La Historia de España está de luto, y en particular su Historia Militar. Me enteré hace dos días y todavía tengo el alma a media asta: el pasado día ocho se murió, tras diez meses de agonía y sufrimientos el Ilmo. Sr Coronel don Fernando Redondo Díaz, uno de los mejores historiadores en su campo, el campo de batalla, se entiende. El Archivo General Militar de Segovia, dónde él pasó tantas mañanas, va a notar su ausencia, y la Biblioteca Nacional cuyas tertulias alegró con su infinito sentido del humor y su exuberante vitalidad, no volverá a ser la misma. La culpa de todo la tuvo Fernando Puell de la Villa, que un buen día nos presentó a un señor mayor pero con el pelo rabiosamente negro que hablaba muy alto y tomaba café solo, con dos de azúcar. Era Fernando Redondo.
Fernando nació en Cuba, hijo de un ingeniero español, Joaquín Redondo, que voló con Blériot a principios del siglo XX y fue jugador del Real Madrid. Fernando era tan madridista que tras una de sus últimas operaciones a vida o muerte, que coincidió con un partido europeo del Madrid, al volver en sí lo primero que preguntó no fue “¿Dónde estoy?” sino “¿Quién ha ganado?” Fernando estudió en la Habana, en el colegio de Belén, de los PP. Jesuitas. Compañeros suyos fueron Fidel Castro –que le llevaba unos años- y Roberto Goizueta, el que luego fuera presidente de Coca Cola, que se sentaba en su mismo banco.
Le fascinaba el ejército y cuando tuvo edad en lugar de ir a West Point, que quedaba más cerca, se le ocurrió ir a la Academia General , en España, dónde le apodaron el cubanito. La vida de los militares españoles en la edad de la autarquía no era excesivamente estimulante: mucho soldado, muchos oficiales y pocos medios. Pero él supo hacerse una vida más interesante: dominaba el inglés y aprendió a fondo el francés, el ruso y el árabe, así que tuvo destinos menos aburridos que lo usual y un buen día acabó en el antiguo Servicio Histórico Militar, dónde nació su vocación de historiador. Si su inteligencia y memoria eran sobresalientes, su capacidad de trabajo resultaba portentosa. Habiendo empezado muy tarde su carrera de historiador, sin una formación específica en ese campo, produjo una cantidad asombrosa de artículos de gran calidad y tuvo intervenciones memorables en programas de televisión o en congresos de historia militar. Era la antítesis del señor aburrido y con galones que no sabiendo en qué entretenerse escribe la historia de su regimiento: entre los hallazgos de Fernando Redondo se encuentran sus documentadísimos estudios sobre las Ordenanzas de Carlos III o sus investigaciones sobre los orígenes de la Marcha Real. Si serían buenos sus trabajos, que más de uno se ha tomado la molestia de plagiarlos... Fernando era militar historiador que no historiador militar. La diferencia es significativa, que no es lo mismo un militar que se mete a historiador que un historiador que escribe acerca de cuestiones militares. Y como era consciente de que a pesar de su mucha ciencia le faltaba una dimensión universitaria no dudó en matricularse para el doctorado. Le hacía mucha ilusión hacer una tesis sobre el Ejército en tiempos de Godoy. No va a ser posible.
Fernando no quiso quedarse obsoleto así que utilizaba Internet y el mundo de los ordenadores carecía de secretos para él. El primer portátil con escáner que he visto en mi vida era suyo. Se lo robaron, un día, en el autobús, y perdió seis meses de trabajo, pero volvió, dale que te pego, a reconstruir la información perdida. Fernando tenía un carácter tremendo, típico de las personas inteligentes y de su generación. Era politically incorrect, y le daba igual. Ignoraba hasta el concepto de paciencia. No soportaba que le llamaran la atención, que le registraran sus papeles. No estaba hecho para esta época de sutil opresión posmoderna en que a los lectores los cachean como potenciales criminales en las principales bibliotecas del país; esta era absurda en que se trata a los pederastas y a los terroristas con guante blanco y se sataniza en cambio a los fumadores y a los gordos. Ese carácter fortísimo de Fernando no estaba reñido con los mejores sentimientos: no he conocido a nadie menos servil que él. Su independencia, su amor por la verdad, su incapacidad para ocultar sus sentimientos le granjearon enemigos entre los mediocres y los correveidiles. Nuestra vida pública mejorará sensiblemente el día en que los ministros comprendan que su interés y el del país consiste en rodearse de gente valiosa que les lleven la contraria, como Fernando, y no de pelotas viscosos que a todo dicen amén. Quienes pudieron no supieron ni quisieron utilizar a Fernando ni como militar ni como historiador. Allá ellos.
A Fernando le horrorizaba la Guerra Incivil, así que no escribió al respecto. Sus trabajos sobre el Ejército español llegaban como mucho hasta el desembarco de Alhucemas. Fenómeno único en nuestra historiografía, hablaba bien de sus contemporáneos y admiraba los trabajos de Martínez Bande –fue de los pocos en asistir a su funeral–, de Fernando Puell, Didier Ozanam, Juan Pando, Charles Esdaile, René Quatrefages o el profesor Courvoisier... También se mostró generoso con los historiadores pasados y en su Galería de Escritores Militares recuperó para la olvidadiza memoria de nuestra historiografía a toda una serie de personajes decimonónicos. Sería deseable que alguna institución reuniera y editara el conjunto de los artículos de Fernando que no ha dejado prácticamente libros pero sí una obra muy considerable dispersa en enciclopedias, revistas y actas.
La guerra del coronel Redondo fue con el cáncer. Se nos fue a trozos. Aguantó lo que no está escrito. No se rindió y todavía bromeaba cuando le quitaron el esófago y la mitad del estómago. La enfermedad fue su monte Gurugú, su carga de Balaklava. No nos permitía visitarlo porque el cáncer le había dejado sin pelo, sin cejas, y en el fondo era coqueto y vestía siempre con sobria elegancia. Lo pasó fatal pero tuvo al menos la suerte de morir acompañado, en los brazos de la mujer que amó y que le amó, la mujer que le cuidó durante su interminable agonía. Hasta hace dos meses todavía nos pedía que le mandáramos material para escribir sus artículos. Se estaba muriendo y seguía escribiendo. Para él la rendición no era una alternativa. ¡Qué tío!
El Cielo, según Julián Marías, es un lugar mucho más entretenido que como nos lo pintaban los cursiñoños del pasado, todo lleno de gente vestida de blanco y tocando el arpa. Los que somos creyentes, o sólo crédulos, tenemos la esperanza de que la muerte no es el final de nada sino el principio de todo. En el Cielo no hay cáncer, así que puedes fumar lo que te dé la gana; en el Cielo hay ríos negros de café, del bueno, y puedes tomarte cuarenta tazas sin que se te acelere el pulso; en el Cielo hay un pedazo de Biblioteca que no te quiero contar, y los bibliotecarios son amables serafinas. El Cielo ahora es un lugar muy pacífico pero en su día hubo batallas de ángeles buenos y ángeles malos. Seguro que Fernando está empezando ahora a investigar el asunto y a tomar notas. Será por tiempo...
Luis Español Bouché, 15.09.2003