Homenaje a la Fauna

Homenaje a la Fauna

¿Qué nos da la fauna?

Los niños observan a los animales con devota atención. Este deseo es a menudo reprimido por los adultos, que amputan un mundo de posibilidades.

Los indios, como todos nuestros ancestros, habitaron un universo zoomórfico donde todo giraba en torno al animal, del cual dependían absolutamente. En un primer estadio, nuestros tatarabuelos veneraban a los animales porque eran dioses, y en un tiempo posterior del paleolítico fueron hermanos, es decir, no les tenían indiferencia ni los consideraban inferiores.

El niño que no ha sido destruido por una educación utilitaria y puramente mercantil, se queda absorto mirando a los animales tan profundamente, que se olvida de si mismo. Al no haberlo reprimido, nacerá en el la poesía, o quizás los primeros pinitos científicos."Los animales -afirmó el Nobel Konrad Lorenz- se nos ofrecen tanto más bellos cuanto más penetramos en sus detalles y particularidades".

Los animales tienen algo que decirle a la humanidad.Y más que nunca, al hombre actual. En efecto, muertos los otros referentes del hombre -Dios, por ejemplo- solo en los animales y en la Naturaleza puede encontrar el Homo faver un referente que le recuerde quién es, y este recordador de su propia naturaleza, de su esencia, es tanto más necesario para la humanidad cuanto ésta se aleja de la Naturaleza creando un mundo de relaciones cada vez más artificiales. Este tema, desde otra perspectiva, lo desarrollan filósofos del más alto nivel, y fabuladores tales como Augusto Monterroso, a quien el animal le sirve para plantear cuestiones psicológicas y sociales.

Cuando el individuo no ha sido excesivamente ofuscado por los modos de vida planificados que transforman a las personas en meras cosas y sus relaciones interhumanas en relaciones de objetos, conserva y aumenta una sensibilidad cálida y sincera hacia toda criatura viva, y entiende incluso que lo que mejor puede comunicarle con él y con la vida no es cualquier animal, sino el no domesticado, no humanizado: el animal silvestre que se desarrolló como especie en la propia tierra que esa persona habita: me refiero a la fauna. Esta, y el paisaje por ella habitada, le inspiraron amor y una veneración sanamente infantil, primigenia, que le otorgan el raro privilegio de sentir de una forma única la belleza y la inmensidad de la vida.

La fauna le da gozos de libertad.

Entonces este individuo que ha sabido el valor de encontrar sus propios orígenes, que aprendió a valorar la profundidad vital de la Naturaleza, esta persona, en un impulso natural de ir más allá, desea y busca franquear el umbral entre las especies, pues anhela un encuentro superior, una unión entre grandes amigos perdidos; la vida de los huéspedes de esa misma comunidad llamada Biosfera se le abrió ya como una caja de sorpresas, se transformó admirable en cuanto empezó a profundizar en ella; ¡finalmente se hizo amistad! Una gran amistad irrenunciable, imperecedera.

A esta persona sólo le queda un paso para completarse: completar el mundo; llevar al ciego y degenerado presente una atemporalidad sedimentada en el espíritu de una tierra aún no maldita. Entonces decide colgar una Página Internet como ésta.

Los animales, su medio

Para apropiarse de los secretos de la fauna y poder narrarlos y contagiar a los demás de esa pasión que no defrauda, los observadores de los animales salvajes tienen la suerte de contemplar flamencos proyectando sombras en lagunas bañadas por ocasos rojos. Acechan al águila imperial en vuelo coronado sobre apartados encinares centenarios y majestuosos; tiemblan de emoción por la huella del lobo encontrada en la límpida mañana, y su mismo aullido le produce extrañas palpitaciones cardiacas.

A la dicha que el zoólogo experimenta por acechar con la fijación de un sioux cada especie y estudiarla con detenimiento, se le une el júbilo infinito de descubrir las criaturas en su espacio legítimo, ese ecosistema en el que la fauna se integra. Allí experimenta algo vital que la ciudad y el mundo moderno le ha usurpado: comunidad. Allí el hombre se siente único y compenetrado, pero no mayor ni menor que sus hermanos, los animales transformadores. La experiencia de comunidad es evidentemente imposible sin un animal que purifica cada paisaje. Que lo sobredimensionaliza. Basta conque el paisaje sea siquiera rozado por él, por su sombra, por su egregio halo de su fascinación y misterio. El hábitat por ejemplo del flamenco o del somormujo resulta, al cabo de ardua búsqueda, coronado por su más  perfecto exponente y su síntesis. Ha sucedido una revelación de intensos efectos significantes, y ella deja como regalo duradero el consuelo.

Pero la mayor parte de los paisajes españoles, expoliados de su fauna original, son tierras yertas, estériles, despreciadas y escupidas, muertas de su más acabado adorno y poesía.

¿Cuántas comarcas, regiones enteras de España, han sido y están siendo injuriadas por brutales carreteras y autovías sepultadas por urbanizaciones y polígonos industriales? Todas esas infraestructuras diabólicas contribuyen a construir un mundo solo material -no espiritual-, aniquilan la belleza, destruyen el valor ecológico, la paz, el sosiego, el equilibrio medioambiental y la fauna y flora que los habitan: hacen de España el estercolero de la gran ciudad.

La Naturaleza se convierte así -sea protegida o no por las vallas y las leyes- en una prolongación de la urbe demasiado conflictiva, codiciosa, mezquina y agresiva.

 

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