Entre finales de febrero y
comienzos de marzo, Vesselin Topalov es una
presencia obligada, casi familiar, en el hotel
Aníbal de Linares. Siempre acompañado de su
entrenador, consejero y manager Silvio Danailov,
el ajedrecista búlgaro, número 3 del ranking
mundial, es un fijo en el torneo de ajedrez más
importante del mundo. Nunca ha ganado en
Linares, pero Topalov no ceja en el empeño y
quizás en esta edición -marcha segundo por
detrás de Kasparov- logre por fin su objetivo.
Sea como fuere, con él está garantizado el
disfrute de los aficionados, que siempre han
valorado su espíritu combativo y su
inconformismo de aventurero cada vez que se
sienta delante de un tablero.
Natural de Ruse, una ciudad a orillas del
Danubio, en la frontera entre Bulgaria y
Rumania, Topalov es, a sus 29 años -cumple 30 el
día 15-, un ejemplo de profesionalidad. Cercano
y accesible, atiende a los periodistas con una
sonrisa. Frente a las rarezas y reacciones a
veces desabridas o lunáticas de otros grandes
campeones, este salmantino de adopción es un
tipo sencillo y natural, con un fulgor de
inteligencia en la mirada, que vive el ajedrez
de una forma saludable; como un placer, no como
una obsesión.
Lo cierto es que a Vesselin Topalov nunca ha
dejado de entusiasmarle, como si fuera un cofre
de tesoros infinitos, el juego que su abuelo
Giorgy le enseñó a los siete años. Recuerda cómo
esperaba cada día a que su padre regresara a
casa después del trabajo para retarle a una
partida. Y recuerda cómo, cansado de su acecho,
el buen hombre, contable en una fábrica de Ruse,
pidió a su mujer que, por favor, apuntara a
aquel niño incansable en un club de ajedrez.
Allí comenzó el camino de Topalov, que hoy en
día es un ídolo nacional en su país, donde sus
grandes 'matches' contra Karpov, Kasparov y
Anand fueron televisados en horario de máxima
audiencia por el primer canal de la televisión
pública. Sus primeros éxitos llegaron a partir
de los 10 años. A los 14, de la mano del gran
maestro Petko Atanasov, un hombre clave en su
formación, se proclamó en Puerto Rico campeón
del mundo de su categoría. Dos años después, sin
embargo, Topalov se encontraba en una
encrucijada. Era el 1.500 del mundo y Atanasov
le había abandonado. Fue entonces cuando se
encontró por casualidad con el ajedrecista
Silvio Danailov en las oficinas de la Federación
Búlgara. «A ver si me consigues algún torneo en
España», le dijo, medio en broma medio en serio.
Para su sorpresa, Silvio le llamó.Y allí comenzó
todo.
-La carrera que le ha llevado a la élite mundial
del ajedrez la inició usted en 1992 con un viaje
a España que le cambió la vida. ¿Suele
recordarlo muchas veces?
-Esas cosas nunca se olvidan. Silvio me
consiguió dos torneos en España, uno en Elgoibar
y otro en Oviedo. Y nos vinimos para aquí. Yo
tenía 16 años. Fue un viaje muy largo, de unos
4.000 kilómetros porque entonces no se podía
cruzar Yugoslavia. Íbamos en un viejo Citroen BX.
La verdad es que pasamos mucho frío y mucho
cansancio, sobre todo Silvio que iba al volante
y conducía desde las siete de la mañana hasta
las diez de la noche. Yo iba como un zombie.
El largo
viaje
-¿Cómo le fue en Elgoibar?
-Bien. Quedé segundo y me quedé a un punto de
conseguir la norma de Gran Maestro, pero fue una
gran experiencia. Tengo muy buenos recuerdos. Me
acuerdo del hostal en el que dormíamos, de la
plaza del pueblo, de la gente hablando en vasco,
de la sangría... Además, en Elgoibar me tocó la
lotería porque el árbitro del torneo le dio un
teléfono a Silvio para ver si me daban plaza en
un torneo que iba a celebrarse en Canarias. En
principio, nuestro plan era ir a Oviedo a unas
rápidas, pero cuando me dieron plaza en Canarias
no lo dudamos. Allí conseguí la norma de Gran
Maestro.
-Y allí inició su legendario periplo por España.
25.000 kilómetros jugando torneos y más torneos.
-Sí, jugué todo el circuito. Me acuerdo que gané
6 torneos seguidos: Benidorm, Orense, San
Fernando, Jerez de la Frontera, Santa Marta...
El sexto no me acuerdo. Para mí fue muy
importante. Subí muchos puntos Elo y conocí a
gente que me ayudó mucho. Me gustaría que cites
a Miguel Ángel Muela, el presidente de la
Federación Vasca, a Josu y Juan Carlos
Fernández, a Andoni Madariaga, a César Pérez...
Seguro que me olvido de alguien.
-¿Le marcó aquella experiencia?
-La vida de un jugador de abiertos es un poco
bohemia. Pero lo nuestro era distinto. Nosotros
éramos muy serios y ambiciosos. Nuestra idea era
subir de nivel y salir de los 'open'. Y
trabajamos mucho para conseguirlo.
-¿La idea era llegar hasta el top 10?
-No, no. Yo no esperaba llegar donde he llegado
ni de coña. En aquella época me hablaban de
Kasparov y de Karpov y me parecía que estaban en
otra galaxia.
-Quizás Silvio confiaba más en usted que usted
mismo.
-Es posible. Desde luego, Silvio es más
ambicioso que yo. Es el que me mete caña.
-Vamos, que sin él trabajaría menos.
-Seguro. A mí me cuesta mucho estar solo. Para
mí es fundamental entrenar con otra persona.
Para mejorar entrenando solo tienes que ser un
fanático del ajedrez y yo no lo soy.
-Dice que no es fanático...
-No, no lo soy. A mi me encanta el ajedrez. Me
encanta poner Internet y ver las partidas on-line.
Pero no soy un fanático. No lo soy en el sentido
de que no vivo obsesionado por el ajedrez.
-No es de los que sueña con aperturas y jugadas.
-Exactamente. Pocas veces sueño con partidas.
El dedo
en la llaga
-¿Qué hace falta para ser un ajedrecista
de élite?
-No hay una receta. Supongo que hacen falta
muchas cosas: talento, capacidad de trabajo,
capacidad de concentración... Y lo más
importante: la memoria.
-Es usted un jugador muy apreciado por el
público. Se valora mucho su juego, que sea
combativo, inconformista, que no suela ir a las
tablas fáciles.
-A veces me perjudica jugar así. Yo juego para
ganar y a veces arriesgo demasiado. De cara los
espectadores es muy bonito, pero en ocasiones me
hubiera venido mejor ser más conservador porque
mis rivales, sabiendo como soy, me esperan.
-No me dirá que está pensando en cambiar de
estilo.
-No. Como dicen los rusos, el que no arriesga no
bebe champán. Pero a veces igual necesito ser un
poco más prudente para que no me corten la
cabeza. Porque a este nivel, cuando arriesgas
demasiado te cortan la cabeza.
-No hay piedad.
-Al reves. En el ajedrez no hay perdón, estás
obligado a ser cruel. Si ves la más mínima
debilidad en un jugador, tú también intentas
aprovecharla. Todos vamos a poner el dedo...
¿Como se dice? ¿En la herida?
-En la llaga.
-Eso, en la llaga. Yo el otro día le encontré
una debilidad a Adams y le gané. Pues bien,
Kasparov hizo lo mismo. Fue directo. ¿Pam!
-Kasparov pasa por ser implacable.
-Sí. Kasparov tiene instinto asesino. Para mí,
por ejemplo, Anand tiene tanto talento como
Kasparov. Creo que, objetivamente, lo tiene.
Pero Kasparov tiene más carácter. A Vishy le
falta eso. Él no es un asesino y Kasparov, sí.
-¿Y como anda usted de instinto asesino?
-Me falta un poco. A veces debería ser más
pragmático, jugar con más paciencia y no tanto
para el público.
-¿Pero piensa en los espectadores cuando juega?
-No. Lo que me ocurre es que, cuando veo una
jugada interesante, aunque me de cuenta que es
arriesgada, me lanzo a ella. Y claro, a veces me
complico y pierdo. Debería controlarme más.
-Vamos, que no resiste la tentación de irse a la
aventura.
-Eso. A veces no me controlo.
-De ahí que guste usted tanto a los
organizadores de torneos y a los aficionados.
-Sí. Siento que tengo la obligación moral de
agradar al público.
Entre los
mejores
-¿Cómo vive las derrotas? Se lo pregunto
porque, en general, los ajedrecistas suelen
sufrir mucho cuando pierden, como si la derrota
tuviera algo de humillación.
-Para mí no es humillación. Yo no temo perder.
Sé que soy un jugador de superélite, pero
también sé que no soy el único. Hay compañeros
que me pueden ganar. Y lo acepto. En 1999 perdí
contra Kasparov, en Holanda, una de las partidas
más bonitas de la historia. Y no es que me
sienta orgulloso de esa derrota, pero si yo he
jugado al máximo y mi rival ha sido mejor...
Tener miedo a perder es una gilipollez. Los
grandes problemas son otros. El tsunami de Asia,
por ejemplo.
-Lleva usted casi una década entre los diez
mejores del mundo...
-Sí, desde 1996. En marzo de aquel año gané un
torneo muy fuerte en Amsterdam. Gané a Kasparov
y a Anand y subí mucho. Desde entonces no he
salido del top 10.
-¿Qué es más duro llegar o mantenerse?
-Las dos cosas son difíciles.Yo tuve una
temporada de crisis. Cuando te metes entre los
10 mejores, te entran dudas. ¿Qué haces? Ir para
arriba, pero arriba está Kasparov. Me veía
desorientado, sin confianza, con la sensación de
que había llegado a mi techo. Ahora lo llevo
mejor. Tengo confianza en llegar más arriba.
-¿Cuál es su objetivo como ajedrecista ¿Puede
aspirar al trono de Kasparov?
-Ninguno de nosotros va a poder hacer lo que ha
hecho Kasparov. Eso está claro. Pero la edad le
pesa. Es cuestión de tiempo ver cuanto aguanta.
Aunque Kasparov haya mantenido el número 1, yo
creo que Anand ha sido el mejor del mundo varios
años. Lo que ocurre es que el sistema Elo
beneficia a Kasparov. ¿Si llegaré a ser número
1? Es muy difícil, pero me hace ilusión
intentarlo.