tipo de ficción por la que andarán el resto de las suyas. Es verdad que un ambiente literario que no hace remilgos a la narratividad ha propiciado la amplia difusión de sus fabulaciones, pero también resulta cierto que éstas no han ido al compás de la moda sino que surgen de profundas e indeclinables convicciones del autor. En cierta medida, como enseguida diré, Pérez-Reverte llega a utilizar alguna obra suya para reivindicar la legitimidad de su arte, haciendo de ello casi motivo de ostentación provocadora.

 

Cuál sea este arte resulta la cosa mas sencilla de definir: Arturo Pérez-Reverte es un contador de historias, un fabulador nato. Hereda en la era de las autopistas de la información la magia de la palabra inventora de mundos que suponemos en los juglares antiguos y que pervive en los narradores del zoco árabe como vestigio de un tiempo preindustrial. Si el término no tuviera connotaciones peyorativas, diríamos que es un cuentista. En ello radica la raíz última de su literatura, tanto de las formas como de los contenidos de sus relatos, y me atrevería a afirmar que ahí se encuentra la causa remota de su decisión de ponerse a escribir novelas. Sospecho que un gusto personal por oír historias, o quizás más una inclinación íntima a leer sucesos acaecidos a otras gentes, y que una insoslayable afición a vivir vidas prestadas constituyen la razón fundamental por la que un día él mismo decide contar historias a otros. Nada más desde una vivencia intensísima de lo imaginario puede alguien volcarse en la irrefrenable narración de sucesos con que ha ido nutriendo las páginas de su obra.

 

Esa virtud o cualidad es la básica y primordial de nuestro autor, pero expresada así exige ya mismo algunas consideraciones. Para mi tengo que está tocado por la gracia natural de saber contar historias y que posee un don innato que no proporcionan ni tus talleres de escritura, ni el estudio atento, ni el trabajo meticuloso. A contar no se aprende -aunque algo se pueda mejorar-, sólo se sabe o no se sabe. Pocos de nuestros novelistas de la hora presente están dotados de esa innegable facultad de convertir una anécdota en sugestiva materia novelesca y quizás nada más Eduardo Mendoza y Pérez-Reverte, de entre los recientes, la poseen en un grado máximo. Entiéndaseme que, aunque tengo a este tipo de relato en mucha estima, no suponen mis palabras regatear meritos ni derechos a otras actitudes, pues pocas manías hay más funestas que la de desnudar a un santo para vestir a otro.

 

La insistencia en esa cualidad innata de fabulador de Pérez-Reverte entraña un riesgo que ha de ser desmentido de inmediato, el de suponer en él un adanismo que cualquiera que haya leído alguno de sus libros sabe del todo alejado de la verdad. Una cosa es poseer el don del contador de historias y otra escribir con oficio. Esto último supone narrar con un diseño calculado y claro: cómo han de ser los protagonistas, qué pasos contados ha de seguir la peripecia, en qué manera se anudan los cabos que casi todo relato va dejando dispersos en el transcurso de los acontecimientos. En pocas palabras: meter en una estructura bien articulada la suma de acciones, sentimientos y voliciones que se entrelazan en cualquier conflicto humano cuando se lleva desde la imaginación creadora hasta el papel impreso. Ese orden y control son casi imprescindibles en la literatura porque ésta suele tener una causalidad de la que la vida carece con frecuencia. Las novelas de Pérez-Reverte son el resultado de un puntilloso oficio que no anula su aliento poético porque aquél está puesto al servicio de éste. Varios elementos integran el taller del escritor desde esta perspectiva: documentación, modelos literarios y planificación.

 

Cada maestrillo, como dice el refrán, tiene su librillo y debe de haber casi tantas maneras de abordar la confección de una novela como novelistas. Hay quienes escriben a partir de una documentación muy elemental y quienes la buscan minuciosamente. Pérez-Reverte milita entre estos últimos y se percibe en las detalladas y precisas noticias que encierran sus libros. Aunque no seamos ajenos al ambiente recreado, pronto nos sorprenden la exactitud y abundancia de datos que maneja, muy llamativos y curiosos en sí mismos si además se tiene en cuenta que con frecuencia se refieren a ocupaciones, aficiones u oficios ya extintos o nada comunes. En sus novelas hay desde menudos detalles de los hábitos de los húsares imperiales o inquietantes enigmas asociados al juego del ajedrez hasta peculiaridades de los bibliófilos que rozan la enajenación febril. Por no recordar, claro, el sorprendente caudal de precisiones relativas al arte de la esgrima, que hoy tenemos por algo casi exótico. Esas informaciones, aunque estén hábilmente manipuladas, responden a un conocimiento real del que dejó constancia en la fe bibliográfica que incluyó en la citada primera novela, El húsar.

 

No ha repetido esa gentileza en las siguientes, pero no puede cabernos la menor duda de que ha manejado copiosos e ilustres tratados de florete para la redacción de El maestro de esgrima. Incluso podemos intuir que él mismo ha ensayado este señorial deporte. Y la sospecha se convierte casi en inevitable certidumbre respecto de su afición personal a los libros de viejo, cuyos ritos conoce tan a la perfección que transforma en anécdota amena las obsesiones de una auténtica secta. El mérito del escritor no está en las abundantes averiguaciones aportadas desde sus inicios -aunque ello diga mucho a favor de una profesionalidad poco habitual en narradores noveles-, sino en el acierto con que se utilizan. Nunca hace ostentación de los datos ni quiere atraer la atención sobre ellos mismos. Se mantienen fieles a su condición de instrumento y jamás se convierten en materia inerte. Al contrario, funcionan como un material, interesante y aun novelesco, sobre el que descansa la verosimilitud histórica, en su caso, y que contribuye a dotar de plasticidad a un espacio argumental o a crear un ambiente de época vivenciado y real.

 

Esta veracidad noticiosa no es del todo independiente de un soporte distinto y complementario, uno que bebe en otras fuentes, en las de la propia ficción. Pérez-Reverte tiene devoción por la literatura de folletín y sus libros guardan una doble deuda con ella. Por una parte -y de el]o no poseo más prueba que una razonable sospecha ,la contraída por la fascinación que tal género debe de producir no tanto en el escritor como en la persona llamada Arturo Pérez-Reverte. Han de ser gustos y experiencias que arrancan de la edad juvenil los que provocan en él efectos proyectivos e identificadores semejantes a los que luego busca con sus mismos libros, quizás sin proponérselo voluntariamente. Por otra parte, me parece que Pérez-Reverte es tan experto conocedor de los mecanismos y reglas de este género como un crítico profesional. Los recursos analizados por el supuesto estudioso los aplica, en términos generales, a sus ficciones con fidelidad y con maestría constructiva, la que viene de haberlos interiorizado muy bien y de estar capacitado para reproducirlos sin forzados mecanicismos, de modo que resultan fieles a su fuente sin producir un efecto de pastiche. Sobre los recursos del folletín, a los que los grandes novelistas del siglo pasado no hicieron ascos, se construye la llamada literatura popular, con la que las novelas de Pérez-Reverte mantienen algún grado de parentesco. No por casualidad, sino por esa mentada admiración sentimental del escritor. A causa de esta adhesión asume el peligro de practicar unos modelos literarios tan lícitos como cualquier otro, pero carentes de un prestigio incondicional. Así, le vemos en una peculiar situación, la de quien tiene que llevar a cabo una encendida defensa de su propio arte porque conserva algún rinconcito de mala conciencia o de alerta suspicaz que le avisa que sus libros pueden ser tenidos por obras de amena y vaga literatura, como antes se decía. Por eso El club Dumas se convierte en buena medida en un alegato a favor de una causa, la de esa literatura popular, que no necesita defensa alguna. Notamos el recelo del autor de que su libro (y la observación vale también para los otros suyos) no se tenga en toda la estima que merece por prejuicios culturalistas y por cultivar una forma de poca reputación y no muy apreciada en los ámbitos que dictan la azarosa y relativa legitimidad del arte. No es extraño que enarbole esa bandera porque sabe las reticencias que despiertan unas narraciones como las suyas en este fin de siglo en el que influyentes teóricos dan por descontado que una novela no debe ser el relato de una aventura sino la aventura de un relato.

 

El tercer elemento del arte narrativo de Pérez-Reverte se basa en la minuciosa organización de la historia, que se convierte en un complejo mecanismo cuyas piezas encajan con la misma exactitud que las de una maquinaria complicada. Al modo, si valiera la comparación, de un reloj, todas las partes y ruedecillas cumplen a la perfección su cometido, sin que nos apetezca saber gran cosa de ellas, porque sólo deseamos que marquen la hora con puntualidad. Justo lo contrario de lo que prefieren otros narradores que hacen ostentación postmoderna de su habilidad en la confección de intrincados artilugios formales. Las tripas de las novelas de Pérez-Reverte son maquinarias bien ajustadas y engrasadas, pero que no tienen otra voluntad que la de servir de medio para alcanzar la armonía final del conjunto del relato. El lector sabe, aun el menos experimentado, que el autor le hace trampa y que desarticula la secuencia natural de los hechos hasta los límites de lo laberíntico, en algún caso, para conducirle al desenlace. Pero nos dejamos atrapar porque los resortes de la trampa, aunque podríamos descubrirlos, forman parte del hechizo que lleva a suspender el enjuiciamiento para consentir que nos arrastre el vértigo de lo que le pasa a la gente. Ese hechizo es el resultado del encanto de contar -el mismo que permitía a Sherezade salvar la cabeza noche tras noche-, y también de otro engaño o anzuelo que Pérez-Reverte coloca con taimada intención y eficaz resultado al inicio de varios de sus libros: una intriga que atrae de entrada al lector y le mantiene atento por la curiosidad de saber cómo se resuelve y porque también él puede echar su cuarto a espadas en su desentrañamiento, aunque el autor se reserva la última y sorpresiva palabra.

 

Estos recursos de artista consciente y responsable, alejado de la invención espontánea del narrador de olfato, no pueden separarse de otros elementos constructivos. Salvando las distancias que se quieran, así como Cervantes reconstruyó en Don Quijote buena parte de la ficción anterior y coetánea, de manera semejante Pérez-Reverte recrea en sus obras variedad de esquemas narrativos. Ya está dicho que asume gustoso el relato de aventuras. Añádase que se apropia de la narración de intriga y que en algún caso no anda alejado de la novela de investigación policiaca o criminal. Además, también cultiva el relato histórico en el que el pasado se convierte en magister vitae y se proyecta hacia situaciones vivenciales presentes. En fin y quizás no agoto el repertorio-, practica asimismo la ficción culturalista que nos lleva a un terreno aureolado de crédito, el de la literatura y la bibliofilia. Obsérvese que varios de estos géneros ya establecidos y con tradición propia conviven en una misma obra. Pongamos por caso El maestra de esgrima, que es sin duda una novela histórica pero puede tenerse por un relato policiaco y en la que no falta un discreto pero patente culturalismo. O pongamos El club Dumas, en la que no está ausente ninguno de esos componentes aunque cambie su intensidad: un relato metaliterario se trenza con una investigación criminal que habla igualmente de usos de otro tiempo. E intriga, cultura e historia se asocian también en La tabla de Flandes. Esta bien ligada argamasa de modelos produce un curioso resultado. Cada uno de ellos por separado tiene una extraordinaria vigencia en la actualidad, al punto de haberse convertido en subgéneros de moda, y a ello se debe el tinte de modernidad que logran unas novelas que curiosa y deliberadamente poseen un cierto sabor antiguo. En esta mezcla de lo tradicional y lo moderno debe de radicar no la única, pero sí otra de las razones de la amplísima acogida que la sociedad lectora está dispensando a Pérez-Reverte. Añadiremos, sin embargo, en honor de la exactitud, que no siempre emplea este procedimiento acumulativo y de bastante complejidad, y que La sombra del águila, de configuración muy sencilla, resulta no menos atractiva.

 

Si el gusto por contar y el consiguiente disfrute del lector con los sucesos referidos resultan básicos ¿n el ideario novelesco de Pérez-Reverte, no acaba en ellos la meta en que cifra su ambición. No cuenta sólo para entretener, no busca una literatura de evasión que se consuma en sí misma, en las sutiles trazas de la peripecia o en la gala del artificio. Ese componente de amenidad, distracción y sorpresa, fundamental, por otra parte, en alguien que no oculta su deseo de alcanzar cifras elevadas de lectores no está reñido con otras dimensiones más hondas y más nobles de la literatura. De hecho, los grandes temas de siempre de las bellas letras están en todas y cada una de sus ficciones: el amor, la vida, la muerte, la piedad, el honor, el idealismo, la rectitud, las apariencias, la honestidad... Bajo el ir y venir de los personajes o entre enigmas, incidentes y discreteos laten a cada paso esas pulsiones humanas sustanciales. No siempre están en la superficie del texto porque éste, aunque la apariencia de una narrativa de acción lo disimule, posee un espesor que encubre un sentido y lo dota de valores universales. Los personajes, marcados por impulsos privados, bien perfilados con rasgos individualizadores, son cuino pequeños planetas de la constelación general de la humanidad. Tienen algo de ejemplares representativos de lo mejor y peor de cada ser humano, de cada uno de nosotros, los lectores. Las novelas de Pérez-Reverte encierran, así, una interpretación de la ~ ida que no aflora en una primera instancia porque el sucederse de acontecimientos absorbentes nos arrastra.

 

Ahí radicaba la dificultad mayor del empeño antologal de José Belmonte: dejar al descubierto el entramado de asuntos y obsesiones del escritor sin que al parcelar sus libros se perdiera su fuerza motriz principal, el repetido gusto por contar. Ha superado Belmonte el reto con conocimiento, pericia e inteligencia. Ha conseguido fraccionar al escritor sin descoyuntarlo. Ha logrado aislar y presentar los núcleos sustanciales de las inquietudes del autor de modo orgánico y bien estructurado. Y ha proporcionado sentido y coherencia a lo que podrían parecer estímulos más o menos aislados de una obra narrativa todavía en marcha, pero que a la luz de este libro, LOS HÉROES CANSADOS, que es mucho más que una convincente selección de textos, muestra poseer una sustantiva unidad. Todo ello se expone, además, con muy ajustadas razones en una puntillosa introducción.

 

La labor del antólogo describe una imagen global y coherente del escritor, y es acerca de ésta, del sentido general dé mundo que el conjunto de la obra de Pérez-Reverte arroja hasta ahora, sobre lo que quiero agregar unas reflexiones finales. No sabemos por dónde discurrirá el autor en el futuro, pues por su edad puede tomar todavía rumbos insospechados, pero me parece que hasta el momento su obra surge de una confrontación emocional entre el escritor y la vida. Habremos de anotar un dato muy llamativo: quien es conocido periodista del frente, cronista de guerras y otras calamidades, no escribe prácticamente nunca a partir de esa lacerante realidad actual, y nada más Territorio comanche, libro no novelesco de homenaje a su profesión, ha roto esa regla. Los enfrentamientos armados, los enredos por el poder, los instintos homicidas, sí aparecen en sus novelas, pero colocados en un distanciamiento temporal o vistos en una perspectiva que los universaliza en cuanto elementos de la condición humana. Esta se convierte, creo, en el motivo que late bajo todos los escritos de nuestro autor, el cual la toma por los cuernos, la describe en sus miserias y maldades y la contempla sin paños calientes. Pero eso sí, con una actitud autorial que entraña una buena dosis de comprensión. Esta actitud viene de una manera global de ver el universo que no conduce a la incriminación ni a la expresión de una postura de superioridad, aunque el juicio vertido sobre el mundo sea muy severo. Al contrario, los libros de Pérez-Reverte llevan al dominio del sentimiento elegiaco que he mencionado antes de pasada. Hay en ellos, por encima de detalles menudos, una elegía de tiempos que fueron y de un pasado que contuvo mayores dosis de dignidad, caballerosidad y honor. Imagino que la experiencia de la guerra y de los infortunios planetarios que posee el periodista profesional tendrá su parte de responsabilidad en esa postura.

 

Esta suposición concierne a la intimidad del escritor, pero la digo porque tiene consecuencias literarias que sí nos afectan, sobre todo el tono melancólico que se desprende de unos relatos aventureros que vienen a proclamar una nostalgia del pasado. El periodista ha contado y vivido los estragos indiscriminados que producen los ingenios militares de nuestros días, pero el novelista recrea la destreza de la esgrima, que busca una muerte individual, selectiva y artística. La bomba o el misil contra el florete; la tecnología frente al arte. Basta con leer las dos o tres páginas iniciales de El húsar para ver la intensidad de esta actitud, y no se olvide que es la primera obra del autor. Estamos a comienzos del siglo xix, en plena campaña napoleónica en España. Dos militares imperiales hablan de sus armas. Frederic Glüntz pondera su sable. Su compañero Michel de Bourmont no comparte esa admiración, le parece un instrumento de carnicería y vulgar. Respecto de las armas de fuego, declara Bourmont que «matar a distancia no es honorable» y agrega luego que las tiene por símbolo de una civilización decadente.

 

¿Qué papel juega el individuo en este planeta declinante, belicoso, taimado y desenamorado? Pérez-Reverte resulta un escritor barojiano: sus personajes se debaten entre el vitalismo y la abulia, que toma forma de escepticismo y casi de resignación. Se prefieren los luchadores, los idealistas y los que acometen con empeño una empresa por el único motivo de mantener una ilusión o por la simple razón de que no puede hacerse en la vida otra cosa que vivirla. Los grandes ideales y los tiempos de la búsqueda y de la aventura se terminaron. De un fondo reactivo a esta situación surge el imaginario de Pérez-Reverte y por ello la literatura y la lectura tienen tanto peso en sus obras. El viejo y clásico dilema, el dilema cervantino por excelencia, vida y literatura, está en el trasfondo de sus relatos. El caballeroso Jaime Astarloa de El maestro de esgrima le dice a la enigmática Adela de Otero que él no lee novelas y ella reconoce que lo mejor es vivirlas. Algo parecido se sostiene en el colofón de El húsar, pero ahora no referido a la ficción sino a la realidad: el autor se la dedica a su padre «porque estoy seguro de que esta novela le habría gustado vivirla a él».

 

En un mundo reducido a la aldea global y a la vez dislocado ya queda poco espacio para la aventura y ésta se ve constreñida cada vez más a la superficie de la ficción. No se trata de una vivencia histórica inédita, aunque tenga sus perfiles propios. La nobleza de la baja edad media vio cómo su función militar se reducía a un decorativo papel cortesano y la novela de caballerías del siglo XVI le permitió vivir en la imaginación las empresas de honor y amor que ya eran imposibles. Las gentes de hoy también desearían tener la experiencia del riesgo, participar en aventuras exóticas y en lances peligrosos, asomarse al pozo de las pasiones inefables y arrebatadas, pero están -estamos- más limitadas que nunca por su condición urbana y sedentaria. El gesto característico de estos amenes de siglo es una antiheroica pasividad ante el televisor. No es de extrañar que necesitemos cada vez más una escapatoria por la vía de lo imaginario y ello vendría a explicar el contundente éxito de las novelas de Pérez-Reverte, que poseen una extraordinaria capacidad para conectar con un subconsciente colectivo que busca lo excepcional frente a la rutina cotidiana. Salvemos de nuevo las distancias que se quieran, pero algo así hizo Lope de Vega al cristalizar en su comedia un conjunto de valores y aspiraciones generales. Pérez-Reverte nos proporciona la posibilidad, por medio de legitimas reglas del arte de la fabulación, de vivir otras vidas en esta vida.

 

SANTOS SANZ VILLANUEVA

 

TERRITORIO REVERTE

 

 

FICHA TÉCNICA

 

TERRITORIO REVERTE

Autor: José Manuel López De Abiada y Augusta López Bernasocchi

Editorial: VERBUM

Fecha de publicación: 04/2000.

Número de páginas: 500.

ISBN: 8479621540.

 

ÍNDICE

 

PRÓLOGO: A modo de presentación / JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA

Cómo entrar en escena y otros problemas de fondo. (Para una lectura de Territorio Comanche) / RAMÓN ACÍN FANLO

Los saltos temporales en El capitán Alatriste: la función de la anticipación / MARIELA AGOSTINHO-DE LA TORRE

Del «Honor» y «España» en los mundos del capitán Alatriste / FRANCISCO BÁEZ DE AGUILAR GONZÁLEZ

El eterno conflicto entre la realidad y el deseo: El húsar / JOSÉ BELMONTE SERRANO

«La virtud no es rentable»: el combate a punta desnuda entre dos sistemas de valores en El maestro de esgrima / ELVEZIO CANONICA

La España urgente de un escritor / RUBÉN CASTILLO GALLEGO

Dos perfiles de Arturo Pérez-Reverte: articulista y novelista / JUAN CRUZ MENDIZÁBAL

La saga del capitán Alatriste / LUIS ALBERTO DE CUENCA

Imaginación e imagen en La piel del tambor / VERÓNICA DEAN-THACKER

Las novelas históricas de Arturo Pérez-Reverte / BRIAN J. DENDLE

Grandeza literaria y miseria moral en la España de Alatriste (un análisis interdisciplinar e intertextual) / PEDRO GUERRERO RUIZ

Aspectos del español coloquial en Patente de corso / FÉLIX JIMÉNEZ RAMÍREZ

La función narrativa del ajedrez en La tabla de Flandes / MARCO KUNZ

Contra el olvido. Primera lectura de El capitán Alatriste / JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA

Narrador y temporalización en las tres primeras entregas del Capitán Alatriste / ALICIA LÓPEZ GUNTÍN

Bibliografía comentada de Arturo Pérez-Reverte / JOSÉ LUIS MARTÍN NOGALES

De libros y de enigmas: La trama bibliográfica de El club Dumas / ALBERTO MONTANER FRUTOS

Arturo Pérez-Reverte: Variaciones en torno a un mismo estilo / ANTONIO MORENO

Arturo Pérez-Reverte y la literatura de un tiempo ejemplar / GONZALO NAVAJAS

La cara oculta del cuadro. El relato breve en Arturo Pérez-Reverte / JULIO PEÑATE RIVERO

El cuerpo como un destino: representación física en La piel del tambor / ANTHONY PERCIVAL

La vía europea al best-séller / ARTURO PÉREZ-REVERTE

Historias de libros en tres novelas de Arturo Pérez-Reverte / JOSÉ PERONA

Arturo Pérez-Reverte: «El analfabetismo de los críticos ha hecho mucho daño» / JUAN MANUEL DE PRADA

De El maestro de esgrima a La Tabla de Flandes: el universo narrativo de Pérez-Reverte / ALFREDO RODRÍGUEZ LÓPEZ-VÁZQUEZ

Cachitos de un asunto de lector / ERNST RUDIN

De bibliófilos culpables y lectores inocentes en El club Dumas / YVETTE SÁNCHEZ

El sol de Breda: situaciones épicas y contenido moral de la novela histórica / JAIME SILES

Aproximación a tres de los personajes principales de El club Dumas / PIA STALDER

De incunables, xilografías y encuadernaciones: la temática del libro antiguo en El club Dumas o «Nadie lee impunemente un libro en el siglo XX» / CÉCILE VILAS

Bibliografía sobre Arturo Pérez-Reverte / AUGUSTA LÓPEZ BERNASOCCHI

Para un perfil de Arturo Pérez-Reverte / JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA

 

 

 

 

PRÓLOGO: A MODO DE PRESENTACIÓN

 

Como cada año, en 1998 la Sociedad Suiza de Estudios Hispánicos (SSEH) celebró sus Jornadas de estudio durante un fin de semana de noviembre. La organización de las Jornadas y la elección del tema de estudio corrieron a cargo del Instituto de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad de Berna. No me fue difícil elegir el argumento, puesto que algo antes, con ocasión del Seminario de Tercer Ciclo, habíamos estudiado las teorías y prácticas del best-séller y las relaciones entre éxito de ventas y calidad literaria. Se trataba de un cometido exigente y altamente interdisciplinario, mas como confiábamos plenamente en nuestros doctorandos, nos atrevimos con él. En aquel Seminario - cuyas actas aparecieron en esta misma editorial - tratamos obras de escritores latinoamericanos y españoles, entre los que figuraba Arturo Pérez-Reverte con La piel del tambor. No me sorprendió que durante las reuniones de trabajo del Tercer Ciclo algunos colegas y doctorandos se desprendiesen de añosos prejuicios y confesasen abiertamente que, efectivamente, existían novelas de calidad literaria exentas de introspecciones insondables y de taciturnos y afásicos monólogos interiores de personajes cuyos discursos carecían de auditor. Y tampoco me sorprendió que incluso me animaran a dedicar las futuras Jornadas de 1998 a la obra de Pérez-Reverte.

 

Se daba, sin embargo, la circunstancia que las Jornadas del 98 iban a ser, por decisión de la Asamblea General Ordinaria de la SSEH, las primeras Jornadas de un solo día, que a partir de entonces deberían alternar con las Jornadas tradicionales de dos días. Y como también se daba la circunstancia que ese cambio de ritmo se debía a una propuesta mía que respondía sustancialmente al deseo de dar mayor protagonismo a nuestro Mittelbau o cuerpo intermedio (compuesto, precisamente, por doctorandos y jóvenes profesores con contratos laborales precarios) en las Jornadas y brindarles la oportunidad de presentar ponencias y facilitar su publicación, la posibilidad de abordar la obra revertiana en tan escaso tiempo no me parecía realizable. Con el fin de compaginar ambos deseos presenté a la Junta directiva para su aprobación un proyecto que constaba de dos partes: a) un grupo de trabajo integrado exclusivamente por jóvenes del llamado "Mittelbau" o "corps intermédiaire" del hispanismo helvético; y b) las Jornadas propiamente dichas.

 

La Junta directiva tuvo la amabilidad de aprobar mi solicitud. El grupo de trabajo mencionado se reunió en varias ocasiones; los resultados quedan recogidos en este volumen, que se publica gracias al apoyo económico de las entidades mencionadas en la contraportada.

 

Las Jornadas propiamente dichas se celebraron el 14 de noviembre; en ellas pudimos contar con la presencia de Arturo Pérez-Reverte, que entusiasmó al entregado y numeroso público con sus "Confesiones de autor", y de los profesores José Belmonte Serrano y Pedro Guerrero Ruiz, ambos de la Universidad de Murcia. Quede aquí constancia de mi agradecimiento por la generosidad y la deferencia con que nos honraron.

 

Gracias así mismo a los demás autores de los trabajos, que tan generosamente respondieron a mi llamada, y a Pío E. Serrano, por arroparnos en una de las colecciones de su casa editora.

 

Vaya también la expresión de mi gratitud a los ayudantes de la Cátedra de Hispánicas de la Universidad de Berna y a quienes colaboraron en el éxito de las Jornadas, que tuvieron una asistencia de público extraordinaria. Y muy especialmente a las instituciones y organismos que nos apoyaron económicamente e hicieron posible la realización del encuentro.

  

JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA

Berna, agosto de 1999

 

LA SONRISA DEL CAZADOR

 

  

FICHA TÉCNICA

 

ARTURO PÉREZ-REVERTE: LA SONRISA DEL CAZADOR

Autor: José Belmonte Serrano

Editorial: NAUSICAA

Fecha de publicación: 10/2002.

Número de páginas: 216.

ISBN: 8495450844.

 

ÍNDICE

 

PRÓLOGO

Arturo Pérez-Reverte: los héroes cansados

Arturo Pérez-Reverte y la novela histórica

El maestro de esgrima: retrato de Madrid, año 1868

La teoría literaria y su didáctica: Arturo Pérez Reverte y la novela española actual

El hombre que añoraba el crepitar de los arcabuces: El capitán Alatriste

La novela y su didáctica: El club Dumas y El capitán Alatriste

Miré los muros de la patria mía

Un paseo didáctico por la Historia y la Literatura española del Siglo de Oro: el ciclo del capitán Alatriste

Larra y la literatura española actual: Buero Vallejo, Francisco Umbral, Muñoz Molina y Arturo Pérez-Reverte

La piel del tambor: regreso a Revertelandia

El eterno conflicto entre la realidad y el deseo: El húsar

Arturo Pérez-Reverte: literatura y cine

Bienvenidos a la coctelera de Reverte: La Reina del Sur

Obras de Arturo Pérez-Reverte

Bibliografía básica

 

PRÓLOGO

 

No hace mucho tuve la ocasión de reencontrarme nuevamente con Arturo Pérez-Reverte en su restaurante murciano favorito, donde sitúa uno de los mas celebrados capítulos de La carta esférica; cuando, durante la conversación, salió a relucir, sin que yo ahora recuerde las razones, el titulo de una de sus obras, La tabla de Flandes, Arturo me recordó -no hubiera hecho falta- que esa fue la novela con la que nos conocimos. La tabla de Flandes, efectivamente, se publicó en 1990. Fue la novela con la que inauguró su carrera en la editorial Alfaguara. A principios de 1991, cuando aún simultaneaba mi trabajo como asesor cultural o algo parecido- y crítico literario en una emisora de radio y en las páginas del diario La verdad, donde, con la grandísima ayuda de un nutrido grupo de colegas y amigos (Rubén Castillo, Pascual García, Paco Giménez, José Manuel López y Carlos Ardavin), aún continúo editando una página semanal de libros, José Luis Martín Nogales, profesor, critico, revertista y editor de la prestigiosa revista Lucanor me filtró la noticia de que Pérez-Reverte estaba entre los finalistas del Premio Nacional de la Crítica por su novela antes citada. Si he de confesar la verdad y nada más que la verdad, diré que, al margen de sus espléndidas crónicas televisivas, siempre con su rostro tenso, las venas del cuello a punto de estallar, como si toda la sangre de su cuerpo se concentrara en ese único punto, no tenía la menor idea de que, hasta ese instante, ya había publicado nada menos que tres novelas -El húsar, El maestro de esgrima y La tabla de Flandes-, y, lo que es mucho peor, que era paisano mío, cartagenero para más señas. José Luis tuvo, además, la deferencia, que nunca sabré agradecerle como se merece, de proporcionarme el teléfono del despacho de Arturo en Televisión Española.

Llamé, me contestó él mismo, sin intermediarios, me trató, ya de entrada, sin darme tiempo a comunicarle quién me había dado sus señas, quién era nuestro intermediario, exquisitamente y me dio las gracias por entrevistarle, e interesarme en todo lo que tuviera que ver con su obra literaria. Ni un reproche, ni una indirecta, cuando tenía todo el derecho del mundo a poner en tela de juicio mi conocimiento sobre la actualidad literaria, sobre las novedades que iban apareciendo en el mercado editorial. Y así estuvimos durante algún tiempo: llamándonos de vez en cuando, como si ya nos conociéramos de toda la vida y hubiéramos ido a los maristas juntos. Unos cuantos meses después fui destinado como profesor de educación secundaria a un instituto de bachillerato de Castilla La Mancha, en Tomelloso, para ser más exactos, la patria chica del inolvidable García Pavón, el de Plinio, y el pintor Antonio López, el de la Gran Vía y el Campo del Moro. Mi director, José Manuel, ya tenía conocimiento de mi amistad telefónica con Reverte y, seducido más por el popular reportero de televisión, que por sus méritos literarios, de los que, como yo mismo, que era crítico y además profesor de literatura, no tenía mayor noticia, me pidió que le transmitiera a mi paisano la invitación para que diera la conferencia inaugural del curso 1991/92, que, como suele ser habitual, se celebra un par de meses después de haberse puesto en marcha las clases. Llamé a Reverte y aceptó encantado la idea. Vino, entretuvo al personal, comió, frugal como siempre, casi como un monje de la orden de San Benito, y regresó a Madrid. Por fin pudimos darnos un abrazo y mirarnos al careto. A Arturo, cuando no le gusta una cara, va y te lo dice. No se corta un pelo. Ya mí no me dijo nada. Y hasta hoy.

En cierta ocasión, un conocido profesor de literatura, cuyo nombre no viene al caso, en una cena en la que yo mismo estaba presente, casi sin venir a cuento, le preguntó a Arturo, señalándome a mí con el dedo, "y este, ¿de qué es tu amigo?" Reverte, dejó los cubiertos sobre la mesa, se pasó ligeramente la servilleta por la comisura de los labios, y respondió: "Yo, querido profesor, no elijo a mis amigos ellos me eligen a mí". Afortunada y oportuna frase que, de entrada, puso a cavilar al citado catedrático y que, dada su efectividad, reflejada en el rostro del perplejo profesor, Pérez-Reverte incorporó, que yo recuerde, en uno de sus Alatristes.

Sobre la obra narrativa de Pérez-Reverte llevo escribiendo casi una década, desde principios de los noventa. Primero, en los periódicos, después en distintas revistas literarias de ámbito nacional e internacional, y en algunos cursos, encuentros y congresos celebrados en España, Suiza, Portugal, Canadá y los Estados Unidos, lugares donde no he tenido rubor ni inconveniente alguno en presentar ponencias sobre la obra narrativa y periodística de Arturo Pérez Reverte. Pero soy consciente de que no he sido el único, ni siquiera el primero, aunque Arturo siempre me ha considerado entre los de la primera hornada, cosecha del 91, cuando corrían otros tiempos. Ahora, por las razones que todos podemos imaginar, le salen amigos hasta de debajo de las piedras. Pero a el siguen sin gustarle ciertas caras. Todos los trabajos aquí recogidos, excepto el último de ellos, sobre La Reina del Sur, inédito hasta hoy mismo, han sido publicados en volúmenes colectivos, actas de congresos y revistas de España, Canadá, Portugal y los Estados Unidos, de modo que es preciso dejar constancia de mi agradecimiento a los distintos editores de las mismas y a los coordinadores de los libros donde, desde mediados de los noventa, han ido apareciendo dichos textos: Brían J. Dendle (Romance Quarterly), Javier Diez de Revenga (Murgetana), José Manuel López de Abiada y Augusta López (Territorio Reverte), Juan Luis López Precioso (Cuaderno de Letras), Gregorio C. Martín (Crítica Hispánica), Antonio Mendoza Fillola (Actas del Congreso Internacional de Didáctica de la Lengua y Literatura, Universidad de Barcelona), Anthony Percival (Scripta Mediterranea), Carlos Reis (Actas del Congreso Internacional de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Universidad de Coimbra), Alfredo Rodríguez López-Vázquez (Lenguaje y Textos) y Fulgencio Saura Mira (Cangilón).

Y gracias, en fin, a Arturo Pérez-Reverte. Por su amistad. Que no es poco.

 

 JOSÉ BELMONTE SERRANO

Agosto de 2002

 

SOBRE HÉROES Y LIBROS

 

  

FICHA TÉCNICA

 

SOBRE HÉROES Y LIBROS: LA OBRA NARRATIVA Y PERIODÍSTICA DE ARTURO PÉREZ-REVERTE

Autor: José Belmonte Serrano y José Manuel López De Abiada

Editorial: NAUSICAA

Fecha de publicación: 05/2003.

Número de páginas: 446.

ISBN: 849545081X.

 

ÍNDICE

 

PRÓLOGO: Tiempo incierto sobre falso ataque / JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA y JOSÉ BELMONTE SERRANO

Con ustedes, Pérez Reverte / ANTONIO ARCO

Miedo, sudor y prosa: Territorio comanche / RUBÉN CASTILLO GALLEGO

Arturo Pérez-Reverte y la literatura juvenil / JOSÉ LUIS CORREA SANTANA

El héroe y sus atributos en la narrativa de Pérez-Reverte / RAFAEL DE CÓZAR

Pérez Reverte y la novela histórica / BIRLAN J. DENOLE

El cuento y la novela corta en Arturo Pérez-Reverte / FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA

Sevilla en La piel del tambor / JUAN ESLAVA GALÁN

Mecanismos de creación, mecanismos de seducción: La Reina del Sur / JOSÉ LUIS FERRIS

El honor de Astarloa. Un caballero español / PASCUAL GARCÍA GARCÍA

El tiempo romántico del ajedrez y la muerte en La tabla de Flandes / FRANCISCO GIMÉNEZ GRACIA

La Reina del Sur: el lenguaje de una aventura / PEDRO GUERRERO RUIZ

De la palabra a la imagen: La Novena Puerta, versión cinematográfica de El club Dumas / SILVIA INTERDONATO

La recepción norteamericana de las novelas de Arturo Pérez-Reverte / DOUGLAS E. LAPRADE

Para una gramática del best séller desde el Canon literario: El club Dumas como paradigma / JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE AMADA y AUGUSTA LÓPEZ BERNASOCCHI

Aproximación al universo de la literatura a través de El club Dumas. Apuntes didácticos / AMANDO LÓPEZ VALERO

Los habitantes del Territorio Reverte (Geografía humana de los artículos periodísticos de Arturo Pérez-Reverte) / JOSÉ LUIS MARTÍN NOGALES

Las lanzas, pretexto para la narración / ANTONIO MENDOZA FILLOLA

Iñigo Balboa o la voz del narrador (con algunas consideraciones metacríticas) / ALBERTO MONTANER FRUTOS

Periodismo y literatura: dos aventuras del corazón / ANTONIO PARRA

Lectores e intérpretes en La carta esférica / ANTHONY PERCIVAL y ÚRSULA RUEDA GALÁN

Presentes imperfectos: La pugna entre realismo y post-modernismo en las novelas de Arturo Pérez-Reverte / ADRIÁN PÉREZ MELGOSA

Las guerras perdidas de Teresa Mendoza, Reina del Sur / JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS

Misteriosos crímenes en El club Dumas: La novela de folletín de aventuras y la novela policiaca / AGUSTÍN PRADO ALVARADO

La Reina del Sur: del corrido al relato / ALFREDO RODLRIGUEZ LÓPEZ-VAZQUEZ

El cuadro a través del espejo: La tabla de Flandes / MARÍA G. RUIZ LLAMAS y LAURA SAHAGÚN SOTO

El revertismo y sus alrededores / SANTOS SANZ VILLANUEVA

Lectura en clave policiaca de El maestro de esgrima / RICARDO SUMALAVIA

«La pasajera del San Carlos» en el ámbito de la narrativa breve de Pérez-Reverte / FRANCISCO VICENTE GÓMEZ

 

PROLOGO: TIEMPO INCIERTO SOBRE FALSO ATAQUE

 

"En el tiempo incierto, como en cualquier otro movimiento arriesgado, el que sabe tirar debe preverlas intenciones del contrarío, estudiando cuidadosamente sus movimientos y conociendo los resultados que éstos puedan tener"

Esta obra no es la continuación de la titulada Territorio Reverte (Madrid: Verbum, 2000), en la que ya estuvieron presentes algunos de los autores que de nuevo colaboran en estas páginas, incluido uno de sus editores. Antes bien, se trata de una ampliación y, si se quiere, de una revisión de los estudios entonces llevados a cabo, con la ventaja que nos concede el paso del tiempo y la presencia de nuevas obras de Arturo Pérez-Reverte -El oro del rey (2000), Con ánimo de ofender (2001) y La Reina del Sur (2002)- que, consiguientemente, han generado mayor bibliografía y un buen ramillete de entrevistas, declaraciones y reseñas críticas en periódicos, suplementos culturales y revistas especializadas. Es más: durante estos últimos años, desde finales de la anterior década hasta la actualidad, la obra de Arturo Pérez-Reverte -tanto narrativa como periodística se ha convertido en una de las más apreciadas y solicitadas por los estudiantes de universidades de medio mundo para realizar sus trabajos de licenciatura y sus tesis doctorales. Quienes participamos en este volumen, así como el propio Pérez Reverte, podemos dar fe de ello a través de las continuas peticiones de datos y bibliografía sobre este autor por medio del ya imprescindible correo electrónico o, simplemente, de viva voz.

Sobre héroes y libros reúne, pues, a dos generaciones de revertistas: aquélla que se había incorporado en Territorio Reverte algunos, incluso, desde mucho antes, desde la década de los ochenta- y ésta otra, con jóvenes, con diferentes gustos e inquietudes, que analizan la obra de Pérez-Reverte a la luz de una moderna terminología, aplicando otros saberes de la inquietante posmodernidad. En la obra participan, como no podía ser de otra manera, profesores, investigadores, críticos literarios, periodistas y escritores profesionales, lo cual, lejos de resultar un inconveniente por su heterogeneidad manifiesta, supone un hecho ciertamente curioso y harto significativo por su carácter complementario. Como importante novedad, dado que buena parte de las obras de Pérez Reverte están siendo leídas y analizadas en muchos centros escolares, desde primaria hasta las propias universidades, se incorporan las aportaciones de reconocidos especialistas en Didáctica de la Lengua y La Literatura.

Los trabajos aquí recopilados abordan, sin excepción, en mayor o menor medida, todas las obras escritas y publicadas por Arturo Pérez Reverte, desde El húsar hasta La Reina del Sur sin menoscabo del resto de sus novelas, sus relatos breves y sus libros de carácter periodístico recogidos en los tomos Patente de Corso y Con animo de ofender. Ni qué decir tiene, que cada cual, amparándose en su sagrada libertad de interpretación, en sus gustos y disgustos, aplica su particular punto de vista, su lectura personal. Las conclusiones a las que llegan todos ellos, sin embargo, no pueden ser más parecidas: hablamos de un escritor, Arturo Pérez-Reverte, cuya obra, basada en una meticulosa investigación previa, atesora una incuestionable calidad, amparada en una ética personal y en el análisis profundo de la condición humana, con un evidente sentimiento elegiaco que le ha llevado, con gran brillantez, hasta la novela histórica. Si a todo ello le unimos la presencia, que a nadie pasa inadvertida, de héroes cansados de la talla de Jaime Astarloa, Lucas Corso, Diego Alatriste y Teresa Mendoza, se explica fácilmente que el número de sus lectores vaya incrementándose día a día.

Finalmente, los responsables de la edición de este volumen no queremos concluir estas líneas sin expresar nuestro sincero agradecimiento a quienes, de una u otra forma, con su esfuerzo, con su trabajo, con sus aportaciones, con sus consejos y su patrocinio, han contribuido a que esta obra se convierta en una realidad, en un libro, en definitiva, no únicamente para especialistas, sino también para toda esa fiel infantería para la que la literatura se ha convertido, en los tiempos oscuros en los que vivimos, en un refugio contra las miserias del mundo. Va por ellos.

 

 JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE ABIADA

y JOSÉ BELMONTE SERRANO

 

 

 

  

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© Filemon, 2003