Benjamín Prado
Es una tarde de verano. Tú hablas
de que las
noches son extrañas en las islas.
Yo pienso de repente
-no sé por qué- en la casa de Marga Gil: la torre
cerca
de la autopista y el desorden salvaje
del antiguo jardín
abandonado.
Empiezo
a contarte esa historia,
la manera en
que aún sigue dentro de mí
y tú dices:
-Como alguien que anda junto a un río y tiene
sobre su piel la
sombra de los árboles.
Estamos en el año
1932 y Marga
se enamora de Juan Ramón Jiménez.
Es
una chica oscura.
Hay un túnel que une
su corazón
y el ruido de los bosques.
Un día entra en la casa.
Un día
escribe
ya nada me separa de ti, salvo la muerte.
Luego, todo se
termina.
Casi podemos verlo: 28 de julio;
el cielo es muy azul;
puede que unas palomas se escapen del jardín
al oírse
el disparo.
Ahora los dos estamos en silencio.
Tú
miras
la playa,
la marea,
el sol rojo lo mismo que una
fuente
en donde un asesino se ha lavado las manos.
Yo pienso en
Marga Gil.
Pienso en su miedo
de esa forma en que a veces
ves a un hombre que huele una rosa, imaginas
cómo esa rosa
crece hacia dentro de ese hombre,
lo invade poco a poco con su aroma
dulce y enfermo.
Mucho tiempo después
yo entro cada
mañana en esa casa,
bajo al desván,
me muevo por
los cuartos vacíos,
subo a la torre que veré más
tarde,
desde un hotel de Nueva York,
un día
de
lluvia en Buenos Aires,
un verano
en el puerto de Barcelona.
El mundo
es un lugar muy frío.
En el fondo del agua
se oye cavar las tumbas.
Hay terrazas sin sueño donde el
viento devora
lentamente
los restos de la noche.
Tú
y yo lo comprendemos.
Es un viento que viene del mar, un viento frío
que llena el corazón de pequeños arpones
y de niños
ahogados.
Es un viento que dice:
-No se puede salir de una casa
vacía.
Todo lo que ha ocurrido alguna vez
ocurre para
siempre.
Benjamín Prado