La ofrenda

       La ofrenda

      La palabra

La palabra engendra primavera
y encerrada tras los labios
ella espera
la luz del día
y su brisa húmeda.

Todo bulle cuando la noche,
tu mirada y sus manos.
El tiempo estremecido
anhela sonrisas y besos,
pausado todo. Sexo y vida
y en el sentir de las sombras
volver a poseerte.

Duerme mujer tus sueños
tu cuerpo es tuyo.

      Como el vino

Embriagadora como el vino su sonrisa
y dichosa entre todas la mirada.
Mujer es el gesto
en la profundidad primaveral.

¡Qué hermosa eres lágrima de mar!
La belleza es destino.

Muda queda la rosa ante ella
cuando inunda la estancia desnuda.
(Puro reflejo prohibido.)

Sus labios cual versos apetecidos
trasnochan el sentir.
Y su fragancia toda
acaricia el Mediterráneo.
El corazón desea en silencio,
queda la distancia.

El río siente nostalgia de su lecho
y la campana de su tañido:
así incrementa el alma su fervor.

      La ofrenda

Como una estrella de primavera
en vano buscas a Ariadna.
Un delator guiño, en el laberinto,
te da la certeza. En el dédalo alcohólico
no existe hilo que sirva de guía.

La profunda angustia abraza.
Aceleran pluma y verso los crepúsculos.
Tiembla la página.
Lo sensato será aceptar la sonrisa de la noche,
pero dan escalofríos las ruinas.

Desgrana penosamente largos poemas,
que se aferran a las más sagradas muertes.
(Baudelaire te entenderá.)

Hace tiempo dejó de ser una realidad.
Hoy es espejismo de corazón débil.
Las crestas de las olas te esperan silenciosas.

La poesía, siempre adolescente, ofrenda
su desnudo a los sueños del demiurgo.

      El poema

El poema quiere
alumbrar con el verso
lo que el silencio clama.

El tintero habla de su miedo:
la vida se le escapa pluma arriba.

La tristeza empaña los cristales:
sobre la mesa azul
la tarde camina a sus anchas,
revolotea entre libros y muebles.

Entrada anda la noche,
los poemas se tornan clandestinos.
Alguien llora sonetos estériles.

Al poeta el barro de la calle le espera.

      El poeta

Cuando el poeta sedujo a la vida
y el lenguaje y los gestos
delimitaron la máscara
la pluma dictó su verdad:
la noche es un dédalo perdido.

Tú que recorres sus calles,
ves que no está sólo el camino.
Su eco alumbra el día.

Tu sola compañía es la palabra.
La soledad del verso te sustenta.
Ya conoces el secreto y su néctar.

      Paisaje

No puedes verla. Te recreas
en el olor de las sábanas,
marcha un taxi.

Llueve esta mañana,
su otra casa espera.

Regresas al papel,
a escribir. Diríase
que llevas en tus manos
sus palabras.

Has perdido un paisaje,
nunca representarás
ni el amor ni el dolor.

Coge una botella de sombras
y compra esta noche pasiones,
para encender en la penumbra
sus ojos y los tuyos.

      El silencio sido

El día amanece vestido de gris,
es una plomiza mañana de primeros de mes,
y gritas su nombre en tu habitación vacía:

la página es tu voz
y la palabra el silencio sido.

Cómo palpita el momento,
qué melancolía de gestos
en un huir de arrasadas lágrimas,
para ocultar el instante
y los tañidos del cristal.

Pero, de nuevo, las estrellas te arropan
en su belleza, ¡suicídate, es el momento!
La clepsidra derrama su gota última
en el alba repujada.

Enrique Villagrasa González



   Con voz desnuda