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Estimado lector: si desea adquirir alguna de las obras del Dr. Marco Aurelio Denegri, sírvase contactarse al  9861-7422 o escribir a maraudenegri@wanadoo.es 



 



 

Obras del Dr. Marco Aurelio Denegri, que están en venta:



 



1.-  OBSCENIDAD Y PORNOGRAFIA (3ra. Edición, 2 tomos)



2.-  ARTE Y CIENCIA DE LA GALLISTICA (2 TOMOS)





3.-  DE ESTO Y AQUELLO, PRIMERA SERIE (Tercera edición)



4.-  DE ESTO Y AQUELLO, QUINTA SERIE (Segunda Edición)



5.-  CUESTION DE OLFATO (Segunda Edición)



6.-  LA NIÑA MASTURBACION Y SU MADRASTRA TABU (3 TOMOS)



 



 

  

Introducción a la cinesiología


 


 


La palabra hablada y la expresión gestual


 


Decía Goethe que la palabra escrita es simple substituto de la palabra hablada; y es cierto. Pero habría que preguntarse si la palabra hablada es manifestación cabal de todo lo que realmente queremos decir. No parece que con la sola palabra hablada podamos decir todo lo que queremos. Necesitamos, pues, para completar nuestro decir, de gestos y ademanes, de movimientos y actitudes, de muecas, visajes y mohines.


 


Sabido es que hay pueblos más expresivos y comunicantes que otros. Por gesticulatorios y ademánicos, los italianos expresan y comunican más que los alemanes o los ingleses, por ejemplo.


 


El europeo, en general, se mueve y gesticula poco al hablar, y por eso cuando va al África, aun cuando conozca la lengua del pueblo que visita, jamás logra ser cabalmente entendido por los nativos, cuya expresividad somática es optima y hasta espectacular; hablar no es para ellos solamente pronunciar, sino una concertación cinética de la corporeidad toda. Así ocurre en Nigeria, según informa el gran investigador del continente negro, Leo Frobenius.


 


El negro es ritmo, acción, histrionismo.           El sacerdote negro del Harlem neoyorquino que predica el sermón del Domingo de Ramos y cuenta que Jesús entró en Jerusalén, caballero en un asno, se monta en el púlpito y remeda maravillosamente la cabalgada. A un predicador blanco no se le ocurriría nunca hacer eso, razón por la cual sentimos desvitalizada y escasamente atractiva su prédica, por huérfana de esa teatralidad inherente a la negritud.


 


Cinesiología: cine, cinema y emblema


 


La cinesiología, o la cinésica, si les place este neologismo de Birdwhistell, pero de ninguna manera la cinesis, como dice la traductora del libro de Flora Davis, La Comunicación no Verbal, que además nos endilga kine y kinema, y resulta así grecizante por ignorancia; la cinesiología o ciencia de los movimientos (del griego kínesis, o sea cinesis, vale decir, movimiento) distingue el cine o movimiento apenas perceptible, del cinema o movimiento mayor o más significante.


 


Los norteamericanos tienen cincuenta o sesenta cinemas para todo el cuerpo, de los cuales treinta y tres corresponden a la cara y la cabeza. Va de suyo que más cinemáticos que los gringos son los bachiches, y más que éstos, los abetunados compadres de Nigeria, y muchísimo menos que éstos, los nipones.


 


Ahora bien: cincuenta o sesenta cinemas representan sólo una mínima parte de los movimientos corporales.


 


“En realidad –escribe Davis–, cada cultura otorga un significado a unos cuantos movimientos anatómicamente posibles para el cuerpo humano.   Los ‘cinemas’ son a veces intercambiables: se puede substituir uno por otro sin alterar el significado.        Si nos limitamos a las cejas, un simple alzamiento bilateral expresa a menudo una duda o acentúa una interrogación, pero también puede emplearse para dar énfasis a una palabra dentro de la oración.”


 


Es verdad  cinesiológica, aunque haya por ahí alguna excepción, y tal vez más de una, que la cultura norma los movimientos corporales de ambos sexos. Si en nuestra cultura las mujeres mueven más las caderas que los hombres y parpadean más lentamente, lo hacen por aprendizaje, no por determinación biológica. Los árabes cierran los ojos como nuestras mujeres, despacio y suavemente, y por esto solo seríamos capaces de tildarlos de afeminados, ya que el cierre ocular pando es, según creemos, impropio de la varonía.


 


Impropiedad relativa, claro está. Hace más de cien años que la antropología nos lo viene enseñando. Y el mismo Voltaire, que no era antropólogo, pero sí perspicaz, culto y desenfadado, lo sabía muy bien.


 


El parisiense, decía Voltaire, se sorprende al enterarse de que los hotentotes cortan un testículo a sus pequeñuelos; pero los hotentotes se sorprenderían más si supieran que en París se conserva a los niños los dos testículos.


 


“Parece ser –escribe Davis– que las mujeres, al menos en el laboratorio, miran más que los hombres, y una vez que han establecido contacto visual, lo mantienen por más tiempo.


 


“También hay otras diferencias más sutiles.


 


“Tanto los hombres cuanto las mujeres miran más cuando alguien les resulta agradable, pero los hombres intensifican el tiempo de la mirada cuando escuchan, mientras que las mujeres lo hacen cuando son ellas las que hablan.”


Llámase emblema, en cinesiología, el movimiento corporal que tiene significado preestablecido, como el ademán del degüello, o de  la  decolación,  como  decía González Prada, o el ademán del viajante en auto-stop, lo que vulgarmente se conoce como “tirar dedo”.


 


En este terreno se echa de ver también la relatividad cultural; verbigracia, considérase mala educación sacar la lengua en Occidente, pero en el sur de la China, sacarla denota turbación; en el Tíbet, cortés deferencia; y los isleños de las Marquesas la sacan para negar.


 


En Ceilán, según Chauvelot, mover la cabeza de derecha a izquierda no significa, como entre nosotros, negación, sino lo contrario: quiere decir sí.


 


Expresión oral y movimiento corporal


 


“Cada vez que una persona habla –observa Davis–, los movimientos de sus manos y dedos, los cabeceos, los parpadeos, todos los movimientos del cuerpo coinciden con ese compás.


 


“Resulta interesante saber que este ritmo compartido se altera cuando hay algunas enfermedades o trastornos cerebrales. Los esquizofrénicos, los niños autistas, las personas afectadas por el mal de Parkinson, epilepsia leve o afasia, y los tartamudos, están fuera de sincronía consigo mismos.


 


“La mano izquierda puede seguir el ritmo del discurso, mientras que la derecha está completamente desfasada. El resultado, tanto en la vida real cuanto en las películas, es una fugaz impresión de torpeza, una sensación de que algo no funciona en la forma en que se mueve el individuo.”


 


Arritmia cinética que por otra parte impide la sincronía interaccional.


 


“La sincronía interaccional –dice Davis– resulta difícil de creer hasta que no se la ve en películas, puesto que en la vida real se produce generalmente en forma demasiado veloz y sutil para ser captada.


 


“Se produce continuamente cuando se conversa. Aunque puede parecer que el que escucha está sentado perfectamente quieto, el microanálisis revela que el parpadeo de los ojos o las aspiraciones del humo de la pipa están sincronizados con las palabras del que habla.


 


“Cuando dos personas conversan, están unidas no sólo por las palabras que intercambian, sino por ese ritmo compartido. Es como si fueran llevadas por una misma corriente.’’


 


Si Flora Davis leyese este artículo...


 


Estas noticias y muchas más las presenta Flora Davis con claridad y sencillez periodística en su libro La Comunicación no Verbal, publicado por Alianza Editorial. Desde luego, si hubiese sido más culta la autora y mayor su espíritu crítico, entonces tendría su obra el aderezo y enriquecimiento que no tiene. Parifico inmediatamente.


 


Cuando Davis se ocupa de la desaprobación que merece en todas las culturas la mirada fija y sostenida, no menciona el hecho, porque lo ignora, de que tal desaprobación tiene origen mágico, ya que de antiguo se ha temido el aojo o fascinación, el influjo maléfico que una persona puede ejercer sobre otra mirándola.


 


Pobretón el noveno capítulo, dedicado a los ademanes. Ha creído la autora que Efron dijo la última palabra sobre el particular. Debió haber consultado la obra de Walter Sorell, The Story of the Human Hand.


Debió también haberse preguntado por qué las mujeres son tan mediocres como oradoras. Lo son, entre otras cosas, porque tienen gesto manual desvaído, carecen de energía ademánica; carencia que estaríamos tentados de atribuir a la cultura, pero he aquí que en casi todas las culturas los ademanes femeninos son suaves y exiguos, salvo en uno que otro caso atípico, como el de la cultura mundogomorense, donde se han virilizado mucho las mujeres.


 


“Las mujeres realmente elocuentes, las que accionaban bien, que yo he conocido –dice Marañón en su libro La Evolución de la Sexualidad y los Estados Intersexuales–, tenían estigmas netos de virilidad; o los adquirieron más tarde. El valor de la mano en la expresión es un carácter de adquisición tardía en la evolución ontogénica y filogénica, y por eso más propio del varón.’’


 


En el capítulo sobre el saludo, contráese nuestra autora a la interpretación etológica, que me parece bien y en principio acepto; pero si el lector quisiese leer algo jugoso y penetrante, entonces no vacilaría en recomendarle la “Meditación del saludo’’, de José Ortega y Gasset, donde abundan las consideraciones en torno al apretón de manos y su sentido primigenio; punto interesante al que Flora Davis no dedica ni una sola línea.


 


Además, contrariamente a lo que ella supone, no siempre es reprochable la insalutación, y aludo a la de despedida; antes bien, puede llegar a ser práctica admisible y hasta fashionable, como ocurrió en Francia, en el siglo XVII, cuando se puso de moda  no despedirse de nadie al abandonar una reunión. Eso era lo propio y lo que exigía la etiqueta, al paso que despedirse era falta de educación.


 


Por último, en el segundo capítulo venían al pelo las observaciones de Rollo May sobre los monjes de Athos y el valor de la polaridad sexual; pero Davis, según parece, no ha leído el libro de su ilustre paisano, El Amor y la Voluntad.


 

Si Flora Davis leyese este artículo, entonces me profesaría desamor; sin razón, por supuesto, o sea muy femeninamente. Sin razón, digo, porque su obra es recomendable, a pesar de las críticas recién expuestas.

Introducción a la teratología


 


Exordio


 


Teratología es voz de origen griego que significa tratado o estudio de los monstruos; de teras, teratos, monstruo, y logos, tratado.


 


Paréceme muy opinable que siga vigente la restricción semántica en cuya virtud la teratología concierne únicamente a las anomalías y monstruosidades del organismo animal o vegetal.   No se para mientes en que los monstruos biológicos de la teratología convencional son mucho menos importantes que los que ha imaginado, ideado y creado el hombre desde que era cavernícola.


        


Después, cuando aparentemente dejó de serlo (digo aparentemente porque el ser humano sigue comportándose, en muchos sentidos, con zafiedad paleolítica); cuando después, repito, el hombre dejó de ser cavernícola (eso dicen), la teratogenia fue desenvolviéndose con pretensión expansiva manifiesta y el Mare Tenebrarum avanzó indetenible, hasta hoy; incluidos, claro está, los últimos monstruos electrónicos y computarizados.


 


Juzgo, pues, inaceptable que la teratología no se preocupe de los monstruos del Mare Tenebrarum, todos ellos facticios (no ficticios). Frankestein, por ejemplo, es producto facticio, es decir, no natural. La teratología ha venido ocupándose solamente de los monstruos naturales; verbigracia, una criatura acéfala. ¿Por qué esta restricción a todas luces vitanda? Insisto: para mí es inadmisible.


 


         Y bien: como exordio, basta.


 


 


“Monstrum”


 


En latín, monstrum significa prodigio, maravilla, rareza, cosa singular, portento, fenómeno, cosa admirable, sorprendente y pasmosa. Monstra narrare es referir cosas prodigiosas; y monstra dícere, decir cosas increíbles.


 


Monstrum significa también, y ésta es la acepción secundaria, calamidad, desgracia, azote, plaga, cosa funesta, crimen. Cuando Quintiliano dice que se han cometido crímenes contra el Estado, usa el término monstra, esto es, monstruos, para referirse a esos crímenes.


 


Pero la significación primaria de monstrum, en latín, y que nuestro idioma conserva, es la de prodigio y maravilla.


 


San Isidoro decía que monstruo significa       “lo que es digno de ser mostrado, lo que merece exhibirse”. “De modo que los monstruos                –escribe Savater– son ‘lo espectacular’ por antonomasia:   se   definen   por   constituir   en   sí mismos un espectáculo.” (Fernando Savater, Diccionario Filosófico, s.v. “Monstruos”.)


 


Monstruo


 


Enumero a continuación las siete acepciones que tiene la palabra monstruo en castellano.


 


1)         Producción contra el orden regular de la naturaleza.


2)      Ser fantástico que causa espanto.


3)      Cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier 


línea.


4)          Persona o cosa muy fea.


5)          Persona muy cruel y perversa.


6)          Persona de extraordinarias cualidades para desempeñar una actividad determinada.


7)          Versos sin sentido que el maestro compositor escribe para  indicar al libretista dónde ha de colocar el acento en los cantables (Véanse, al respecto, las observaciones de Alfonso Reyes en La Experiencia Literaria, 176-177. Parece que ya nadie escribe esta clase de versos.)


 


Lo monstruoso como defecto biológico


 


Lo monstruoso, como deformidad insólita y grave, como alteración biológica notoria, no lleva consigo, aunque nos lo parezca, la suma fealdad como distintivo o nota esencial. La monstruosidad, propiamente considerada, no es fea, sino repugnante. Un niño con tres brazos y dos cabezas, repugna. De suerte que lo contrario de lo monstruoso no es lo bello.


“Lo monstruoso –dice Ortega y Gasset– es un defecto biológico y, por consiguiente, anterior al plano de discernimiento estético. Lo opuesto a ‘lo monstruoso’ no es ‘lo bello’, sino ‘lo normal’.” (O.C., II, 37, n.)


 


Eso también lo sabía, y muy bien, Don Quijote.


 


“Yo, Sancho –dice Don Quijote–, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy disforme; y bástale a un hombre de bien no ser un monstruo para ser bien querido, como tenga las dotes del alma que te he dicho.” (Parte 2, c. 58.)


 


El monstruo como creación fantástica


 


Respecto al monstruo, no ya como fenómeno biológico, sino como creación fantástica, hemos de tener en cuenta dos cosas: en primer lugar, la magnitud, y en segundo lugar, la combinación de especies.


La monstruosidad puede ser por defecto o por demasía. Un gorila, por ejemplo, tiene, poco más o menos, la estatura del hombre; pero King Kong, que no es un simio normal, sino un monstruo, mide quince metros de alto. Es un monstruo por exceso. Pero un gorila de diecisiete centímetros de alto también sería monstruoso, sólo que por defecto; y claro, ya no daría miedo, sino risa, o lo que es peor, lástima. (A propósito: Voltaire decía, con mucha razón, que es mejor dar envidia que lástima.)


 


Generalmente, cuando hablamos de monstruos, nos referimos a los monstruos por exceso, por demasía, a los monstruos de gran magnitud; verbigracia, Aqueronte, el monstruo que menciona Borges en su Manual de Zoología Fantástica, que era tan grande como una montaña y en cuya boca podían entrar tranquilamente nueve mil personas.


 


Una constante, pues, en la historia de las criaturas monstruosas, es el gigantismo o titanismo, el sobredimensionamiento de las producciones teratológicas.


 


Monstruos los ha habido desde la más remota antigüedad, desde que el hombre primitivo, aterrorizado por las fuerzas de la Naturaleza, las personificó en seres desmesurados y colosales.      Este patente colosalismo se echa de ver en los bestiarios y en general en la teratología.


 


Para mover, dice Homero, la roca que está ante la cueva del cíclope Polifemo –el monstruo que tiene un solo ojo en la frente–, no habrían bastado “mil y dos carretas, altas de cuatro ruedas”.


 


La otra constante teratológica es la combinación de especies. El hibridismo monstruoso es tan impresionante como los mismos monstruos.


 


El grifo, por ejemplo, es un animal que tenía la parte superior de águila y la inferior de león, con larga cola de reptil. Combinaba, pues, tres especies. Pero cuando ya no era simplemente grifo, sino hipogrifo, sumaba a las tres especies dichas, el caballo, de modo que el hipogrifo era la combinación de cuatro especies. El hipogrifo era mitad caballo y mitad grifo.


 


La esfinge tenía cabeza y busto de mujer, y cuerpo y garras de león, y además era alada.


 


El dragón tenía cuerpo de serpiente, garras de león y alas de águila. Era fiero y voraz, y despedía olor pestífero.


 


El minotauro era mitad toro y mitad hombre, se alimentaba de carne humana y residía en el Laberinto de Creta.


 


Las arpías tenían cabeza humana, orejas de oso y cuerpo de ave de rapiña. Eran las encargadas de llevar las almas de los muertos al otro mundo.


 


Los monstruos son, pues, colosales, en muchos casos, y en otros, híbridos impresionantes. El colosalismo y el hibridismo son dos constantes teratológicas. 


 


Apreciación psicológica


 


Cirlot, en su Diccionario de Símbolos, al tratar de los monstruos, dice que éstos aluden a las potencias inferiores constituyentes de los estratos más profundos de la geología espiritual, “desde donde pueden reactivarse –como el volcán en erupción– y surgir por la imagen o la acción monstruosa”. Lo cual ocurre cuando el hombre primitivo se apodera del timón del alma.


 


 “El hombre primitivo –decía Stekel– nos acecha todo el día para apoderarse del timón del alma.” (Cartas a una Madre, [183].)


 


Ese hombre primitivo (*) es nuestro “hermano tenebroso”, el mister Hyde que todos llevamos dentro, “la Sombra” jungniana, tanto más negra y espesa cuanto menos incorporada en nuestra vida consciente. Manifiéstase, por ejemplo, en la protervia y vileza, en los arranques coléricos y en los arrebatos estrepitosos de la ira, en la conducta ruin y miserable, en la roñería y mezquindad, en la bajeza e ignominia.


 


Repútase a Jung por primer aplicante de la voz sombra a la realidad psicológica recién descrita. Ignoro si él creyó serlo, pero sé positivamente que muchísimos años antes Víctor Hugo fue usuario del mismo nombre y con parejo propósito, según mención de Amicis en el retrato que nos ha dejado el incomparable autor de Los Miserables.


 “Tiene –dice– faz leonina. Cuando abre la boca parece que va a salir de allí un rugido, y cuando levanta el robusto puño parece que no ha de bajarlo más que para triturar alguna cosa. En aquellos momentos se lee en su semblante la historia de todas sus luchas y todos sus dolores, la tenacidad férrea de su naturaleza, los negros fantasmas de su imaginación, sus forzados, sus féretros, sus iras, sus odios; toda ‘la sombra’, como diría él, todo ‘el lado negro’ de sus obras.’’ (Edmundo de Amicis, Ideas sobre el Rostro y el Lenguaje, 226-227.)


 


La Sombra es un hecho psicológico incontrovertible, y por consiguiente, también los monstruos.


 


Los monstruos no nos son extrínsecos, sino intrínsecos. Ver la monstruosidad en la casa del vecino sin verla primero en la nuestra, o personificarla en el forastero o en el extraño a la tribu, es pifia considerable de malísimas consecuencias.


 


Erich Neumann ha sostenido, fundadamente, que todo ser humano tiene una función de inferioridad y una Sombra, y que es tarea muy necesaria, aunque de notable arduidad, aceptar la propia imperfección; lo sólito es inaceptarla, vale decir, imposibilitar la conducta integrada y coherente.


A los inaceptantes, que son legión, les puede ocurrir que un buen día, a eso de las tres de la mañana, un ser deforme, de mirada fija y ofensiva, los despierte violentamente y, tomándolos por la garganta, les diga exclamativo y fiero:


 


“¡Yo también quiero formar parte de tu vida!”


 


Ese visitante nocturno es el Monstruo, el inquilino al que no lo queremos saber inquilino y al que no podemos, sin embargo, desahuciar.


 


Concluyo manifestando que hago enteramente mías las siguientes expresiones de Guillermo Díaz-Plaja:


 


 “Sí, el mundo de los monstruos está con nosotros. Nos persigue; forma, acaso, las raíces más profundas de nuestra civilización. Más aún: nos es consustancial. Nos atreveríamos a decir que el ‘Mare Tenebrarum’ lo llevamos todos dentro del alma.         O, aún más, si queréis: el monstruo somos nosotros mismos.” (Guillermo Díaz-Plaja, Los Monstruos y Otras Literaturas, 45-46.) (*)


Y a mayor abundamiento:


 


“Kierkegaard había oído contar a su padre la historia del bandido generoso. Se quedó muy impresionado.  Al subir a su cuarto se miró al espejo. Le entró una gran crisis de angustia. ¿Qué vio Kierkegaard en el espejo? El monstruo que todos llevamos dentro, la posibilidad de convertirse en criminal.” (Juan José López Ibor, Rasgos Neuróticos de Nuestro Tiempo, 154-155; véanse también las páginas 82, 208-209.)


 


“Addendum”


 


A quienes les parezca excesivo o completamente inadmisible reconocerse monstruos, les recomiendo que lean el siguiente pasaje de los Ensayos de Montaigne:


 


“Lo que nosotros llamamos monstruos, no lo son a los ojos de Dios, quien ve en la inmensidad de su obra, la infinidad de formas que comprendió en ella. Es de presumir que esta figura que nos sorprende       [el monstruo] se relacione con alguna del mismo género, desconocida para el hombre, y que se fundamente en ella. De la infinita sabiduría divina no emana nada que no sea bueno, natural y conforme al orden, pero nosotros no vemos la correspondencia ni la relación.” (Libro segundo, c. 30.)


 


En resumidas cuentas, los monstruos no son monstruosos para Dios.


 


Ah, este Montaigne... (*)


 


Ítem más


 


El psicópata David Herkowitz, alias “El Hijo de Sam”, mató en 1977, en Nueva York, a seis mujeres. Lograron prenderlo, felizmente, y lo recluyeron en el Kings Country Hospital neoyorquino. Tenía a la sazón veinticuatro años. Se le tildó inmediatamente de monstruo; sin embargo de lo cual, o mejor dicho, a causa de lo cual, resultó monstruosamente atractivo para muchas mujeres.


 


En el amor, o lo que fuere, no sé, porque ya el amor, concepto amplísimo, o no significa nada, o significa todo, y por lo tanto desirve para indicar algo más o menos preciso; el amor, decía, o el prurito erótico del momento, o la compasión fácil, o el simple atractivo de lo inusual, o, en fin, tantas cosas; bueno –prosigo–, el amor (y esto ya se ha repetido hasta el cansancio), no conoce de barreras             ni distingos, atraca con todo, hasta con el Hijo de Sam.


 


“Diariamente –refiere el asesino– recibo cartas de simpáticas jovencitas que me profesan su amor. Una de las últimas dice así:


 


“‘Tengo veinte años pero no soy como el resto de chicas de mi edad. Siento que la prensa te está utilizando como artículo de consumo; para ellos no eres más que un producto comercial basado en fantasías que no comprenden. Quiero ser tu amiga... y algo más. Aunque me da vergüenza decírtelo, creo que te amo.’


 


“La última carta que pienso responder es la de una muchacha muy atractiva que se llama Alice y que me mandó su foto. Dice:


 


“‘En un principio tu caso me pareció muy extraño. Verdaderamente te tenía miedo. Cuando te apresaron comencé a tenerte lástima y, posteriormente, simpatía. Eres un bicho raro y hasta diría que muy interesante. Para que tus días no sean tan grises, te propongo intercambiarnos dibujitos. Ternura va, ternura viene... Algunos años más, y sales bajo fianza... Un beso, te quiere mucho, Alice.’


 


“Me fascina –confiesa David Herkowitz– tener pendiente a medio mundo de mis declaraciones.”


 


En resumidas cuentas, presumo que si hay algo más interesante que un monstruo, entonces debe de ser otro monstruo, pero más monstruoso.


 


“La bella y la bestia”


 


Madame Leprince de Beaumont escribió          “La Belle et la Bête”, cuento fantástico, lleno de simbolismo y en el que gracias al amor de la Bella, compasiva, la Bestia recobra su figura verdadera: la de un hermoso príncipe. (Cf. J. A. Pérez-Rioja, Diccionario de Símbolos y Mitos, s.v. “Bella y el Monstruo, La”.)


 

Es la redención por el Amor. El Amor triunfa de todas las cosas, Amor vincit omnia, el Amor lo vence todo, incluso la monstruosidad. Así como el Alighieri idealizó a Beatriz y Don Quijote creó a Dulcinea, muchas bellas podrían idealizar a no pocos monstruos de la realidad, habida cuenta de que éstos tengan hermosa el alma; teniéndola, podrán al cabo, por obra del amor, convertirse, como el protagonista del cuento, en príncipes fabulosos. Me parece que ésta es la lectura que debe hacerse de la redención por el amor de seres monstruosos. Pero que el solo amor pueda redimir a seres monstruosos de cuerpo y alma, lo juzgo menos convincente.