Manuel Alcorlo
...Sentimiento sordo, profundo,
concentrado, inmenso,
como el rojo
de la puesta de sol en un crepúsculo
eterno.
Así veía Juan Ramón Jiménez
a esta aguerrida muchacha, desde niña nimbada de tantos dones para
la plástica, de tanta vehemencia expresiva, pero que el destino
truncó abruptamente, de terrible manera.
Sobrecoge
pensar en esa juventud, sólo veinticuatro años, apresurada y
creadora, su concepto tan decantado de la ilustración en loslibros
que realizó. En ellos desplegaba su imaginación empleando
hermosas texturas de líneas, ondulantes ritmos, grandes manchas
ambientando los mágicos escenarios de sus temas. Esto a los doce y
a los trece años. Además estaba inmersa perfectamente en las
corrientes estéticas de la época, orientalismos y los
modernismos actuantes entonces, fluctúan por sus dibujos con toda
naturalidad.
Pienso, contemplando algunas de las fotos que se
conservan, que ese hermoso rostro de inquietante gesto, de profunda
mirada, define mejor que otros aspectos, ese magma interior ese anhelo de
abarcar el misterio de la existencia, con la rotundidad de sus símbolos
hombre, mujer, niño, indagando tenazmente en su expresividad,
convirtiéndolos en nutrientes únicos de sus esculturas.
Y es también inevitable pensar en lo que pudo haber dado de sí,
esta fuerza, esta elocuencia en el decirse, esta audacia en los magníficos
ejemplos postreros de su arte como la cabeza de Zenobia, o sus grupos en
talla directa. Quedan en ellos patentes su capacidad de sintetizar los
sentimientos más profundos.
Dejémonos llevar en
la contemplación de lo que ha llegado hasta nosotros para
recordarla con admiración como artista, como mujer.
Manuel Alcorlo