Marga Gil Roësset

Ana Serrano

La pasión de Marga Gil Roësset 1908 - 1932*

HISTORIA DE UN DESCUBRIMIENTO Y DE UNA EXPOSICIÓN





A la luminosa memoria de Consuelo Gil Roësset



PARECEN FANTASMAS. Las esculturas de Marga, vistas desde la calle, parecen enteramente fantasmas.

Tendría yo unos diez años cuando alguien me habló de "Platero yo". Consulté a mis padres sobre si debía leerlo o no, y aquella inocente pregunta desencadenó una escena tan desproporcionada entre ellos que me resultó interesantísima y me mantuvo en silencio, por una vez en mi vida, y expectante. Mi padre levantó la vista del libro que siempre tenía entre sus manos y miró a mi madre, que estaba en su posición y actitud habituales (casi sólo puedo recordar a mi madre de ese modo): sentada en una butaquita mínima, con un artilugio sobre las rodillas consistente en una tabla pequeña con dos pinzas que sujetaban el libro que leía constantemente, mientras, a la vez, hacía punto frenéticamente. No se movió, no levantó la vista, sólo dijo:

- ¡Esa porquería!

- Ya estás exagerando.

Ella, a su pesar, y en un tono que demostraba que no estaba dispuesta a hacer ninguna concesión más a la que, magnánima, iba a hacer, matizó:

- Es una cursilería.

De pronto, los dos se habían olvidado de mí, y estaban encantados porque les había surgido un magnífico motivo para enfrascarse en una interminable conversación de las que practicaban asiduamente con verdadero placer. Así me enteré de que el autor de "Platero" era un gran poeta (y un cursi), Premio Nobel (también Echegaray, y ya ves...) y de algunas pocas cosas más, porque mi madre pronto le vio más posibilidades a aquel asunto y cortó para desarrollarlas conmigo con algo tan ecuánime como:

- Si a ti no te importa lo que hizo la pobre Marguita -a Marga, en casa, la llamaban Marguita- por culpa de él, a mí si, y la niña no va a leer "Platero y yo".

Mientras mi padre se iba por el pasillo hablando del culo y de las témporas, y mi madre clavaba las agujas en la madeja de lana y ponía a un lado su artilugio de lectura, yo me dispuse a oír una de las maravillosas historias que ella sabía contar. Mirándome fijamente (narraba muy bien, y le gustaba ver la reacción de su público; por eso había zanjado la conversación con mi padre: porque había recordado que yo no conocía la escalofriante historia de Marga y Juan Ramón, y estaba deseando noquearme con ella) me dijo bajando la voz:

- Tu tía Marisa1 tenía otra prima como yo, pero por parte de padre, que se llamaba Marga. Siendo tan pequeñita como tú fue una escultora y una dibujante excepcional, y de mayor lo fue aún más, mucho más; era un genio. Pero fue poco mayor, porque ¿sabes? se enamoró de Juan Ramón Jiménez, que era un escritor cursi, pero muy bueno, según tu padre, mucho mayor que ella y casado, y, como eso era pecado -pregunté por qué, y me lo explicó, fastidiada por la interrupción- fue a confesarse, rompió todas las esculturas que no le gustaban y se pegó un tiro.

En ese momento mi madre había dejado de contar una historia; tenía los ojos llenos de lágrimas y le temblaba la voz. A mí, sin saber muy bien qué hacer, se me ocurrió preguntar:

- ¿Y qué le pasó?

La estupidez humana es irritante, así es que a mi madre se le secaron los ojos, como por arte de magia, y mientras recogía para continuar punto, libro, tabla y pinzas, me contestó:

- Se murió, claro.

Por eso leí a los diez años "Humillados y ofendidos".Muchos años después, en 1976, cuando se moría mi tía y maestra Marisa Roësset, fue a verla un ser deslumbrante, la persona más bella que yo haya visto jamás: su prima Consuelo Gil Roësset, de la que había oído hablar mucho, pero a la que nunca había visto; la hermana de Marga, escritora de cuentos, catedrática de inglés, (con lo que eso supone de peculiar, habiendo nacido en 1905 y siendo mujer), creadora de las revistas "Chicas", "Chicos", editora de "Antoñita la Fantástica", que tocaba el violín y hablaba múltiples idiomas. Otro ser excepcional que, con una ternura infinita y tras largos días junto a mí cuidando a nuestra moribunda decidió, con toda seriedad, adoptarme en calidad de sobrina, habida cuenta de que ella, Marisa y mi madre eran primas, y me iba a quedar sin Marisa.

Por esos días encontré un libro precioso que se llamaba "Canciones de niños", fechado en 1932 y editado en 1933. Eran unas canciones escritas por José María Franco, el compositor del que Consuelo era viuda, con textos de ella y con tres ilustraciones muy estilizadas y esquemáticas de Marga. Se lo llevé a mi fascinante y recién adquirida tía Consuelo, que me lo dedicó con gesto grave. Me di cuenta de que le afectaba tremendamente, y sentí habérselo llevado.

Los dibujos de este libro no me entusiasmaron entonces, pero he de advertir que mis gustos artísticos son bastante trasnochados, lo que se puede llamar "carcas", y Marga madura era muy moderna, mucho más que yo con 41 años menos.

Cuando murió mi tía Marisa, Consuelo me envolvió en ternura y me pidió que no dejáramos de vernos. Me dijo que fuera a su casa y algo que me sobrecogió: que me regalaría unos sujetalibros que había hecho su hermana; no dijo Marga, dijo "mi hermana".

Nunca fui a su casa; no podía resistir tan siquiera la idea de que intentase darme algo tan suyo, tan especial, tan no sé cómo decirlo.

Yo ya sabía que su hermana había ilustrado sus cuentos, que eran amigas, colaboradoras, y que su muerte había sido el cataclismo, el horror para toda su vida.

Algún tiempo después, en 1988, decidí hacer una exposición antológica de Marisa Roësset. Me animó a ello, entre otras cosas, la que dedicaron en el Centro Cultural Conde Duque a María Roësset, también pintora, también desconocida y prima del padre de Marisa y hermana de la madre de Marga (algo pasa con las mujeres de esa familia), y llamé a Consuelo para saber si me prestaría los cuadros que tenía de Marisa. Me dijo en el acto que sí, y, bajando la voz, como mi madre cuando me habló de Marga, me pidió que "en un rinconcito" de la exposición de Marisa, pusiese unas cosas de su hermana (no dijo Marga: dijo "mi hermana". Creo que, al decir "mi hermana", estaba hablando de algo sólo suyo; Marga era de todos, su hermana era suya. No sé; decía "mi hermana" de un modo muy especial). Le contesté que sí entusiasmada, sólo porque quería hacerla feliz, y me di cuenta de que se sentía muy mal porque nadie conociese la obra de "su hermana", muy mal y responsable, y yo venía a darle la solución.

Continué lenta e inexorablemente con los preparativos de la exposición de Marisa Roësset, y, en una reunión familiar, comenté con Obdulia Turina, hija de Joaquín Turina (que era amigo de José María Franco) la conversación que había tenido con Consuelo. Entonces me dijo que a ella, cuando hizo su primera comunión, le había regalado un libro de cuentos suyos, ilustrado por su hermana Marga, y me lo enseñó. Se llamaba "El niño de oro" y tenía muchísimas ilustraciones que eran absolutamente barrocas y fascinantes, como hechas a pluma con algo de color; parecían más grabados que dibujos, pero grabados de Doré o de Piranesi. Eran completamente distintos de los de las "Canciones de niños", y yo supuse, por su enorme elaboración y dominio, tanto en el trazo como en la forma de resolver los problemas de luz y de sombra, que serían posteriores.

Pese al deslumbramiento que me produjeron aquellos dibujos, continué con mi proyecto inamovible y llevándolo a cabo en mis ratos libres, lo que equivale a decir, muy lentamente.

En 1995 murió Consuelo Gil Roësset a los 90 años, lúcida, hermosa y sin haber visto la obra de su hermana expuesta por culpa de mi lentitud, de mi manía de hacerlo todo tan perfecto que nunca logro llevarlo a cabo. Me produjo un dolor muy agudo y una profunda desazón. Ambos sentimientos fueron el revulsivo necesario para que me pusiese a trabajar mucho más en serio. Entré en contacto con mis primos, los hijos de Consuelo, y quedé con ellos en ir a ver y a fotografiar la obra de Marga.

En febrero de 1997, en el Diario ABC, en su suplemento cultural, ocupando la portada y, extensísimamente, en páginas interiores, apareció la historia de Marga y Juan Ramón Jiménez; el día anterior, lo anunciaron en una página entera y el posterior, destacaron su éxito y lo recogieron otros periódicos y numerosas cadenas de radio. Así quedó desvelado un dolorosísimo secreto, cuidadosamente guardado, durante 65 años.

Poco después, Joaquín Leguina, publicó: "Malvadas y virtuosas. Retrato de mujeres inquietantes" y, entre ellas, Marga. Para él también era una pobre chica, inmadura y enloquecida, que creó en sí misma su amor a Juan Ramón y, al ser rechazada, lo destruyo, destruyéndose ella.

Volvió a aparecer en algunos diarios más, pero siempre hablaban de ella en el mismo sentido, como si hubiese sido una chica interesante, pero desequilibrada, de la que Juan Ramón se encariñó, y nada más; de ella como artista no se decía prácticamente nada, obsesionados, claro, por una historia que llamaban bonita y de interés literario y por la excelsa figura de Juan Ramón. Marga sólo era un dato más que añadir a su interesante biografía y nada más. Su genial talento seguía tan oculto como antes; como para mi no era así, me habría gustado que se hubiesen documentado un poquito más y decidí hacerlo yo y plantearme lo que los demás no se habían planteado, que ese amor pudiera haber sido provocado, fomentado, cultivado por el propio Juan Ramón, prototipo de egocentrismo, quizás inconscientemente, y hasta por Zenobia, por aquello de tener a alguien que la ayudase en la contemplación de su hipocondriaco y genial marido; que el inmaduro fuese Juan Ramón (lo era, y es sabida su necesidad de tutela constante, ya fuera por parte de su madre, de Zenobia, de su médico, de quien fuese) y que se asustase horriblemente ante la consecuencia lógica de su seducción en una arrebatada mujer veinte años menor que él y subyugada por él y por su talento, que retrocediera aterrorizado dejando a Marga, la enormemente madura Marga, avergonzada ante lo que creía una locura suya y destrozada al creer que no sólo no tenía su amor: había perdido su amistad, había traicionado a su querida y admirada Zenobia, había pecado, había sido "mala".

Tanto pensar en Marga y en su historia, y ver en el "ABC" el magnífico busto de Zenobia me tenía tan alterada que decidí ponerme en marcha con más bríos.

Conseguí el nombre, la dirección y el teléfono del sobrino de Juan Ramón Jiménez al que Blanca Berasátegui agradecía su ayuda en el "ABC": D. Francisco Hernández Pinzón. Así es que le llamé y tanto él como su hija fueron encantadores, acogedores y colaboradores. Me contaron que estaban deseando publicar el diario de Marga; que, para hacerlo, hablaron con su hermana Consuelo, y que la vieron tan afectada que no se atrevieron, en un primer encuentro, a mencionárselo. Poco después murió Consuelo, y, no sabiendo qué hacer, se pusieron en contacto con Luis María Ansón y le ofrecieron la historia para "ABC". Estaban y están convencidos de que se lo deben a Marga, de que debe figurar para la historia unida a Juan Ramón para que su muerte no haya sido en vano.

Me dieron el teléfono de José Luis Guerrero, hijo de Juan Guerrero, amigo y memorialista de Juan Ramón, porque era quien tenía el busto de Zenobia, y el de la casa-museo de Moguer, porque tenían dibujos originales de Marga. Me mandaron una reproducción del busto, poemas inéditos de Juan Ramón y libros, entre ellos "La ardilla y la rosa (Juan Ramón en mi memoria)", de Ernestina de Champourcín, aparecido en 1997, donde también se mencionaba el suicidio de Marga y aparecía su fotografía.

Llamé y escribí a todos, y la respuesta fue deslumbrante: me prestaban los dibujos, me prestaban el busto, me ofrecían la separata de los fragmentos en que Juan Ramón hablaba de Marga con Juan Guerrero en el libro "Juan Ramón de viva voz", que se preparaba por entonces.

Yo, entusiasmada, contaba a todo el mundo lo que estaba haciendo, así es que Noemi Martínez de Mampaso, que lo sabía y que organizaba unas jornadas sobre mujeres y arte actual en la Facultad de Bellas Artes de Madrid me pidió que presentase una ponencia sobre Marga. Acepté encantada, pero, claro, la ponencia había que ilustrarla, así es que me armé de valor y llamé a José María Franco Gil, el hijo mayor de Consuelo Gil Roësset. Estuvo encantado con todo mi proyecto, y me dijo algo que me facilitaba enormemente mi labor: salvo dibujos que tenían los hijos de su hermana, el busto de Zenobia y una virgen que tenía un primo suyo, todo lo demás estaba en su poder y a mi disposición.

En primer lugar fui a casa de Obdulia Turina y fotografié todos los dibujos de "El niño de oro". Hice lo mismo con los del libro que yo tenía "Canciones de niños", y, máquinas y trípode en ristre, con un temblor más propio de un principio de Parkinson que de otra cosa (al fin me iba a encontrar con Marga, Marga escultora, mi Marga) me encaminé a casa de mi primo, un piso nuevo y lujoso del nuevo y lujoso Madrid, con una enorme terraza alrededor con su parte trasera cubierta de cristales. Allí estaban, allí están. Parecían enormes fantasmas blancos, vistas desde la calle, sus grandes estatuas, todas cubiertas por paños blancos.

Subí temblando y sobrecogida. En primer lugar, vimos otro libro escrito por Consuelo, en francés, en 1923: "Rose des Bois", editado por Plon, una de las más importantes editoriales de Francia, y con dibujos de Marga de 1921, tan deslumbrantes como los de "El niño de oro" y del mismo estilo así me enteré de algo verdaderamente asombroso; el libro de canciones que yo tenía, el de los dibujos esquemáticos, no era anterior a los otros dos, era lo último que había dibujado; en los once años transcurridos entre las ilustraciones de "Rose del Bois" y las de "Canciones de Niños", Marga había evolucionado como otros pintores a lo largo de todas sus largas vidas, como pudo evolucionar Picasso en el transcurso de sesenta años. Después me enseñó y fotografié varias figuras que tenía expuestas en su casa, de tamaño pequeño y mediano, todas ellas patinadas en negro y oro, muy hermosas, verdaderamente notables; debían de ser del principio, de los quince años, que fue cuando comenzó a esculpir. Eran bastante ingenuas en cuanto a sus temas, pero de un dominio técnico asombroso. Algunas recordaban a los dibujos de Ferrándiz; todas eran manifiestamente orientales.

Al fin salimos a la terraza, y José María comenzó a descubrir los fantasmas. ¡Dios, lo que había allí! Sus esculturas grandes, cuatro en total (toda la obra escultórica de Marga que queda de ella consiste en 26 figuras, que en realidad son 16, porque 10 son réplicas). No me siento capaz de adjetivar esas cuatro figuras, tres de ellas sin patinar; no se puede. Sólo se puede uno quedar subyugado para el resto de su vida. Son grandes, duras, fuertes, de granito, vanguardistas... un crítico varón diría que viriles. Son la obra de un genio, no de un futuro genio, de alguien con condiciones; son la obra de un genio absoluto, hasta el extremo de que no inspiran algo que sería tan lógico como decir "qué pena, con lo que podría haber hecho...". Yo no creo que pudiese haber hecho nada mejor que "La mujer del ahorcado". Pudo hacer más, pero no mejor.

¿Sería Marga consciente de esto? Vivió tanto y tan rápidamente que quizás no pudiese ya más. Tenía un talento tan desbordante que tuvo que vivir así, y no se mató: literalmente, estalló. No hay organismo humano que pueda encauzar pacientemente unas dotes así. Si el genio (según Umbral) "es una ciencia, una cultura, una larga sabiduría, una larga paciencia", y ella llegó a todo en tan breve tiempo, no podía vivir más.

Marga es un caso único en la Historia del Arte. ¿Se han fijado ustedes en que en las artes plásticas no hay niños prodigio? Hay notables precocidades; hay y ha habido jovencitos con un porvenir brillantísimo, incluso genial, pero no hay ningún niño o joven que haya llegado a lo máximo en esa etapa de su vida. Si Velázquez hubiese muerto a los 24 años, pese a ser uno de los más precoces pintores de nuestra historia, con soberbios retratos realizados en torno a los 20 ó 25 años, no habría pintado "La rendición de Breda", ni "Las hilanderas" (los hizo en la tercera década de su vida), ni los Bufones, ni "La Venus del espejo" (en la cuarta), ni sus maravillosas y múltiples Infantas Margarita, ni, naturalmente, la obra cumbre de la pintura universal: sus "Meninas", que pintó a la provecta edad (para la época) de 57 años, diez antes de morir. Velázquez no sería Velázquez si hubiese muerto a los 24 años.

Es decir, el único caso similar al de Marga de absoluta plenitud, no ya en la juventud, en la niñez, es el de Mozart, también devorado, muerto por su talento.

Quizás sea un disparate lo que voy a escribir, pero tengo la sensación de que Marga, ante su fracaso amoroso, vital, decidió matarse porque artísticamente no podía más. Podía, como lo hizo, romper toda su obra que no le gustaba (del mismo modo que Camille Claudel antes de ingresar en el manicomio) y matarse "tranquilamente". Baudelaire lo dijo, claro, mucho mejor que yo: "La búsqueda de la belleza es un duelo en que el artista grita siempre horrorizado antes de sucumbir".

Después, leí mi ponencia "Religión y moral, cómplices de la ocultación del arte femenino", y la proyección de las obras de Marga que había retratado, produjo en mis oyentes el mismo efecto que habían producido en mi; aparecieron publicadas en el ABC, más cosas relacionadas con Juan Ramón y con la historia de Marga; Luis María Ansón la mencionó y leyó unos versos de amor de Juan Ramón, diciendo que podían haber estado dedicados a Marga, en su discurso de ingreso en la Academia...

He de confesar que he utilizado a Juan Ramón y la propia utilización de la historia para realizar lo que decidí hacer el día de mi visita a las esculturas de Marga, darla a conocer; demostrar que no era una loca, un capítulo en la vida de un genio; voy a convencer de que no debe pasar a la historia junto a Juan Ramón Jiménez, de que debe pasar ella sola con Juan Ramón como capítulo importantísimo, tan importante que fue el desencadenante de su fin, del fin de su obra y de su futura obra. Voy a convencer, con el mejor de los argumentos, con su obra, va a convencer ella misma, de que no es de la familia, de la prensa ni de nadie en especial, de que (aunque suene grandilocuente) es patrimonio de la humanidad. Me siento privilegiada por haber ayudado a ello. He tenido graves problemas para hacerlo, fundamentalmente, conmigo misma, para decir lo que creo que se debe decir, sin herir a nadie, sin hurgar en la tremenda herida de todas y cada una de las personas de su familia. 67 años oculta son suficientes. Su historia final, la que les aterraba a los suyos, la anecdótica, es pública y no debe quedar sólo eso de ella.

El día que los fantasmas dejaron de serlo tomé la firme decisión de dar a conocer a Marga sola; no puede ir junto a nadie. Mi pobre tía, Marisa Roësset, tendrá que seguir esperando.

Preparé un dossier, solicité y logré fácilmente una entreviste con el Director del Círculo de Bellas Artes, (que me pareció el lugar más adecuado), Cesar Antonio Molina que, acompañado por la responsable de plásticas, Blanca Sánchez Berciano, vio con ella las fotografías y, en el acto, me dieron a elegir sala, fijaron fecha y me ayudaron y dieron todas las facilidades posibles, haciendo gala de la más exquisita de las sensibilidades artísticas; las mismas facilidades que me han dado todas las personas de la familia de Marga que tenían la obra en su poder.

Hemos cuidado los más pequeños detalles, con verdadero mimo y con todas nuestras horas, tanto de la exposición, como del catálogo que tienen en sus manos. Si Marga fue una escultora genial, que cautivó a uno de los más grandes poetas, teníamos que hacerlo así y, para ello, hemos buscado entre los mejores al editor, Gonzalo Armero, al fotógrafo, Javier Campano (que ha trabajado denodadamente y con un maravilloso talante), a los colaboradores, todos grandes en sus especialidades y que han tomado sus tareas con entusiasmo peculiar, como peculiar ha sido el artículo del psiquiatra, Ignacio Avellanosa, al que pedí, a partir de los datos que tenía, un estudio sobre el carácter morboso (en cuanto a desequilibrio se refiere), de Marga y de Juan Ramón y lo ha hecho de modo novelado, como si de una consulta de Marga con un psiquiatra se tratara, documentándose para ello, hasta en el lenguaje médico y literario de la época, con esfuerzo erudito, para reflejar, en la persona del médico, lo que él piensa que debió de ser el sentimiento general de los que conocían a Marga; el de culpa por no haber notado, por no haber previsto, por no haber creído, captado ni evitado, lo que ella debió de anunciar claramente.

Aunque en el apartado de agradecimientos de éste catálogo figuran, con sus nombres, todos ellos y todos los que de una u otra forma, dándome pistas, datos, su tiempo, sus ánimos, su interés y su calor, me han ayudado, quiero hacer hincapié aquí en el profundo agradecimiento que, tanto yo, como aquellos que, desde éste momento podrán disfrutar de una nueva y maravillosa artista, les debemos a: José María Franco Gil, depositario de la mayor parte de la obra (no olvidemos, también, todo el dolor que el resurgir de la historia de Marga le produce, siendo hijo de su hermana y colaboradora, y siendo la única persona de la familia que la recuerda viva y que la quiso,) que, no contento con prestarla, ha rastreado y colaborado con el mayor de los entusiasmos, olvidándose, incluso de comer; Cesar Antonio Molina, que ha puesto El Circulo de Bellas Artes sus ideas y su generosidad a disposición de Marga y a Blanca Sánchez Berciano, una mujer que se desdobla y consigue realizar brillantemente una cantidad de proyectos, que hace suyos, como sólo ella podría realizar, auténtica hada madrina y alma de esta exposición.

También quiero hacer constar que: este catálogo en su integridad, así como la exposición de la obra de Marga Gil Roësset y todo aquello que se realice con motivo o entorno de ella, está y estará dedicado, del mismo modo que esta mi introducción, a la luminosa memoria de Consuelo Gil Roësset.

Ana Serrano.



* He tomado el título para este trabajo de la película francesa La pasión de Camille Claudel, que dirigió Bruno Nuytten en 1989 y que protagonizaron Isabelle Adjani y Gérard Depardieu en los papeles de Camille Claudel y Auguste Rodin. Hay tantas similitudes en las vidas de ambas escultoras y es tan hermoso el título que me ha parecido adecuado hacerlo así.

1 La pintora Marisa Roësset, prima hermana de mi madre.