Marga Gil Roësset

José Francés

La semana artística

Responso a Marga Gil Roësset


Silenciosa y bruscamente se ha ido de la vida Marga Gil Roësset.

Tenía sólo veinte años, y una honda lumbrada estética mantenía en frecuente ignición su espíritu. Aún todo parecía estar henchido de promesas para ella, y, sin embargo, apresuró con su propia mano el telefonazo repentino inevitable que ya nunca se alza entre el hoy y lo futuro.

Al otro lado estaban creciendo los laureles que pudieran alcanzar sus manos de creadora, y, no obstante, aquella mujercita grave, menuda, callada, extraña a cuanto los demás codician y atenta a los rumores infinitos y los ritmos múltiples que las multitudes ignoran, desdeñó cortar las ramas recién florecidas.

¡Terrible misterio el de esta almita de mujer que acaba de sumergirse en la sombra espesa que no devuelve a quienes la penetran!

Marga era escultora y dibujante. Enérgica, vibrante y hermética, gustaba de realizar desde muy niña estampas fantásticas, dejando desbordar en sus dibujos un implacable rigor sarcástico que también a ser formas inquietantes en las estatuas.

Conservaba frente al mundo y las gentes un aire de alejamiento espiritual, de precoz hastío característico e inadecuado a sus años infantiles.

No tenía prisa de ecos ni afán de elogios adventicios. La crítica, los profesionales, casi la ignoraban. A pesar de todo, antes ERA. A pesar de su propia voluntad anulativa, SERÁ. No debe olvidarse cuando se hable de la escultura joven española el nombre de Marga y el arte de Marga.


***


¿Dónde había aprendido esta muchacha que acaba de evadirse violenta su oficio rudo y delicado? ¿De dónde le venía aquella sed insaciable de verdad humana, de pobre y dolorosa verdad humana, tan imperativa que no retrocedió ni siquiera ante la muerte y que surgía de las líneas quiméricas y de las formas palpitantes modeladas por una mano todavía tierna de adolescencia, pero certera como la de un estatuario maduro?.

Cuando de lo preguntábamos a Marga, ella se encogía de hombros y desnudaba los dientes en una sonrisa felina. Si lo preguntábamos a las obras de Marga-sus dibujos extraños, sus esculturas atormentadas..., ellas responden con la serena elocuencia de la genialidad vocativa.

Era un artista puro, exacto, que no debía nada a profesores ni maestros. En ella estaba todo como un don del más allá a que ahora fué a pedir nuevas revelaciones, negadas a los que se resignan. Le fueron propicias la inteligencia y el sensible idealismo que regían el hogar natal para que pronto fructificase radiante su alma nueva recién estrenada.

Marga añadía emoción profunda a las formas externas. No las desvalorizaba, no las falseaba ni empequeñecía. No se situaba frente al natural con el criterio inventarista de un mero relator de líneas. Pensaba y sentía primero lo que había de crear; después, seleccionaba los modelos vivos. Por último, ejecutaba despiadadamente consigo mismo y con el modelo.

Esa falta de piedad, de compasión enfermiza, pero no de ternura, es lo que caracteriza la vida, la obra y la muerte de Marga.

Yo recuerdo, en estos momentos de evocación, de responso estético, algunas de las creaciones implacables de Marga. Ante todo, sus ilustraciones de El niño de oro, de Rose des Bois, de Canciones de niños y de mamás, compuestas por su hermana Consuelo en sucesivas etapas de niñez, pubescencia y maternidad, y que hacían pensar en los minuciosos primores y las celebrales elucubraciones de un Bujados, un Martini y un Nielsen, o las jocoserías neerlandesas de un Geant Boschère, el glosador plástico de los relatos flamencos y brabanzones.

Dibujos estos de Marga que no disimulaban una especial rebeldía contra lo bello y lo bonito, sin otra razón que el ser grato a las miradas gregarias de los que no merecen ser adulados. Deformaciones voluntarias, monstruosos raquitismos, seres maculados por una fealdad propuesta y altiva, anormales sin secreto ni disimulo exterior.

Pero aún se acentuaba más aquella personal visión y aquel feroz ahincamiento de un prejuicio sensorial, que ardía dentro de Marga sin que los ojos claros, fríos, despreciativos, lo dejaran traslucir en las esculturas.

Pienso al decirlo en sus medias figuras de muchacha, en sus vírgenes pobres, sin la divinización transformativa de la fe, en sus hombres apenas salidos de la animalidad adánica. Pienso en la chiquilla fea y alegre que sonríe cruzada de brazos porque no se veía como la había visto Marga.

Su realismo sabía a lo mejor de los imagineros del buen siglo.

Estaba desentrañando el enigma del cuerpo vivo y de la técnica peculiar al tema; lograda de modo perfecto la sensación propuesta.

En ella, como en otras esculturas de parecido propósito e igualmente feliz consecución, se descubría aquel raro amor que Marga tenía hacia la expresividad repelente de las taras fisiológicas, que le impelía a no respetar la fealdad del modelo. Diríase que la naturaleza no entregaba a las miradas de la artista sino tristes ejemplares; pero como el milagro del arte, la ternura fuerte, sin blandenguería sensiblera, sabían hacer de los motivos desgraciados, de las formas sin gracia ni ritmo noble una obra atrayente por la sabiduría factural, por el naturalismo enérgico que se respiraba en ellos como un vaho denso de humanidad atormentada.

Era la más cabal verdad, producto de exaltación casi agresiva, sin perder la solidez estructural del hecho plástico que no se conformaba con la verdad a medias de los demás.


***


Cuando yo conocía a Marga Gil Roësset, era ella misma, en unión de su hermana Consuelo, como una chiquita de los cuentos del buen ayer. Yo empecé a hablar de ellas como si también comenzara un cuento infantil:

"Una vez había dos niñas, quienes a la edad en que otras niñas leen libros de hadas y hojean estampas, las escribían y dibujaban ellas mismas.

Tenían largas trenzas y ojos claros, cual se les supone a las princesitas de los relatos feéricos. Vestían unas capas holgadas y se tocaban con unos sombreros haludos, que en la vulgaridad de la ciudad ponían la silueta literaria de las creaciones de Andersen o de Grimm.

Eran silenciosas, tímidas, absortas y graves. Se las comprendía siempre entregadas a los internos juegos de la imaginación. No acudían a colegios donde nada nuevo podían aprender de lo que cada mañana su hada madrina les enseñaba maternalmente en el hogar. Iban al estudio de un pintor, que asistía asombrado a la revelación espiritual de la cuentista y de la estampista precoces."

Esto era hace doce, trece años.

Después, la historia -¡tan breve, de tan trágico fin!- de Marga podría continuarse diciendo: "Hubo una muchacha quien a la edad en que otras muchachas cretinizan e insensibilizan su juvenilia con la existencia vacua de las grandes ciudades, se encerraba cada día más en su taller y en su misma e iba modelando formas sobre la pastelina blanda y dibujando fantasías sobre el papel son un sentido armónico y sarcástico a la vez."

Nada fuera de su arte le interesaba y atraía. Diríase que seguía ajena al mundo actual desde que se durmió muy niña para viajar al país de los sueños y no despertar sino en la muerte.





José Francés.

Revista Nuevo Mundo, año XXXIX.

2 septiembre 1932.- Núm. 2008