Marga Gil Roësset

José Francés

MARGA GIL ROËSSET


Una vez había dos niñas, quienes a la edad en que otras niñas leen libros de cuentos y hojean libros de estampas, los escribían y dibujaban ellas.

Tenían largas trenzas rubias y ojos claros, como las princesitas de los relatos feéricos. Vestían unas capas holgadas y se tocaban con unos sombreros redondos, aludos, que en la vulgaridad de la ciudad ponían la silueta literaria de las creaciones infantiles de Andersen o de Grimm.

Eran silenciosas, tímidas y graves. Se las comprendía siempre entregadas a los internos juegos de la imaginación. No acudían a colegios, donde nada nuevo podían aprender de lo que cada mañana el hada madrina les enseñaba maternalmente en el hogar. Iban al estudio de un pintor, que asistía asombrado a las revelaciones espirituales de la cuentista y de la estampista precoces.

La mayor se llamaba Consuelo, y era la que urdía fábulas de otras tierras y otros tiempos. La pequeña, Marga, y era la que ilustraba con su propia fantasía de dibujante las narraciones fraternas.

El primer libro de Consuelo y Marga Gil Roësset se titulaba El niño de oro. Se publicó en Madrid hace nueve años. Evocaba Holanda y además el país de los sueños, donde no todos pueden viajar. El alma nórdica de la vieja Neerlandia diríase que había reencarnado en aquella niña alta, delgada, que sonreía rara vez, y cuyas pupilas se borraban a fuerza de ser claras y no querer mirar la vida cotidiana. El agudo ingenio, la certeza compositiva y la estilización grotesca de un Geant de Roschère, ilustrador de los cuentos de Navidad flamencos y brabanzones, diríase que resurgía con lozano infantilismo en la mano menuda y diestra de la pequeña Marga.

Dos años después, ya no es en España donde las dos niñas publican sus libros de cuentos, sino en París. La Casa Plon, con su enorme autoridad, lanza una lujosa edición de Rose des Bois. Es un álbum de gran tamaño, con láminas estampadas primorosamente, con profusión de viñetas en el texto. En él, Consuelo Gil Roësset cuenta la maravillosa historia de Durga, la princesa Salonga, el guerrero y el demonio Dinski, bajo el cielo, en las selvas intrincadas de la India. Las ilustraciones de Marga tienen el minucioso primor de las de un Bujados, un Martini o un Nielsen.

Ha pasado el tiempo, No mucho. Aún se piensa que estas dos muchachas -ya sin trenzas ni capas de Caperucita- no pasaron del umbral de la adolescencia, y continúan viviendo en el país de los sueños, para reflejarlo en sus leyendas y sus estampas. Conservan el aspecto frágil y la expresión absorta. En torno de la madre -hada madrina de quien aprendieron la triple ciencia del arte, de la literatura y de la feminidad- componen perdurable un grupo de dulce ternura familiar, insólito en las nuevas costumbres.

Y, sin embargo, Consuelo Gil Roësset está casada (con un artista, claro es: el maestro Franco). Los muñecos de sus ficciones se han hecho bellas realidades carnales. Ahora escribe canciones para sus hijos: Canciones de niños y Canciones de mamás. Y así como ayer eran los dibujos fraternos los que ilustraban sus cuentos, ahora es el fervor conyugal, capacitado por un gran temperamento, quien añade ritmo y melodía a las canciones, dignas de Tagore, acaso menos literarias, más íntimas, más dotadas de la profunda delicadeza de una sensibilidad femenina que conserva el hechizo infantil dentro de la gracia florida de la madre joven.

¿Y Marga? Marga es ahora escultora. Enérgica, vibrante y misteriosa, esta mujercita de las estampas fantásticas deja desbordar en los dibujos de hoy aquel extraño vigor sarcástico que se le adivina y sorprendía en sus creaciones de ayer. Pero Marga deja irse las horas en la calma fecunda, solitaria, de su taller de escultura.

Conserva frente al mundo y las gentes, aquel aire de alejamiento espiritual, de precoz desdén, de los años infantiles, tan inmediatos todavía. No tiene prisa de ecos ni impaciencia de lauros. La crítica, los profesionales, la ignoran. Y, sin embargo, ES.

De ahora en adelante, cuando se hable de la escultura española, hay que citar el nombre de Marga y el arte de Marga.


***


¿Dónde ha aprendido esta muchacha su oficio rudo y delicado? ¿De dónde viene ese afán insaciable de verdad humana, de pobre y dolorosa verdad humana, que surge de las formas modeladas por esta mano casi adolescente y ya certera, como la de un estatuario maduro? Si se le pregunta a Marga, ella se encoge de hombros y desnuda los dientes en una sonrisa felina. Si se le pregunta a las obras de Marga, ellas responden con la serena elocuencia de la genialidad evocativa.

Se está, pues, en presencia de un artista verdadero, que no debe nada a profesores ni maestros. En ella estaba todo como un don del más allá. La fueron propicias la inteligencia y el sensible idealismo que rigen el hogar natal, para que pronto la fructificara radiante su alma nueva, recién estrenada.

Marga añade emoción a la forma desnuda; pero no la falsea ni la desvaloriza. No se sitúa frente al natural con el criterio inventarista de un mero relator de líneas. Piensa y siente primero lo que ha de crear; después selecciona los ejemplos vivos; por último, ejecuta despiadadamente consigo misma y con el modelo.

Esa falta de piedad, de compasión enfermiza, pero no de ternura, es lo que caracteriza a Marga.

Ved la media figura de chiquilla fea y alegre que sonríe cruzada de brazos, porque ella no se ve como la ha visto Marga. Su realismo sabe, a lo mejor, de nuestros imagineros del buen siglo. Está desentrañando el secreto del cuerpo vivo y de la técnica peculiar al tema. Está lograda de modo perfecto la sensación propuesta. Acaso, hasta ahora, Marga no ha realizado nada tan recio de concepto y de expresión como esa escultura admirable.

Acusa las tareas fisiológicas; no disfraza la fealdad facial del modelo. La naturaleza ha entregada a la mirada de la artista un triste ejemplar; pero, ¡cómo el milagro del arte, la ternura sin blandenguería sensiblera, han sabido hacer de la figura desgraciada una obra atrayente, simpática, llena de dichosa picardía, un gozoso optimismo de animalejo!.

Ese mismo concepto estético e idéntica sabiduría factural encuentro en Para toda la vida, la pareja infantil que, unidos por el grillete de sus piernas, es una terrible sátira del matrimonio.

¿Y no hay quizá también algo de igual afán de ser irónicamente veraz en la arrogancia torácica que ostenta su media figura de hombre?.

Es siempre la verdad exaltada, sin perder la solidez estructural de la forma; es siempre la sed imaginativa, que no se apaga en la fuente asequible a todos.


***


Esta vez hay una muchacha, quien a la edad en que otras frivolizan y cretinizan su juvenilia con la existencia vacua de las grandes ciudades, se encierra cada día en su taller y va modelando formas en la plastelina blanda y creando estampas sobre el papel, con un sentido armónico y sarcástico a la vez. Nada, fuera de su arte, la interesa ni atrae. Despertó del viaje al país de los sueños, en esta tierra áspera y magnífica de la Quimera estética.

El cuento de hadas ha terminado. La historia de la vida empieza.Y esta mujercita menuda, grave, silenciosa y atenta a los rumores infinitos y a los ritmos múltiples, sigue su camino, en cuya meta, no muy lejana, a nuestro parecer, ya están creciendo los laureles para ella...


José Francés (La Esfera, 17 de agosto de 1929)