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Carlos III enamorado
Reproducción (traducida al español) de la carta en que Carlos III cuenta a sus padres su noche de bodas.

publicado en parte en La Aventura de la Historia, nº 39, enero 2002, págs. 40-47


Introducción Carlos III es uno de nuestros reyes más populares y también uno de los mejor tratados por los historiadores. La información sobre su reinado es muy considerable. En 1988 Aguilar Piñal publicaba en su documentadísima Bibliografía de Estudios sobre Carlos III y su Época nada menos que 8.176 referencias.


Eso no significa que todo esté escrito acerca de nuestro gran monarca. En 1998 buscando documentación sobre cuestiones relativas a la Sucesión de la Corona me topé con una curiosa carta, la que ahora reproduzco, traducida del francés. En ella, el futuro Carlos III, que reinó primero sobre Nápoles durante un cuarto de siglo, de 1734 a 1759, relata a sus padres sus nupcias con Amalia de Sajonia. Con todo detalle. Seguro que otros la han leído pero no han considerado oportuno que viese la luz. No es posible creer que María Teresa Oliveros, biógrafa de Amalia, no conociera ese documento a la vista de su meticuloso trabajo con las fuentes; y en una reciente publicación el profesor Junceda Avello cita expresamente una frase de dicha carta, traducida al español, obviando con elegancia los detalles más íntimos.


¿Se ha llegado a publicar íntegramente ese documento? Es difícil saberlo. Son muchas las revistas, boletines y libros; resulta imposible comprobarlo todo ya que de muchas de nuestras fuentes hemerográficas no se ha efectuado todavía un vaciado sistemático.


Durante varios años he dudado acerca de la oportunidad de darla a conocer, porque su contenido es personal e íntimo. Pero, por otro lado, aparte del hecho de que los protagonistas hace mucho tiempo que están criando malvas, también es cierto que esta carta es un documento único del mayor interés para entrever la personalidad de uno de los más insignes monarcas de la Ilustración. Y no sólo se habla de amor, se toca también la política.


En esas líneas se puede leer el entusiasmo de un hombre joven, al que la vida sonríe, enamoradísimo de su mujer, descubriendo las alegrías de la vida conyugal. Y sonreímos nosotros también al considerar ese entusiasmo, esa simpática alegría que no parece fingida.


Se pueden leer otras cosas, también muy interesantes. Por ejemplo, queda patente el respeto que don Carlos observa por sus progenitores. No se trata sólo de un sentimiento filial sino que expresa la política de quien conoce sus deberes para aquellos a quien debe todo. El pequeño reino napolitano no estaba en condiciones de defenderse por sí mismo ante una potencia como Austria o la marina británica. Por otra parte, en Carlos III se prolongaba el ideal político y humano insertado por Fenelon en la mente de Felipe V, es decir, la monarquía absoluta y escrupulosamente católica en lo que se refiere a la vida íntima de los reyes. Todo el sistema gira alrededor de la idea del sometimiento. El Rey se somete a Dios. Y ante el Rey, todos, a su vez, han de someterse. Y para empezar los príncipes de su casa. La relación padre-hijo es una relación de absoluto dominio, un dominio superior, incluso, al de la figura romana del pater familias ya que don Carlos, en su propio reino napolitano, acepta que sus padres supervisen cualquier nombramiento, e incluso el conde de Santisteban llega a pedirle permiso para pedir permiso a Felipe V. Esa reverencia sistemática llega a hacer pesada la lectura de la correspondencia. En esta breve carta don Carlos utiliza en 63 ocasiones "vuestras Majestades". También confirma esta carta, como tantos otros documentos, que el gobierno de las Dos Sicilias estaba entonces sujeto al dictado de Felipe V. Sólo con la muerte de ese monarca, en 1746, empezaría el reinado independiente de don Carlos.


¿Por qué cuenta el Infante a sus padres su noche de bodas? En primer lugar, porque los reyes le han sugerido hacerlo. Y don Carlos obedece, porque él es un hijo absolutamente sometido a los deseos de sus padres, y quiere demostrárselo. Hasta el punto de revelar una intimidad que no le pertenecía a él solo puesto que en el lecho eran dos.


En segundo lugar, a don Carlos le interesa demostrar también a sus padres su buen estado de salud. Desde que se anunciara el proyecto de matrimonio del soberano napolitano con Amalia, la diplomacia francesa —al decir de M.T. Oliveros— se dedicó a insinuar que el Infante español era un hombre enfermizo.


Finalmente, podemos leer la historia de uno de los bárbaros matrimonios de la época. A una chiquilla de 13 años la casan con un hombre de 22, que para consumar el matrimonio no espera a que su mujer sea núbil.


Otros, más sabios que yo, sabrán extraer interesantes conclusiones de este documento analizando lo que se dice, lo que no se dice y lo que se oculta.


En todo caso, aunque hace ya mucho tiempo que los historiadores intentan divorciar la Historia del cotilleo, nadie negará la importancia de la vida privada de los soberanos en el devenir de sus naciones, sobre todo en el marco de la monarquía absoluta. Si consideramos que Carlos III vio coronadas con el éxito muchas de sus empresas, ¿no podríamos cavilar que uno de los resortes de ese gran reinado fueran la paz y la felicidad de su vida conyugal? Don Carlos no buscó fuera del matrimonio lo que le daba su mujer. Sus biógrafos destacan que a la muerte de Amalia, el Rey mantuvo la más estricta castidad haciendo suyos los afortunados versos de Góngora Váyanse las noches / pues idos se han / los ojos que hacían/ los míos velar / váyanse y no vean / tanta soledad / ahora que en mi lecho / sobra la mitad.


La carta La carta se conserva en el Archivo Histórico Nacional. (1) El texto original, en francés, ocupa 18 cuartillas. En negrita reproduzco algunas palabras españolas contenidas en el original. He procurado no traicionar el texto a costa de conservar expresiones algo crudas y alguna repetición. En aras de una mayor claridad he traducido el francés "ses affaires" —que en este caso se refiere al ciclo menstrual— por "el periodo" y "je la rompis" por "la penetré". Transcribo "vos M.M." por VV.MM.


Mi muy querido Padre y mi muy querida Madre, me alegraré de que VV.MM. sigan bien, yo y mi mujer estamos perfectamente, gracias a Dios.


He recibido una carta de VV.MM. del 15 del mes pasado, por la que he visto como gracias a Dios VV.MM. habían recibido dos de mis cartas, que habían sacado VV.MM. de la inquietud que tenían, y ya he ordenado a Montealegre (2) que no remita ya más el correo allí, tal y como VV.MM. me lo ordenaban. VV.MM. me decían también que VV.MM. habían visto las noticias de la Reina (3) y las copias de las cartas que yo enviaba y que unas y otras les habían dado mucho gusto a VV.MM.; que VV.MM. se habían enterado también de que ella había llegado ya a Palmanova, y de todos los honores que le habían rendido en los estados del Emperador, lo cual había hecho decir al Rey con mucha gracia que solo faltaba que consintiera en morirse; que VV.MM. suponían que cuando recibiera esta carta ya estaría alegre mi corazón y habría consumado el matrimonio; que no me extrañara de que VV.MM. me hablaran así, que a veces las jovencitas no son tan fáciles y que yo tendría que ahorrar mis fuerzas con estos calores, que no lo hiciera tanto como me apeteciera porque podría arruinar mi salud y me contentara con una vez o dos entre la noche y el día, que si no acabaría derrengado y no valdría para nada, ni para mí ni para ella, que más vale servir las señoras poco y de continuo que hacer mucho una vez y dejarlas por un tiempo, que en esa ocasión VV.MM. me escribían a las claras y que no pensara que VV.MM. son unos desvergonzados pero que VV.MM. me escribían como Padres y como personas mayores y como se habla entre casados cuando hay confianza y que contara a VV.MM. si todo transcurrió bien, si estoy contento y si la encuentro a mi gusto tanto en el cuerpo como en el espíritu y el carácter.


Para obedecer a las órdenes de VV.MM. contaré aquí como transcurrió todo.


El día en que me reuní con ella en Portella, me puse primero con ella en la silla de postas dónde hablamos amorosamente, hasta que llegamos a Fondi. Allí cenamos en nuestra misma silla y luego proseguimos nuestro viaje sosteniendo la misma conversación y llegamos a Gaeta algo tarde. Entre el tiempo que necesitó para desnudarse y despeinarse llegó la hora de la cena y no pude hacer nada, a pesar de que tenía muchas ganas. Nos acostamos a las nueve y temblábamos los dos pero empezamos a besarnos y enseguida estuve listo y empecé y al cabo de un cuarto de hora la rompí, y en esta ocasión no pudimos derramar ninguno de los dos; más tarde, a las tres de la mañana, volví a empezar y derramamos los dos al mismo tiempo y desde entonces hemos seguido así, dos veces por noche, excepto aquella noche en que debíamos venir aquí, que como tuvimos que levantarnos a las cuatro de la mañana sólo pude hacerlo una vez y aseguro a VV.MM. que hubiese podido y podría hacerlo muchas más veces pero que me aguanto por las razones que VV.MM. me dieron y diré también a VV.MM. que siempre derramamos al mismo tiempo porque el uno espera al otro y también que es la chica más guapa del mundo y que tiene el espíritu de un ángel y el mejor talante y que soy el hombre más feliz del mundo teniendo a esta mujer que tiene que ser mi compañera el resto de mi vida. VV.MM. me decían también que VV.MM. aguardaban con impaciencia averiguar si pueden tener nietos pero que VV.MM. tenían miedo de que no sea enseguida, ya que ella no tiene todavía el periodo. Diré a VV.MM. que todavía no lo tiene, pero que según todas las apariencias, no tardará en tenerlo [al margen: porque empezó hace ya 4 noches a dejar algunas manchas de esa materia que dicen que precede a lo de tener el periodo]; lo cual espero en Dios, en la Virgen y en San Antonio. VV.MM. me ordenaban también darles noticias de su hermano (4) y diré a VV.MM. que me informó Boncore, (5) que estuvo en una junta (6) que se hizo de los mejores médicos para que [el príncipe] tomara los baños de Ischia, (7) y que le examinó todo el cuerpo, quien me dijo que su debilidad era desde los muslos hasta abajo y en el brazo izquierdo y le rogué que me dijera, para satisfacer mi curiosidad, si tenía alguna otra molestia y me dijo que no. Lo que veo es que no puede caminar sin que le den la mano y que cuando está sentado tienen que ayudarle a levantarse. Los médicos dicen que esperan que curará con los baños y esto es todo lo que puedo decir a VV.MM. sobre ese asunto. Él marchará pronto a Ischia y me tomo la libertad de decir a VV.MM. que si VV.MM. pensaban en algo, opino yo que convendría ver el efecto que le hacen esas curas que van a darle y ruego a VV.MM. de perdonarme si digo esto, porque lo digo sólo por amor y por la obligación que tengo de decir a VV.MM. todo lo que me parece para su servicio y doy las más humildes gracias a VV.MM. de todo lo que hacen por mí. (8) El Conde de Santisteban (9) me pide permiso de poderlo pedir a su vez a VV.MM. para retirarse de aquí, el cual le he acordado y en el caso de que VV.MM. se lo acordaran también, propongo a VV.MM. para mi mayordomía mayor al Duque de Sora (10) y al Príncipe Corsini. (11) Si VV.MM. quisieran que fuera el Duque de Sora, el Príncipe Corsini sería mayordomo de la Reina, el Príncipe Astillano mi caballerizo mayor y el Duque de Castropignano (12) el Virrey de Sicilia. En el caso en que le pareciera a VV.MM. que el Príncipe Corsini venga a servir su empleo como lo creo necesario, sometiéndome en todo a VV.MM., creo que los que propongo son los mejores por toda clase de razones.


Para el resto de las fiestas, me remito a lo que el Conde de Santisteban dispuso de mi orden. Doy mil gracias a VV.MM. de haber nombrado interinamente al Conde de Fuenclara (13) en lugar del pobre Duque de Berwick. (14) Me alegraría infinito que VV.MM. hayan tenido un buen viaje hasta Madrid y que se hayan divertido.


A pesar de que mi mujer escribe a VV.MM. me ruega que la ponga con la mayor sumisión a los pies de VV.MM. y no es para describir a VV.MM. la alegría con la que recibe las cartas con que VV.MM. la agracian, escribiéndole con tanta bondad. [al margen: Olvidaba decir a VV.MM. como he instituido la Orden de San Jenaro (15) y ruego humildemente a VV.MM. de agraciarme consintiendo en dar a quien a VV.MM. plazca 6 cordones que tendré el honor de remitir a VV.MM.] Señora, ruego a V.M. que abrace de mi parte a todos mis hermanos y hermanas = Nápoles, a 8 de julio = El más humilde y más obediente de los hijos. Carlos.=


Cuando había terminado de escribir ésta, he recibido una carta de VV.MM. del 22 del mes pasado (16) por la que veo que gracias a Dios VV.MM. han llegado bien al Retiro y como contiene las mismas cosas que la anterior me remito por entero a lo que ya he tenido el honor de escribir a VV.MM. más arriba. solo diré a VV.MM. que acerca de lo que VV.MM. me decían de que como ella era joven y delicada VV.MM. no dudaban de que me haría sudar, diré a VV.MM. que la primera vez me corría el sudor como una fuente pero que desde entonces ya no he sudado; y diré también a VV.MM. acerca de lo que me contaban que la Duquesa de Atri (17) decía a la Nieves (18) de que ella se parecía a la María Antonia (19) pero que según el retrato se parecía como un huevo à la Castaña y que remitiera yo la medida de su altura, diré a VV.MM. que según el retrato que tengo yo de mi hermana no se parecen nada y sin menoscabar a mi hermana diré a VV.MM. que ella es mucho más guapa y mucho más blanca, y que en el correo siguiente mandaré su medida. Diré también a VV.MM. que dispara muy bien y que toma mucho placer de la caza, y que la he besado de parte de VV.MM. tal y como VV.MM. me lo ordenaban y que ella me ha dicho que está confundida de tanto como VV.MM. quieren agraciarla, y ruega la ponga de nuevo con la mayor sumisión a los pies de VV.MM. y doy de nuevo mis más humildes gracias a VV.MM. de tanto bien como nos quieren hacer.


La novia María Amalia Walburga de Sajonia nació el 24 de noviembre de 1724 en el Palacio Real de Dresde. Era hija del Duque de Sajonia Federico Augusto II (1733-1763), Príncipe Elector del Imperio y Rey electo de Polonia como Augusto III de Polonia. Su madre, María Josefa de Austria, era la hija primogénita del emperador José Ignacio, primo carnal de Isabel de Farnesio. En consecuencia don Carlos era tío segundo de Amalia y el Papa Clemente XII hubo de conceder dispensa por 4º grado de consanguinidad.


Aunque la casa electoral de Sajonia era protestante, las ambiciones polacas del abuelo y del padre de Amalia les habían llevado a abrazar el catolicismo. Así lo hicieron Federico Augusto I (Augusto II de Polonia) en 1697 y Federico Augusto II (Augusto III de Polonia) en 1712, siendo todavía príncipe. De ahí que Amalia fuese una princesa católica y por tanto casable con un Infante español.


Al año de casarse pasó las viruelas, y en septiembre de 1740 vino al mundo la primera de sus hijas, María Isabel, fallecida en 1742.


Aunque ninguna sombra enturbió su vida conyugal, fue en cambio poco afortunada como madre ya que si bien fecunda —dio a luz en treces ocasiones— de sus siete hijas sólo llegaron dos a alcanzar la madurez. Amalia jamás se recuperó de la muerte de su primogénita María Isabel, a la que quería muchísimo, y resultan conmovedoras algunas cartas de don Carlos a sus padres acerca de la enfermedad de la pequeña Isabelita. Perdió el mismo año de 1742 a su segundogénita, María Josefa Antonia, un bebé de cuatro meses. Por otro lado su primer varón, Felipe, presentaba grandes taras mentales y tuvieron que incapacitarlo.


Esos trece partos, una mala caída de caballo y quizás su gran afición al tabaco contribuyeron a deteriorar la salud de una princesa que falleció demasiado joven, ya reina de España, con 35 años, el 27 de septiembre de 1760. En el conocido retrato de Amalia por Francisco Liani que custodia el museo de Capodimonte, Amalia conserva la blancura de su piel —la piel blanca es una obsesión de la época— pero su rostro ofrece una expresión aguileña. La belleza de la que se enamorara don Carlos se ha esfumado.


Amalia tuvo la gran fortuna de vivir siempre sumergida en un marco de hermosura repleto de artistas. Sus oídos se formaron con la música que Bach dedicara a su familia. Pasó su infancia entre la bellísima Dresde y Varsovia. Recién casada dedicó cuarenta días a un espléndido periplo, conociendo Praga y Venecia y luego todas las maravillas de Italia. Como sus antepasados sajones habían convertido la porcelana en una de las riquezas de sus estados, Amalia convenció a don Carlos para que impulsara en Nápoles la fábrica de porcelana de Capodimonte y luego, en España, la del Buen Retiro. Grandes artistas como Mengs se vieron protegidos por la reina, que junto a su marido convirtió el Nápoles borbónico en un paraíso de las musas. Durante el reinado de don Carlos y Amalia se descubrieron las ruinas de Pompeya y Herculano, y aunque las primeras excavaciones sistemáticas fueron las de Murat, ya en el siglo XIX, el hallazgo de esas ciudades perdidas con sus intactos tesoros fue uno de los grandes acontecimientos del siglo. Don Carlos por su parte, al que habían maravillado en Toscana los mosaicos florentinos de piedras duras no dejó de impulsar el Real Laboratorio delle Pietre Dure, que fundó el mismo año de su boda y alguna de cuyas magníficas producciones podemos ver todavía adornando los pasillos del Prado. Como la excelente gestión de sus gobiernos acabó rápidamente con las deudas del Reino, pudieron don Carlos y Amalia levantar uno tras otro edificios espléndidos, palacios y teatros dónde el arte de su siglo pudo expresarse con toda fluidez.


Podemos inferir que para una alemana habituada a los rigores del Báltico, los azules de Nápoles y Sicilia tuvieron que ser algo deslumbrante. Y es comprensible que en el poco tiempo que vivió en nuestro país, no cesara de añorar su Nápoles querido.


La política europea durante el reinado de Felipe V La política exterior de Europa durante el reinado de Felipe V es complejísima y sigue el ritmo de las alianzas políticas y matrimoniales de los príncipes. Todo gira alrededor de las sucesiones al trono, entendidas como botín para los participantes. Así, tres guerras de Sucesión, la de España, la de Polonia y la de Austria marcan el tempo de Europa, a lo que se unen las intrigas para evitar la unión de Francia y de España en caso de morir Luis XV, o las tentativas de restauración de los Estuardos. Por otra parte la obsesión de Isabel de Farnesio buscando reinos en Italia para sus hijos, la política expansionista de Prusia y la de la casa de Saboya, los proyectos de restauración del poder de Francia, la temporal hegemonía de Inglaterra y el enfrentamiento entre potencias católicas y protestantes redundan en complicar ad nauseam un panorama cuyas consecuencias para España el marqués de la Ensenada resumía en su conocida memoria de 13 de octubre de 1749: "48 años de sangrientas y continuadas guerras que sufrió el reino; la esterilidad y calamidades que ha experimentado durante tan largo tiempo por falta de cosecha, comercio y manufacturas; las repetidas quintas y levas que fueron inexcusables para contener el orgullo y la obstinación de los enemigos y conservar los reales dominios y el honor de la corona, son las causas que han conducido a un deplorable estado su gobierno económico, la administración de la justicia y la causa pública, porque todo se ha confundido con el estruendo de las armas".


Terminado un conflicto se inicia el siguiente y el aliado de ayer es el enemigo de mañana. Presiden el egoísmo y el cinismo más descarnados tan bien retratados por Swift en Los viajes de Gulliver (1726).


De tan indigesto gazpacho el matrimonio de don Carlos sólo es un ingrediente más y para calibrar su importancia real nos detendremos en los antecedentes inmediatos al matrimonio, y sus efectos.


Objetivos inmediatos del matrimonio En el momento en que se casan don Carlos y Amalia (9 de mayo de 1738) el acontecimiento mayor de la política europea reciente ha sido la guerra de Sucesión de Polonia (1733-1735), que empieza a la muerte de Augusto II (julio 1733). La Dieta polaca repuso en el trono a Estanislao Leszcinsky, suegro del rey de Francia, elegido en Varsovia el 12 de septiembre de aquel año. Austria, Prusia y Rusia se opusieron al candidato francés, así que Augusto III, hijo de Augusto II y padre de Amalia fue elegido a su vez el 5 de octubre siguiente y sitió a su rival en Dantzig. Estos acontecimientos determinaron la formación de alianzas. Francia y España firmaron lo que ha venido en considerarse el primer Pacto de Familia, el 7 de noviembre de aquel mismo año. En el marco de esa guerra tropas españolas, en una brillante campaña, conquistaron la totalidad del reino napolitano (febrero-octubre 1734) y de Sicilia (septiembre-octubre del mismo año).


El año siguiente los franco-españoles a punto estuvieron de expulsar a los austriacos de la península italiana pero al final fracasaron. Entonces, a pesar de lo estipulado en el primer Pacto de Familia, los franceses iniciaron contactos de paz con los austriacos y el 3 de octubre de 1735 se firmaron los preliminares del tratado de Viena. La conclusión definitiva es de 18 de noviembre de 1738 y España no aceptó los términos hasta el 21 de abril de 1739. Por ese tratado el Emperador reconocía a don Carlos como soberano de los reinos de Nápoles y de Sicilia, y de los puertos de Toscana, al precio de tener que renunciar el Infante a sus derechos sobre la herencia de los Farnesio —Parma, que queda en manos del emperador Carlos VI— y la de los Médicis, —Toscana, que, se le atribuirá a Francisco de Lorena, luego emperador. El tratado de Viena tenía por lo tanto un sabor más amargo que dulce para el flamante monarca napolitano. Tan amargo que en el momento en que se casa todavía no está seguro de conservar algo en Italia ni de conseguir la investidura papal, que también es de 1738.


En ese año, tan crucial en la vida de don Carlos, toda Europa está pendiente de lo que sucederá al morir el emperador Carlos VI, el cual, por una Pragmática de 1713, había decidido no sólo proclamar la indivisibilidad de los territorios de la Casa de Habsburgo sino modificar las leyes sucesorias para permitir que su hija María Teresa ciñera la corona. María Teresa, cuya mano pretendiera don Carlos, se había casado finalmente con Francisco de Lorena, al que el Tratado de Viena entregó Toscana.


Felipe V se afilaba las garras, como los demás soberanos de Europa, a la espera de la muerte de Carlos VI. Es imaginable la poca simpatía que sentía Felipe V por Carlos VI. Se trataba del mismo Archiduque Carlos —para sus partidarios era "Carlos III"— que pretendiera en su momento a la corona de España durante la guerra de Sucesión. El austriaco y el español llegaron a aliarse en alguna ocasión, como la guerra contra Inglaterra, pero esos acuerdos fueron puntuales, muy circunstanciales y efímeros. En la carta reproducida se comenta una gracia de Felipe V, quien al hablar de su eterno rival viene a decir que para ser perfecto Carlos VI ¡sólo faltaba que consintiera en morirse!


Augusto III de Polonia, padre de Amalia, era por aquella fecha uno de los príncipes más poderosos del Imperio. Sajonia era rica y próspera gracias, entre otras cosas, a la porcelana de Meissen y tenía en Leipzig el centro comercial más activo de Alemania. Los ricos Augustos amaban el fasto y el lujo, y convirtieron su capital, Dresde, en la Florencia del Norte. Poderoso y rico, nieto del emperador José Ignacio, Augusto era también un serio candidato al Imperio en el caso de que María Teresa no alcanzara a ceñir la corona imperial. El propio Carlos escribe en otra carta a sus padres —vid. Oliveros— que su futuro suegro "es más poderoso que el Palatino y pudiera llegar a Emperador él mismo".


La mayor dificultad del matrimonio residía en la posible oposición de Francia. Luis XV era yerno de Estanislao Leszcinsky, rival de Augusto III por el trono polaco. En consecuencia la decisión de Madrid de casar a don Carlos con Amalia difícilmente podía ser bien recibida en Versalles. Claro está que el suegro de Luis XV ya había dejado hacía tiempo de ser una alternativa seria al trono polaco. El Tratado de Viena lo había convertido en soberano de Lorena, que luego revertiría a Francia. De hecho, menos de nueve años después, en 1747, el Delfín de Francia —hijo primogénito de Luis XV— se casará con una hermana de Amalia, María Josefa de Sajonia, después de enviudar de María Teresa, hermana de don Carlos. Con lo cual el Delfín pasó de ser cuñado de don Carlos a serlo de su mujer.


Si el objetivo de Madrid al casar a don Carlos con Amalia era acercarse al Imperio a través de la casa de Sajonia, esta política fracasó a partir del momento en que Felipe V tuvo que alinearse con Francia, en virtud de la alianza de Nymphenburg (1741) y apoyar la candidatura del elector de Baviera, quien alcanzó el Imperio con el nombre de Carlos VII. A la muerte de Carlos VII (1745) María Teresa, la hija de Carlos VI, consiguió su propósito de que a su marido Francisco de Lorena lo nombraran emperador los príncipes electores. Por otra parte, desde finales de 1738 España tiene que enfrentarse también a una guerra con Inglaterra a lo largo de la cual don Carlos tuvo que sufrir la humillación de tener que declararse neutral por amenazar un almirante inglés con bombardear Nápoles. La necesidad en que se ve Madrid de aliarse con Versalles obliga a don Carlos a suspender su política de aproximación al trono austriaco, sobre el que Felipe V también podía alegar derechos. En consecuencia, el matrimonio de don Carlos con Amalia no alcanzó los objetivos que apuntaba.


Ahora bien, don Carlos retomó en cuanto pudo su política de aproximación a Austria, pensando en los intereses de su reino napolitano. No dejó Nápoles sin antes firmar un tratado de amistad con Austria (octubre 1759) y se desquitó de sus fracasos anteriores al enlazar con la corona austriaca en las personas de sus hijos. Así, su hija María Luisa fue consorte de Leopoldo II, Emperador de Alemania, en cuyos descendientes Habsburgo se perpetúa el linaje del rey español; y su hijo Fernando IV de Nápoles, contrajo matrimonio con la archiduquesa María Clara, hermana del futuro emperador José II.


El viaje de la novia El contrato matrimonial entre el Infante don Carlos y la princesa de Polonia lo firmó el conde de Fuenclara en nombre de don Carlos el 16 de diciembre de 1737. Las capitulaciones matrimoniales se firmaron a su vez en Dresde el 19 de marzo de 1738. De nuevo firmó Fuenclara en nombre de SS.MM. Católica y Siciliana.


El 7 de mayo hizo Fuenclara su entrada oficial en Dresde, en el palacio que le destinó el rey de Polonia.


El 8 de mayo fue la pedida y el matrimonio se celebró el 9 de mayo a las cinco de la tarde. El Príncipe Real y Electoral tuvo los poderes del novio durante la ceremonia.


En lugar de viaje de novios, hubo un viaje de la novia que tardó cuarenta días en reunirse con su regio esposo. Podemos imaginar la sensación que causó en una jovencita, convertida en Reina, conocer una tras otra las inigualables bellezas de Italia a lo largo de todo su territorio.


El 12 de mayo —según otros autores el 13— salió Amalia de Dresde, acompañada por el inevitable séquito y por su hermano el príncipe heredero Federico Cristian.


El 16 de mayo entró en Praga.


El 20 de mayo llegó a St. Palten donde visitó a la emperatriz viuda, su abuela. Desde allí se inició la difícil travesía de los Alpes.


El 29 de mayo se encontraba ya en Palma Nova, en Italia, y se presentó a saludarla su recién nombrado mayordomo mayor, el duque de Sora. Visitó Venecia con gran interés y se paseó por el Gran Canal entre salvas de artillería.


El 2 de junio llegó a Padua donde la cumplimentó el duque de Módena. En los límites de Ferrara se le presentó el cardinal Mosca en nombre de su Santidad Clemente XII. En los siguientes días visitó los Estados del Papa.


El 7 de junio llegó a Rimini y el 19 de junio a Portella, la primera ciudad del reino de Nápoles. Allí es donde se encuentra por fin con su marido, don Carlos, y empieza el relato de sus nupcias.


Añadiremos que los novios entraron el día 23 de incógnito en Nápoles y hasta el 2 de julio no se hizo la entrada solemne, a las dos de la tarde. En ninguno de estos festejos participó el Príncipe Real Electoral que, como se desprende de la carta de don Carlos, sufría de una enfermedad de cuidado. La entrada de incógnito es lo que justifica la salida de don Carlos y Amalia a las cuatro de la madrugada, a la que se alude en el documento.


Las bodas que no fueron Quizás convenga apuntar algunos extremos acerca de otros proyectos de matrimonio de don Carlos que acabaron en agua de borrajas y que son fundamentales para comprender la errática política exterior de Felipe V.


Nacido el 20 de enero de 1716, tenía por lo tanto 22 años en el momento de sus nupcias. Desde su nacimiento fue constante preocupación de su madre encontrarle algún reino a su retoño, o bien por la fuerza de las armas o bien por el socorrido recurso del matrimonio.


La política de acercamiento hispano-francesa había pretendido sellar la alianza entre las dos ramas de la casa de Borbón mediante una serie de matrimonios. El infante don Luis, que reinó efímeramente como Luis I, casó con Luisa Isabel de Orleáns, Mademoiselle de Montpensier, hija del Regente de Francia; por su parte, Luis XV de Francia estaba previsto que se casase con María Ana, hija de Felipe V. Y al infante don Carlos le tenían destinado Felipa Isabel, otra hija del Regente. De los matrimonios acordados sólo se celebró el primero. En 1725 María Ana tenía siete años y el rey francés quince. Versalles no quiso esperar a que la infantita llegara a la edad núbil así que fue devuelta a Madrid (abril 1725), rompiéndose el compromiso y provocando una gravísima crisis en las relaciones hispano-francesas. El desaire a Felipe V por la devolución de la Infanta trajo como represalia la salida hacia Versalles de la viuda de Luis I y de la pequeña Felipa Isabel. Así se frustró el primer proyecto matrimonial del Infante.


El rencor que despertó la devolución de la Infanta en los soberanos españoles propició un acercamiento entre Madrid y Viena. Por el tratado secreto de 5 de noviembre de 1725 Carlos VI prometía dar en matrimonio a sus dos hijas, cuando llegaran a la edad núbil, a los infantes don Carlos y don Felipe y en el caso en que muriera el emperador antes de esa época la mayor de las archiduquesas casaría con don Carlos. Para casar a los Infantes, España invertía su política y se convertía en aliada del Imperio. No habían transcurrido cuatro años, cuando en marzo de 1729 llegó a Madrid la carta de Carlos VI en la que el emperador formulaba su negativa al matrimonio de sus hijas con los Infantes.


Esto volvió a invertir las alianzas y Madrid buscó de nuevo la amistad de Versalles.


Años más tarde, convertido don Carlos en duque de Parma y luego en soberano de Nápoles, en vista de que Austria era una amenaza constante sobre los dominios italianos de don Carlos, la política de Madrid y del Infante consistió en aproximarse otra vez a Viena. La tarea no era fácil, puesto que el soberano austriaco, Carlos VI, era el enemigo personal de Felipe V. Se habló de nuevo de la posibilidad de casar a don Carlos con María Teresa, la hija mayor del emperador. Como la archiduquesa ya estaba prometida al duque de Lorena, Francisco Esteban, con quien se casaría en febrero de 1736, Madrid pretendió la mano para don Carlos de la segunda hija del emperador, la archiduquesa María Ana. Estos planes también se frustraron. Cambió entonces la política pero no el objetivo. En lugar de seguir buscando acuerdos imposibles con Carlos VI, Madrid y el Infante apostaron por el recambio posible de dinastía imperial en la persona de Augusto III, elector de Sajonia y rey de Polonia, padre de Amalia. Este plan tampoco tuvo éxito.


¿Dos Sicilias o sólo una? La expresión Dos Sicilias siempre llama la atención. Todos sabemos dónde se encuentra la gran isla de Sicilia, en el mismo centro del mediterráneo. Pero, nos preguntaremos, si hay dos Sicilias, ¿dónde se esconde la segunda? La buscamos en el mapa y no la encontramos por ninguna parte. Pudiéramos pensar que hay reyes de las Sicilias como los hubo de las Españas y zares de todas las Rusias. O que además de la Sicilia real y mundana existe una Sicilia esotérica y celeste como el universo visible e invisible del Credo. Pero no se trata de nada de esto.


En realidad, la segunda Sicilia no existe, ni ha existido jamás fuera de las expresiones populares o de los títulos reales. Se llama "Dos Sicilias" a la reunión del Reino de Nápoles y del de Sicilia. El origen de la expresión es antiguo.


Después de la masacre conocida como Vísperas Sicilianas (1282) que puso fin a la presencia francesa en Sicilia, los Anjou se refugiaron en Nápoles y siguieron titulándose "reyes de Sicilia" mientras que en la isla se fortalecía la dinastía aragonesa. Así que había dos reyes de Sicilia, el de verdad y el napolitano. No es esto nada especialmente extraño. ¡También los reyes de Francia pretendían ser reyes de Navarra! Los llamados títulos de dominio son la expresión elegante de una frustración y de una reivindicación. En 1445 Alfonso V de Aragón, reunió Nápoles a Sicilia y fue el primero en usar el título rex utriusque Sicilae.


El Reino de Nápoles nació como entidad independiente de hecho cuando los Anjou expulsados de Sicilia se refugiaron allí, aunque sólo en el siglo XVIII la expresión Reino de Nápoles adquirió un valor constitucional.


Tras más de dos siglos como virreinato español, de 1504 a 1708, y cinco lustros de dominio austriaco, Nápoles recuperó con sus Borbones la condición de reino independiente y Carlos fue "Rey de las Dos Sicilias" —es decir, de los dos reinos independientes de Nápoles y de Sicilia— y se referían a él como "su majestad siciliana". Don Carlos fue VII de Nápoles y IV de Sicilia. El monarca consideraba a Nápoles como cabeza de su reino dual y seguía nombrando virreyes en Sicilia, como se puede leer en la carta. Sin embargo se hizo coronar en Palermo, capital de aquella isla.


Sucesor de don Carlos fue su hijo Fernando VI de Nápoles (1759-1806) y III de Sicilia (1759-1816). Fernando, que ya había sufrido los efectos de una revolución, huyendo a Sicilia (1798) y se había distinguido por su represión sanguinaria (1799), fue depuesto por Napoleón (1806) quien entregó el reino a su hermano José, nuestro José I, al que sucedería Joaquín Murat (1808). Al recuperar Nápoles por la gracia del Congreso de Viena ese monarca mediante la ley de 22 de diciembre de 1816 fundía en un solo reino los de Nápoles y de Sicilia bajo la denominación "Reino de las Dos Sicilias", y pasó a ser Fernando I de Dos Sicilias (1716-1725).


Notas


Todos los intervalos de fechas entre paréntesis junto al nombre de un soberano se refieren a los años de reinado. En otras personas se refieren a las fechas de su nacimiento y muerte.


1 Sección Estado. Legajo 2760.


2 José Joaquín de Montealegre, marqués de Montealegre, luego duque de Salas (1740), se convirtió en el principal ministro de don Carlos de 1738 a 1746, sustituyendo en esta función al conde de Santisteban. A la muerte de Felipe V, Montealegre fue a su vez sustituído por las administraciones de G. Fogliani y de B. Tanucci, con las que empezó el reinado independiente de don Carlos.


3 Amalia ya es la mujer de Carlos y por lo tanto, es reina. El matrimonio por poderes se verificó en Dresde el 9 de mayo de 1738.


4 Federico Cristian, hermano de la joven reina, quien representó a don Carlos en los esponsales de Dresde. Se trata del heredero de Sajonia y muy teórico heredero del trono polaco, quien no pudo participar en algunos de los festejos por no encontrarse bien, como se desprende del contenido de esta carta.


5 Médico italiano que ho he sabido identificar, homónimo de otro Boncore, famoso galeno del siglo XVII.


6 Subrayado en el original.


7 Isla volcánica de 46 km2 al oeste de Nápoles, la mayor de las Partenopeas. Posee aguas termales.


8 Aquí entramos de lleno en la alta política, de una forma discreta. Si VV.MM. pensaran en algo puede referirse a qué posición adoptaría Madrid en el caso de que el joven heredero llegara a morir, o, más probablemente, a que quizás Felipe V y su mujer habían pensado en otros matrimonios "polacos". En todo caso Federico Cristian sobrevivió, ya que sucedió a su padre como elector de Sajonia en 1763. Falleció algunas semanas después y le sucedió su joven hijo, Federico Augusto III (1763-1806) como elector de Sajonia y (1806-1827) como rey de Sajonia con el nombre de Federico Augusto I.


9 Manuel Domingo de Benavides (1582-1748) conde de Santisteban del Puerto había sido el principal ministro de don Carlos de 1735 a 1738. En 1739 Felipe V lo elevó a la categoría de duque.


10 Cayetano Buoncompagni, duque de Sora, nombrado mayordomo mayor de la Reina.


11 Bartolomé Corsini (1683-1752), príncipe de Sismano (1731), Grande de España (1732), virrey de Sicilia (1737) y ministro de don Carlos. Bartolomé era sobrino del papa Clemente XII, en el siglo Lorenzo Corsini. La posición de Corsini en la corte de Nápoles representa el deseo de don Carlos de tener contento al Papa.


12 Durante la guerra de Sucesión austriaca, Castropignano mandó las tropas napolitanas que luego se unirían a las españolas. Su mujer fue durante largos años dama de la reina Amalia.


13 Pedro Cebrián Agustín, III conde de Fuenclara, quien llevó con gran secreto todas las negociaciones con Dresde sería nombrado en 1742 Virrey de Nueva España.


14 Jacobo Fitz-James Stuart, 2º duque de Berwick y de Liria (1696-1738), teniente general en los ejércitos españoles que, mandados por Montemar, conquistaron Nápoles y Sicilia y autor de interesantes relaciones y memorias. La conmiseración del rey viene a cuento de que el duque de Berwick y Liria estaba, por lo visto, muy enfermo. Tan enfermo que murió aquel mismo año.


15 La Orden de San Jenaro fue instituida por Carlos el 3 de julio, al día siguiente de la entrada oficial de los jóvenes esposos en Nápoles. En Nápoles la Orden tenía la misma categoría que el Toisón en España. Se fijó en 70 el número de caballeros aunque en ocasiones se sobrepasó este número.


16 Que, por tanto, sólo ha tardado 17 días en ir desde Madrid hasta Nápoles.


17 Atri era un feudo de la familia Acquaviva. Quizás esta duquesa fue Isabella Strozzi, fallecida, ya viuda, en 1760. El duque de Atri había acompañado a Fuenclara a Dresde para la boda.


18 María de las Nieves de Angulo, de Albizu y Villamayor, creada marquesa de las Nieves en 1729, aya de las Infantas.


19 Hermana de don Carlos, la infanta María Antonia, por su matrimonio con un duque de Saboya, se convertiría en Reina de Cerdeña y su sucesión es la de los duques de Saboya, reyes de Piamonte y luego de Italia.


Bibliografía elemental


Godoy, José Andrés, "La corona de Carlos de Borbón, rey de las Dos Sicilias (1735-1759)", Reales Sitios, nº 100, Madrid, 1989, pp. 29-36


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Pineda y Cevallos-Escalera, Antonio de, Casamientos regios de la Casa de Borbón en España (1701-1879), Madrid, Imprenta de E. de la Riva, 1881