HACE UN TIEMPO      HACE UN TIEMPO


    Hace un tiempo, no mucho, éramos nosotros los que pedíamos paso. Queríamos estar ahí, decir, contar nuestra historia, que se nos escuchara. Nos lo ponían difícil, y nos sublevábamos contra ello. Porque los que habían llegado antes no sólo se aferraban al escenario, del que por cierto, nadie pretendía desalojarlos, sino que se negaban a dejar algún hueco, siquiera residual, a los que pugnábamos por subir. Y cuando al fin, con ayuda de la fortuna o de nuestra perseverancia o de una mezcla de ambas logramos encaramarnos y sujetarnos precariamente, siguieron negándonos el derecho a estar ahí. Advenedizos, se nos llamaba, y no faltaban ironías ni etiquetas groseramente reduccionistas de lo que éramos. Nosotros no pretendíamos ser mejores que ellos, pero tampoco peores. Por eso insistimos, y hoy, mal que bien, aquí estamos y han dejado de empujarnos abajo, aunque a veces alguien refunfuñe, eso es inevitable.

    En este punto, me temo que algunos de nosotros han cedido a la tentación de olvidar. Que ya no se acuerdan de cuando se nos repelía, y de lo que entonces pensábamos. No sosteníamos entonces que fuera injusto negarnos el paso y la voz a nosotros, en particular, sino, en general, a quienes en el curso natural de las cosas, en cualquier momento dado, llegan con el ímpetu de su juventud y de su manera distinta de ver o explicar el mundo. Por eso, ahora, me pregunto si somos coherentes con lo que creíamos. Me pregunto, y me asusta pensar que pueda ser así, si no hemos hecho lo de siempre, ir a nuestro avío, y una vez nuestro avío resuelto, convertirnos en lo que criticábamos, o sea, en ellos.

    Pero me resisto a pensarlo, me sublevo contra la posibilidad de que también nosotros hayamos podido caer. Por eso, y aunque sólo pueda hablar en nombre de mí mismo, pido paso para otros, pido hueco para los que vienen detrás, para los que han de hacerme viejo y pasado y penúltimo, impidiéndome beneficiarme de la insignia de la novedad que en esta época tanto viste y que por ello todos se resisten a perder. Reclamo mi derecho a aprender de los que son más jóvenes, de esos a quienes esta sociedad (que no ha hecho del todo mi generación, pero de la que ya tampoco puede sentirse irresponsable) parece querer recluir en una celda de silencio, manipulación y condescendencia. Que hable la eterna juventud, que callen por un segundo los viejos su cháchara y escuchen. Estos que vienen, no lo olvidemos, son los que han de reparar nuestros fallos.


    Lorenzo Silva, Octubre 2003