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Diez años sin Balduino

Artículo inédito, se remitió a los medios el 28 de agosto de 2003 para su publicación el 31 de julio siguiente.


Hace unos días, el pasado día 25, mientras la España oficial hacía una ofrenda al Señor Santiago en Compostela —no se sabe bien a santo de qué, si pretendemos ser un estado laico y aconfesional— la misma España oficial anunciaba que se autorizaba el uso de embriones congelados "sobrantes" para la investigación. Cada día parece más claro que Satanás no tiene cuernos ni rabo sino que ha tomado el apacible aspecto de un sabio biólogo a las órdenes de la simpática doctora Pandora, siempre tan curiosa. "Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día en que de él comieres, ciertamente morirás", dijo no se qué viejo en una famosa ocasión. Pero la ciencia moderna no está para chocheces, avanza a golpe de probeta y son tales sus progresos que pronto no quedarán frutos en el árbol, y lloverá, por fin, café en el campo. Mientras, considerablemente deprimido, reflexiono sobre estas cuestiones, caigo en la cuenta de que Balduino de Bélgica falleció en Motril, hace justo diez años, el 31 de julio de 1993. Diez años sin Balduino, el honor de Bélgica.


Bélgica es un país pequeño con una historia grande y una cultura fascinante. Allí han nacido personajes como Maigret y los pitufos y allí viven todavía, en su castillo de Moulinsart el intrépido Tintín, con su perrito Milú, el capitán Haddock —siempre tan cascarrabias— y el profesor Tornasol. Bélgica ha dado grandes artistas, como Jacques Brel, y grandes pesimistas como Maurice Maeterlinck; y también ha producido unos cuantos premios Nobel, estupendos cocineros y un rey santo: Balduino de Bélgica. El caso de Balduino es algo raro en la historia de la Monarquía dónde los reyes santos solían manejar mejor la espada que la devoción y entendían que servir a Dios consistía básicamente en matar moros y en quemar herejes.


A Balduino le pusieron al nacer un nombre que en español suena muy bien pero en francés fatal. Alto, tímido, marcado por aquel nombre absurdo de conde de Flandes medieval, la infancia de Balduino no fue un camino de rosas. Tenía cinco años, en 1935, cuando perdió a su madre, la reina Astrid, y diez cuando su patria fue derrotada y ocupada por los alemanes. La cruz de Balduino fue su padre, el rey Leopoldo III, que hizo todo lo que en su mano estuvo para desprestigiar la institución monárquica. En junio de 1940 la orden de Leopoldo III de rendición incondicional de las tropas belgas abrió una brecha en el frente por la que se precipitaron los alemanes. El parlamento belga en el exilio intentó destituirle y el gobierno belga, refugiado en París, proclamó que "había dejado de reinar". En 1941 Leopoldo se volvió a casar, con Liliane Baels, lo cual fue ocultado durante meses a los belgas que idolatraban el recuerdo de su primera mujer, la reina Astrid. Leopoldo, tras la guerra, se mantuvo prudentemente en un dorado exilio y al regresar a Bélgica, en julio de 1950, fueron tales las protestas y manifestaciones —hubo muertos en Bruselas— que se avino a una semiabdicación vergonzante. Resignaba privadamente sus prerrogativas en el joven Balduino, el 31 de julio de aquel año, pero conservaba el título de Rey. El 11 de agosto Balduino fue jurado como "Príncipe Real" y Lugarteniente del Reino por el Parlamento. Durante esa jura el secretario del Partido Comunista belga, Julien Lahaut, dio vivas a la República: fue asesinado siete días después. Leopoldo siguió molestando hasta que por fin en julio de 1951 abdicó totalmente en Balduino.


Todo esto dará una idea del desprestigio al que había llegado la monarquía belga en el momento en que un joven y tímido Balduino, con veinte años, tomó las riendas de aquella hermosa nación.


Bajo su reinado Bélgica cambió mucho: perdió el Congo, fue cofundadora de la Comunidad Europea y en 1993 se dio una estructura federal dividiéndose el país en tres comunidades: Flandes, Valonia y Bruselas. Con tacto, paciencia e inteligencia, Balduino interpretó su papel de Rey y moderador de la cosa política. Y sin duda hubo cosas que le disgustaron, pero se las calló. Balduino, rey constitucional y respetuoso de la ley disfrutaba de escaso margen de maniobra, a la hora de expresar su voluntad y una de las pocas decisiones que tomó por sí mismo fue la de casarse con quien le dio la real gana. Eligió a la española Fabiola de Mora, que a lo largo de tantas tormentas le apoyó en todo momento. Aquel matrimonio ejemplar y dignísimo no tuvo la dicha de tener hijos, y por eso se dedicó a los niños de los demás, la protección de la infancia y las obras de caridad. El ejemplo de doña Fabiola, 75 años de distinción, es todo un alegato a favor de los matrimonios morganáticos.


Balduino mostró siempre su respeto por la ley pero hubo algo con lo que no transigió. El 29 de marzo de 1990 los diputados belgas aprobaron una ley que despenalizaba el aborto en Bélgica. Y aquello a Balduino no le gustó. Se trataba de una ley particularmente odiosa para una pareja real que quiso y no pudo tener hijos... Como en todas partes, en Bélgica el jefe del Estado ha de sancionar las leyes. Balduino dijo que él no firmaba aquella ley, y punto final. Intentaron convencerle pero no hubo forma. Los más acrisolados bonzos de la política belga y sus mejores juristas desfilaron uno tras otro por Palacio, a ver si conseguían que el rey diera su brazo a torcer; se barajaron fórmulas, se hicieron mil quinielas. Al final se adoptó una solución de compromiso: el 4 de abril Balduino dimitía y en virtud del artículo 82 de la Constitución belga el Consejo de Ministros asumía la Regencia y firmaba la ley del aborto. El día 5 se reunió el Parlamento belga y por 245 votos a favor y 93 abstenciones Balduino volvía de nuevo a ser Rey.


Al final Balduino se salió con la suya y consiguió no firmar aquella ley. El trono belga estuvo vacante durante 36 horas, gloriosas horas, si se piensa bien. Podrán todos los juristas de la tierra clamar al cielo y criticar una postura anticonstitucional. Tendrán razón, claro, pero ya se conoce el dicho: el corazón tiene razones que la razón no entiende y por mucho respeto que se le tenga a la Ley, hay momentos en que las personas han de hacer algo, aunque sólo sea un gesto, para marcar su distancia con la maldad del mundo. Balduino quizás no fue un monarca perfecto en el sentido que cabe dar a los textos constitucionales. Quizás hizo mal, a los ojos de la ley, al negarse a asumir su papel de real títere. Se rebeló contra su destino, contra sus obligaciones, contra sus deberes legales. Hizo mal, sin duda, pero tampoco hizo bien Sócrates en beber la cicuta e hizo mal Jesucristo en escandalizar al Sanedrín. ¿O no?


Lo cierto es que cuando murió Balduino toda Bélgica se sintió conmovida. Y en todo el mundo, las embajadas belgas vieron cómo ciudadanos de a pie que nada teníamos que ver con Bélgica acudíamos en masa a firmar en los libros de pésame. El honor nada sabe de partidos así que los sinceros apologistas del aborto libre y los honestos republicanos belgas tuvieron el buen gusto de saludar en la muerte de Balduino al hombre, que no sólo al Rey, porque reyes hay muchos, pero hombres muy pocos.