Joan Roís de Corella
LA IL·LUSTRACIÓ POÈTICA METROPOLITANA & CONTINENTAL
Eduard  J. Verger, Versos i altres escrits
Articles i notes de crítica literària
Joan Roís de Corella







Entre los grandes escritores que hacen del siglo XV la edad de oro de la literatura catalana, Joan Roís de Corella és el último, cronológicamente hablando: la fecha de su muerte (octubre de 1497) ha servido en alguna ocasión como hito que marca el fin de esa época. De hecho, en su personalidad confluyen, a menudo en conflictiva contradicción, los valores en crisis del final de la Edad Media y unas actitudes, tanto vitales como literarias, ya típicamente renacentistas, hasta tal punto que hay quien ha conceptuado su obra como «un caso típico de disociación interior» (J. Rubió). El violento contraste entre, por ejemplo, la crudeza de las invectivas dirigidas por él contra Caldesa (la amante que le ha sido infiel) y la serenidad hierática y distante de sus escritos religiosos, puede llegar a hecer pensar que se trata de obras de dos poetas diferentes.
     Siendo el primogénito de una familia de la pequeña nobleza de Gandía (donde parece que nació poco después del primer tercio de siglo), estaba destinado a la milicia, como lo habían estado, por la misma razón, Ausiàs March o Joanot Martorell; sin embargo, Roís de Corella evitó esa dedicación, muy poco acorde con su talante pacífico y sensible, consagrándose al estudio de la Teología. Por testimonios literarios sabemos que predicó en la catedral de Valencia, y que tenía fama de gran predicador, aunque no nos ha llegado ningún ejemplo de su producción en este género. Todo eso ha llevado a pensar en la posibilidad, no confirmada de una manera segura, de que fuera eclesiástico, suposición reforzada por el hecho de que, a pesar de haber llevado una vida sentimentalmente bastante agitada («navegando en el tempestuoso mar de amor deshonesto a menudo he sufrido naufragios en válida fortuna batiendo los escollos con la proa de mis afectos de continuo dirigidos a mujeres ingratas»), nunca se unió con nadie en matrimonio, ni siquiera con la mujer que parece que fue su amor más perdurable, Isabel Martínez de Vera, que le dio dos hijos. Lo bien cierto es que tampoco fue la Teología el objeto de su pasión más encendida. De vez en cuando, alguien ha querido ver en él a un hombre profundamente religioso, incluso místico; pero esta caracterización se ha demostrado siempre procedente de lecturas poco perspicaces o flagrantemente erróneas. La experiencia amorosa es el verdadero centro de su vida y el objeto constante de su escritura; incluso si aparecen mencionados en ella famosos guerreros (Ayax, Ulises, Jasón, Aquiles, Paris...), nunca es para referirse a sus acciones guerreras, sino para hablar de problemas de amor. El espíritu caballeresco que caracteriza toda la literatura anterior a él, en Corella desaparece totalmente. Y su actitud amorosa es también radicalmente nueva, como se ve en la reacción ante la infidelidad, tal como la describe en la Tragedia de Caldesa: «Con diversidad de tan imposibles pensamientos me partí de la alcoba o sepulcro donde tanta pena sufrido había. Aceptando la pluma, que a menudo graves males descansa, la presente con mi propia sangre pinto, porque la color de la tinta con el dolor que razona se conforme.»
     Aceptando la pluma, que a menudo graves males descansa: la motivación de la escritura que esta frase revela, es decir, la literatura tenida conscientemente como remedio o consolación de los fracasos de la vida real, es también uno de los rasgos más originales de la obra corelliana. En palabras de J. Carbonell, uno de los estudiosos que más extensamente se ha ocupado de ella, «no solamente los aspectos formales son nuevos en Corella. Lo son más aún los humanos, la penetración de una nueva realidad, de un nuevo espíritu vital, que fecundaría la literatura y toda la vida europea con el Renacimiento. Era, pues, la crisis del espíritu de la caballería en la persona de un caballero».
     Con todo, la posteridad de Roís de Corella ha sido, casi hasta ahora mismo, bastante problemática. Todos los críticos e historiadores de la literatura catalana coinciden en situarlo en primera línea, y esa valoración es unánime sobre todo en lo que se refiere a su obra en verso, a pesar de ser tan breve (Joan Fuster, por ejemplo, habla, tan circunspecto como siempre, de «cuatro o cinco poemas excelentes»). Martí de Riquer subraya su estilo lapidario, y se suele señalar también la fluida musicalidad de su métrica, que tiende a alejarse de la aridez ausiasmarquiana y del esquema acentual del endecasílabo trovadoresco, mientras se acerca al dolce stil nuovo que se extiende desde Italia. Pero en el barroquismo de su prosa, en los retorcimientos sintácticos del período ciceroniano y, de otra parte, en la «escasa originalidad» (Fuster) de su temática, mayoritariamente ovidiana, han creído ver algunos un signo de decadencia. Quizá por eso es Corella todavía, de los grandes escritores del período clásico de la literatura en lengua catalana, el más escasamente estudiado y quizá también el menos editado, a pesar de que el gusto actual ve en él, sin aquellas reservas, el logro del mayor grado de flexibilidad y belleza a que llegó nuestra lengua en el siglo de su máximo esplendor literario.
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Catalonia Culture, 16 (November 1989).
 
 
 
 
 

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