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Joan
Roís de Corella
Entre los grandes escritores que hacen del siglo
XV
la edad de oro de la literatura catalana, Joan Roís de Corella és
el último, cronológicamente hablando: la fecha de su muerte
(octubre de 1497) ha servido en alguna ocasión como hito que marca
el fin de esa época. De hecho, en su personalidad confluyen, a menudo
en conflictiva contradicción, los valores en crisis del final de
la Edad Media y unas actitudes, tanto vitales como literarias, ya típicamente
renacentistas, hasta tal punto que hay quien ha conceptuado su obra como
«un caso típico de disociación interior» (J.
Rubió). El violento contraste entre, por ejemplo, la crudeza de
las invectivas dirigidas por él contra Caldesa (la amante que le
ha sido infiel) y la serenidad hierática y distante de sus escritos
religiosos, puede llegar a hecer pensar que se trata de obras de dos poetas
diferentes.
Siendo el primogénito
de una familia de la pequeña nobleza de Gandía (donde parece
que nació poco después del primer tercio de siglo), estaba
destinado a la milicia, como lo habían estado, por la misma razón,
Ausiàs March o Joanot Martorell; sin embargo, Roís de Corella
evitó esa dedicación, muy poco acorde con su talante pacífico
y sensible, consagrándose al estudio de la Teología. Por
testimonios literarios sabemos que predicó en la catedral de Valencia,
y que tenía fama de gran predicador, aunque no nos ha llegado ningún
ejemplo de su producción en este género. Todo eso ha llevado
a pensar en la posibilidad, no confirmada de una manera segura, de que
fuera eclesiástico, suposición reforzada por el hecho de
que, a pesar de haber llevado una vida sentimentalmente bastante agitada
(«navegando en el tempestuoso mar de amor deshonesto a menudo he
sufrido naufragios en válida fortuna batiendo los escollos con la
proa de mis afectos de continuo dirigidos a mujeres ingratas»), nunca
se unió con nadie en matrimonio, ni siquiera con la mujer que parece
que fue su amor más perdurable, Isabel Martínez de Vera,
que le dio dos hijos. Lo bien cierto es que tampoco fue la Teología
el objeto de su pasión más encendida. De vez en cuando, alguien
ha querido ver en él a un hombre profundamente religioso, incluso
místico; pero esta caracterización se ha demostrado siempre
procedente de lecturas poco perspicaces o flagrantemente erróneas.
La experiencia amorosa es el verdadero centro de su vida y el objeto constante
de su escritura; incluso si aparecen mencionados en ella famosos guerreros
(Ayax, Ulises, Jasón, Aquiles, Paris...), nunca es para referirse
a sus acciones guerreras, sino para hablar de problemas de amor. El espíritu
caballeresco que caracteriza toda la literatura anterior a él, en
Corella desaparece totalmente. Y su actitud amorosa es también radicalmente
nueva, como se ve en la reacción ante la infidelidad, tal como la
describe en la Tragedia de Caldesa: «Con diversidad de tan
imposibles pensamientos me partí de la alcoba o sepulcro donde tanta
pena sufrido había. Aceptando la pluma, que a menudo graves males
descansa, la presente con mi propia sangre pinto, porque la color de la
tinta con el dolor que razona se conforme.»
Aceptando la pluma,
que a menudo graves males descansa: la motivación de la escritura
que esta frase revela, es decir, la literatura tenida conscientemente como
remedio o consolación de los fracasos de la vida real, es también
uno de los rasgos más originales de la obra corelliana. En palabras
de J. Carbonell, uno de los estudiosos que más extensamente se ha
ocupado de ella, «no solamente los aspectos formales son nuevos en
Corella. Lo son más aún los humanos, la penetración
de una nueva realidad, de un nuevo espíritu vital, que fecundaría
la literatura y toda la vida europea con el Renacimiento. Era, pues, la
crisis del espíritu de la caballería en la persona de un
caballero».
Con todo, la posteridad
de Roís de Corella ha sido, casi hasta ahora mismo, bastante problemática.
Todos los críticos e historiadores de la literatura catalana coinciden
en situarlo en primera línea, y esa valoración es unánime
sobre todo en lo que se refiere a su obra en verso, a pesar de ser tan
breve (Joan Fuster, por ejemplo, habla, tan circunspecto como siempre,
de «cuatro o cinco poemas excelentes»). Martí de Riquer
subraya su estilo lapidario, y se suele señalar también la
fluida musicalidad de su métrica, que tiende a alejarse de la aridez
ausiasmarquiana y del esquema acentual del endecasílabo trovadoresco,
mientras se acerca al dolce stil nuovo que se extiende desde Italia. Pero
en el barroquismo de su prosa, en los retorcimientos sintácticos
del período ciceroniano y, de otra parte, en la «escasa originalidad»
(Fuster) de su temática, mayoritariamente ovidiana, han creído
ver algunos un signo de decadencia. Quizá por eso es Corella todavía,
de los grandes escritores del período clásico de la literatura
en lengua catalana, el más escasamente estudiado y quizá
también el menos editado, a pesar de que el gusto actual ve en él,
sin aquellas reservas, el logro del mayor grado de flexibilidad y belleza
a que llegó nuestra lengua en el siglo de su máximo esplendor
literario.
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Catalonia Culture, 16
(November 1989).

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