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La Granja de San Ildefonso y la Corona Española

Reproducimos aquí varios artículos publicados por Luis Español Bouché en El Adelantado de Segovia en 2003. Esos artículos, centrados en el Real Sitio de La Granja incluyen reflexiones sobre la historia de la monarquía española.

Un palacio en la región de las nubes

publicado en el Adelantado de Segovia el 14 de junio de 2003


Lo mejor de Madrid, dicen los sabios, son sus Reales Sitios. Aranjuez, el Escorial y la Granja acumulan historia, belleza y aire puro. Los dos primeros están ya comunicados con la capital por trenes de cercanías. En la provincia de Segovia, La Granja queda un poquito más rezagada, a una hora de coche, pero dentro de poco el AVE pondrá esa joya de Guadarrama a solo veinte minutos de la capital. Pequeña Babilonia serrana con sus jardines colgados del cielo, La Granja revela a quien la busque los secretos de su alquimia: la alquimia del invierno que hace brotar de sus fuentes congeladas cascadas de luz fría y crines de hielo azul; la alquimia, también, de sus crisoles que, todo el año, convierten la arena en vidrio, en cristales famosos por su delicadeza y también en lunas industriales.


Otro de los secretos de La Granja es su altitud. El palacio del Real Sitio de San Ildefonso se encuentra a 1.150 metros. Humboldt subrayaba el hecho de que La Granja se encuentre más alta que la cumbre del Vesubio con estas palabras: "... entre todos los monarcas de Europa, sólo el de España puede gloriarse de tener un palacio en la región de las nubes..."[ Citado por Joaquín Fenández Pérez in Humboldt: el descubrimiento de la naturaleza, Tres Cantos (Madrid), Nivola, 2002, pág. 58]


Si la Granja tiene el palacio a mayor altura de Europa, Madrid, con sus 650 metros es la capital más alta del continente... con permiso de Andorra la Vieja (1.000 m.). No se debe esto a la casualidad. Es que si todos los imperios han procurado extenderse horizontalmente, abarcando mundos y mares, una característica notable y poco subrayada del imperio español fue que a su dimensión horizontal quiso añadir la vertical, conquistando el aire, creando o consolidando ciudades importantes a alturas considerables: Potosí, rondando los 4000 metros, La Paz (3.632 m.), Cuzco (3.350 m.), Quito (2.819 m.) Quezaltenango (2.333 m.), México D.F. (2.207 m.). Sin salir de Europa, ¿qué ciudades pueden competir con nuestros nidos de águila, con Ávila, Soria, Cuenca o la misma Segovia? Solo ciudades alpinas, como Davos o Briançon.


Mientras que la talasocracia portuguesa hizo poco caso de las montañas, España se extendió a lo largo de sierras y cordilleras, desde las nieves del Mulhacén hasta las de los Andes. España es hija de Roma y los romanos aprendieron a hacer sus vías por las cumbres de las sierras, para dominar los valles y guardarse de ataques e inundaciones. De su pasado romano la provincia de Segovia no carece precisamente de testimonios: las siete letras de su nombre; el mayor acueducto que subsiste de la antigüedad; y, cruzando Guadarrama, los restos de una vía romana que nos recuerdan todavía el matrimonio de los Césares con las alturas. Esa tradición clásica la recogieron las coronas de Aragón y Castilla: la reconquista no se hizo solo de norte a sur sino también cuesta abajo, de la pobreza de riscos y barrancos a la riqueza de las vegas; del frío al calor. Los peñascos de Sobrarbe y Ribagorza son la cuna de Aragón y Jaca su más antigua capital; de las Asturias de Oviedo se derivan León y Castilla; y los nazaríes de Granada, encastillados detrás de sus nevados, le aguantaron dos siglos de envite a los reyes castellanos.


Imperio se deriva de imperium que en un principio no designaba una función regia sino la capacidad de mando. Y para mandar hace falta ver. De ahí que imperios tan ajenos y lejanos como el romano y el azteca coincidieran en su pasión por las águilas. Porque el águila acecha y domina el mundo desde lo alto, las águilas han sido estandarte de legiones, la figura heráldica por excelencia de los emperadores, el símbolo de Zeus y de Júpiter y hasta a San Juan Evangelista lo llamaron el águila de Patmos... Y es que los dioses tienen ojos y su mirada es de arriba abajo, de rey a vasallo, de padre a niño. También la codicia y el deseo se alimentan con los ojos: cuando Zeus desea al hermoso Ganímedes adopta la forma de águila y rapta al garzón de Ida elevándolo hasta el Olimpo, dónde por siempre llenará las copas de los Inmortales.


Ver, querer, y querer ver más; cuanto más queremos ver, más rabia produce la línea del horizonte que contiene y limita el campo de la visión. ¿Cómo conseguir alejar las lindes del horizonte, esa cárcel de la mirada? Subiendo. Cuánto más arriba, más lejos veo, más mundo abarco; cuanto más arriba más luminoso el día.


El imperio de la mirada exige la luz del sol. Y gran parte de la hispanidad vive todavía bajo los cielos luminosos de la Tierra Caliente. Pero, ¿cómo gozar de la luz sin tener que sufrir el calor? La solución de esta difícil ecuación la resolvieron nuestros abuelos con su inmoderado amor por las cumbres. Y es que la altura atesora otro secreto, que es el del frío: cuanto más subimos, más frescos estamos. Así que siendo los dominios de nuestros reyes en su gran mayoría zonas tórridas, el poder buscó las sierras no solo para contemplar y dominar sino para refugiarse del rescoldo estival. Por eso Felipe V buscó consuelo a su melancolía en las alturas de La Granja, un oasis fresco y siempre verde entre las dos Castillas. Por eso, también, si algún imperio ha merecido llamarse Celeste no será el de los chinos, ni el de los mayas o los antiguos babilonios tan aficionados a la astrología. Realmente, son los españoles quienes parecen haber sentido mayor predilección por las tierras altas. Nos gusta el sol, pero también las vistas y buscar el fresco. El horizonte en España suele ser una sierra y en nuestros cielos, generalmente puros y secos, la noche derrama un escándalo de estrellas. La astronomía habla español y los grandes observatorios se encuentran en territorios que son o han sido españoles. Desde el Cerro de los Muchachos, en Canarias, hasta las cumbres chilenas, pasando por los telescopios de Arizona y California, parece que allí dónde el hombre quiere robarle sus secretos al universo sólo se conoce la lengua de Cervantes. El español sube hasta las cumbres para dominar la tierra y acercarse al cielo. No construye zigurates ni torres de Babel, se limita a trepar peñas arriba, como Pereda, y cuando no puede subir más, contempla el mundo que domina y se acerca al Dios que lo domina. En este sentido, el muy francés Felipe V resultó ser muy español en su afición por las alturas. Don Felipe tenía grabadas en la mente las máximas de Bossuet sobre la monarquía: "Dios instaura a los reyes como ministros suyos y reina mediante ellos sobre los pueblos. El trono real no es el trono de un hombre sino el trono del mismo Dios. Es la imagen de Dios que, sentado en su trono, en lo más alto de los cielos, da impulso a toda la Naturaleza." Rey piadoso, sin duda pensó acercarse a lo más alto de los cielos subiendo a La Granja; Rey dominante y absoluto, quiso tener el palacio más alto de Europa, un palacio en la región de las nubes. El que hoy quiera subirse a una nube no lo tiene difícil: la Granja le espera con los brazos abiertos

Hace noventa años en La Granja (nacimiento de don Juan de Borbón)

publicado en el Adelantado de Segovia el 24 de junio de 2003


 


La historia de La Granja es la historia de nuestra Corona, la historia de nuestra Casa de Borbón, la historia, por tanto, de trescientos años de España.


A principios del siglo XVIII —el siglo de la Monarquía por antonomasia, el siglo de los despotismos ilustrados— no había ordenadores ni satélites ni fútbol ni televisión, pero se trabajaba rápido y bien. Prueba de ello es que en 1720 Felipe V compró a los frailes jerónimos del Parral los terrenos de su granja y terrenos colindantes, en la villa de San Ildefonso, y no habían transcurrido seis años cuando se levantaba allí un hermoso palacio, proyecto de Teodoro Ardemáns, rápidamente habilitado para que pudieran vivir en él los Reyes. Felipe V e Isabel de Farnesio se trasladaron a La Granja cuando les fue posible, y allí nació el 11 de junio de 1726 la infanta María Antonia, malograda Delfina de Francia, a la que casaron con el primogénito de Luis XV. Le seguirían muchos otros Infantes a lo largo de la historia, y el último en nacer allí, hace ahora 90 años, era hijo de un Rey, don Alfonso XIII y padre de otro Rey, don Juan Carlos I, pero nunca llegó a ser Rey. Hablamos, claro está, de don Juan de Borbón.


A la una y media de la noche del día 20 de junio de 1913, una inocente criatura dejaba el confortable abrigo del vientre materno y recibía del ya anciano Conde de San Diego —eximio obstetra y médico de la Real Cámara— el consabido azote en la nalga, echando a la vez su primera lágrima y su primer aliento: ¡el mundo no es ninguna broma! No sería éste el único azote en su vida; años después recibiría alguno más en la escuela naval de Dartmouth, donde aprendió su oficio de marino bajo la férula de la disciplina inglesa. Y la vida se encargó de propinarle mayores disgustos que unos azotes: su padre fue destronado así que él y su familia pasaron la mayor parte de su vida en el exilio; el matrimonio de sus padres hizo aguas; su hermano mayor, don Alfonso, y el más pequeño, don Gonzalo, eran hemofílicos, y su otro hermano varón, don Jaime, sordomudo; de sus dos hijos varones el más pequeño murió trágicamente, jugando con una pistola; hijo de Rey y padre de Rey, la voluntad del general Franco lo excluyó a él del trono; fue traicionado incansablemente por sus propios partidarios e insultado incansablemente por sus adversarios; para salvar su dinastía tuvo que entregar, como los antiguos Atridas, su propio hijo en holocausto a su peor enemigo; y el final de su vida se encargó de amargárselo un largo y doloroso proceso cancerígeno. Pero todo esto vino después...


Volvamos a La Granja, hace 90 años. A los pocos minutos de nacer el sexto vástago de Sus Majestades, se izaba la bandera en el mástil del palacio, y se colocaba un farol rojo en su fachada del principal. Esa fue la señal esperada para que una batería del regimiento de guarnición en Segovia emplazada en Las Peñitas iniciara la salva de 21 cañonazos reglamentarios que despertó a los pacíficos habitantes de San Ildefonso anunciándoles que la Reina había alumbrado un varón.


Seis años antes Alfonso XIII había firmado el Decreto fijando las normas de ceremonia ante el entonces inminente alumbramiento del primer retoño de la Reina Victoria Eugenia, que sería el malogrado infante don Alfonso. El decreto, —reproducido por don Enrique Juncedo Avello, de quien tomamos muchos datos— especificaba en su artículo primero que "Asistirán a la presentación del Príncipe de Asturias o de la Infanta que nazca los Ministros de la Corona, los Jefes de Palacio, los Presidentes de cada uno de los Cuerpos Colegisladores, los Comisionados de Asturias, una Comisión de dos individuos nombrados por la Diputación de la Grandeza, los Capitanes Generales del Ejército, los Caballeros de la Insigne Orden del Toisón de Oro [...]" Mucha gente, desde luego, a la que se advirtió del nacimiento del Infante y que estaba presente en el salón llamado pieza de música a las ocho de la mañana cuando —según escribe González Doria— "apareció Alfonso XIII llevando en los brazos, sobre un cojín de terciopelo granate, la figura del Infante recién nacido, y con su habitual desenvoltura lo fue mostrando a todos diciendo, sencillamente: aquí tenéis a un Infante, que acaba de presentarse".


Cinco días después el infantito recibía el bautismo de manos de don Jaime Cardona y Tur, Patriarca de Indias y obispo de Sión, en un altar portátil instalado el centro del Salón del Trono cuyo elemento más notable era la pila de Santo Domingo de Guzmán que en numerosas ocasiones ha contenido el agua traída del río Jordán con la que se hacen cristianos los Infantes de España, que por algo el Rey de España es también Rey de Jerusalén. Recibió los nombres de Juan, Carlos Teresa, Silverio y Alfonso.


Noventa años no parecen muchos si consideramos la vida de un hombre que nació justo antes de la I Guerra Mundial y cuyo destino está intrínsecamente ligado al de nuestro país. Hijo de Rey, padre de Rey, don Juan no reinó más que en los sellos privados o los puños de camisa de algunos monárquicos impenitentes, tan valientes como escasos, que se complacían en lucir en sus botones el "J III", la insignia de Juan Tercero. Todavía guarda mi padre los suyos...


Don Juan no era el primero de sus hermanos en nacer en el Real Sitio de San Ildefonso; le habían precedido, siempre en el mes de junio, los Infantes don Jaime (23 de junio de 1908) y doña Beatriz (22 de junio de 1909), recientemente fallecida. Sólo en ocasiones volvió a poner los pies en San Ildefonso. Una de esas ocasiones la tuvo —recién cumplidos los 12 años— el 28 de junio de 1923, cuando la Diputación Provincial de Segovia entregó los nombramientos de hijos predilectos de la Provincia a los tres infantes nacidos en la Granja: don Jaime, doña Beatriz y don Juan.


Me gustaría decir que de alguna forma quedó marcado don Juan por sus orígenes, pero esto resultaría falsísimo. Don Juan estaba enamorado del mar y ni la más poética imaginación podría ordeñar de nuestras sierras y de nuestro claro cielo segoviano la imagen del océano, como no sea la visión de la meseta desde los altos de las Dos Castillas; porque en estas provincias castellanas la tierra es nuestro mar y las ciudades son islas aisladas unas de otras por leguas de yermos y cultivos.


Don Juan no fue muy asiduo de la Granja. Las vacaciones solía pasarlas en San Sebastián o Santander. Luego, de 1931 a 1975 España no tuvo Rey. Cuarenta y cuatro años sin Rey, para un Real Sitio, no es ninguna bicoca. Se podría escribir mucho acerca de la decadencia de El Escorial, La Granja o Aranjuez durante aquellos años. Y es que con Constitución o sin ella, la presencia regia es la presencia del poder, de la tradición y de la historia. Dónde los reyes van, se desplaza la función del poder, en invierno Baqueira y en verano Mallorca. No deja de ser sintomático que durante los años en que en España no hubo función real desapareciera el único teatro de La Granja, como si por falta de actores se hubiese suspendido la velada.

Juan Balansó, in memoriam

publicado en el Adelantado de Segovia el 5 de julio de 2003


La noticia de la muerte de Juan Balansó me ha sorprendido. Llevaba año y medio sin noticias suyas y no sabía que estaba enfermo. Juan tenía un círculo de amistades íntimas al que yo no pertenecía y nuestras relaciones consistían en vernos una o dos veces al año con ocasión de la salida de algún libro. Le dábamos a la hebra tres o cuatro horas seguidas, hablando de todo y de nada, y luego nos despedíamos. Su generosidad tenía en cuenta la diferencia entre nuestros recursos, y si tomábamos café invitaba yo y si era una comida invitaba él. Nuestras conversaciones eran muy interesantes porque no estábamos de acuerdo en casi nada, y nos tomábamos el pelo. Lo que más recuerdo de Juan son su sonrisa deslumbrante, casi carnicera, y su risa, una risa espontánea, aguda, y echando la cabeza para atrás. Juan sabía buscar el lado divertido de las cosas y me acuerdo, también, de sus carcajadas, cuando le entregué su título de caballero de la Real, Antigua y Muy Estupenda Orden del Santo Prepucio...


De profesión, Juan era periodista y relaciones públicas. Conocía a fondo el mundo de la prensa y se movía como pez en el agua entre los distintos medios y las editoriales. Sus libros eran los de un periodista, con sus aciertos y sus defectos: si, de una parte, sólo en ocasiones recogía sus fuentes, de otra parte sabía destacar aquello que al público le podía interesar o entretener más. Sus libros tampoco tienen nada que ver con la llamada prensa rosa; estaba en otro nivel y más de una vez anduvo sumergido en archivos como el de Parma o en la Biblioteca Nacional. Dudo mucho que los historiadores profesionales o los tratadistas de derecho constitucional supieran tanto como Juan Balansó de temas como la casa de Parma, o de la monarquía en general. Su amor por la Historia le llevó a amasar una riquísima biblioteca en su piso de Madrid, plagado de recuerdos. Se podrá estar de acuerdo o no con sus escritos, —él mismo cambiaba de opinión y de actitud— pero nadie podrá reprocharle falta de valor, porque dijo siempre lo que quiso decir, y no le preocupaba a quién iba a molestar. Y me consta que molestó a muchos. Eso no fue óbice para que fuera capaz de guardar un secreto, durante años, o de cumplir una palabra dada.


La muerte de Juan deja un hueco difícil de rellenar, aunque imagino que otros estarán ya sacando brillo al teclado del ordenador, con la pretensión de sucederle en los éxitos de ventas. Porque Balansó consiguió entretener a un amplio público sobre cuestiones que, al fin y al cabo, no debieran interesar más que a un puñado de especialistas. Él era uno de los pocos supervivientes del joven equipo de talentos surgido alrededor de Historia y Vida. Con un libro al año en los últimos diez años, el éxito de Balansó ha sido perenne y se cuentan por cientos de miles los ejemplares que ha vendido en ese periodo.


Juan tenía un estilo mutable, ora desmelenado, ora repeinado, pero siempre entretenido. Le aconsejé que intentara escribir alguna novela, aunque fuera con seudónimo, porque en sus últimos trabajos se le escapaban elegancias literarias, de las que vale la pena reproducir un ejemplo: "sin haber perdonado a Inés lo que nunca se había rebajado a reprocharle"; "vivía sus enclaustrados amores prohibidos en un recoleto palacio, lugar de delicia, aunque prisión de silencios"; "El prelado adoraba los gatos, Ana los perros, y sus relaciones estaban en consonancia".


Juan no me hablaba de sus preocupaciones íntimas. Bueno, me contó una vez que era huérfano, y me consta que aún tomando sus distancias con el catolicismo, nunca renegó de su fe y compartía mi entusiasmo por la Compañía de Jesús. La religión no le era ajena, y, como su compatriota en lo catalán y en lo madrileño, Luis Carandell, dedicó más atención de la usual a la muerte. A Juan le preocupaban algunas sepulturas, sin duda porque estudió con atención y cariño la trayectoria de los sepultados, a los que revivió en sus escritos. Se fijaba en el desinterés de los vivos por los viejos y por los muertos y recogió la desolación del final de Isabel de Borbón, La Chata, en París. También reprodujo en alguno de sus libros que se molestó en depositar unas flores ante el sepulcro florentino de una Bonaparte, hija del Intruso. Siempre resulta honorable preocuparse por aquellos que ya no existen pero que en su día fueron mozos y mozas llenos de fuerza y ambición y ganas de vivir. Descanse en paz.

Los reyes naturales (acerca de los derechos de los hijos naturales sobre la Corona Española)

publicado en el Adelantado de Segovia el 13 de julio de 2003


El 30 de junio de 1833, hace exactamente 180 años, la futura Isabel II era jurada como Princesa de Asturias. Aquella jura fue uno de los últimos actos que quiso el rey Fernando VII, para afianzar la posición de su hija. Los obscuros acontecimientos de la Granja, meses antes, a punto estuvieron de acabar con los derechos de la joven infantita, y poco tiempo después de aquella jura moría el rey Fernando y el carlismo se echaba al monte, iniciando un siglo de confrontaciones civiles. En consecuencia, nada menos baladí, para nuestro Estado, que es una monarquía, que el tema de la sucesión a la corona.


Hace años, en un libro cuidadosamente silenciado, abordé un asunto del que se habla poco pero que importa mucho a la estabilidad de nuestra monarquía y por lo tanto de nuestro sistema político: el hecho de que con la Constitución en la mano, los hijos naturales de los miembros de la Real Casa estén equiparados en derecho con los demás príncipes. No hace falta ser un profundo tratadista para comprender que, por su propia naturaleza, a la monarquía le interesa ofrecer estabilidad. Imagínese lo que supondría trastocar el orden sucesorio cada vez que una persona demostrase su filiación natural con el monarca. Se trataría de algo profundamente desestabilizador para un sistema cuya virtud, de tener alguna, reside en la claridad. Además, existe un problema de educación: es bueno que la persona que puede llegar a ceñir la Corona reciba una educación conforme a sus posibles obligaciones.


La sucesión de la Corona española ¿ha de ser necesariamente la legítima? Puesto que el actual Derecho Civil ha equiparado a los hijos naturales y a los legítimos, ¿con qué argumentos se podría negar la Corona a un hipotético hijo natural de un rey de España? Porque desde luego la tradición de la monarquía no es ningún principio legal. Y sería difícilmente comprensible, en términos de equidad, que pudieran ser llamadas a reinar personas nacidas de un matrimonio morganático —contra la costumbre de los últimos 225 años— y que se mantuviera apartados de la Corona a los vástagos ilegítimos. Dado que la vigente Constitución deroga toda disposición que se le oponga, resulta también pueril pretender aplicar una normativa preconstitucional en contra de lo que la Constitución rige, puesto que en el artículo 39 de nuestra magna carta se dicta lo siguiente, en lo que no es precisamente un modelo de buen castellano: "2. Los poderes públicos aseguran, asimismo, la protección integral de los hijos, iguales éstos ante la ley, con independencia de su filiación, y de las madres, cualquiera que sea su estado civil. La ley posibilitará la investigación de la paternidad (...)"


Desde luego, nadie negará que en España siempre ha existido simpatía hacia los hijos naturales y personajes como el Jeromín del padre Coloma o el Bernardo del Carpio, del Romancero, han dejado su huella en nuestra literatura. Tampoco nos debiera asombrar la posibilidad de que reinara un hijo natural, que no sería la primera vez en la historia de España: ¿quiénes fueron los sucesores de Alfonso XI? ¿cómo llegó al trono la casa de Trastámara? También vienen de líneas bastardas las casas de Aviz y de Braganza o la de los duques normandos que reinaron en Inglaterra.


Si se diera el caso de que un Rey de España —o su sucesor— tuviera un hijo natural, ¿qué ocurriría con la Corona? La Constitución me parece taxativa al respecto: el hijo, se trate de un varón o de una hembra, se convertiría en el heredero virtual de su padre, y que el Rey o el Príncipe lo reconocieran en el momento o más tarde, motu propio o a través de la oportuna sentencia judicial, lo mismo da. En consecuencia, habrá que tomar el toro por los cuernos y plantearse la necesidad de revisar la propia Constitución.


Como si no fueran suficientes las dificultades, las nuevas tecnologías en el campo de la biología amenazan con hacer saltar por los aires no ya los principios de la Monarquía sino los fundamentos mismos de la familia tradicional y exigirán en un futuro inmediato la revisión de numerosos principios del Derecho Civil. Aldoux Huxley se ha quedado corto. En breve, con material genético robado —un cabello tomado de un cepillo, una muestra de saliva— se van a poder crear seres humanos, hijos nuestros, sin que expresemos ningún consentimiento al respecto. Y un niño no es un disco compacto, no puedes destruir la copia pirata... Que todas estas posibilidades sean ilegales, no significa que no sean posibles y hemos de tenerlas en cuenta.


En su día transmití estas inquietudes a las correspondientes autoridades, pero me temo que no se ha hecho nada al respecto. El Título II de nuestra Constitución se pensó mal, se redactó mal y tiene más de un fleco cargado de amenazas. Cuando hace un mes nos enteramos de que don Leandro Ruíz-Moragas ha visto reconocida ante los Tribunales su filiación —ahora se llama Leandro de Borbón—, no he podido dejar de meditar acerca de nuestra tradicional incuria, que consiste en esperar cuidadosamente a que los problemas estallen en lugar de tomar medidas adecuadas.


¿Qué le podríamos pedir a una buena Ley de Sucesión de la Corona? Entre otras cosas, procurar que se sepa quién puede ser llamado a la sucesión; y procurar que los presuntos herederos reciban una educación congruente con su posible destino.


De todos modos, todo lo relativo a filiaciones naturales parece hipotecado, como ya hemos subrayado, por el desarrollo de las nuevas tecnologías biológicas.


En relación con este asunto, sería deseable que las Cortes no demorasen durante más tiempo el necesario debate sobre la Monarquía y su futuro. Y un debate de verdad, que no se reduzca al íntimo pasteleo de obscuras comisiones. La demanda de don Leandro y la lógica sentencia subsiguiente nos recuerdan la urgencia de aclarar cualquier duda sobre la Sucesión a la Corona con una ley bien redactada y alguna dosis de sentido común. Si las Cortes prescinden de esa estricta obligación, otros serán los foros en que se discutirá acerca de la cuestión, y no precisamente los más adecuados.

La Granja vista desde San Juan de Luz

publicado en el Adelantado de Segovia el 30 de agosto de 2003


Paso unos días en San Juan de Luz, una ciudad pequeñita pero encantadora que lleva siglos acogiendo, por turnos, a las dos Españas. Era la primera ciudad y el primer puerto según salías de la piel de toro, a mano izquierda, porque Hendaya resultaba demasiado pequeñita y Bayona quedaba algo más lejos. Así que Olózaga pasó por aquí, y el infante don Enrique —el del duelo con Montpensier— y los carlistas, y Ruíz Zorrilla. Durante la dictadura de Primo de Rivera más de un opositor se refugió en San Juan de Luz, y luego durante la República algún monárquico, como Ansaldo, que despegaba con su propio avión de Madrid por la mañana, aterrizaba en Parme dos horas más tarde, y almorzaba aquí o en Biarritz al mediodía; y La Guerra Incivil vio a todos los bandos refugiados en este luminoso rincón de Francia.


San Juan de Luz siempre ha sabido vivir de los españoles: de aquí salieron corsarios famosos a cazar nuestros galeones; y ahora, con menos sangre, pero mayor eficacia, nos siguen ordeñando afectuosamente a los turistas. La presa es la misma, sólo cambia el método. Como San Juan de Luz vive en gran parte del turismo y no puede competir con el Mediterráneo en cuanto a calidad del agua, de la arena y horas de sol, procura rentabilizar los elementos típicos o folclóricos. Aquí, como en todo el país vasco, a ambos lados de la raya, el elemento indígena se inventa apaciblemente su historia y sus tradiciones así que han rebautizado esta amable ciudad como Donibane Lohitzun, un camelo, claro está, pero un camelo que vende y los turistas consideran normal el despliegue de icurriñas y de "cruces vascas" que ni son cruces —son suásticas, símbolos solares o antropomórficos— ni son vascas —las encuentras en toda la españa celta, hasta en la boca del Miño. Todo lo español, se trate del chocolate, del turrón, de la alpargata o del pimiento te lo venden como vasco; el pollo a la riojana es poulet basquaise, la boina es béret basque, el jamón serrano es jambon de Bayonne, el juego de pelota es pelotte basque, y al paso que vamos a la paella la llamarán riz basquaise y al botijo cruchon basque. Tiempo al tiempo... Acabarán convenciéndonos de que los pimientos y los tomates no vinieron de América sino que ya los devoraba el arzallupitecus, el vasco antecessor, entre peña y peña. Al público lo miman y para entretenerlo los restaurantes contratan tunas que te cantan Clavelitos y se traen grupos musicales con nombres vasquísimos que sólo se saben corridos mejicanos y habaneras traducidas al eusquera o si no te organizan un toro de fuego o una fiesta de la sardina. San Juan de Luz pertenece ya a esa gran disneylandia nacionalista imaginada por Sabino Arana, y los chicos malos han conseguido instalar icastolas para repartir su venenito e idiotizar a la juventud; también Euskal Telebestia llega aquí con sus dos canales y resulta muy educativo ver que todos los días, implacablemente, te programan una regata o un partido de pelota, y no distingues entre el programa de ayer, el de hoy o el del año pasado. Los poquitos vascos de verdad, los del interior, están abandonando el laburdano, que era —con el francés— su lengua tradicional, y se apuntan con entusiasmo al batúa, ese esperanto creado en el siglo XX a partir de las antiquísimas variantes del eusquera. Por todas partes te venden el "escudo" de Euzkadi en que están reunidas las armas de Navarra con las de Soule, Labourd, Basse Navarre, Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, como si ese cromo correspondiera a algo real en la historia política. El turista traga, el turista paga, el turista se lo cree todo.


Lo que sí es cierto y nadie se ha inventado es que aquí se casó el Rey Sol, o, para ser más exacto, aquí recibieron Luis XIV y María Teresa —la hermana del Hechizado— la bendición nupcial. En cierto sentido, todo San Juan de Luz vive de la boda del rey de Francia. Hay un museo de cera que "reproduce" la famosa boda; el ayuntamiento está en la plaza Luis XIV; también hay una "casa de la Infanta"; en la Iglesia se conservan los oropeles donados por el Rey y en una pastelería te venden unas exquisitas pastas llamadas macarrons, desde 1660, presumen. Esa boda de Luis XIV no carece del todo de interés para un español: le debemos la Guerra de Sucesión y tres siglos de Borbones españoles. Y decir La Granja es decir Borbón.


En Segovia no tenemos lengua vernácula que inventarnos. Lo nuestro es la lengua de Nebrija, que desde Azorín a Ramón Mayrata, no hay pluma ilustre que no haya pasado por Segovia, aunque sea por las mazmorras del Alcázar. Lengua vernácula no tendremos, no, pero Historia sí, y por arrobas. Aquí no hace falta inventarse nada. Das una patada y te sale un acueducto, una vía romana, una espuela de Juan Bravo o el corpiño de Isabel la Católica.


La Granja fue capital de España y de medio mundo durante un par de siglos, según la estación del año o el capricho del monarca, porque dónde iba el Rey iba la Corte. En la Granja, señores con peluca firmaron papeles importantes: algún Pacto de Familia y la cesión de Luisiania, con la que empezaron a engordar los Estados Unidos. En La Granja nacieron también las guerras carlistas y se produjo la sargentada. Mucha historia, sí, pero ¿sabemos venderla? Lo primero que ves cuando llegas a la Granja, según pasas la verja principal, es un edificio en ruinas, que lleva en ruinas al menos desde que Ataulfo se aprendía la lista de los reyes godos; el único teatro se cerró hace mil siglos; no hay cine... La juventud de La Granja, para no morirse de asco, se divierte en Segovia. La Granja tampoco tiene playa ni es una estación de esquí así que debiera especializarse en vender aire puro, que de eso sí tiene, e Historia en cómodos plazos y palacios. No se trata de indigestar al público embutiéndole fechas y conmemoraciones a paladas, pero algo habrá que hacer, digo yo, para reactivar ese Real Sitio y con él nuestra provincia. Lo esencial ya está hecho. Historia tenemos; belleza, la que quieras y oxígeno para embotellar. Las vías de comunicación han mejorado y siguen mejorando. Si tuvieran nuestro palacio, nuestra fábrica de cristales y nuestra historia, ¿qué no harían con todo ello los dinámicos comerciantes de San Juan de Luz? Allí tuvieron Rey durante un mes, y hay que ver como nos lo saben vender. Aquí tuvimos reyes durante siglos y… nada de nada. Y además nosotros no sufrimos de cáncer separatista ni de terroristas. ¿Qué nos falta, pues? ¿Iniciativa pública o privada? No será por tener lejos nuestro mercado, Madrid, con sus cinco millones de habitantes, que no saben qué hacer con los niños los fines de semana, que la Gran Vía la tienen ya muy vista y no se van a ir a Alicante para dos días; Madrid, que atrae millones de turistas, de los cuales muy poquitos pasan por Segovia. Cándido, genio en estado puro, supo inventarse toda una liturgia alrededor del cochinillo; ¿no podemos hacer lo mismo con nuestros judiones? Al turista que va al museo del Prado —a 200 m. de la estación de Atocha— ¿no le podemos regalar, con su entrada, un pase para el palacio de La Granja? Y en verano, aprovechando que los museos cierran los lunes y el turista está libre, ¿por qué no promover unos Lunes de la Granja? Y quien dice La Granja dice Segovia. Ideas, necesitamos ideas para decir a La Granja y a Segovia toda, "levántate y anda".


 


En el mes de octubre por fin Patrimonio aprobó hacer algo con el edificio en ruinas al que aludía el artículo y volvió a publicarse, lo que indica que quizás influyera sobre las Altas Instancias. Lo divertido del asunto es que los duendes de la imprenta cambiaron el título que quedó como "La Granja vista desde San Juan de la Cruz".