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La Venta de Santa Lucía « - Amostajo - 26/03/2007 20:18
Como siempre... Busco algo y encuentro otra cosa. Nada menos que una fotocopia que me pasó un amigo hace 20 años de un libro de Juan Díaz-Caneja, del que ya he hablado en otras ocasiones. El libro se llama "JOSEF EL SANTERO" y para mí tiene unas connotaciones singulares. Le leí de niño y determinó mi voluntad de vivir en la Montaña Palentina, ¡casi na! Hace más de 60 años.
Este capítulo que acabo de digitalizar es el II y se titula "LA VENTA DE SANTA LUCÍA" y ¡santo cielo!, en mi juventud compartí muchas cosas con unos descendientes de esa venta.
Espero que os guste.
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JOSEF El SANTERO 487
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II.- LA VENTA DE SANTA LUCRA
En la venta de Santa Lucía encontré descanso. la jornada había sido larga, pero a la vista habíamos dado recreo con los panoramas gustados desde que partimos de la noble villa de Cervera, amante del Pisuerga, y cuna de hidalgos y carlistas. Toda esta tierra está recamada con rubíes de sangre guerrera y cristiana.
_La ventera -garrida, opulenta y tersa- era nazarena y casada con un leñador de Lores, que entierra soriana tronzaba pinares. Y en la cocina aneja, con rezumos de tradiciones y parlas de montañeses, me ofreció un asiento junto al fuego. Mientras se disponía e prepararnos la caldereta, yo atizaba la candela, sin dar descanso a la mano. Me placía remover las leñas, arrancándoles ágiles de chispas que revoloteaban para morir en el seno de la gran campana tapizada de negrura, aterciopelada por le magia de los humos.
Yo siempre he sentido por el fuego férvida devoción. En lo alto de las penas le he dado vida, haciendo hogueras corredoras que, arrastrándose, devoraban pastos y brezos, y a veces se adentraban por los robledales vecinos entre flamígeras llamaradas. Y el cielo encandecido me llenaba de deleite.
Después, desde la tierra baja, admiraba la lumbrada, y el orgullo -algo bárbaro y neroniano- me poseía. la mirada seguía prendida en el resplandor de la cumbre.
Y en las cocinas de las ventas y mesones aldeanos, tan frecuentados y preferidos por mí, he sentido un sutil placer observando cómo las llamas abrazaban las leños verdes, entre silbidos bufadores de la savia hervorosa, mientras el fuego implacable les iba amortajando con colores de purísima calidad. ¡Los verdes, azules, rojos y dorados de la leña ardiente, espolvoreada de pintas voladoras, entre vapores con tonalidades aurinas y argentadas!
Y cuando tal contemplaba, la ventera sonriente me advirtió:
-Mire, señor, si no quiere que la cena vaya sazonada con hollines, deje la tenaza y apártese del hogar.
Obedecí y comencé a escuchar las conversaciones de los que rociaban sus juicios con vino de tierra adentro. Y uno me preguntó:
-¿Para donde va, que va tan solo?.
A Peña Labra. Pero no voy solo; espero compañía. --¿A la de acá o a la de acullá?.
-A Peña Labra, porque la de acá no tiene nada que ver con aquélla. Usted se refiere al pico de Tres Aguas, y ahora iremos cara a la mar.
Pues dicen que la de acullá es la culata y la de acá es la cabecera.
Dejé el diálogo, brindándoles unos vasos de vino. Y a todos nos unió una gran confianza. La ventera, con donaire, salaba los pucheros, movía la sartén y cortaba rebanadas de pan, preguntándome:
-
¿Le gustaran los "bollos amantecados"?.
Y al deducir por mi silencio las dudas que abrigaba sobre la exquisitez de tal plato, añadió:
-
Se amasan con herina. Son de huevo, se cuecen en manteca y se rebozan en azúcar.
-¡Mejor, en miel:--interrumpió un contertulio. Y sobre cuál rebozo era el más exquisito todos entablaron una viva controversia, cortada por unos golpes dados en el portón.
-Seguramente, llama el que espero.
Entró Xavier y, extrañado por su tardanza, le pregunté: --Dónde te metiste?.
-El pastorcillo, al ver que le devolvía a Laurel, comenzó a bailar. En el alto, la niebla se convirtió en lluvia y él me guió a un chozo cercano. ¡Pero traigo muchísima sed!.
- ¿De qué lo quiere? Tengo vino de Liébana, que es ambrosía. De tierra leonesa, ligero y espumoso. No falta el de Toro, recio, espeso y fuerte. Ninguno sabe a tanino .. Huelen mejor que la hierba melera y quitan las penas.
-Tráelo de Liébana.
-El señor sabe escoger.--y, sirviéndole un vaso, añadió: Que de salud sirva!.
Mi amigo lo paladeó y, entre sorbo y sorbo, me fue preguntando:
--Tú sabes quién era el conde Munio? Pues, el hijo de Gómez Díaz, nieto de Gómez Muñoz. Su madre se llamó Mumadonna, nieta de Nuño Rasura, uno de los buenos jueces de Castilla.
-Ese vino que bebiste te hace ver visiones...
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-iEspera!.¿Y sabes quien era doña Elvira Fabila, hija de doña Dosinda?.
Al notar mi extrañeza reía con estrépito y sus risas eran compartidas con las de los que le escuchaban.
-;Asturiana que fue y en Dios descanse!--añadió otro, brindando un nuevo vaso a Xavier.
-En el chozo, el pastor me recitó el romance... Munio Busto no conoció alma rebelde. Pero vio a doña Elvira y, ante ésta, rindió sus armas. Fue el señor del castillo de Tremaya, un nido aguilero que dominaba toda la Pernía... Pero, los celos...
Escuchábanle los nuevos amigos con picaresca atención y el más viejo, celta puro, le interrumpió diciendo:
"Del conde en su pecho enciende pasión feroz y bastarda..."
-;Sigue! Falta lo mejor, tío Pedro.
A usted, ¿qué le contaron?
-Pues que una noche de tormenta -contestó Hamilton- el conde, celoso, montó a doña Elvira en una mula ciega, le dio por compañia a una criada muda y le hizo marchar montaña abajo.
Y el tío Pedro exclamó:
--íY por qué camino! El "reflán" lo dice:
"Por do jamás anduvieron.
de hombre atrevido las plantas".
-Pa que se despeñase...--añadió uno, desde la penumbra.
Es más grave aún. Ustedes lo oirán... Y el tío Pedro continuó recitando: "Y cayendo sus despojos
del Pisuerga entre las aguas, ya nunca mas parecieran
restos de la infortunada".
-Y ¿qué fue de ella?-pregunté con curiosidad.
Pues que señora y criada llegaron al bajo y, al estar junto al pueblo, por milagro del Señor, ésta recobró la voz, pregonó la castidad de aquella y maldijo la injusticia del conde. El pueblo se llama San Salvador de Tremaya pero, desde entonces...
"En Cantamuda trocó
el nombre que antes llevara. Y así sigue, aunque en el día por Cantamuda le llaman".
-En él descansa la doña Elvira!--dijo la ventera.
El conde, arrepentido, edificó una iglesia, pero su 490
mujer hizo otra. iEran gentes de caudales! Sólo queda la de la condesa, dedicada a San Salvador... El "reflán" lo dice. Escucháime...
-y el tío Pedro siguió recitando:
"Allí descansan los restos de doña Elvira, la santa, mientras los del conde Munio no se sabe dónde paran..." .
-Corra usted otra ronda, a la memoria de doña Elvira, y... otra a la del conde Munio. Hemos de ser piadosos.
Bebieron y, olvidando el romance, comenzaron a ponderar las excelencias de sus parejas.
- Las "ratinas" que yo ferié en Reinosa tiran del carro como mulas, y de leche te dan un rio...
Y…¿arreparaste si los gramales y pradejones de por acá les irán bien?.
-Tién hierbas mullidas, suaves, substanciosas, mejores que los henos.
Mientras hablaba, pregunté a mi amigo:
-El pastor ¿conocía la tradición de que has hablado`.
¡Qué listo es! No pude copiar el romance, pero el perrillo ya pone la pata en el suelo. Y el zagal, empeñado en obsequiarme con leche, queso y pan. Y tu, burlándote de mis artes cirujanas!.
Sonaron nuevos golpes en la puerta.
-Otro que llega, Rumalda. Tu marido, en tierra soriana con su buen aquél, las corambres en la agonía y la posada con señorío...
-Es Yosef.--contestó aquélla.
TTTTT
Re: La Venta de Santa Lucía - Pekas - 26/03/2007 21:41
Como siempre y como no puede ser de otra manera :!gracias!; a partir de este relato que "intentaré imprimir", mañana por la tarde será gozoso con mis padres recordar otros momentos, e intentar rescatar un montón de nombres, que sin duda ellos y además con el habla de "allá" como dice mi madre, yo intentaré retener y contaros si puedo. Un saludo.
JOSEF EL SANTERO « - Amostajo - 27/03/2007 12:33
Otro capítulo de ese libro que me empujó hacia la Montaña Palentina. Siempre pensé en encontrar en esas tierras un hombre semejante. Y un día salí con prisa de casa porque decían que había llegado el Santero del Carmen... pero no se le parecía.
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III.- YOSEF EL SANTERO
Y dió entrada a un hombre de arrogante prestancia, con anguarina y bordón (+): traía en la mano una urna, en la que guardaba la imagen de una Virgen de encantadora infantilidad. Era alto, con espesas melenas. En los ojos, había lumbre de promesas y deliquios. La cara, de puras líneas, con barbas blancas que le caían en cascada hasta el pecho. Y dejando en preferente lugar lo que llamaba "Relicario de la Luz", juntó las manos, apoyándolas en lo alto del bordón, mientras decía:
-Que el cielo sea con vuestras mercedes y mi Virgen de Anguarina: gabán sin cuello ni forma de talle, usado por los labradores en algunas comarcas españolas.
Bordón: el bastón o palo más alto que la estatura del que lo lleva (en general, un peregrino).-Barcia. (
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la luz vos proteja, y les vacas vos traigan terneras, y las yeguas vos den muletas. Y a tí, Romoalda, que fagas la caridad de albergue en el tu pajar, y que mi Virgen te llene de hijos... He de traerte enantes arenas de la cueva de San Antolín, que sanan los males de la cabeza... Y dispués las hojas del Santo Huerto de los Olivos, que tienen la virtud del milagro pa que las casadas sean madres.
--Dáselas al marido...--estallaron las carcajadas.
Sonrió levemente el santero, y continuó:
-En la noche, pónense en agua, y en el amanecer de la Natividad tómanse en ayunas, y los vientres florecen... Y ahora, Romoalda, ¿darasme un sorbato?
Mientras goloseaba el que le sirvió, le preguntaron:
-,De dónde caíste, Yosef?.
-Vengo de tierra levaniega, de cumplir un voto hecho al sacro Lignum Crucis, que en Santo Toribio se adora. Guarda él la santísima sangre del Redentor y todos ambiciónanlo para sí, porque vos diré que en grosor y largura no hay otro que le gane, entre los que por los mundos vos podéis venerar.
El habla del santero -pausada, melosa, con locuciones en desuso--tenia tenue tinte arcaico, y su figura bastaba para dar largueza a la limosna.
--¿Y la Virgen?-le pregunté.
--Mis señores, es la de la Luz, que tiene su santuario entre altas peñas. Ella libra del bocio a las mozas, quita el mal de ojo, sana a las que sufren del pecho y ampara a las que van para mujeres.
--¿Y a los hombres?
Lentamente se pasó la mano por la barba, entornó los párpados y, tomando un sorbo, contestó con ironía:
-A los hombres... ;que el Señor vos conserve la inocencia!
Se disponía a salir y mi voz le detuvo:
-¿No quiere usted cenar?.
-Vos diré, señores míos; que tengo hecha promesa de no tomar mas que pan cuando, en las noches, a Nuestro Señor me encomiendo... He de pelegrinar por Tierra Santa, y de hinojos recorreré la Sacra Vía, que nuestro Redentor recorrió. Vuestras mercedes sabrán que de rodillas llegaré a la iglesia del Monte Calvario, pero enantes, mis señores, verede en las tierras santas centenos altos como este bordón, cereños, con olores de hornada. Y verdores que tiemblan porque todo lo anega la luz celestial...Verede sésamos y alcáceres entre manzanadas. Háilas blancas y empalidecidas como las mozas que no conocieron amor. Hailas de un agrio tan dulce como la penitencia cumplida, y non faltan las encendidas como el sonrojo.
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Dos pucheros borboteaban cantando el anticipo de la ce¬na, y las leñas se habían convertido en brasas que morían entre cenizas.
Yosef seguía con su canturria, acariciándose las barbas y sin dejar el bordón.
-Vuestras mercedes, para tal pelegrinación, no piensen en mi caducidad, porque aun es largo el sartal de los días que me quedan y el Divino Redendor me sostendrá. Y, como rebrotan las yemas de los leños viejos, rebrotarán las de la virtud en mi alma pecadora. Yo verede las tierras del huerto de Yosef. y verede, con visiones de milagros, a María de Cleofás, en trajines de hogar, bella y sin agostarse. Vuestras mercedes... ¿lo dudan?.
-Somos hombres de fe.
--Pues si así es, oigan mi promesa: sobre las arenas de los desiertos descansaré...
-Son duras para dormir.
--Romoalda, nada es duro cuando el bien se espera. las camelias me darán leche, y fruto los durangos,ciruelos, cerezos y bergamotas (+) de los casares, y un dia...
Quedó en mudez, extasiado, cual si contemplase la Jerusalem amada:
-... y un día con la frente sobre el suelo y los brezos en cruz, yo podré rezar ante el sacrosanto Sepulcro, en el que descanse el Rabbí Joschoua, mi pobre oración... Y después verede los lugares donde en gracia vivieron las tres Marías... Yo verede, con alma pelegrina, el camino de Damasco, que raya con Bethel, en la campa de Ebal, cuna de mi santo Yosef y posa de la escala de Jacob... En la orilla del mar de Jesús, cantaré su gloria, viendo resplandores del cielo. Y para las santas mujeres que vertieron lágrimas ante las agonías del Divino Redentor tendré memorias veneradas... Ellas fueron, como vuestras mercedes saben, Juana, mujer de Chouza; Salomé, madre de Juan y Santiago; María Cleofás, Azucena del Huerto de Arithmathea... Y cumplida mi promesa, al regreso, podré escuchar que un ángel me dice: "Yosef, santero de la Virgen de la Luz... Vuelve a tu reposo,porque es contigo la misericordia del Señor". Pero enantes yo habré rezado mi oración...
-¿El Credo?
-Otra... esta: “Rosas vos traigo, mi Señor. Son rojas, porque mi alma regolas con su dolor. Sólo en drento del corazón arraigaron. Háilas como amapolas, como escarlata, como la color que diz tienen las lagrimas de sangre... Mi Señor, dame tu perdón y las rosas serán de nieve. Y, a mí torno, libre de pecado, haz que las palomas me guíen hasta
(+) Bergamotas: especie de peras muy jugosas (H. Barcia).
YOSEF EI SANTERO 493 que vea la ermita de la Luz, ante la que siempre arden candelas..." .
Y nos parecía que la arrogante figura de Yosef estaba nimbada por las transparencias precursoras del milagro. Calló y nos hizo rendida reverencia.
--¿Y cuándo será eso?.
-Razón non falta a vuestras mercedes. Todas las noches hágome la mesma pregunta y paréceme qua un ángel me contesta:
"Yosef, ten fe". Y, por eso siempre creo que iré allí donde el Señor predicó las bienaventuranzas y recorreré las tierras de Sión y de Gethsemaní, y la blanca de Bethlem, para llenarme de la luz celeste que deseo a vuestras mercedes. Porque todo lo veo bajo un cielo azul, entre algarrobos y besanas de plata.
Aquel hombre, cuando hablaba, parecía aureolado. Tenían sus palabras una musical y graciosa sencillez y su acción era tímida, pero de fina elegancia. oyéndole, presentía¬mos que las sonadas visiones, de las que nos hablaba emocionalmente, le llenaban de santa ilusión.
Porque su riqueza visual tenía tantos matices que sólo una profunda fe podía enriquecerla con tan seráficos coloridos, y por ella sabia cantar, con extraña armonía, el gozo de la Tierra Santa, por la que Cristo caminó predicando la eterna Verdad.
Yosef hablaba, cual lo harían aquellas peregrinos que, guiados por un interior resplandor, regresaban de las Santas Tierras con el alma dispuesta para volar a las regiones celestiales, en las que amorosamente serían acogidos por el inmaculado Lirio de Galilea.
Sin poder reprimir mi ansiedad, le pregunté:
-1)Dígame, Yosef... ¿cómo puede usted decir lo que nos dice, si su planta no pisó tierra judía, ni sus ojos contemplaron la blancura de sus aldeas, ni sus labios gusta¬ron los frutos melosos que regalaban los frutales a los discípulos de Jesús.
-Vuestras mercedes--y me contestaba acariciando con suavidad sus barbas proféticas--desconocen que a las veces, cuando las lejanias me hablan de la Tierra Santa, mieles dulcísimas vienen e mi boca, y con colores de amanecida visten mis palabras, y así ve y hablo de la Jerusalem bendita... Porque en el pecho nunca se apaga la fogata de tan santo anhelo, y del corazón, mis señores, sabrán que si mana una fuentecica, ella no puede apagar mi ardor, Aunque otra cosa crean vuestras mercedes...
-Sírvele vino-rogó mi amigo a la ventera--Y no repares en clase ni cantidad.--y dirigiéndose a Yosef añadió: La sed es mala compañera... Por un día puedes beber, cual lo hizo Noé. Y te aseguro que lo que no has logrado con
494 tu fuentecica el vino te lo dará.
-Gracias vos doy por la ofrenda, mis señores, pero ni es vino ni agua de nube, de fuente, manantial o rio la que puede aplacar mi enfebrecimiento.
-Pues, entonces ¿qué agua buscas?.
-La que buscaba nuestro Redentor, hasta que un día la Samaritana le ofreció "agua viva"...--quedó en silencio y pasó otro, y luego añadió: Si vuestras mercedes no mandan más...
--Síguenos hablando de lo que verás...--le rogué sinceramente, porque aquel hombre me perecía de los pocos que podían repetir: "Llevo en mí el fuego místico y sagrado, que Elías vino a prender en el mundo".
Pero Yosef, dirigiéndose a la ventera, le preguntó:
Romoalda, mandado está que el cuerpo se contente con lo que le otorguen, sin daño ni fuerza... ¿:Darasme cobijo en tu pajar?.
Tuyo es.
-Pues que la paz sea en tu casa.
Quedamos solos comentando lo oído. La niebla se había convertido en lluvia y, al escuchar nuestros temores, por si no podíamos seguir el viaje, la ventera nos animó:
-No es de temporal, y todo lo barre la luna. Y, si me equivoco, en la tarde de mañana tienen el coche-correo, que marcha para el puerto. ¿Sirvo la cena?.
Hamilton devoraba.
-¡Buen apetito!
¡Es el aire, y el silencio, y el vino...--y al observar los grandes honores que yo rendía a los bollos cocidos en manteca, y espolvoreados con azúcar, aquel replicó:
--¡Pues en confituras, no te quedas corto!
Nos acostamos y, entre desvelos, veía a Yosef caminar por el desierto. Escuché lejanas voces. Me parecía rencoroso el rumor del Pisuerga y creí que en le portalada latía un perrillo.
Y otra vez pensé en el pastorcillo de cara morena y tostada, que con mimo decía:
--¡Laurel... toma, Laurel!