Vicent
Andrés Estellés
(Burjassot, 1924 – 1993)
A
SAN VICENTE FERRER
De CORAL
ROTO
LOS AMANTES
CRÓNICA
ESPECIAL
EL
GRAN FUEGO DE LAS GARBAS
HORACIANAS
LAS
POSTRIMERÍAS DE CATULO
A SAN VICENTE FERRER
(Epístola con
sello de urgencia)
Escribo bajo una luna amarga
como la hiel.
(Ya sé que esto
que me pasa no es nada del otro mundo...)
Tengo el alma escocida
como la planta de un pie.
Me pesan los zapatos cual
si fueran de plomo.
Sólo tengo ganas
de escribirte, si quieres que hable claro.
Nada más tengo ganas
de rascarme la rodilla.
Me he sentado un momento
mientras se calienta la cena.
Se oye, abajo, la melodía
tierna de «Limeleight».
Un niño llora y
llora en el piso de al lado.
Mi mujer yace, hace diez
días, en la cama.
No tenemos ya ganas de
hablar, de decir nada.
Por la ventana, abierta,
viene el escándalo de los grillos.
He de ponerme a escribirte,
porque no hay otro remedio.
Te escriben los poetas,
y yo soy un poeta.
He de escribir un poema
a san Vicente Ferrer.
Esto es todo: aquí
me tienes. Siento que el alma me quema,
aquí, como un talón
que escuece, bien amargo.
El aire fino del mar me
golpea la espalda.
¿He de decir que
tú fuiste un gran valenciano
y he de decir todo esto
y aquello de «nostra parla»
y he de cantar tu lucidez
allá, en Caspe,
y tu verbo, y tu voluntad
unitaria
en los mapas y en la Iglesia,
y el gozo de tus milagros,
y tu nombre como la piedra
que cae, de pronto, en el agua?
Me aflojaré los cordones
—permite— de los zapatos.
O me quedaré, de
pie, descalzo sobre los ladrillos,
diré una letanía
de cuatro cosas claras.
Me afilaré la lengua,
si quieres, en un bordillo.
Me limpiaré las
manos con agua y con jabón.
Me cortaré las uñas
muy cuidadosamente.
Mira: he de luchar. Dios
me quiere vencedor.
No me des, pues, la paz,
que me la quiero ganar.
El corazón me crece
y crece como el pan
mientras voy, vengo y vuelvo.
No me des, pues, la paz,
ni la serenidad: son, tan
sólo, un lujo,
y no estamos para lujos.
Quiero ir y volver
y hacer mi camino, cada
día, ardientemente.
Mi camino, mis cosas, calientes,
mías.
Dame lucha, y yo ya pondré
lo demás.
Que me hagan las palabras
servicio concreto de piedras
para tirarlas a un río
o tirarlas a una cabeza.
Déjame así,
de pie: esto, nada más, te ruego.
Dame lucha, porque no quiero
ponerme a adorar
los ídolos imbéciles
de las palabras, ahora
que es tiempo de cogerlas
como cuchillos o mazos.
Es el tiempo de cogerlas
y hacerlas fuego y llama,
de decir esto y aquello
clara y tenazmente.
Dame lucha y motivos de
llanto o de esperanza.
Si no tuviera qué
decir, tápame la boca con barro.
No me dejes a la orilla
de la égloga y las dalias.
No quiero traicionar a
quien lucha, a quien pasa sueño o hambre.
No me dejes a la orilla
del río de las palabras.
No quiero saber nadar y
guardar bien la ropa.
Quiero lanzarme, de cabeza,
y jugar a las claras.
No me des, pues, la paz.
Te pido otra cosa.
Solamente, que me sostengas
bien caliente, bien humano.
El camino de la espina
concluye siempre en la rosa.
Yo soy uno entre tantos:
me siento uno entre tantos
que toman el tranvía
y lloran, cada día,
silenciosamente, casi sin
llorar.
Europa me duele y los días
de tristeza.
Europa me duele y me duele
bien concreta y caliente,
como el pan que se agria
de no llevarlo al horno.
Como un pan, entre las mantas
de un miedo inconcreto,
que crece y crece con un
tristísimo vacío.
¡Es la hora de cruzarlo
con un cuchillo,
es la hora violenta, por
fin, de la sazón!
Es la hora, clara y alta,
de los corazones y los pies abiertos.
De decir aquello que falta.
Y de llevar el pan al horno.
De quemar las palabras y
hacer, del humo, el lienzo
que llene el mundo, la
tarde, otra vez el mundo.
Es la hora de hablar claro
y raso, san Vicente.
(¿O de sentarse en
una piedra y callar ya del todo?)
Translated
by Vicent Andrés Estellés
Antologia,
Ed. Visor, Madrid, 1983.
De CORAL ROTO
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Hasta donde estoy llega
la música del baile.
También, de tanto
en tanto, llega el silbido de un tren,
se oye el claxon de un
coche. Y nada más. O poco más.
Se oye, por encima de todo,
la trompeta del baile.
Todo esto es el atardecer,
una tarde de domingo.
Los otros días se
oyen canciones de las criadas,
el estruendo de las pilas
de fregar, el agua entre las cosas,
la acometida brutal que
tiene el agua de los waters.
Ahora mi mujer repasa una
camisa.
Yo me he puesto a escribir
sin saber qué decir.
Me he propuesto no escribir
en un par de meses.
Y ahora estoy escribiendo.
No quiero pensar, no quiero
sentir: dejo a la pluma
que escriba lo que quiera.
Yo ya sé que la
pluma no escribe nada, que soy yo.
Si quisiera aclarar esto,
probablemente
me convendría pensar,
habría de sentir,
y no me da la gana. Lo
dejo tal como va.
Ahora nada más tengo
ganas, puede ser, de nombrar.
Me ocurre aquello que nunca
creí que me pasara:
nada más hago que
leer reportajes, relatos,
crónicas de viajes
por Francia, por Italia,
Inglaterra, Alemania. Pero
relatos atentos
indefectiblemente a los
datos exactos,
a los detalles puntuales:
kilómetros, hoteles,
cocina, museos, calles,
los horarios de los trenes.
Me han dado, estos días,
unos folletos: son las rutas
que uno puede hacer por
Italia. Sigo itinerarios,
los vivo, enlazando pueblos,
ciudades, aprovechando
los horarios de los trenes,
de los museos. No iré,
posiblemente nunca podré
estar en Italia
una semana, unos días,
pero esto lo pienso ahora:
cuando tengo en las manos
los folletos, los mapas,
estoy, de alguna manera
que no sé decir, en Italia.
No sé bien por qué
cuento aquí todo esto.
Ahora me duele el pie.
¿Por qué no he dicho antes
que tengo un pie enfermo
sobre una silla?
Ahora no se oyen cláxons.
Triunfan las trompetas
miserables del baile: bailarán
las parejas
y apretarán sus
cuerpos pegajosamente.
Ahora se oye el silbido
de un tren. No sé cuál es.
Llevará pecados
y gentes y esperanzas y luto
y, encima de las piernas,
unas migas de pan.
También llevará
miserias, cosas inconfesables
y hombres con aparatos
ortopédicos, y lámparas.
Recuerdo un reportaje de
Point de vue: hablaba
de Clermont-Ferrand: era
un texto, un reportaje
puntual: ahora pienso en
la última parte
de una novela de François
Mauriac: el niño
moría, ahogado,
y yo pienso el reportaje
grabado por un rural y
lento Alberto Durero.
«Oh mein papa...»
Sube una música esbelta,
como sube por los tubos
el agua a la casa solitaria,
y da un gran deseo de abrir
todas las fuentes
y hacer que el agua se
rompa de alegría en las pilas.
«Oh mein papa...»
(las piernas, las adorables piernas,
las piernas increíbles
—oh, oh— de Lilli Palmer).
El campo de Burjassot y
el campo de Borbotó,
el secano de Paterna y
el secano de Godella,
y los cementerios blancos
y los alfares bermejos,
y el tren que va a Paterna
y el que viene de Paterna,
y después el de
Llíria y más tarde el de Bétera,
y aquellos tranvías
amarillos y casa la Conilla,
y Beniferri con álamos
y cañaverales y sendas,
y los grandes pinos del
castillo inclinados sobre la acequia
y el tren de Burjassot,
y el tren que sube a Llíria,
y el que baja de Llíria,
y el que acaba en Montcada,
y la cal de las cuevas
que hay por Benimàmet,
y el que acaba en Paterna,
y orinar en el corral,
y el aroma de los huertos,
la cal de las paredes
casi azul con la luna,
y el silencio, y el tren,
el tren nocturno que cruza
solitario la noche,
y el campo de Burjassot,
y el campo de Borbotó,
y el secano de Paterna,
y el secano de Godella,
y el Pla del Pou, y las
masías, las barracas de Lluna,
la Alquería del
Pi, y el Pissador, y la masía
del Rosari, y la casa del
Saboner, y el pino,
y el molino de la sal y
el libro que he de escribir,
y el tren que viene de
Llíria y el que sube a Paterna.
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Tengo ganas, unas ganas
horribles, de oler
eso: el estiércol
de los establos amontonados en un
campo de aquellos que recuerdo
de pronto en Beniferri.
Un olor que me indica aquellos
caminos, finísimos,
que hacían, en las
cajas de zapatos, los gusanos
de seda, trepando por tomillos
bien secos.
La caja de zapatos, con
un agujero encima.
Y mi padre que llegaba
con un saco de broza
que cogía a puñados
de los márgenes para los conejos
y a veces traía,
sin saberlo, grillos,
los grillos entre la broza,
y a medianoche, cuando estábamos
todos en la cama, comenzaban
a gritar y gritar,
a lamentarse, puede ser,
de saberse pequeños,
mucho más pequeños
aún y abandonados y solos,
lejos de los campos, lejos
de los márgenes, como yo lejos de mi pueblo.
Mi padre no quería
que matásemos los grillos.
Nunca mató ninguno.
Nunca he matado ninguno.
Puede que ahora comprenda
por qué todo fue así.
Los grillos que no he matado,
pero que ya se han muerto,
puede que ahora se me vuelvan
palabras a veces,
igual que los gusanos de
seda, muriendo, se convertían
en mariposas pequeñas,
con un tacto doméstico,
vagamente cereal, cosa
de cada día.
Hay en los versos que escribo,
entre todos mis versos,
ciertas palabras que tienen
un no sé qué de grillos:
yo sé bien cuáles
son, y estoy contento y callo...
No sé si tengo la
cabeza llena de grillos, como dicen.
Pero yo sé que tengo
el corazón todo lleno de grillos,
y también los bolsillos
y si escribo es por ellos,
por esta nostalgia que
tengo de un mundo verdísimo,
de chiquillos cogiendo
moras
y de chiquillos que se
sentaban en el bordillo las noches
de verano y le tiraban
cuatro piedras a un perro,
de chiquillos que hurtaban
melones, melocotones, higos,
y después se iban
a comerlos dentro de
un maizal, y comían,
y dormían después,
y después se echaban
a nadar en la acequia,
y se secaban al sol, y
bailaban grotescos
sobre la hierba del margen,
y eran obscenos e ingenuos.
La vida cada día
nos ofrece problemas.
No es posible resolverlos.
Y se van acumulando.
Residuos de problemas.
Unos tristísimos residuos.
Y cada día aumentan
y se van descomponiendo.
Y no es que estemos tristes.
Ni es que estemos amargos.
Es eso. Son residuos que
llevamos entre el pecho
y la espalda. No pesan.
Se notan a veces.
Se notan en todo caso en
el acento de la voz,
en la manera de hablar
de un cuadro, de una
música, de un poema
o de un hecho cualquiera.
Como se va acumulando,
lento, el polvo doméstico
en ciertos pliegues, en
ciertos lugares, y dando a la casa
indiscutiblemente un tono
vago y tristísimo,
y a las sábanas,
y a los cristales, a los muebles, a las sillas...
Hemos olvidado qué
son, de dónde vienen y cómo eran,
quiénes eran, los
problemas: son, nada más, unos residuos
de problemas, de cosas.
Es lo que debe de ocurrir
al abrir una fosa donde
hay enterrados unos cuantos,
los unos encima de los
otros, y confundidos los polvos,
las cenizas, el trozo de
calcetín y el trozo
de tela de ataúd,
ya bien deshechos, disueltos,
de manera que apenas si
se sabe que allí había
enterrados un niño
y un hombre de setenta y
dos años y una doncella:
nada más hay eso, residuos,
residuos que se deshacen
como la ceniza entre los dedos
o bien entre las palabras
que se dicen cada día.
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Me he propuesto no escribir
nada que no sea cierto.
Se oye el silbido del Taf
que viene de Barcelona.
Pienso en la luz más
amarilla que tienen todos los trenes
que hacen su viaje el domingo
por la tarde.
Una luz amarilla de gentes
que han recibido por la mañana
el telegrama: «Ven.
Papá se ha puesto enfermo.»
Llegan en silencio a la
ciudad los trenes
tristísimos del
domingo, de las gentes que no tienen
otro remedio que tomar
el tren y viajar
cruzando toda la tarde
dorada del domingo,
cuando está el tren
más sucio y pegajoso y amarillento.
Escucho. Ya no suenan las
trompetas del baile.
Ahora hay un gran silencio.
Isabel se ha ido
a la cocina. Estoy solo
en el despacho.
No hay cosa que me dé
más tristeza que el hecho de estar
en el despacho de noche.
Entonces recuerdo
a mi hija, aquellas noches
pasadas en vela,
aquellas noches primeras,
todas hechas de nervios,
de agradecimiento a Dios,
de estupor y de pánico
al ver el cuerpo gracioso
que acababa de nacer,
y yo nada más tenía
miedo, alegría y miedo,
y ganas de llorar, de reír
y de llorar,
y estaba aquí con
los brazos por encima de la mesa,
y no podía escribir,
y no sabía escribir,
y no me acordaba de haber
escrito antes,
y no pensaba nunca que
volvería a escribir.
Si mi hija viviera, ¿habría
hecho más versos?
El ascensor, el ascensor,
como un dolor de estómago,
ahora sube, terrible, con
un estrépito de hierros,
con un ruido lentísimo,
puede ser fisiológico.
Una joven de blanco, silenciosa
y triste,
con las telas ceñidas,
un jazmín en la mano.
Y las tardes aquellas de
paseo y silencio.
Mi madre no quiere que
deje de hacer versos.
A veces, si escribo, más
que nada es por ella.
Y quisiera hacer versos
alegres y serenos,
así los quiere ella,
vagamente melancólicos,
con arboledas y cal blanca
por las paredes
como si fuera a pasar la
procesión de san
Roque o la de la Virgen
de agosto, al atardecer,
con el olor de la murta
esparcida por tierra
y la calle barrida y después
regada
y sacar las sillas a la
puerta de casa
y ver cómo el airecillo
mueve la cortina.
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Translated
by Vicent Andrés Estellés
Antologia,
Ed. Visor, Madrid, 1983.
LOS AMANTES
La carne quiere carne.
AUSIÀS MARCH
«No había
en Valencia dos amantes como nosotros.»
Ferozmente nos amábamos
desde la mañana a la noche.
Todo lo recuerdo mientras
vas tendiendo la ropa.
Han pasado años,
muchos años; han pasado muchas cosas.
De pronto aún me
coge aquel viento o el amor
y rodamos por tierra entre
abrazos y besos.
No comprendemos el amor
como una costumbre amable,
como una costumbre pacífica
de cumplimiento y telas
(y que nos perdone el casto
señor López Picó).
Se despierta, de pronto,
como un viejo huracán
y nos tumba en tierra a
los dos, nos junta, nos empuja.
Yo deseaba, a veces, un
amor educado
y en marcha el tocadiscos,
negligentemente besándote
ahora un hombro, y después
el pezón de una oreja.
Nuestro amor es un amor
brusco y salvaje,
y tenemos la nostalgia
amarga de la tierra,
de ir a revolcones entre
besos y arañazos.
¡Qué queréis
que haga! Elemental, ya lo sé.
Ignoramos el Petrarca e
ignoramos muchas cosas.
Las Estances de Riba y
las Rimas de Bécquer.
Después, tumbados
en tierra de cualquier manera,
comprendemos que somos
bárbaros, y que eso no debe ser.
Que no estamos en la edad,
y todo esto y lo otro.
No había en Valencia
dos amantes como nosotros,
porque amantes como nosotros
son paridos bien pocos.
Translated
by Vicent Andrés Estellés
Antologia,
Ed. Visor, Madrid, 1983.

CRÓNICA ESPECIAL
La muerte de Manolete en las hojas de
un diario,
mientras en Benimaclet yo estaba esperando.
O las ejecuciones en un patio de Nüremberg,
mientras te veía pasar por la calle de
las Barcas.
Un amor en un tiempo, ¡qué tiempo,
oh qué amor!
Un amor inscrito para siempre en la historia.
El «Monasterio de Santa Clara» crecía
en el aire.
El Tyris lleno de gente, el olor de la gente.
Las parejas salían, llevaban las mejillas
rojas.
Las madres no sabían qué hacer
para cenar.
Los padres escuchaban radios extranjeras.
Y todos pensaban que era cosa de cuatro días.
O de cuatro semanas a más poner, quién
sabe.
Los hijos hacían el amor en el hueco de
la escalera.
El padre conversaba con la madre en la cocina.
Envejecía la madre sobre los pucheros
absurdos,
blanqueaban las greñas sobre el hueso
de su frente.
Cosa de cuatro días o de cuatro semanas.
Y pasaban los días, las semanas, los años.
Y la marcha de Mao por el continente de China.
Después vino Corea. Después vino
el Vietnam.
El padre murió, murió la madre.
La hija se casó con otro, años
después.
Algunas veces se encuentra con aquel primer amor.
Cosa de cuatro días o de cuatro semanas.
Como si entre ellos no hubiera habido la intimidad
en el hueco de la escalera, hablan de sus hijos.
«El mío va al Instituto»,
«La mía tiene sarampión».
Han ganado una triste, sucia civilidad.
De pie en la calle, hablan cuando se encuentran.
Y cada uno sigue después su camino.
¡Oh el amor inscrito, qué cosa,
en la historia!
Translated
by Vicent Andrés Estellés
Antologia,
Ed. Visor, Madrid, 1983.

EL GRAN FUEGO DE
LAS GARBAS
51
Me moriré escribiendo los mejores versos
del idioma catalán en el siglo
XX, con perdón de Rosselló y Salvat,
con el permiso de Pere Quart y Espriu.
Foix llorará muchísimo al saberlo,
e inútilmente intentará un soneto,
el único soneto que le será rebelde,
y nunca pasará del tercer verso.
Fuster, Ventura, no diréis que no
os he avisado a tiempo. En los papeles
harán elogios precavidos —oh, siempre
se necesita cierta perspectiva.
Pienso en nuestro pueblo, y le pido
a Dios una muerte digna. Dios que lo haga.
103
Me pondréis, entre las manos, la cruz,
o aquel rosario humilde, sudado, gastado,
de aquellas horas de tristeza y miedo,
y ya ninguna amenidad. Después
cerraréis el ataúd. No quiero que
me vean.
A la hora justa quiero que en Burjassot,
en la parroquia donde me bautizaron,
toquen a muerto. Me agradaría, todavía,
que alguna mujer de mi pueblo salga
a la calle, inquiriendo: «Que, ¿quién
ha muerto?»
Y que le den una breve noticia:
«Es el hijo del panadero, que hacía
versos.»
Más cultamente aún: «El nieto
mayor
de Nadalet.» Ponedme las gafas.
Translated
by Vicent Andrés Estellés
Antologia,
Ed. Visor, Madrid, 1983.
HORACIANAS
II
Nada me gusta tanto
como enramarme de aceite crudo
el pimiento asado, cortado en tiras.
Canto entonces, distraído, converso con
el aceite crudo, con los productos de
[la tierra.
Me gusta mucho el pimiento asado,
mas nunca demasiado asado, que lo desgracia,
sino con aquella carne mollar que tiene
al quitarle la corteza socarrada.
Lo expongo dentro del plato en puñados
incitantes,
lo enramo de aceite crudo, con un pellizco de
sal,
y mojo mucho pan,
como hacen los pobres,
en el aceite, que tiene sal y ha tomado un sabor
de pimiento asado.
Después, en un pellizco
del dedo gordo y el dedo índice, con un
trozo de pan,
cojo un trozo de pimiento, lo elevo ávidamente,
eucarísticamente.
Me lo miro en el aire.
A veces llego al éxtasis, al orgasmo.
Cierro los ojos y me lo zampo.
XVII
Buenos días, puñado de agua,
peine, gilette, jabón, dentífrico,
buenos días, normalidad u hostilidad del
tiempo,
volumen de mierda que he soltado y miro.
Oh buenos días, vecina, que vuelves del
mercado.
Esta buena mierda, sazonada y frágil,
da ganas
de invitar a mojar al vecindario.
Como la mierda se va, al tirar de la cadena,
así son de fugitivos los placeres
que la vida nos depara, los amores, todo eso.
Nos parieron con mierda y otras amenidades semejantes,
y nuestro último acto o última
voluntad
será también una cagada gratuita,
unos orines.
XLII
He amado mucho la vida,
no como plenitud, cosa total,
sino, pongamos por caso, como me gusta la mesa,
ahora un pellizco de esa salsa,
oh, y este rabanito, aquel ajo tierno,
qué decís de esta merluza,
es sorprendente el hecho de una cereza.
Me gusta la vida así,
este vaso de agua,
una joven que pasa por la calle,
este verde,
este pétalo, aquello,
una pareja que se coge de las manos y se mira
a los ojos,
y todo con su nombre pequeño siempre en
minúscula
como este verderón,
aquel ombligo,
como el primer diente de un niño.
LI
Este año miserable,
m.cm.lxiii d. de c.,
será muy recordado y muy amargamente.
Vicent Ventura desterrado en Munich o París,
Joan Fuster en Sueca
—dicen por el vecindario que escribe de noche
a máquina y circula un
[tenebroso prestigio—,
Sanchis Guarner recorre perplejo la ciudad.
Yo escribo y espero en Burjassot,
mientras por las calles de Valencia
la gente, obscena, grita y quema un libro.
LXXIX
Los cónsules, los procónsules,
qué mezquina raza oficiosa de hijos de
puta, cautísimos,
de manera que nunca se note demasiado.
Bastardos,
hablan siempre en voz baja
y tienen muy propicia una brillante sintaxis
de mármoles y espadas.
Son conmemorativos,
y practican un vicio que se llama necrología.
Translated
by Vicent Andrés Estellés
Antologia,
Ed. Visor, Madrid, 1983.

LAS POSTRIMERÍAS
DE CATULO
IX
Trabajo mucho y con una dulce rabia.
Trabajo mucho y con frecuencia no leo
aquello que escribo —sigo un hilo oculto.
Me he retirado a Verona otra vez.
Me he retirado a Verona para siempre.
Mis amigos quieren que vuelva a Roma.
He de seguir, perseverar como nunca,
porque como uno sabe, cautamente adivina
algún amor, o su amor, yo sé,
por tan secreto procedimiento que ignoro,
que ya la muerte no debe de tardar mucho.
A la mañana, temprano, cuando no hay sol
todavía
salto de la cama como por remoto temor.
Con unos puñados de agua me lavo y me
pongo a escribir, ya, estos papeles informes,
este fervoroso, muy amargo testimonio.
Aquello que nunca consiguieron
con las palabras graves de los dictados los sabios
—escribe, escribe: has nacido para escribir—
lo ha conseguido este último temor.
Escribo nada más porque es lo que sé
hacer.
También sé hacer el amor y beber
vino,
pero el amor y el vino me dan asco.
No sé por qué ni para quién
escribo.
¿Sabrá, alguien, escuchar, entre
estas palabras,
los pasos graves, esquinados, de la muerte?
Translated
by Vicent Andrés Estellés
Antologia,
Ed. Visor, Madrid, 1983.

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