Carles
Riba
(Barcelona, 1893 – 1959)
ELEGIA II
ELEGIA VII
LA
NOCHE QUISO QUE FUÉSEMOS NOCHE...
EL
CANTO ME GUÍA, Y UNOS ANIMALES EXTRAÑOS...
ELEGÍA II
¡Súnion!
Te evocaré desde lejos con un grito de alegría,
tú y tu sol leal, rey de la mar y del viento:
por tu recuerdo, que me
yergue, feliz de sal exaltada,
con tu absoluto mármol, noble y antiguo yo como él.
Templo mutilado, desdeñoso
de las otras columnas
que en el fondo de tu salto, bajo la onda riente
duermen la eternidad! Tú
velas, blanco en la altura,
por el marinero, que ve por ti bien dirigido su rumbo;
por quien, ebrio de tu
nombre, a través del matorral desnudo
va a buscarte, extremo como la certidumbre de los dioses;
por el desterrado que entre
estas sombrías arboledas te vislubra
súbitamente, ¡oh preciso, oh fantasmal! y conoce
por tu fuerza la fuerza
que contra el azar le salva,
rico de lo que dio y puro en su ruina.
Translated
by Alfonso Costafreda
Carles RIBA,
Obra
poética, Ed. Ínsula, Madrid, 1956
ELEGIA VII
He navegado como Ulises
por el noble mar que separa,
con titánica sonrisa de obediencia al azul,
la isla del último
adiós, donde se inclinó mi mediodía,
y el necesario poniente, dulce por una gloria que sangra.
Sobre la rosa de los astros,
siete vientos, atónitos, dejaban
que sólo uno exultase, el decretado para el retorno.
Si el magnánimo
héroe durmió en la popa segura
más hondamente que por vino o por muerte,
se cuenta como los ojos
de los marineros reales lo vieron:
el trabajo interior, él lo supo y los dioses, por lo que yo sé
de mí.
Oh ¡qué desnuda
era, y cuán abandonada,
la fe que a mi favor unió los dos mundos
que a un lado y a otro
de la sombra me solicitaban!
No por el fin atraída, sino virginal a un impulso
que desde mi aventura innumerable
y desde mis propias
raíces me atravesaba: al igual que dentro
del vivo vientre el ser
que allí se forma es todo crecimiento
con las puras fuerzas originales y no es suyo el destino
que lo empapa y lo empuja
igual que una crecida
de aguas antiguas, hasta que ha nacido y llorado y visto;
y solamente entonces le
pertenecen ya nuestras palabras
«despierto» y «dormido». Entre nosotros, humanos,
¡dioses!, las palabras
son sólo para entendernos, no para entenderlas:
son el principio, apenas una señal del sentido.
Parecen precedernos camino
del misterio y nos dejan oscuros
delante de un brocado, tristes a un eco que huye.
Necesitamos la llave secreta:
un recuerdo que viene de vosotros,
¡dioses!, y que no nos alcanza hasta que hemos llegado;
quizás tal comparación,
que nos caía de súbito como una piedra
brillante en las manos, dura en su fría virtud,
y que guardábamos
con otras triviales hasta estar en la viva arena
al extremo de la mar — ¿repatriados o llegados?
¿Cómo decirlo,
hermanos, si ignoro si hablo con vosotros?
¿Ni tan siquiera os hablaría? Estoy en la espera de un dios.
Entre el silencio y el
corto suspiro de una onda tranquila
— una señalada en el tiempo, para mí solo en el tiempo
anterior a la noche — lo
tendré de pronto a mi vera,
simple y juvenil, reconocible fácilmente
por la mano, conocida invisible
sobre mi espalda:
mi dios parcial, que me ha elegido en su orgullo
hasta la injusticia —digo
yo. Me dará para los demás
el aire de un mendigo paciente en los portales.
Él y yo solo sabremos
qué tesoro, que yo llevaba, guardaremos:
no los diamantes del grito y de la presa y del fuego
(tú los posees,
negra espuma): de mis días de errar y de conocer
uno solo he salvado: el que me salvaba; y dentro de él,
como las figuras por gracia
escogidas que llenan los sueños,
el tan diverso amor de los que por mí a mi paso,
por lo que de ellos me
daban han llegado a ser un poco más
lo que eran; y todo aquello que he comprendido en el estrecho.
¡Oh tesoro, tan real
que podría contarlo y seleccionarlo!
Pero mientras no sea rey de mi última paz,
lo guardarán para
mí las ninfas gentiles que tejen con lenta trama
de púrpura y cristal las pertinaces urdimbres de las invisibles
corrientes, dentro del
sombrío taller subterráneo
donde la abeja del yermo va, deslizante, a construir la colmena.
¡Ítaca, reino
pequeño, conozco la cueva profunda!
Olivar arriba, fuera del camino, en la rocalla; cerrada y sutil como la
hora
de un solo pensamiento,
para entrar en ella se precisan
una frente humilde bajo el dintel y un salto.
Translated
by Alfonso Costafreda
Carles RIBA,
Obra
poética, Ed. Ínsula, Madrid, 1956
LA NOCHE QUISO QUE
FUÉSEMOS NOCHE...
La noche quiso
que fuésemos noche
también nosotros,
térreos
como la sombra y como los
animales
que vagan desnudos a la
caza del deleite.
El aire, entre tu pecho
y mi pecho,
se cargó de hondas
sales;
corríamos en fuentes
abismales;
inundábamos de luna
islas de olvido.
Nuestra vida, pobre si la
entendíamos
según la luz, se
había expandido
en ardiente, oscura flor.
Todo en la Aventura cambiaba:
si me mirabas, no era yo;
si te reías, no
eras impura.
Translated
by Rafael Santos Torroella
Carles RIBA,
Obra
poética, Ed. Ínsula, Madrid, 1956
EL CANTO ME GUÍA,
Y UNOS ANIMALES EXTRAÑOS...
El canto me guía,
y unos animales extraños
me rodean puros, avezados
a servir;
los reconozco por hijos
de mi sino,
dulces al fuego y fieros
a todo augurio.
Ya para la muerte no me
son menester truchimanes;
mi camino vuelve vida arriba;
si lo que he aprendido
no dará sus frutos para mí,
lo que he vivido no se
contará por los años.
Siento el mundo tan absoluto
como mi paso:
la luz revela el grito
del corazón profundo
y es su medida. ¿Qué
podrá la sabiduría
aprovecharme? Locos actos
míos que habéis hecho de mí
lo que soy, jauría
ardiente, os confío el magno litigio;
y nos hartaremos de amor
como de una presa.
Translated
by Rafael Santos Torroella
Carles RIBA,
Obra
poética, Ed. Ínsula, Madrid, 1956

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