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SOLIDARIDAD El verano pasado 12 chicas holandesas viajaron a Polonia para atender a niños minusválidos en un asilo de huérfanos. El viaje fue organizado por el club De Borcht de Amsterdam y duró diez días. Esther Roeleveld y Corine van Vliet nos han contado sus experiencias.
Dos participantes, Esther Roeleveld, asesora financiera en Amsterdam y responsable de la organización del viaje, y Corine van Vliet, médico del hospital de la ciudad de Amstelveen, han puesto por escrito algunas de sus impresiones. Burbujas en el aire Esther: Nuestra presencia en el asilo de niños nos ofreció la oportunidad de realizar con ellos muchas actividades. Aparte de procurarles diversos cuidados, les dimos de comer, jugamos y paseamos con ellos. Al cabo de un par de días notamos que los niños nos reconocían y nos buscaban. Establecimos en seguida una relación de confianza: por ejemplo, un chico autista se atrevió a pasar por un puente cuando nos lo vio hacer a nosotras primero. Estos pequeños éxitos dan mucha alegría. Desde Holanda les habíamos traído regalos y otros productos, gracias a una generosa aportación de un “sponsor”. De entre todos los objetos que les entregamos, tuvieron mucho éxito los botecitos de agua enjabonada para hacer burbujas soplando. Corine: Yo estuve ayudando a la familia de Anja, una
niña de ocho años que está muy disminuida corporal
e intelectualmente. Sus padres hacen con ella los ejercicios, tres veces
al día en periodos de dos horas duración, es decir, ¡seis
horas cada día! Para realizar este tipo de gimnasia hacen falta
un mínimo de tres personas, pero afortunadamente muchos voluntarios
y vecinos les ayudan a lo largo del año. Es admirable la constancia
y la paciencia con que hacen los ejercicios. El entusiasmo y el calor
que la familia procura a Anja permite ver su futuro con esperanza. Todo
esto me ha impresionado muchísimo. Esther: Estas han sido unas vacaciones en las que verdaderamente tuvimos de todo: Trabajo, cultura, descanso, y sobre todo amigas. Dos universitarias polacas estuvieron todo el tiempo a nuestro lado, y prestaron su ayuda en todo lo que necesitamos. No sólo fueron nuestras traductoras sino que también se esforzaron por darnos a conocer las costumbres del país. Recuerdo que en el asilo de huérfanos había también un grupo de voluntarias españolas. Un día hicimos con ellas una fiesta para los niños minusválidos. Cantamos y bailamos, y comprobamos que la diversidad de culturas y de idiomas no era un obstáculo. Todo el mundo lo pasó en grande. Corine: En el ejercicio de mi profesión como médico, en Holanda, he tenido contacto con muchos enfermos. Pero sólo este verano he experimentado lo que significa para una familia tener un hijo minusválido. Al hacer con Anja los ejercicios he podido participar en la esfera íntima de la familia y he aprendido cómo es posible afrontar la discapacitación de un hijo con amor y alegría. |
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