EL AVENTURERO

      EL AVENTURERO

    Estaba inerme por efecto de la porfía secular con el burgués y el villano. Había perdido sucesivamente mis privilegios.

    Un afecto legítimo reposó los días iniciales de mi juventud.

    La doncella rústica, peregrina del mundo de los sueños, portaba una hoz de plata en la ocasión de la primera vista.

    Enviudé en el curso de hostilidades activas. La algazara de los rebeldes abrevió los últimos instantes de mi compañera.

    Pasaba las noches, solo y vestido de hierro, al pie del lecho de su última dolencia. Amigos y criados me habían abandonado en el peligro.

    Escrutaba, asomado al ventanal, el cielo manchado de luz tímida.

    La muchedumbre se revolvía al pie de los muros, apercibiendo armas y vociferando amenazas.

    Aproveché la celebración de un armisticio y escapé, en demanda de la fortuna, sobre un caballo nervioso. Buscaba peligros más importantes.

    Dormía con las riendas en la mano sobre el suelo rudo. La noche letárgica borraba las siluetas.

    Monté en una barcaza del comercio levantino y hallé el ejército de los cristianos en donde corrieron, bajo la sanción divina, los días primeros de la humanidad.

    Los azores y los corceles habían muerto de sed en los desiertos de arena. Los paladines jadeaban a pie o cabalgaban el asno modesto y el buey palurdo.

    Un intrigante, fugitivo de mazmorra bizantina, se propuso desviarme de la hueste lacerada. Me insinuaba la conquista del mando en reinos indefensos, al alcance de la mano, y me prometía la cohorte desigual de sus adeptos.

    Ejecuté el proyecto después del escarmiento de los nuestros. Los infieles salieron por escuadras, de los senos y de las cuevas de una serranía.

    Fuimos acorralados y vencidos por la multitud de sus jinetes. Usaban caballos habilitados para combatir simulando la fuga. Sus armas, de un metal claro, encarnaban tenazmente.

    Las mujeres, guardadas en el medio del campamento, prefirieron la servidumbre al sacrificio. Vistieron galas y preseas para aumentar su belleza a los ojos del vencedor.

    Mi consejero quedó entre los muertos. Yo salí a salvo, con el séquito de sus parciales, siguiendo una despedazada vía romana.

    Atravesé los escombros de una civilización historiada por los gentiles.

    Llegué donde me aclamaron pueblos desconocidos, segregados.

    He cimentado la fortuna de mi reino por medio de mi casamiento con la sobrina de un príncipe armenio.


José Antonio Ramos Sucre



   La torre del timón (1925)