in memoriam - guerra civil 1939

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In memoriam
Lazos negros en la Biblioteca Nacional
 

Todos los que escribimos patrañas con sabor a Historia pasamos alguna tarde en la Biblioteca Nacional, depósito secular de nuestra memoria, de nuestra inteligencia, de todo lo que estuvo, está y estará vivo. Nuestra Biblioteca perdió el once de marzo a tres empleados suyos y al hijo de otro. No sabemos si hubo también lectores entre las víctimas, ni si alguno de los asesinos, pasearon por nuestros pasillos. Quiero creer que no. Sólo recuerdo a Marion, porque hablábamos en francés; porque los dos conocíamos Biarritz y San Juan de Luz; porque un día nos trajo a su niña, de unos pocos meses; le dije hola a la niña, con una gran sonrisa: la niña se asustó y se echó a llorar. Pobrecita, se ha quedado huérfana y todavía no lo sabe... Sí, me acuerdo de Marion pero quisiera recordarlos aquí a todos, a todos los demás, a todos los que no conocí. La sangre de una biblioteca es la tinta con la que se escriben los libros, así que la memoria también  debe ser una tinta espesa, tinta tan negra como aquellos lazos que aparecieron por todos los balcones y los escaparates de Madrid, de España y de medio mundo; lazos para abrazarlos y enlazarlos a todos, todos aquellos que no volverán a abrazar a nadie; lazos de amor, nudos de dolor, un dolor desnudo en la boca del estómago... Junto a las puertas de la Biblioteca, algunas personas dejan y encienden unas velas cada día más apagadas y gastadas o depositan unas flores que se van marchitando. Es el santuario de la memoria: algún día no habrá flores, ni habrá velas, pero no olvidaremos ese once de marzo. Si la memoria es negra, el olvido es blanco, blanco como la muerte. Que nunca aparezca esta página en blanco.

Luis Español Bouché
Rubans noirs à la Bibliothèque Nationale
 

Nous tous qui écrivons des sornettes à la sauce historique, passons de nombreux après-midi à la Bibliothèque Nationale de Madrid, dépôt séculaire de notre mémoire, de notre intelligence, de tout ce qui fut, de ce qui est, et ce qui sera vivant. Notre Bibliothèque a perdu le onze mars dernier trois de ses employés et le fils d’un quatrième. Nous ne savons pas si entre les lecteurs il y a eu des victimes ni si parmi les assassins il s’en trouva qui se promena dans nos couloirs. Je veux croire que non. Je me souviens seulement de Marion, parce que nous parlions en français; parce que nous connaissions tous les deux Biarritz et Saint Jean de Luz;: parce qu’un jour elle nous présenta sa fille, son bébé, âgé de quelques mois; je dis bonjour à la petite, je lui fais un grand sourire: elle prend peur et commence à pleurer. Pauvre petite, elle est déjà orpheline et elle ne le sait pas encore... Oui, je me souviens de Marion mais je voudrais me rappeler tous les autres, tous ceux que je n’ai pas connu. Le sang d’une bibliothèque c’est l’encre avec laquelle on écrit les livres; la mémoire doit donc aussi être une encre épaisse, une encre noire comme les rubans, les lacets qui apparurent sur tous les balcons et les vitrines de Madrid, de l’Espagne et de tant de pays; des rubans pour les enlacer tous, tous ceux qui n’embrasseront plus personne; des lacets d’amour, des nœuds de douleur, une douleur nue au cœur du ventre... Aux portes de la Bibliothèque certains laissent ou allument des cierges, chaque jour plus usés, plus éteints; ou bien ils déposent quelques fleurs bientôt fanées. C’est le sanctuaire de la mémoire: un jour il n’y aura plus de fleurs ni de cierges, mais nous n’oublierons pas ce onze mars. Si la mémoire est noire, l’oubli est blanc, blanc comme la mort. Puisse cette page ne jamais se noyer dans le blanc


Luis Español Bouché.

La Biblioteca Nacional de luto

La Razón, 13.03.2004


Tres trabajadores y el hijo de uno de ellos murieron en la masacre. Luis Racionero, director de la institución: «Todo el personal está muy golpeado. Ha sido un impacto atroz para nosotros» Los trabajadores de la Biblioteca Nacional están consternados por la pérdida de tres compañeros y el hijo de uno de ellos, además de dos obreros heridos, debido a la fatídica realidad de que la mayoría de sus miembros acude diariamente al edificio en el tren de cercanías que llega hasta su misma puerta. «En efecto, la proximidad de la Renfe y el horario causaron la macabra coincidencia de que nos tocara ponerle cara a las víctimas, es horroroso», declaró Luis Racionero, director de la institución, situada en la plaza de Colón, de donde partió ayer la multitudinaria manifestación contra los atentados.


Redacción Madrid- En efecto, minutos antes de la concentración, se confirmaba la muerte de Marion Subervielle, madre de una niña de 15 meses y una de las azafatas de chaqueta roja contratada hace tres años, a la que su marido buscaba desolado desde ayer y que ayer acudió muchas veces a la Biblioteca, informa Efe. Por otra parte, David Vilela Fernández, que trabajaba en la sala de Publicaciones Periódicas, María Luisa Polo Remartínez, una operaria de toda la vida adscrita al Depósito Legal, y Elías González, hijo de un auxiliar de Servicios Generales muy conocido por todos en la Biblioteca Nacional, fueron las otras tres víctimas. «Todo el personal está muy golpeado, esto ha sido un impacto atroz para nosotros», agregó el director, y recordó que además dos obreros de la empresa que trabaja en la fachada del edificio resultaron heridos en el atentado. Uno ha perdido el bazo y el otro los tímpanos (...)

Marion Subervielle

Mon Bijou


 


(El País, 15.03.2004, artículo de Miguel Moreno)


 


Marion Subervielle, 30 años, de nacionalidad francesa y madre  de una niña de  10 meses, atendía en la recepción de la Biblioteca  Nacional a los usuarios,  especialmente a los extranjeros que necesitaban  de intérprete, dado su  conocimiento de idiomas. Había estudiado  en Estados Unidos e Inglaterra, y llegó  a la Universidad de Alcalá  de Henares en 1996 matriculada en un curso de  español. Allí  conoció a José Luis Sánchez San Frutos, su novio, con quien  convivía  desde hace unos años en una calle céntrica de Alcalá. "Marion  era  francesa, muy francesa, algo que se notaba en su elegancia  a la hora de vestir",  relata su cuñado Jesús. "Pero sin dejar  de ser muy francesa, amaba España y  pensaba quedarse a vivir  aquí para siempre". Ana, una de sus compañeras de  trabajo, muy  afectada porque han muerto cuatro trabajadores de la Biblioteca  Nacional, comenta que Marion era muy sencilla y buena amiga. "Me  ayudó en  momentos difíciles", añade. "Siempre estaba alegre.  No paraba de tararear  canciones españolas, le gustaba La Unión  y Radio Futura". Sus últimos meses  fueron felices. Todo el rato  hablaba a sus compañeros de Inés, su niña. "Estaba  entusiasmada  con su bebé. Antes de carnaval pasó un par de días pensando en  el  disfraz de Inés, y hace poco nos enseñó las fotos de la  niña disfrazada de  Minnie, la novia de Mickey. Estaba encantada".  La familia viajaba con frecuencia  a Pardies, un pueblo cercano  a Pau, para que los abuelos franceses fueran  conociendo a la nieta.  Marion siempre hablaba con su hija en francés porque  quería  transmitirle la lengua. A Inés a menudo la llamaba mon bijou, mi  joyita.  La última vez que su marido, José Luis, vio a Marion  con vida, ella estaba  terminando de vestirse. Él entraba al cuarto  de baño. Justo antes de meterse en  la ducha, él le dijo: "Espera  un poco antes de marcharte que quiero darte un  beso". Pero Marion  iba con prisa, y cuando José Luis salió ella ya se había  ido. 


 


Traducción francesa:


(Le Monde, 16.03.2004, artículo de Miguel Moreno)


Marion Subervielle, 30 ans, de nationalité française et mère d'une fillette de dix mois, travaillait à la réception de la Bibliothèque nationale où elle aidait à l'accueil des usagers, tout particulièrement, en raison de sa maîtrise des langues, les étrangers qui avaient besoin d'interprète. Elle avait fait des études aux Etats-Unis et en Angleterre, et elle était arrivée à l'université de Alcala de Henares en 1996 pour y suivre un cours d'espagnol. C'est là qu'elle a connu José Luis Sanchez San Frutos, son compagnon, dont elle partageait la vie depuis quelques années, dans un appartement du centre de Alcala. " Marion était française, très française, quelque chose qui se remarquait dans son élégance, dans sa façon de s'habiller, dit son beau-frère, Jésus. Mais sans cesser d'être française, elle aimait l'Espagne et pensait rester ici pour toujours.". Ana, l'une de ses camarades de travail, très secouée par la mort de quatre collègues de la Bibliothèque nationale, explique que Marion était une bonne amie, quelqu'un de simple. " Elle m'a aidée dans des moments difficiles, ajoute-t-elle. Elle était toujours gaie. Elle était tout le temps en train de fredonner des chansons espagnoles, elle aimait bien La Union et Radio Futura. "Ses derniers mois ont été des mois de bonheur. A chaque instant, elle parlait d'Inès, sa petite fille, à ses collègues. " Elle était folle de son bébé. Avant le carnaval, elle a passé deux jours à réfléchir au déguisement d'Inès et il n'y a pas longtemps elle nous a montré une photo de la petite déguisée en Minnie, la fiancée de Mickey. Elle était ravie." Marion et sa famille se rendaient souvent à Pardies, un village près de Pau, pour que les grands-parents puissent voir leur petite fille. Marion ne parlait que français à sa fille parce qu'elle voulait lui transmettre sa langue. Inès, elle l'appelait souvent "mon bijou". La dernière fois que José Luis, son mari, a vu Marion en vie, elle était en train de s'habiller. Il entrait dans la salle de bains. Avant de se mettre sous la douche, il lui a dit : "Attends un peu avant de partir, je veux t'embrasser." Mais Marion était pressée, et quand José Luis est sorti de la douche, elle était déjà partie.


 


Una madre ejemplar y una excelente amiga


(La Razón 16.3.2004)


"Venir al trabajo era una gozada, porque estaba con una amiga. El trabajo con ella era un placer. Pero de eso te das cuenta ahora cuando no está y sólo queda la rutina". Marion Subervielle tenía 28 años y una hija, Inés, que el 14 de abril cumplirá un año. "Era muy familiar, y estaba muy ilusionada", dice una compañera y amiga: "Le gustaba consultar libros sobre cómo cuidar a su bebé, ir a comprar ropa para su hija y...". Puntos suspensivos. Marion es una de las tres empleadas de la Biblioteca Nacional que falleció en el 11-M. Había nacido en Mourenx, Francia, y no cesaba de repetir que "España le gustaba mucho". Llegaba al trabajo con un diario bajo el brazo y sus compañeras recuerdan sus palabras de disgusto cuando una tragedia afectaba a las personas: "Decía qué horror cuando leía cosas sobre terromotos, sobre todo cuando veía a niños". En el salvapantallas de su ordenador aún hay una foto de su hija, y junto al monitor un jarrón con flores que velan su memoria. "Los lectores se acuerdan de ella. Se ganaba a la gente". Todos resaltan su humanidad: "Era una amiga, de las que están cuando hay problemas"


 


Obsèques. Exequias.


 


(Radio Europe 1, 16.3.2004)


 


Plusieurs centaines de personnes ont assisté mardi après-midi en l'église Saint-Paul de Mourenx (Pyrénées-Atlantiques) aux obsèques de Marion Subervielle, décédée jeudi à l'âge de 29 ans dans les attentats de Madrid. La jeune femme a été ensuite inhumée dans l'intimité familiale dans le cimetière du village voisin de Pardiès où ses parents habitent.


 


L'église moderne, construite dans la ville nouvelle érigée à la suite de la découverte du gisement de gaz de Lacq, était trop petite pour contenir la foule venue rendre un dernier hommage à la jeune mère d'une fillette de onze mois. Plusieurs dizaines de personnes n'ont pu pénétrer dans l'édifice pour assister à la cérémonie mais toutes ont signé les registres de condoléances disposés sur des tables sur le parvis de l'église. Le président de l'UDF et député de la circonscription voisine François Bayrou, le député-maire PS de Mourenx David Habib ont assisté à la cérémonie ainsi que le préfet des Pyrénées-Atlantiques Philippe Grégoire qui a déposé deux couronnes devant le cercueil, l'une au nom du président Jacques Chirac. Seule victime française du drame du 11 mars, Marion Subervielle, originaire de la petite ville béarnaise, travaillait à la bibliothèque nationale de Madrid. La jeune femme habitait à Alcala de Henares, point de départ du train qu'elle empruntait chaque jour et visé par les terroristes. Vendredi soir, 600 à 800 personnes avaient défilé silencieusement dans les rues de Mourenx pour lui rendre hommage.


 


Traducción española (Luis Español Bouché):


 


Varios cientos de personas asistieron el martes por la tarde en la iglesia de Saint-Paul de Mourenx (Departamento de los Pirineos Atlánticos) a los funerales por Marion Subervielle, fallecida el jueves pasado a la edad de 29 años en los atentados de Madrid. La joven fue luego enterrada, en la intimidad familiar, en el cementerio del vecino pueblo de Pardiès dónde viven sus padres.


La iglesia moderna, construida en la nueva ciudad levantada a raíz del descubrimiento del yacimiento de gas de Lacq era demasiado angosta para contener la multitud que vino a rendir un último tributo a la joven madre de una niña de once meses. Docenas de personas no pudieron entrar en el edificio para asistir a la ceremonia pero todas han firmado los libros de pésame dispuestos en mesas a la entrada de la iglesia. [Asistieron] el presidente de UDF [partido de la derecha liberal francesa] y diputado de la vecina circunscripción, François Bayrou, el alcalde y diputado de Mourenx David Habib, del PS [Partido Socialista francés] así como el prefecto del departamento de los Pirineos Atlánticos Philippe Grégoire que ha depositado dos coronas delante del ataud, una de ellas en nombre del presidente  Jacques Chirac. Única víctima francesa del drama del 11 de marzo, Marion Subervielle, natural de la pequeña ciudad bearnesa trabajaba en la Biblioteca Nacional de Madrid. La joven vivía en Alcalá de Henares, origen del tren que tomaba cada día y que fue el objetivo de los terroristas. El viernes por la noche entre 600 y 800 personas desfilaron en silencio por las calles de Mourenx para rendirle un homenaje.

Marion y su hija, la pequeña Inés
María Luisa Polo Remartínez

"Tan  apañadicas las dos"


(El  País, 23.03.2004, artículo de Francisco  Peregil)


María Luisa tenía 50 años,  una hija de 18  años y una  hermana melliza.  Trabajaba en la Biblioteca  Nacional.  Había sido durante toda  su vida ama de  casa. Hasta  que decidió  apuntarse al paro un año. En agosto  encontró su primer  empleo  en el guardarropa de la biblioteca. En navidades se  terminó   su contrato.  La volvieron a llamar y apenas llevaría trabajando   15  días cuando sufrió el  atentado.


"A ella no le hacía   falta trabajar", indica  su madre, María Luisa Remartínez,   de  80 años. "Pero, claro, su hija era ya  mayor y a ella el  trabajo  le servía de  distracción y al mismo tiempo hacía  amistades".


"Ella  no solía coger esa línea. No sabemos  por qué la cogió",  añade  María de  los Ángeles, su hermana  melliza. "Mi sobrina Soraya,  la hija  de mi hermana, me  decía  cuando vimos que no daba señales  de vida: 'No te  preocupes,  tía, si mi  madre no suele coger esa  línea'. Ella prefería  coger el  autobús aunque hiciera  dos transbordos".


No  pasaba  un año sin que María  Luisa cogiera al menos cuatro veces  el  Talgo  para visitar a su madre en el  pueblo de Ateca, al lado   de Calatayud. Le gustaban  los bailes en la plaza,  pasear por  las  mismas calles que le llevaban a las  charlotás algunos  domingos,   enterarse de las últimas novedades, quién se casó y  a quién   enterraron.


La madre de María Luisa recuerda que el día   en que más feliz la  vio fue el de  su boda. "Celebramos el banquete   en un hotel de Calatayud. Vino  la familia del  novio desde Madrid   y estaban muy contentos porque veían que era  una chica muy   formal.  Se llevaba muy bien con su hermana melliza, no discutían  nunca,  tan  apañadicas las dos".


"Queremos agradecer tanto  apoyo"


(Red Aragón, 30.03.2004, artículo de Rubén  Cristóbal


ATECA. Los familiares de María Luisa Polo, fallecida  en el atentado  del 11 de marzo en  Madrid, recibieron numerosas  muestras de  afecto. Cientos de vecinos de Ateca acompañaron a  la familia de María  Luisa  Polo para  transmitirle el dolor  y apoyo por el fallecimiento  de esta vecina de  Ateca en el   atentado de Madrid que costó la  vida a 200 personas. Sumidos  en el  dolor desde  entonces, a los  familiares de María Luisa  no les pasó  desapercibido las muestras  de afecto y apoyo que  durante los días siguientes  han recibido  de los vecinos de   Ateca, por ello han querido utilizar las  líneas  de este periódico  para  transmitirles el agradecimiento general  por su  solidaridad.  Desde el viernes, el  pueblo estaba molesto.  Los vecinos, que  ya  estaban indignados por los atentados,  sentían  ahora el  dolor más cerca. Por  eso arroparon a la familia y pusieron   velas en el ayuntamiento. Su hermana  melliza, María  Angeles,  sintió un escalofrío cuando se enteró de  los  atentados   en el cercanías de Madrid el 11 de marzo. Enseguida pensó en María   Luisa. Pasó el día y seguía sin noticias. Al final, casi 24   horas después de  las  explosiones, se lo dijeron. "Nos resistíamos   a creerlo, pero estaba claro  que  algo le había pasado", relataba   después María Angeles, serena pero  bloqueada  por el suceso.   Es la hermana de la aragonesa que falleció el pasado  jueves en   los atentados de Madrid. La familia vive en Ateca, pero María   Luisa  se marchó  hace unos 20 años a la capital, cuando se  casó,  ya que su marido era  madrileño.  Pero nunca perdió  el contacto  con el pueblo y acudía con asiduidad.  María Angeles   se acuerda de algunas conversaciones con su hermana: "El  pasado   3 de febrero nos llamamos porque cumplimos 50 años. Recuerdo  que  yo le  dije  que lo llevaba fatal, que me iba a empezar  a quitar  años, pero ella me dijo   que no lo hiciera. Ella  estaba muy contenta". Su hermana la define como una  mujer alegre.  "Venía  cuando podía y se traía  también a su hija, que tiene  18  años.  En las fiestas del pasado verano me llevó  por todas  las peñas  de Ateca,  algo que a pesar de ser de aquí nunca  había  hecho",  recuerda María Angeles,  que no deja de darle  vueltas a un  pensamiento.


 

David Vilela Fernández
David Vilela

La simpatía y el humor que nadie olvidará


 


David Vilela Fernández. Empleado de la Biblioteca Nacional.


 


(La Razón, 16.03.2004)


 


Se pregunta, pero apenas hay palabras en las respuestas. Puede que nunca existan muchas. David Fernández Vilela tenía 23 años, y debería tener, también, toda una vida por delante. Pero la muerte fue implacable. Le gustaba el deporte, y el fútbol. Su equipo, el Real Madrid. «Hablábamos de fútbol. La última vez del encuentro con el Bayern». Los compañeros resaltan la simpatía, el sentido del humor y una juventud que disfrutaba: este verano quería hacer el Camino de Santiago. «Planeaba muchas cosas, era muy activo». Entre sus aficiones están coches («Le gustaban mucho y compraba revistas»). Vivía con su hermana y sus padres en Alcalá, donde trabajó con la Escuela Taller de la Universidad de Alcalá en el Centro de Acceso al Documento de la Biblioteca Nacional. Ahora estaba en la Sala y Depósitos de Publicaciones Periódicas de la Biblioteca Nacional desde 2002. «Creaba buen ambiente», dice una compañera. «Siempre estaba predispuesto», subraya otro. Todos destacan su «responsabilidad», y una «calidad humana» que le convirtió en algo más que un compañero. «Su mirada encantaba».


 


"Así era mi hijo"


 


(El  País, 21.03.2004, artículo de Lola Huete Machado)


 


Empleado de la Biblioteca Nacional, 23 años, vivía en Alcalá.  Su padre, José  Luis, describe con entereza como era su hijo:


 


“David  era atento,  trabajador, buen hijo, ya sé que todos los hijos  son buenos, pero éste  desbordaba, nos besaba a su madre y a mi  cuando se iba o volvía, siempre que  salía de casa; sólo cursó  hasta BUP, estudiar se le hacía cuesta arriba, trabajó  de carnicero  y luego hizo un curso en la Biblioteca Nacional, en la carretera  de  Meco, y por eso lo contrataron luego en la sede de Recoletos,  adonde iba en  tren, y como era inquieto y voluntarioso, se buscaba  la vida ya para cuando se  le acabara el contrato, y ese día tenía  una entrevista en un hipermercado para  vendedor de libros o de  carnicero; ya había pasado esa época mala de  adolescente, la  edad tonta, se estaba haciendo un hombre, le había cambiado el  carácter, maduraba; mi esposa y yo cumplimos 25 años casados  y planeábamos ir a  Italia, ahora lo hemos anulado, y un día  vino él y dijo ‘mirad’, y allí estaba:  una cámara de vídeo  para grabarlo todo, y en mi último cumpleaños me dio el  regalo  que más ilusión me ha hecho nunca, buscó periódicos del 18 de  febrero de  1951, cuando yo nací en Yebra, Guadalajara, me los  trajo y dijo: ‘Mira, papá, lo  que pasó ese día’; se había  apuntado al gimnasio, y bromeaba, ‘¡qué músculos  tengo ya!’  y su madre se reía con él; le encantaban el fútbol, los coches,  quería comprarse uno, hacía montoncitos con el dinero que ganaba,  era buen  administrador, decía ‘esto para ahorrar, esto para  gastar’, y así, y con 14  años, perteneció al Parlamento infantil,  aquí tengo su carné, tocaba la guitarra  en la parroquia, se  quedó en cuarto de solfeo y ahora aprendía acordeón; lo  hemos  enterrado en Yebra, tenía amigos allí, lo pasaba bien, íbamos  los veranos,  y allí se ha quedado; nosotros somos creyentes, optimistas, vamos a tirar para  adelante con todo lo bueno que  nos ha dejado”.