Fernando Pessoa. La página del oso astur Pepe

La página del oso astur. Fernando Pessoa  

Me importa poco. ¿Te importa poco el qué? No sé, me importa poco

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      El Libro del Desasosiego

Hoy, en uno de los devaneos sin objetivo ni dignidad que constituyen gran parte de la sustancia espiritual de mi alma, me imaginé liberado para siempre de la rua dos Douradores, del patrón Vasques, del tenedor de libros Moreira, de todos los empleados, del mozo, del muchacho y del gato. Sentí en sueños mi liberación, como si los mares del sur me hubieran ofrecido islas maravillosas por descubrir. Sería entonces el reposo, el arte conseguido, el cumplimiento intelectual de mi ser.

  Pero de pronto, y en el propio imaginar que hacía en un café en el descanso breve del mediodía, una impresión de desagrado me asaltó el sueño: sentí que iba a tener pena. Sí, lo digo como si lo dijera en pormenor:iba a tener pena. El patrón Vasques, el tenedor de libros Moreira, el cajero Borges, todos los buenos chicos, el muchacho alegre que lleva las cartas al al correo, el mozo de los recados, el gato cariñoso-todo eso se convirtió en parte de mi vida; no podría dejar todo eso sin llorar, sin comprender que, por malo que pudiera parecerme, era parte de mí lo que quedaba con todos ellos, que separarme de ellos era una mitad y semblanza de la muerte.

  Por otra parte, si me apartara de todos ellos, y me despojara de este uniforme de la rua dos Douradores¿a qué otra cosa me habría de incorporar?-porque a otra tendría que incorporarme, ¿con qué otro uniforme me habría de vestir?-porque con otro me tendría que vestir.

  Todos tenemos un patrón Vasques, para unos visible, para otros invisible. Para mí se llama realmente Vasques, y es un hombre sano, agradable, de vez en cuando brusco pero sólo por fuera, egoísta pero en el fondo justo, con una justicia de la que carecen muchos grandes genios y muchas maravillas humanas de la civilización, a derecha e izquierda. Para otros será la vanidad, el ansia de mayor riqueza, la gloria, la inmortalidad… prefiero para patrón mío al Vasques hombre, que es más tratable en las horas difíciles, que todos los patrones abstractos del mundo.

  Considerando que yo ganaba poco, me dijo el otro día un amigo, socio de una firma próspera por sus negocios en todo el estado: “usted está explotado, Soares”. Eso me recordó que lo estoy; pero como en la vida todos tenemos que ser explotados, me pregunto si valdrá menos la pena ser explotado por el Vasques de los tejidos que por la vanidad, la gloria, el despecho, la envidia o lo imposible.

  Existen aquellos a los que él mismo Dios explota, y son profetas y santos en la vacuidad del mundo.

  Y me retiro, como al hogar que los demás tienen, a la casa ajena, oficina amplia, de la rua dos Douradores. Me incorporo a mi mesa como a un baluarte contra la vida. Siento ternura, ternura hasta las lágrimas, por mis libros ajenos en los que dejo mis registros, por el tintero viejo que utilizo, por las espaldas encorvadas de Sergio, que hace listas de envíos un poco más allá. Amo todo esto, tal vez porque no tenga otra cosa que amar-o tal vez, también, porque nada hay que valga el amor de un alma, y, si tenemos que darlo por sentimiento, tanto vale darlo al pequeño aspecto de mi tintero como a la gran indiferencia de las estrellas

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