Al parecer y según afirman algunos estudiosos, Sancho Panza existió realmente.
Según parece Cervantes, estando preso en la cárcel de Sevilla, hacia 1597, tuvo como compañero de celda a un tal Martín Guijuelo, el cual le relató las andanzas de su abuelo, Ponciano Guijuelo, que vivió a principios del siglo XVI. Las vivencias del abuelo de Martín de Guijuelo inspiraron a Cervantes el personaje que luego sería Sancho Panza.
Ponciano Guijuelo, natural de lo que hoy en día se conoce como Casa Guijosos, al sur de Ossa de Montiel, tuvo una vida tremendamente ajetreada; con la reconquista a los moros aún reciente, el pueblo de Ponciano (antes La Era Guijuela o Charco del Guijarro) resultó ser un enclave de múltiples escaramuzas entre moros y cristianos. Algunos Caballeros Cruzados, provinientes de Europa la Mayoría, habían rehusado adherirse al grueso de las tropas que tiempo atrás tomaron Las Navas de Tolosa, y prefirieron guerrear contra los infieles por otros lugares. Estos caballeros reclutaban pequeños grupos de aldeanos y hostigaban a los moros que aún habitaban la península en pequeñas escaramuzas.
La historia de Ponciano Guijuelo la podriamos resumir como sigue: Ponciano vivió una época complicada hasta su adolescencia, pues su aldea fué testigo de despiadados saqueos por parte de los almoravides; quizá esta circunstancia le impulso a adherirse a cualesquiera caballero cruzado que se le presentase.
Así y según reza un manuscrito hayado recientemente en los archivos de la biblioteca nacional (que algunos atribuyen a Cervantes y lo catalogan como boceto pre-quijotesco) hacia 1503 el caballero Gerard Gaston de Burdeos y Rosaflorida llegó al Charco del Guijarro donde reclutó entre otros a Ponciano, ávido maltratar a los moros, y dió muerte a muchos infieles. El motor que impulsaba a todos estos caballeros no era estrictamente religioso, todo hay que decirlo, pues la mayoría de estos caballeros miraban bien de asesinar a los moros más ricos para quedarse con sus fortunas, pero Ponciano, inculto e inocente como era no sospecho tal cosa hasta bien alargada su vida.
Fueron al menos cuatro más los caballeros con los que Ponciano recorrio gran parte de la región manchega y el norte de Andalucía, de los que es especialmente notorio lo que le sucedió con los dos últimos.
Con el penúltimo de ellos realizó una campaña especialmente sangrienta haciendo incursiones en las zonas más pobladas aun por los almoravides, al norte de andalucía, y donde estos poseían más riquezas. Estas incursiones eran bien peligrosas y el resto de asaltantes que acompañaban a Ponciano y a Filiberto de Borgoña (que así se llamaba el Caballero) duraban poco, bien por que se les hiciera demasiado arriesgado adentrarse tanto, bien por que morían en las escaramuzas. El caso es que Filiberto atesoró una gran fortuna que escondía celosamente y de la que Ponciano ignoraba su sola existencia. En el transcurso de una de estas incursiones Filiberto resultó herido de muerte, dos días duró su agonía y poco antes de morir, en un cruce de caminos apareció el último Caballero que conocería Ponciano, Agilulfo de los Guildibertos, quien asistió y liberó de sus pecados al moribundo Filiberto, el cual, antes que confiar el paradero de su tesoro al que había sido su fiel escudero, prefirió hacerlo al Caballero Agilulfo.
Durante algunas semanas Ponciano permaneció escudando a Agilulfo, quizá el único verdadero caballero que se encontró en su vida, sin poner empeño en hostigar a los moros y si acaso matando solo a los que se cruzaban en su camino y sin robarles más de lo necesario. Pero pronto llegó el momento de separarse, a Agilulfo le esperaban azañas mas importantes en otras tierras, y decidió como buen caballero que era, revelar a Ponciano el lugar donde Filiberto habia escondido su fortuna. El pobre Ponciano se vió al final de su vida con una fortuna ganada y una vida perdida en favor de una cruzada que no existió.
Así las cosas Ponciano comprobó que efectivamente en el lugar indicado estaba el tesoro de Filiberto de Borgoña, pero no lo sacó de allí, si no que con un punzón marcó su ubicación en una sartén que solía llevar siempre consigo para guisar las gachas en sus campañas contra los moros. Esta sartén la heredó primero su hijo ilegítimo que tuvo con una aldeana de El Toboso, y luego su nieto, los cuales no hicieron uso del tesoro por considerarlo de procedencia indigna y manchado de sangre.
Todo apunta a que el nieto de Ponciano Guijuelo, Martín, a falta de descendencia conocida le otorgó la custodia de la sartén a Cervantes, quien la menciona en el Quijote en no pocas ocasiones.
El paradero de la "Sarten de Sancho" es hoy día un misterio, hay quien dice que durante la segunda guerra mundial estuvo custodiada por las SS alemanas (que al parecer deben sus iniciales a la "Sarten de Sancho"). Pero estos extremos son dificiles de demostrar, pues el secretismo que gira entorno a la "Sarten de Sancho" es muy alto.