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Detalle de la solería del capítulo, de las llamadas alfombrillas. Los azulejos de arista muestran atauriques, motivos pseudoepigráficos árabes y estrellas, junto a ovas y gallones renacientes. Comienzos del siglo XVI.

El Convento de Santo Domingo el Antiguo se compone de un conglomerado de edificaciones; éstas ocupan casi la totalidad de una manzana sin que en su agrupación existiera realmente un plan determinado a lo largo del tiempo. Estas edificaciones han ido sufriendo añadidos y reformas. En la actualidad es prácticamente imposible separar elementos de una determinada época o estilo, superponiéndose éstos por todo el conjunto.

Según Alcocer, este monasterio, en su origen, fue levantado por San Ildefonso. Un relieve visigodo, encontrado en la clausura, atestigua la existencia de una construcción anterior de la época citada. Cuando Alfonso VI reconquistó la ciudad mandó inmediatamente reedificarlo, dando una serie de privilegios que después confirmarían Alfonso VIII, San Fernando y Alfonso X.

Durante el periodo medieval las construcciones quedaron relegadas a un plano muy secundario después que doña María de Silva y Don Diego de Castilla ordenaron la ejecución del actual templo, cuyo retablo sería pintado por El Greco.

De todas las clausuras monacales esta es la más transformada, debido a las numerosas obras realizadas por la comunidad tras la venta de los Grecos. El patio mayor está totalmente rehecho. Las restauraciones son abundantes, habiéndose trasladado de sitio algunos alfarjes y decoraciones de azulejos.

Alzado del monasterio.

En una de ellas se puso al descubierto una sala amplia, con arcos de herradura agudos, enmarcados por alfiz, a la que la comunidad considera como antiguo palacio de Don Juan Manuel. No se puede apreciar la forma de construcción de estos arcos, por estar encalados, pero podría ser una construcción de fines del siglo XIII o comienzos del XIV.

De esta época son igualmente los numerosos paneles de madera, aprovechados en la parte baja de la sillería del coro actual de las religiosas, con arcos mixtilíneos incisos enlazados.

Queda patente la anarquía con que se hicieron reformas en la historia del convento, quedando vestigios en el mismo de todas las épocas, de ahí el especial interés en conservar y restaurar aquellos elementos que puedan evocarnos las distintas fases por las que pasó la edificación de este conjunto.

El Claustro del Laurel, la Sala Capitular y el antiguo coro son las zonas mejor conservadas y en las que se han introducidos menos cambios al hacer las restauraciones. Se trata de un conjunto de fines del siglo XV, y comienzos del XVI.

Plano del monasterio.

El claustro es de ladrillo, con dos pisos y pilares octogonales, sobre los que cargan arcos trasdosados de medio punto y conopiales.

Por su estilo, este claustro de Santo Domingo el Antiguo puede fecharse a fines del siglo XV o principios del XVI, pero un detalle de su decoración contribuye a reforzar esta datación. Se trata de dos escudos situados a ambos lados de un pequeño vano de acceso, esculpidos en piedra. Se trata de las armas de Francisco Ruiz, Obispo de Ávila, el más estrecho colaborador de Cisneros.

Al claustro se abre la puerta de la Sala Capitular, que constituye uno de los mejores ejemplos de obra conventual morisco-renaciente. El vano está enmarcado por rica decoración de yeserías y barro vidriado, abarcando las jambas y el dintel. En las yeserías persiste aún el esquema de "seqba" vegetal, integrado por hojas aserradas, perceptible también en las ménsulas de los ángulos, y el lazo. Faltan, por el contrario, las digitadas y anilladas de fondo, lo que indica su tardía fecha. La zona baja de las jambas se decora con azulejos de arista y cuerda seca, en los que, tanto la técnica como los motivos, muestran la herencia de tradiciones musulmanas. Destacan los temas estrellados y seudo-epigráficos. Los batientes de la puerta son de celosía.

El interior de la Sala Capitular supone la exaltación de los materiales mudéjares por excelencia: la madera y el barro vidriado. Con azulejos se cubre la solería, los escalones de acceso al altar y el frontal de éste. La técnica predominante es la de cuenca o arista, utilizándose la cuerda seca en los alizares o mamperlanes, que forman ángulos en los escalones y en el frontal. Se prefirió el tema geométrico, con estrellas de ocho o de veinticuatro, en negro, blanco, ocre y verde. La solería es una extensa y compleja alfombrilla, en la que se mezclan sabiamente azulejos florales y geométricos, de tradición gótica y mudéjar, con otros renacentistas de ovas y dardos.

Sala Capitular.

La Sala Capitular se cubre con una techumbre de madera, renacentista, con motivos de estrellas de ocho en sus casetones. Es un techo plano, reforzado con jabalcones y decorado con casetones en todos sus planos. Tiene forma de artesa, aunque únicamente con un sentido decorativo, sin ninguna implicación estructural. Su forma es lo que a conducido a muchos autores a calificarlo como un modelo morisco-renaciente que funde el modelo mudéjar de limabordón con el artesonado de casetones. Hoy, tras su restauración podemos afirmar que es un artesonado puramente renacentista.

Desde el claustro se accede también al antiguo coro de la comunidad. En la puerta de ingreso a éste se combinan los azulejos de arista estrellados y los azulejos talaveranos pintados, de la segunda mitad del siglo XVI. A la derecha e izquierda van sendos escudos, uno con cruz flordelisada, que corresponde a los Ajofrín, y otro con el emblema de la Orden del Císter, a la que pertenece el monasterio. Al franquear la puerta vemos una pequeña solería o alfombrilla, formando un verdadero alicatado geométrico, a base de azulejos de arista. Este gusto por la complejidad y combinación de formas geométricas, se manifiesta también en la alfombrilla del interior del coro, de azulejos florales de arista, combinados con losetas sin vidriar. De esta misma técnica son los frontales del coro, el central y el del lado del Evangelio, ambos con motivos florales.

La techumbre de madera del coro es muy parecida a la de la Sala Capitular, aunque más rica y de más grandes dimensiones; se trata como la anterior de una techumbre de vigas planas reforzadas con jabalcones. Es una magnífica muestra de la carpintería de armar española, considerada mudéjar a la falta de un estudio sobre nuestros carpinteros que nos proporcionen un conocimiento objetivo sobre el tema.

A los pies del coro hay una estancia donde se conserva el sepulcro gótico de Ajofrín. Su techo es un alfarfe muy simple, con decoración heráldica y sencillas jácenas sobre canes y jaldetas. En este salón se han aprovechado antiguos azulejos del siglo XVI, con técnica de cuenca, decorados con escudos y bucraneos.

Un detalle de la riqueza arquitectónica del monasterio.

Interesa además resaltar en la clausura de Santo Domingo el Antiguo la presencia de otras tres techumbres de madera. Una de ellas está colocada desde hace pocos años en el actual refectorio y es un alfarje pintado, retocado por las monjas.

Una sala del piso alto posee una sencilla pero curiosísima techumbre de madera, es una armadura cuadrada de limabordón hecha en el siglo XVI, aunque con una apriencia bastante arcaica.

El actual archivo fue antiguamente la enfermería. De ella no queda nada más que el sencillo alfarje recubierto enteramente con pinturas. El fondo de la tablazón ostenta tracerías estrelladas, hechas con estarcido.