redondo - guerra civil 1939

Índice
principal
nombres
capítulos
comentarios
redondo
porfirio smerdou
in memoriam
hispanista
resumen
  
Fernando Redondo Díaz (1930-2003). Militar e historiador
Français:  voir plus bas
En memoria del coronel Redondo que nos dejó el 8 de septiembre de 2003

La Historia de España está de luto, y en particular su Historia Militar. Me enteré hace dos días y todavía tengo el alma a media asta: el pasado día ocho se murió, tras diez meses de agonía y sufrimientos el Ilmo. Sr Coronel don Fernando Redondo Díaz, uno de los mejores historiadores en su campo, el campo de batalla, se entiende. El Archivo General Militar de Segovia, dónde él pasó tantas mañanas, va a notar su ausencia, y la Biblioteca Nacional cuyas tertulias alegró con su infinito sentido del humor y su exuberante vitalidad, no volverá a ser la misma. La culpa de todo la tuvo Fernando Puell de la Villa, que un buen día nos presentó a un señor mayor pero con el pelo rabiosamente negro que hablaba muy alto y tomaba café solo, con dos de azúcar. Era Fernando Redondo.


Fernando nació en Cuba, hijo de un ingeniero español, Joaquín Redondo, que voló con Blériot a principios del siglo XX y fue jugador del Real Madrid. Fernando era tan madridista que tras una de sus últimas operaciones a vida o muerte, que coincidió con un partido europeo del Madrid, al volver en sí lo primero que preguntó no fue “¿Dónde estoy?” sino “¿Quién ha ganado?” Fernando estudió en la Habana, en el colegio de Belén, de los PP. Jesuitas. Compañeros suyos fueron Fidel Castro –que le llevaba unos años- y Roberto Goizueta, el que luego fuera presidente de Coca Cola, que se sentaba en su mismo banco.


Le fascinaba el ejército y cuando tuvo edad en lugar de ir a West Point, que quedaba más cerca, se le ocurrió ir a la Academia General , en España, dónde le apodaron el cubanito. La vida de los militares españoles en la edad de la autarquía no era excesivamente estimulante: mucho soldado, muchos oficiales y pocos medios. Pero él supo hacerse una vida más interesante: dominaba el inglés y aprendió a fondo el francés, el ruso y el árabe, así que tuvo destinos menos aburridos que lo usual y un buen día acabó en el antiguo Servicio Histórico Militar, dónde nació su vocación de historiador. Si su inteligencia y memoria eran sobresalientes, su capacidad de trabajo resultaba portentosa. Habiendo empezado muy tarde su carrera de historiador, sin una formación específica en ese campo, produjo una cantidad asombrosa de artículos de gran calidad y tuvo intervenciones memorables en programas de televisión o en congresos de historia militar. Era la antítesis del señor aburrido y con galones que no sabiendo en qué entretenerse escribe la historia de su regimiento: entre los hallazgos de Fernando Redondo se encuentran sus documentadísimos estudios sobre las Ordenanzas de Carlos III o sus investigaciones sobre los orígenes de la Marcha Real. Si serían buenos sus trabajos, que más de uno se ha tomado la molestia de plagiarlos... Fernando era militar historiador que no historiador militar. La diferencia es significativa, que no es lo mismo un militar que se mete a historiador que un historiador que escribe acerca de cuestiones militares. Y como era consciente de que a pesar de su mucha ciencia le faltaba una dimensión universitaria no dudó en matricularse para el doctorado. Le hacía mucha ilusión hacer una tesis sobre el Ejército en tiempos de Godoy. No va a ser posible.


Fernando no quiso quedarse obsoleto así que utilizaba Internet y el mundo de los ordenadores carecía de secretos para él. El primer portátil con escáner que he visto en mi vida era suyo. Se lo robaron, un día, en el autobús, y perdió seis meses de trabajo, pero volvió, dale que te pego, a reconstruir la información perdida. Fernando tenía un carácter tremendo, típico de las personas inteligentes y de su generación. Era politically incorrect, y le daba igual. Ignoraba hasta el concepto de paciencia. No soportaba que le llamaran la atención, que le registraran sus papeles. No estaba hecho para esta época de sutil opresión posmoderna en que a los lectores los cachean como potenciales criminales en las principales bibliotecas del país; esta era absurda en que se trata a los pederastas y a los terroristas con guante blanco y se sataniza en cambio a los fumadores y a los gordos. Ese carácter fortísimo de Fernando no estaba reñido con los mejores sentimientos: no he conocido a nadie menos servil que él. Su independencia, su amor por la verdad, su incapacidad para ocultar sus sentimientos le granjearon enemigos entre los mediocres y los correveidiles. Nuestra vida pública mejorará sensiblemente el día en que los ministros comprendan que su interés y el del país consiste en rodearse de gente valiosa que les lleven la contraria, como Fernando, y no de pelotas viscosos que a todo dicen amén. Quienes pudieron no supieron ni quisieron utilizar a Fernando ni como militar ni como historiador. Allá ellos.


A Fernando le horrorizaba la Guerra Incivil, así que no escribió al respecto. Sus trabajos sobre el Ejército español llegaban como mucho hasta el desembarco de Alhucemas. Fenómeno único en nuestra historiografía, hablaba bien de sus contemporáneos y admiraba los trabajos de Martínez Bande –fue de los pocos en asistir a su funeral–, de Fernando Puell, Didier Ozanam, Juan Pando, Charles Esdaile, René Quatrefages o el profesor Courvoisier... También se mostró generoso con los historiadores pasados y en su Galería de Escritores Militares recuperó para la olvidadiza memoria de nuestra historiografía a toda una serie de personajes decimonónicos. Sería deseable que alguna institución reuniera y editara el conjunto de los artículos de Fernando que no ha dejado prácticamente libros pero sí una obra muy considerable dispersa en enciclopedias, revistas y actas.


La guerra del coronel Redondo fue con el cáncer. Se nos fue a trozos. Aguantó lo que no está escrito. No se rindió y todavía bromeaba cuando le quitaron el esófago y la mitad del estómago. La enfermedad fue su monte Gurugú, su carga de Balaklava. No nos permitía visitarlo porque el cáncer le había dejado sin pelo, sin cejas, y en el fondo era coqueto y vestía siempre con sobria elegancia. Lo pasó fatal pero tuvo al menos la suerte de morir acompañado, en los brazos de la mujer que amó y que le amó, la mujer que le cuidó durante su interminable agonía. Hasta hace dos meses todavía nos pedía que le mandáramos material para escribir sus artículos. Se estaba muriendo y seguía escribiendo. Para él la rendición no era una alternativa. ¡Qué tío!


El Cielo, según Julián Marías, es un lugar mucho más entretenido que como nos lo pintaban los cursiñoños del pasado, todo lleno de gente vestida de blanco y tocando el arpa. Los que somos creyentes, o sólo crédulos, tenemos la esperanza de que la muerte no es el final de nada sino el principio de todo. En el Cielo no hay cáncer, así que puedes fumar lo que te dé la gana; en el Cielo hay ríos negros de café, del bueno, y puedes tomarte cuarenta tazas sin que se te acelere el pulso; en el Cielo hay un pedazo de Biblioteca que no te quiero contar, y los bibliotecarios son amables serafinas. El Cielo ahora es un lugar muy pacífico pero en su día hubo batallas de ángeles buenos y ángeles malos. Seguro que Fernando está empezando ahora a investigar el asunto y a tomar notas. Será por tiempo...

Luis Español Bouché, 15.09.2003
À la mémoire du colonel Redondo qui nous quitta le 8 septembre 2003

L'Histoire de l'Espagne est en deuil, en particulier son Histoire Militaire. Je l'ai appris il y à deux jours et j'ai encore l'âme en berne. Le huit septembre passé s'est finalement rendu après dix mois d'agonie et de souffrance le colonel Fernando Redondo Díaz, un des meilleurs historiens dans son domaine: les champs de bataille. L'Archivo General Militar de Segovia où il passa tant de journées va remarquer son absence et la Bibliothèque Nationale de Madrid, dont il anima les réunions avec son sens illimité de l'humour, ne sera plus la même. C'est la faute à Fernando Puell de la Villa qui, un beau jour, nous présenta un homme d'un certaine âge mais à la chevelure rageusement noire, qui parlait fort et prenait le café seul, avec deux sucres. Il s'agissait de Fernando Redondo.


Fernando est né à Cuba, fils d'un ingénieur espagnol, Joaquin Redondo, qui vola avec Blériot tout au début du XXème siècle et qui fut aussi joueur du Real Madrid.  Fernando aimait beaucoup le Real. Après une de ses dernières opérations à vie ou mort, qui coincidait avec un match de Coupe d’Europe du Madrid, quand il retrouva ses esprits il ne demanda pas "où suis-je?" mais "qui a gagné?". Fernando étudia a La Havane, au collège de Belén des Pères Jésuites. Un de ses camarades fut Fidel Castro, un peu plus âgé que lui, et aussi Roberto Goizueta, plus tard président de Coca Cola, qui était son voisin de banc.


Fernando était fasciné par la vie militaire et quand il eut l'âge du service au lieu de partir à West Point, nettement plus près, il eut l'idée de rejoindre l'Académie Générale de Tolède, en Espagne, où on le surnomma el cubanito(le petit cubain).  La vie des militaires espagnols pendant cette longue période du franquisme nommée autarchie(1939-1959) était loin d'être stimulante: beaucoup de soldats, beaucoup d'officiers et très peu de moyens. Mais Fernando se débrouilla pour avoir une existence plus intéressante: l'anglais était sa deuxième langue et il finit par connaître à fond le français, le russe et l'arabe. Ainsi, il eut des destinations moins ennuyeuses de ce qui était alors habituel et un beau jour il fut nommé au Service Historique Militaire. C'est là qu'est née sa vocation d'historien. Si son intelligence et sa mémoire étaient extraordinaires, sa capacité de travail tenait du prodige. Ayant amorcé très tard sa carrière d'historien, sans une formation spécifique dans ce domaine, Fernando produisit une quantité surprenante d'articles de grande qualité et il eut des interventions mémorables à la télévision ou pendant les congrès d'histoire militaire. C'était l'antithèse de l’officier ennuyeux et galonné qui ne sachant pas comment se distraire décide d'écrire l'histoire de son régiment. Entre les trouvailles de Fernando Redondo se comptent ses très documentées études sur les Ordenanzas de Carlos III de Charles III ou ses recherches sur les origines de la Marche Royale (la Marcha Real). Ses travaux étaient d’une telle qualité que certains se sont donné la peine de les plagier... Fernando était un militaire historien et non pas un historien militaire. La différence est considérable; il n'y a rien à voir entre un militaire qui devient historien avec un historien qui écrit sur des questions militaires. Et comme Fernando était conscient du fait qu'en dépit de toute ses connaissances il lui manquait une dimension universitaire, il n'hésita pas à s'inscrire au doctorat. Il était très enthousiaste à l'idée de faire une thèse sur l'Armée au temps de Godoy. Ce ne sera plus possible.


Fernando ne voulait pas rester en dehors du coup: il utilisait Internet et le monde des ordinateurs n'avait pas de secrets pour lui. Le premier portable avec scanner que j'ai vu de ma vie lui appartenait. Un jour on le lui vola, alors qu'il prenait l'autobus et il perdit ainsi six mois de travail. Mais il parvint, à force de volonté, à reconstruire l'information perdue. Fernando avait un caractère terrible, typique chez les gens intelligents de sa génération. Il était  politically incorrect, et s'en moquait. Il ignorait ce qu'était la patience. Il supportait très mal qu'on lui fit des observations ou que l'on examinât ses papiers. Il n'était pas fait à cette époque de subtile oppression postmoderne où les lecteurs des principales bibliothèques sont soumis à la fouille comme des criminels potentiels; cette absurde époque qui est la notre où l'on traite les terroristes et les pédérastes avec des gants blancs alors que l'on n'arrête pas d'embêter les fumeurs ou les obèses. Ce fort caractère de Fernando n'était pas incompatible avec les meilleurs sentiments, je n'ai connu personne de moins servile que lui. Son indépendance, son goût pour la vérité, son incapacité à l'heure de cacher ses sentiments, furent pour lui à l'origine de nombreuses inimitiés entre les médiocres et les parvenus. Notre vie politique s'améliorera sensiblement le jour où les ministres seront amenés à comprendre que dans leur intérêt et celui de leur pays il vaudrait mieux pour eux s’entourer de gens valables, capables de les contredire, comme Fernando, au lieu de lèche-bottes visqueux qui disent oui à tout et à son contraire. Ceux qui eurent la possibilité d'utiliser les services de Fernando en tant que militaire et en tant qu'historien ne surent pas en profiter. Tant pis pour eux.


Fernando détestait la Guerre Civile espagnole (1936-1939). Il n'écrivit rien à ce sujet. Ses recherches sur l'armée espagnole s'arrêtaient au débarquement d'Alhucemas. Phénomène unique dans notre historiographie, il parlait bien de ses contemporains et admirait les travaux de José Manuel Martínez Bande,  –il fut un des seuls à assister à ses obsèques–, de Fernando Puell, Didier Ozanam, Juan Pando, René Quatrefages ou le professeur Courvoisier... Il se montra également généreux avec les historiens passés et dans sa  Galería de Escritores Militares il récupéra pour la fragile mémoire de notre historiographie toute un série de personnages du XIX siècle. Il serait désirable qu'une institution réunisse et édite l'ensemble des articles de Fernando, qui n'a pratiquement pas laissé de livres mais une oeuvre très considérable dispersée entre les encyclopédies, les revues et les mémoires de congrès.


La guerre du colonel Redondo fut contre le cancer. Il finit par nous laisser, un morceau après l'autre. Ses souffrances furent inouïes. Jamais il ne capitula et il plaisantait encore quand on le priva d’œsophage et de la moitié de l'estomac. La maladie fut sa charge de Balaklava, sa prise de Malakov. Il ne nous permettait pas de le visiter parce que le cancer l'avait rendu chauve, sans sourcils, et au fond il était coquet et s'habillait toujours avec une sobre élégance. Vraiment, il en a bavé... mais au moins il a eu la chance de mourir dans les bras de la femme qu'il a aimé et qui l'a aimé, la femme qui l’a soigné pendant son interminable agonie. Il y a encore deux mois il nous demandait de lui envoyer du matériel pour écrire ses articles. Il était en train de mourir et il continuait d'écrire. Se rendre, pour lui, n'était pas une alternative. Quel tipe! Le ciel, selon Julián Marías, est un endroit beaucoup plus distrayant que cette image de gens habillés en blanc et jouant de la harpe dont ont voulu nous convaincre les artistes du passé. Les croyants -ou tout au moins les crédules- espérons que la mort n'est la fin de rien sinon le début de tout. Au Ciel il n'y a pas de cancer et tu peux fumer tout ce que tu veux; au Ciel il y a des fleuves de café noir, de la meilleure marque, et tu peux en prendre quarante tasses sans que le pouls s'accélère; au Ciel il y une Bibliothèque incroyable -vraiment, tu ne peux pas t'en faire une idée- dont les bibliothécaires sont d'aimables seraphines. Le Ciel est un endroit très pacifique mais antan il y eut là aussi des batailles entre les anges bons et les anges mauvais. Je suis sûr que Fernando s'apprêter à pondre un bon article sur cette histoire et qu'il prend déjà des notes. Ce n'est certes pas le temps qui va lui manquer...


Luis Español Bouché, 15.09.2003