LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO

      LA PRESENCIA DEL NÁUFRAGO

    La dama singular y gentil se disponía a comunicarme esa tarde la confidencia prometida una y otra vez.
    Yo le servía una silla plegadiza en un retiro de la playa aireada.

    El disco del sol rodaba fugitivo hacia el límite de un mar oscuro.

    El azar nos había reunido en aquel rincón del litoral italiano. Habíamos llegado por caminos opuestos a reposar la fatiga y la melancolía de largos viajes.

    Ocultaba su origen bajo el sello de una reserva altiva. Era difícil acertar con su patria porque usaba atinadamente cualquier idioma culto, y porque su persona física armonizaba los rasgos y las prendas más nobles de razas esculturales. Había nacido en alguna familia acaudalada, con raíz en naciones divergentes.

    Cabellos de oro, perdición de las flechas del sol, y ojos verdes, memorias de alta mar, solemnizaban su hermosura lozana y perdurable de deidad.

    Declaraba haber contentado con sencilla gratitud las finezas y los requiebros de los galantes, sin pasar a mayor afecto; y convenía en referirme ahora la razón de su aislamiento definitivo. Dejaba entrelucir el nombre de un criollo español, mi compatriota.

    Iba yo el año pasado, cantaba su voz artística, en un vapor lujoso, invención de hadas, a través del océano. Viajeros de distinto origen sentían y propagaban una alegría vivaz, exaltada, y me compusieron inmediatamente una corte enfadosa. Aquel bullicio retrocedía ante el recato inexpugnable de un agitador hispanoamericano, hombre de urbanidad sobria, idéntica. Circulaba entre comentarios y leyendas su nombre de soldado. Aquel retraimiento podía venir de una juventud infructuosa, de una vida descabalada. Su duro semblante de asceta vencía las fachas contentas y mofletudas. Vino un día de cerrazón y vapor lujoso, herido por un témpano, bajó al abismo con sacudidas de terremoto. Yo fui salvada de morir por aquel militar hastiado, de fisonomía absorta. Me declaró su afecto y su nombre y me llevó en peso hasta un bote, donde me había cedido su puesto. Regresó al barco náufrago, donde ocupó sucesivamente los lugares libres todavía de las aguas. Poco después, el sitio mismo de la catástrofe se borraba en el mar raso. Aquel hombre invitaba con la ilusión de una vida intrépida en república desquiciada. De uniforme azul, sobre un caballo blanco, debió de regir las montoneras turbulentas, libres de escalafón, magnetizándolas con su voz marcante, de una seducción irresistible...

    Cesó de hablar, y la más espesa noche completaba el pensamiento de la mujer desilusionada y casta. Se habían roto las compuertas de las tinieblas.


José Antonio Ramos Sucre



   La torre del timón (1925)