Marga Gil Roësset

Benjamín Prado

MARGA GIL EN LA ISLA
(1908-1932)


Es una tarde de verano. Tú hablas
de que las noches son extrañas en las islas.
Yo pienso de repente
-no sé por qué- en la casa de Marga Gil: la torre
cerca de la autopista y el desorden salvaje
del antiguo jardín abandonado.
Empiezo
a contarte esa historia,
la manera en que aún sigue dentro de mí
y tú dices:
-Como alguien que anda junto a un río y tiene
sobre su piel la sombra de los árboles.

Estamos en el año
1932 y Marga
se enamora de Juan Ramón Jiménez.
Es una chica oscura.
Hay un túnel que une
su corazón y el ruido de los bosques.
Un día entra en la casa.
Un día escribe
ya nada me separa de ti, salvo la muerte.
Luego, todo se termina.
Casi podemos verlo: 28 de julio;
el cielo es muy azul;
puede que unas palomas se escapen del jardín
al oírse el disparo.

Ahora los dos estamos en silencio.
Tú miras
la playa,
la marea,
el sol rojo lo mismo que una fuente
en donde un asesino se ha lavado las manos.
Yo pienso en Marga Gil.
Pienso en su miedo
de esa forma en que a veces
ves a un hombre que huele una rosa, imaginas
cómo esa rosa crece hacia dentro de ese hombre,
lo invade poco a poco con su aroma
dulce y enfermo.

Mucho tiempo después
yo entro cada mañana en esa casa,
bajo al desván,
me muevo por los cuartos vacíos,
subo a la torre que veré más tarde,
desde un hotel de Nueva York,
un día
de lluvia en Buenos Aires,
un verano
en el puerto de Barcelona.

El mundo
es un lugar muy frío.
En el fondo del agua se oye cavar las tumbas.
Hay terrazas sin sueño donde el viento devora
lentamente
los restos de la noche.

Tú y yo lo comprendemos.
Es un viento que viene del mar, un viento frío
que llena el corazón de pequeños arpones
y de niños ahogados.
Es un viento que dice:
-No se puede salir de una casa vacía.
Todo lo que ha ocurrido alguna vez
ocurre para siempre.


Benjamín Prado