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CArta de su santidad a los fieles de todo el mundo. Dada en la Ciudad del Vaticano, capital espiritual del Mundo, el 19 de Abril de 2.027 |
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Estimados hermanos en Cristo Rey: Han transcurrido ya siete años desde nuestra gloriosa victoria sobre las fuerzas de la desunión, el pecado y la perdición que envenenaban nuestra civilización occidental, cuna de las más preclaras conciencias que el Mundo haya conocido jamás. Gracias a nuestra alianza final con los hermanos descarriados de las demás Iglesias que abandonaron la recta senda de la Única Verdadera Santa Católica y Apostólica, y que tras cientos o miles de años han regresado como el hijo pródigo a la sólida casa del Padre, y a la Fe de los millones de fieles que nos siguen hacia la Gloria Eterna, los agentes del Maligno fueron expulsados de Europa, Sudamérica e importantes regiones de Asia y África. Pero el Maligno no descansa. ¡Cuidaos de él! Ya extiende de nuevo sus insidiosas redes para atraparos en su pérfida red de lujuria, soberbia y gula. No escuchéis las palabras de los falsos profetas que claman a las puertas de la fortaleza de nuestra Fe verdadera, porque está escrito: próximo es el advenimiento del Cordero, y son muchos los que trabajan para ensombrecer Su gloria. Cuidaos también de quienes os digan: "Esta Iglesia no es la obra de Cristo" ¡Cuán equivocados están! ¿Acaso no ha sido el Señor quien ha armado nuestro brazo con la Verdad, además de con la sangre de Sus milicias? ¿Es que, tras cada bendito carro de combate investido para el aplastamiento de herejes, no marcha la Palabra de Dios, dispuesta a devolver a Su seno a los descarriados? ¿Cómo no va a ser ésta la Iglesia de Cristo, investida en la persona de Pedro, si ha seguido fielmente el ejemplo de su fundador al expulsar a latigazos a los mercaderes del Templo? ¿No dijo Él: "No he venido a traer la paz, sino la guerra"? Por Su causa seguiremos luchando, y desde aquí os animo a seguir enrolándoos en nuestro Ejército, en nuestra Marina o en nuestras Fuerzas Aéreas. Cuando veáis por las calles de vuestra ciudad la fabulosa estampa de un guardia suizo, de una monja militante o de un piloto de la VAF, ¡sentios orgullosos! Porque estáis contemplando al martillo de Dios. Pronto, hermanos míos, nuestros pies hollarán de nuevo Jerusalén, cumpliendo así una vieja promesa, una vieja aspiración: recobrar los Santos Lugares para el culto y la devoción católicos, sin consentir la asfixiante opresión de los seguidores de Mahoma, ese falso profeta, o de los equivocados hijos de Abraham que aún esperan al Mesías sin reconocer que éste ya se hizo carne entre ellos, y ellos le mataron. Nuestras tropas crecen en fuerza y calidad, y el cerco sobre la Ciudad Santa se está estrechando. Rezad mucho por este fin, hijos míos, y recordad: el Diablo no descansa. Manteneos en guardia, pues el destino de la hoguera aguarda a los esclavos del Mal para la purificación de sus pecados y la salvación de sus retorcidas almas. Benditos seáis en el nombre de Cristo, nuestro Señor, que os guarde muchos años. Johannes Paulus IV
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