No fueron tus divinos ojos, Ana,

No fueron tus divinos ojos, Ana,
los que al yugo amoroso me han rendido;
ni los rosados labios, dulce nido
del ciego niño, donde néctar mana;

ni las mejillas de color de grana;
ni el cabello, que al oro es preferido;
ni las manos, que a tantos han vencido;
ni la voz, que está en duda si es humana.

Tu alma, que en todas tus obras se trasluce,
es la que sujetar pudo la mía,
porque fuese inmortal su cautiverio.

Así todo lo dicho se reduce
a solo su poder, porque tenía
por ella cada cual su ministerio.

Lupercio Leonardo de Argensola



   Soneto    

Incluido en Poesía de la Edad de Oro II. Barroco. Edición José Manuel Blecua. Clásicos Castalia - 136. Editorial Castalia.

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