ENTRE LOS BEDUINOS

      ENTRE LOS BEDUINOS

    Nos recogíamos en un cauce labrado por las aguas de la lluvia y respirábamos del sobresalto perenne. Los torbellinos de tierra cegaban el horizonte.

    Las nubes regaban al azar y brevemente el país del ensueño. El sol mitigaba la arena cándida y el guijarro de bronco perfil esparciendo una gasa de amatista, dibujando una ilusión vespertina del Bósforo.

    No osábamos elevar la voz en el silencio ritual. El pensamiento se anegaba en el éxtasis infinito. El polvo continuaba indemne bajo el pie elástico del camello. Los guías invocaban en secreto el nombre y la asistencia de Moisés.

    Los monjes de un convento secular, adictos al dogma griego, comparecieron a facilitarnos la visita del área del resol. Habían labrado su casa guerrera y feudal en presencia de un bajo relieve esculpido en la faz de una piedra. Yo reconocí la efigie de Sesostris.

    Siempre he guardado algún desvío a las reliquias del reino del Faraón y les he atribuido anuncios malignos. Un salteador de los arenales, señalado por un tatuaje supersticioso, me visitó con el fin de venderme un arco infalible, de fábrica milenaria y de una sola saeta recurrente. Yo pensé en el privilegio del martillo de Thor.

    Yo disparé el arma falaz en seguimiento de unas aves grifas, encarnizadas con las liebres. Yo perdía de vista la fuga de la saeta en el seno del aire y el volátil amenazado se desvanecía en la calina del estío.

    Un dolor me derribó súbitamente en el caudal de mi sangre.


José Antonio Ramos Sucre



   El cielo de esmalte (1929)