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INTRODUCCIÓN |
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En esta sección vamos a recopilar las anécdotas que
nos han ocurrido, o dicen que han ocurrido, a lo largo de nuestros años de gestión
en el área educativa. Muchas de ellas estarán suficientemente retocadas para
garantizar la intimidad de los autores, pero todas están basadas en hechos
reales.
Cientos, miles de personas se dedican en España a
tareas relacionadas con la educación; sólo en la zona sur de Madrid superan los
17.000; la inmensa mayoría de ellas son profesionales dedicados a su
Por último, si algún protagonista piensa que, por la
descripción de alguna situación, puede ser reconocido y esto atenta contra su
intimidad, rogamos nos lo comunique para retirar inmediatamente la misma.
Ø
Paco Corrales y la financiación irregular del colegio (06/11/04)
Ø
Mari Toñi y el permiso por
matrimonio (13/11/04)
Ø
La Virgen del Rescate (12/12/04)
Ø
Eduardo, el Inspector (29/09/05)
Paco Corrales
y la financiación irregular del colegio
En esta historia sí usaremos un nombre real, D.
Francisco Corrales, Paco, una de las personas con más capacidad de
Getafe, zona sur de Madrid. Finales de la década de
los 70 del pasado siglo XX. Colegio “Francisco Franco”. Paco se encuentra
concentrado trabajando en su despacho de director del mismo…
Toc, toc.
- Adelante.
- ¿Da usted
su permiso, don Francisco?
- Por
supuesto, Aniceto, pase usted. ¿Qué se le ofrece?
Aniceto y Corrales son viejos conocidos. El primero,
un emigrante castellano, como tantos de la zona, había llevado a sus tres hijos
al colegio “Francisco Franco”; sólo el menor estaba ya escolarizado allí.
-
Pues mire
usted, don Francisco, yo... Ya sabe que estoy muy contento con el colegio. Ya
sabe usted que yo colaboro con el centro en lo que haga falta, que estoy muy
agradecido con lo que hacen ustedes...
Aniceto da vueltas a la boina entre las manos
mientras desgrana frases inconexas, evasivas… La mirada huidiza, atrapada al
vuelo por Corrales, delata que hay algo que quiere decir y no dice.
- Vamos,
Aniceto, que nos conocemos desde hace años ¿qué pasa?
-
Pues mire,
don Francisco, que no me parece bien eso de que mande los domingos gente a las casas
a pedir dinero para el colegio. Y son chicos muy majos y aseados, pero… no lo
veo yo bien eso.
- ¿Eeeeh? Pero hombre de Dios ¿quién va a su casa los domingos
a pedir dinero?
-
Pues mire,
llaman a la puerta dos señores trajeados como de boda y dicen que son “los testigos de
EGB” y, claro, yo les compro Biblias, pero
ya tengo cuatro en casa y no sé qué hacer con tantas... La mujer no quiere, y
luego me toca discutir con ella.
-
Vamos a tomar
un cafelito, Aniceto, que esto es un despacho serio
como para explicarte aquí quiénes son esos señores. Venga, ¡a la salud de “Los
testigos de EGB”! Pide un sol y sombra si quieres. Pago yo.
Mari Toñi
y el permiso por matrimonio
Érase una vez dos maestros, Alberto y Lola, ambos en
edad de merecer y situación casadera, a quienes el destino quiso que
coincidieran en el mismo centro y nivel. Con el
Así que un buen día, presentaron una instancia
conjunta de esas que dicen:
Alberto Mengánez y Mª
Dolores Perengánez, blabla
EXPONEN:
Que, deseando contraer matrimonio el próximo día
tal,
SOLICITAN:
permiso de matrimonio por 15 días.
Ellos no se preocuparon más por el permiso,
prepararon su boda, se casaron y se fueron de luna de miel a Canarias.
En esto, llega a casa de Alberto una carta del
Ministerio de Educación. El padre de Alberto la abre pensando que es la
concesión del permiso solicitado y, ante su sorpresa, en la carta le dicen que
a su hijo se le deniega el permiso “por defecto en la tramitación”.
Rápidamente se pone en contacto con su hijo y le
comenta la situación: no está yendo a trabajar pensando que tiene concedido un
permiso que, en realidad, le han denegado. Seguramente Lola tendrá también una
carta similar en su casa...
Alberto llama a la Dirección Provincial y habla con
un responsable; están muy nerviosos por su situación: no quieren interrumpir su
viaje de novios y no entienden cuál puede ser el “defecto de tramitación”. El
responsable de personal promete interesarse por el tema y acude a la persona
adecuada: la funcionaria encargada Mari Toñi.
Mari Toñi era toda una
institución en la unidad de personal, cuarenta y tantos años, soltera, guapa,
siempre bien arreglada, más de veinte de funcionaria, amable con el ciudadano y
rígida en los procedimientos; se comentaba que sus chistes eran capaces de
sonrojar a un camionero.
Mari Toñi explica que, en
efecto, la solicitud no está bien presentada, que la redacción no es digna de
unos maestros y que, evidentemente, no se puede conceder el permiso; poco le
importa que su jefe la intente convencer de que el suceso ya ha ocurrido, que
tienen derecho al permiso, que ya están de viaje y que no se van a volver a
Madrid desde Las Cañadas del Teide para tramitarlo
nuevamente. Que no. Que no hay permiso porque la petición es una vergüenza de
ambigüedad… Intentos desesperados del jefe para sobornarla mediante cafés y
cañas. Nada. Que no hay permiso. Al final, el jefe zanja la larga discusión de
procedimiento y ordena, por escrito, la concesión del permiso.
Mari Toñi, funcionaria
disciplinada, tramita el permiso; pone todos los sellos necesarios y lo pasa a
la firma. Termina su jornada y se despide del jefe con un enigmático: “que
sepas que esto no va a quedar así”.
Al día siguiente, Mari Toñi
se presenta más arreglada que de costumbre y, pertrechada de una sonrisa
triunfal de amazona (dicen quienes la vieron que se oía de fondo música de Wagner), se dirige al registro a presentar un escrito que
dice:
María Antonia Zutánez, blablabla…
EXPONE
Que, deseando contraer matrimonio el próximo día
tal,
SOLICITA
permiso de 15 días por matrimonio.
Puesto que, si con “desear contraer matrimonio”
se obtenía el permiso, ¿quién se lo iba a denegar a ella, que llevaba 20 años
deseando casarse?
“¿Quién me lo iba a decir a principio de curso?”, se
preguntaba Pedro mientras paseaba por las afueras del pueblo. Ya habían acabado
las clases y sólo faltaba la fiesta final; un par de días más y volvería de
vacaciones a su querido Madrid, a pasear por La Prospe
y a tomar bocadillos de calamares…
Qué lejos parecían aquellos primeros días de
septiembre, cuando, con la “blanca” de aviación de Cuatro Vientos oliendo a
nueva, fue a tomar posesión de su plaza de maestro a la Delegación Provincial
de Educación; presentó todos los papeles, juró los Principios del Movimiento…
Era su primera experiencia con la Administración fuera de Madrid, y el ambiente
le pareció tétrico: mutilados de guerra, bigotitos finos, alguna camisa azul…
un ambiente que ya no se veía en Madrid a principios de los 60.
El destino no era malo, un pueblo de Castilla la
Vieja, no muy lejos de Madrid; lo malo era la carretera, los últimos 10 Km no estaban asfaltados, pero con su Vespa se defendería;
peor estaban otros compañeros de promoción, a quienes habían mandado a pueblos
de Andalucía, Cataluña o Baleares… Él, al menos, podría intentar seguir de
alguna manera sus estudios de Historia.
Había, eso sí, intentado librarse y quedarse en
Madrid de cualquier forma: fue a ver al inspector para convencerlo de que le
buscase algo para poder seguir estudiando; imponía, imponía mucho ese
inspector, era igual que el retrato de José Antonio que presidía la clase,
aunque un poco mayor; decían que había sido Alférez Provisional durante la
guerra. Mala pata: aquello de no querer ir a ese pueblo perdido le pareció poco
menos que una ofensa a la Patria y lo despidió con cajas destempladas.
Así que, resignado, buscó pensión y se dispuso a
educar a la docena de chavales de edad surtida que le habían tocado en suerte.
Con la maestra que estaba en la escuela de niñas no conseguía llevarse bien,
era una persona bastante mayor, soltera y algo gruñona,
pero al menos consiguió que los domingos llevase a los niños a misa para que él
pudiera volver a casa.
Con el cabo del cuartelillo, el cura y el médico sí
consiguió hacer mejores migas: por las tardes jugaban eternas partidas de
dominó en el bar; menos los miércoles que, como la clase la daba el cura, él
aprovechaba para ir a Madrid e ir trampeando sus estudios.
La iglesia del pueblo era de un gótico austero, muy
interesante para Pedro, más por su faceta de estudiante de Historia que por su
escaso fervor religioso. En esa iglesia ocurrió el “milagro”.
Era sábado, por el mes de febrero, hacía un tiempo
infernal y Pedro no se había atrevido a volver a Madrid: la lluvia y el
barrizal de la carretera no se llevaban muy bien con su moto. Estaba charlando
con el cura en la iglesia detrás del retablo. Allí había quedado un hueco que
se usaba de almacén, cuando Pedro se fijó en unas imágenes amontonadas en un
cajón de madera: eran de santos antiguos que se habían retirado a favor de
otras más modernas. Había una virgen que llamó especialmente su atención; la
figura era pequeña, de unos 30 cm, parecía una pieza
interesante. Pedro pidió permiso al cura para llevarla a Madrid el próximo día
y mostrarla a su profesor.
Así lo hizo, llevó la virgen al profesor y éste le
pidió que se la dejara para enseñársela al catedrático que, casualmente, era de
esa zona; a simple vista, parecía una pieza espléndida.
A partir de ahí los hechos se precipitaron: efectivamente la imagen era
del siglo XII, de poco antes de la construcción de la iglesia; de hecho, era
muy probable que la iglesia se hubiera construido en su honor, para albergar la
pieza. El catedrático estaba encantado de haber encontrado una imagen así en su
tierra ¡y en tan buen estado! Llamó al Gobernador Civil, antiguo compañero de
seminario, y le comunicó la gran nueva del hallazgo, noticias en la prensa… el pueblo
había dejado de ser un punto perdido en el mapa para convertirse en un sitio de
interés, al que llegaba gente extraña casi a diario.
La imagen había sobrevivido a los judíos, a los
rojos y a la guerra; era evidente que había sido protegida por la mano de Dios
y que esa protección divina fue la recompensa para un pueblo creyente que no se
dejó engañar por las conjuras judeo-masónicas ni del
comunismo ateo. Era el momento adecuado para el rescate oficial de la figura:
España, sus buenas gentes, se merecían tener a esta virgen que había estado
oculta durante tantos años.
Pedro recibe entonces la visita del inspector; el
bigotito fino seguía impresionando. Un abrazo nada más llegar que por poco lo
asfixia, ¡un inspector en el pueblo! era la máxima autoridad que en años había
pasado por ahí. No venía, desde luego, por la atenta carta que el maestro le
había enviado meses atrás comunicándole muy cortésmente que las condiciones de
la escuela “no eran las más adecuadas”; venía a reconocerle su labor como buen
educador y buen cristiano, por haber rescatado a la virgen de su forzado exilio
de madera.
El discurso a los chicos estuvo bien, hay que
reconocerlo, qué entusiasmo; hasta él, que no tenía muy dentro eso de la
Patria, se sentía orgulloso de ser español, cazi ná, oyendo hablar a aquel hombre; tampoco esperaba oír de
la boca de quien poco menos que le había echado de su despacho meses atrás, esa
colección de alabanzas… la verdad, estaba encantado.
Terminada la clase, fueron a comer a casa del alcalde
con el resto de las “fuerzas vivas”. El inspector les comunicó que se estaba
preparando un gran acto de desagravio a la Virgen para final de curso; que en
breve aparecerían en el pueblo diversas personas para ir preparando el gran
evento.
Y, dicho y hecho, a la semana siguiente una compañía
del ejército acampó a las afueras del pueblo; hacían de todo: reparaban la
iglesia, pintaban las casas, limpiaban las calles… todo gratis, por cuenta del
Estado. El centenar de muchachos jóvenes era una alegría para todos y… para
todas. En un mes, la carretera estaba asfaltada, ¡el único pueblo de la zona
que tenía carretera asfaltada hasta la general! Pedro no salía de su asombro,
miraba a sus vecinos y no sabía si estaban más felices por los cambios en su
pueblo o por la envidia que estaban despertando en la zona; todos lo saludaban,
le sonreían… ¡Y todo por su buen ojo clínico de maestro estudiante de Historia!
El inspector volvió al pueblo. A juzgar por la
confianza y el afecto con que lo trataba, parecía que era amigo suyo de toda la
vida, qué cosas. Esta vez tenía una noticia importante: el Gobernador Civil iba
a hacer una visita para comprobar la marcha de los preparativos; además,
confidencialmente, habían confirmado la asistencia el Sr. Obispo (que hacía años
que no salía de su palacio), del Capitán General y, pudiera ser –dijo, bajando
la voz- que incluso se pasara algún ministro. Había que recibir al Sr.
Gobernador y se decía que los cangrejos de la zona eran exquisitos…
-
Ya, Don
Fernando, -contestó Pedro– pero es que estamos en época de veda.
-
¡Ay, Pedro,
Pedro!, sería una pena que el Sr. Gobernador no pudiera probarlos, tú me
entiendes, hijo.
-
Sí, sería una
pena…
Así que al día siguiente, aprovechando la partida de
dominó, Pedro inquirió al cabo:
-
Oye, cabo,
¿por dónde vas a mandar mañana la patrulla?
-
Por donde me
salga de los… ¿a ti qué te importa?
-
Mira, cabo,
yo creo que mañana deberían ir al bosque, a ver si hay furtivos… Date cuenta de
que viene a comer el Sr. Gobernador y le gustan mucho los cangrejos…
-
Sea: irán al
bosque.
Ya estaba todo preparado. Una veintena de soldados,
ayudados por el experto conocimiento de unos mozos el pueblo, y unos cuantos
sacos terreros, hicieron que el río cambiase su curso por una hora. El sábado
siguiente, en grata compañía, el Sr. Gobernador y su comitiva degustaron unos
inigualables cangrejos.
Un grito sacó a Pedro de sus pensamientos: era un
guardia con la cara desencajada; algo había pasado y el cabo lo llamaba con
urgencia para que se presentara en el cuartelillo.
Pedro se apresuró; evidentemente algo grave debía de
haber pasado, porque medio pueblo estaba frente al cuartelillo con cara de
pocos amigos. En la puerta dos guardias impedían la entrada a todo el mundo;
Pedro se abrió paso entre la gente y entró; un escalofrío recorrió su cuerpo
nada más entrar: alguien gritaba, imploraba a Dios que se quería morir...
-
¿Qué ha
pasado?
-
Una
desgracia, Pedro, una desgracia –dijo el cura.
Poco a poco se fue enterando de la situación: una buena
mujer había ido a limpiar la iglesia a primera hora, como siempre, y para que
su virgencita luciera en el día del homenaje se había entretenido en limpiarla
a fondo… La figura era de yeso y, al secarse la humedad del limpiatodo,
se había resquebrajado en trocitos… Ya no había virgen, sólo un montón de trozos de yeso, unos
vecinos furiosos y una mujer que se quería morir…
Algo había que hacer, alguien tendría que
comunicarlo… Los dedos señalaban a Pedro que, a fin de cuentas, era el culpable
por no haber protegido bien a la virgen.
-
¿Yo,
encargado de protegerla? No me jodas, cabo: tú eres el encargado de la
vigilancia en todo el pueblo.
-
¡A mí no me
quieras cargar el muerto; el que tiene estudios aquí eres tú, así que no me
jodas tú a mí y piensa algo con ese coco que, por una vez, sea útil!
-
Bueno, pues
nada, algo habrá que hacer, llama al Gobierno Civil, diles que tenemos una
emergencia…
-
Yo llamo,
pero tú se lo explicas…
Y así fue, se pusieron en contacto con el Gobierno
Civil y Pedro contó lo ocurrido. A las dos horas llegó un coche de la Guardia
Civil con instrucciones de llevarse todos los trozos de la virgen, se los
llevaban directamente al Museo del Prado para una restauración de urgencia.
Cuentan que los restauradores de El Prado estuvieron
toda la noche trabajando en la imagen. Y que Pedro, por si acaso, no salió del
cuartelillo; de alguna manera él, que no era del pueblo, era el culpable: era
mejor cabeza de turco que la pobre mujer, y además se sabía que no iba a misa
los domingos con los niños, como habían hecho siempre el resto de los maestros…
La virgen volvió al pueblo al día siguiente; no era
la misma pero no se notaba mucho el daño sufrido. El acto de desagravio se
realizó, sí, pero no por el Sr. Obispo; tampoco asistieron las autoridades
anunciadas.
El entonces Ministro de Información y Turismo,
político celta aún en activo, recomendó a la prensa no informar mucho del acto.
El milagro de la virgen rescatada se olvidó muy pronto.
Pedro no siguió en el pueblo el curso siguiente.
Camino de Madrid, en su Vespa, se acordaba de Santa Teresa saliendo de Ávila,
pero él no paró ni para limpiar la moto.
Érase una vez, en un colegio normal un maestro un tanto
especial: Eduardo. Eduardo era una de esas personas catalogadas de extrañas en
su comportamiento; nunca había hecho nada especialmente inusual, pero todos los
compañeros le tenían un cierto recelo.
Un buen día, Eduardo se presenta sonriente en la Delegación
de Educación a tomar posesión de su nuevo cargo como inspector. Habla con unos,
habla con otros, nadie sabe nada de su nombramiento… se le indica que espere en
su centro a que llegue el documento.
Extrañados preguntan desde Personal a Inspección Educativa:
no tienen conocimiento de que se hubieran convocado pruebas para el acceso;
ellos tampoco saben nada; se llama a los Servicios Centrales: tampoco; optan
por esperar a que llegue el nombramiento.
Eduardo ya ha comunicado en su centro que se va a ir
y llama cada dos o tres días para ver si su nombramiento ha llegado; siempre le
contestan que no, que espere. En una de las llamadas se le comenta que
Inspección Educativa no sabe nada del asunto y, entonces, es cuando comenta que
él no va a ser inspector de educación, que a él lo han nombrado inspector de
trabajo.
Aaaah, bueno. La cosa se aclara: va a depender de otro
organismo y por eso no se lo han comunicado a Personal de Educación; se le
indica entonces que tiene que hacer las gestiones en la Inspección de Trabajo y
pedir la excedencia como maestro cuando le nombren oficialmente.
Al mes siguiente, cuando el tema estaba bastante
olvidado, Personal recibe un escrito de Eduardo:
…y lo que no
entiendo es que, un mes después, yo siga cobrando mi antiguo salario de maestro
en lugar del nuevo como inspector, así que les ruego procedan a hacer las
gestiones oportunas para que me sean abonadas con la mayor prontitud las
cantidades adeudadas con los preceptivos intereses de demora.
Nuevas dudas… “¿pero no dijo que era inspector de
…por lo que
le ruego se sirva presentar en este servicio su nombramiento como inspector y
su documento de toma de posesión, a fin de proceder a regular su situación a la
mayor brevedad posible. Atentamente…
Para terminar de arreglar la cosa, la Dirección del
colegio de Eduardo comunica que la situación se está volviendo muy extraña con
esta persona: Eduardo prácticamente no imparte clase, se ha despedido de todos
y está a la espera de “pasarle los trastos” al sustituto; ha dejado de
participar en cualquier actividad del centro, no inicia temas nuevos y se
limita a repasar lo ya impartido.
Siguiente mes, nueva carta, esta ya en un tono
ofendido:
…El servicio
de Personal ha demostrado ser un auténtico nido de inútiles corruptos,
incapaces de solventar un problema que se está tornando realmente enojoso, cual
es llevar dos meses cobrando un sueldo que no corresponde con mi nueva
categoría. Ahora pregunto yo: ¿quién se está llevando mi dinero? ¿Tienen
respuesta a eso, eh?
Vuelta a contestar solicitando su nombramiento, pero
además se le llama por teléfono para aclarar la situación. Se le pide, por lo
menos, la publicación en el Boletín de la convocatoria de la oposición, para poder rastrear el nombramiento.
Respuesta de Eduardo: “El Ministro de
Trabajo no necesita ninguna convocatoria para nombrarme lo que le dé la gana,
pues no faltaba más.”
La alarma sube a nivel 8. Del centro siguen
informando acerca de su actitud totalmente pasiva, así que se pasa toda la
información a Inspección Educativa para que acuda al centro.
La inspectora de la zona visita el centro con el propósito
específico de entrevistarse con Eduardo y aclarar la situación. El director los
presenta y la inspectora se queda charlando con él; al cabo de un rato aparece
la esposa de Eduardo, se hacen las presentaciones de rigor y continúa la
conversación... pero, algo no es normal: no es normal que donde Eduardo ve y
habla con su esposa, la inspectora sólo vea una columna… No, si no pone en duda
que sea muy delgada y tímida, pero, a tenor de las respuestas de Eduardo, la
mujer interviene de vez en cuando, aunque la inspectora, desde luego, no la
oye. Ante la situación, la inspectora huye literalmente del centro y nada más
llegar al despacho, tartamudeando, dicta una nota interna para informar a la
inspección médica, a fin de que tome medidas urgentes.
El inspector médico apareció por el centro, se
entrevistó con el interesado (“dígale que vaya solo, sin su señora”), llegó
inmediatamente a la conclusión de que Eduardo estaba como las maracas de cierto
músico de color. “¡Cielos, que paranoia!”,
Se dictaminó que, dada la edad del interfecto, era
más sencillo administrativamente hablado –y seguro que menos doloso para el
interesado- proponer su jubilación anticipada que incoar un expediente de
incapacidad psicológica para desempeño de la labor docente.
Tras un largo expediente, que recorrió los despachos
de medio ministerio de sanidad, de educación y de
Un a modo de profunda y relajada respiración invadió
todos los despachos de la Delegación. Las sonrisas volvieron a las caras crispadas;
los chistes de los viernes se volvieron a escuchar, al principio tímidamente,
luego con más relajo. Los legajos y decenas de informes y de expedientes
relativos al caso fueron archivados en profundos armarios y –creedme- sé de más
de uno que hubiera tirado las llaves al mar. Un halo de tranquilidad y beatitud
se apoderó de las cabezas funcionariales y, por un momento, dieron ganas de
exclamar, como Jorge Guillén: “el mundo funciona bien”.
Ay, pero quién sería el que dijo que no hay bien que
dure para siempre… El día que la auxiliar puso el sello de entrada en un
escrito con letra bien conocida, casi hubo que avisar a urgencias por parto
prematuro, “igual sólo quiere despedirse, darnos las gracias por la ayuda
prestada, qué sé yo”, después apareció la verdadera preocupación:
“Señores:
Desde que el
pasado día tal se me consideró jubilado forzoso en contra de mi parecer, he
sido vejado en multitud de ocasiones, pero ninguna vejación es comparable a la
del bolsillo, y eso sí que no, por ahí no paso, señores, vamos. Ahora resulta
que todo un inspector jubilado, como yo, tiene que cobrar la jubilación que
corresponde a un maestro… ¡No y mil veces no! Removeré Roma con Santiago para
que se haga justicia. Sé que hay gente a la que no le gusto, pero quedan avisados
de que este digno viejo no se rinde y que luchará por sus derechos hasta la
última peseta.
Quedan
avisados, señores.”
Una sombra de compasiva mala leche nubló la mirada
de los funcionarios según iba la carta pasando de mano en mano. “Esto es increíble,
nunca he visto nada igual”. Los legajos fueron extraídos de sus ataúdes
metálicos con un asco exhumatorio, con un hastío de
siglos. “Vuelta a empezar, ostras Pedrín con el tío”.
Informe tras informe, carta tras carta, cada vez a
jerarquías más altas fueron acabando con el buen humor, los chistes de los
viernes, el cañoteo a la salida y hasta con los
cordiales saludos a la entrada. Los funcionarios vivían en un sinvivir, sin saber nunca de dónde les iban a llegar
noticias frescas de una nueva reclamación de Eduardo acerca de lo injusto de su
situación, y de lo dispuesto que estaba a no dejarse vencer por el Castillo de
Kafka, eso decía.
Kafkiana era en efecto aquella carta que llegó, se dijo, al
despacho mismo del subsecretario, y fue bajando en cascada:
Vamos a ver,
señores: se nota mucho que están todos en el ajo y que hay alguien que se está
beneficiando de esta situación. Si se creen que este pobre viejo no va a hacer valer
sus derechos, o que se va a rendir, o que le dan miedo los altos cargos, están
muy equivocados: les adjunto copia de la carta enviada al Defensor del Pueblo,
al Colegio de Abogados, al Presidente del Tribunal Constitucional, al Tribunal
Internacional de Justicia de La Haya, a las Naciones Unidas y al Jefe de Prensa
de Su Majestad el Rey. Y si todos son tan inútiles como parece, de no ser
capaces de encontrar dónde está el error por el cual este ciudadano ve
lesionados sus derechos fundamentales, cuales son los de jubilarse con la
pensión que le corresponde, que es la de Inspector, habrá que plantearse muy
seriamente si dichas instituciones son dignas de dirigir a los ciudadanos, o si
nos podríamos ahorrar muchos impuestos con unos pocos kilos de Goma 2.
José
Ortigüela: no creas que no sé que tú estás detrás de todo esto, nunca me
pudiste ni ver, yo a ti tampoco, pero soy un caballero y por eso nunca te lo
dije. José Ortigüela: que sepas que a veces no es tal chollo tener un horario
hasta las tres, que sé cuándo entras y cuándo sales, con quién vienes y con
quién vas, y que te vas a arrepentir toda tu vida de lo que me estás haciendo.
No te puedes ni imaginar el tiempo que tengo para dedicarlo a destruir tu
persona, ni las energías que da el no tener que madrugar a diario. Estás
avisado.
El horror se dibujó en todas las caras: “Es un loco
peligroso: la cagamos. Pero ¿quién es José Ortigüela, a todo esto?” La pregunta
del millón: ¿Quién es José Ortigüela, el supuesto culpable de todo? Petición
urgente de la nómina de todos los maestros (carrera, provisionales e interinos)
que han pasado por el colegio de Eduardo desde los años 60; consulta a las
bases de datos de todos los funcionarios y personal laboral de la
Administración educativa… Nada. Ningún José Ortigüela.
“No hay ningún José Ortigüela, menos mal” “Menos mal
no: José Ortigüela puedo ser yo, y no me hace gracia”. “Pues es verdad. O yo”.
¡Todos podemos ser José Ortigüela! Vamos a mandar copia de la carta a la
Policía, que esto no me gusta nada.”
El expediente del Anticristo seguía engordando y
engordando: cruce de cartas terribles, apocalípticas; acusaciones gravísimas de
cohecho, amenazas de muerte, de fuego eterno; informes aclaratorios, petición
de datos a distintas administraciones, corteses y asépticas cartas de respuesta
que apenas podían ocultar la mala leche de quien las firmaba… Pasaron las
semanas…
Las cosas de palacio van despacio pero nunca se
detienen. Un día se recibe la visita, extraoficial, del Inspector Barrios.
Están preocupados por las cartas de Eduardo, no sólo las recibidas en la
Delegación, también les han enviado copias de otros organismos.
Extraoficialmente, Barrios comenta que don Eduardo tenía una causa condenatoria
años atrás, por agresiones, que no llegó a suponer ingreso en prisión… La boca de todos se abrió mucho, pero no para
hablar.
Siguieron meses de incertidumbre y miedo, de no
creérselo pero sí creérselo; de sentirse raro…
Pero el tiempo, que todo lo borra y todo lo cura, hizo su labor
silenciosa y rítmica, y las sonrisas volvieron a aflorar en las bocas de los
funcionarios implicados, que a estas alturas, eran los de media España. Por
fin, alguien se atrevió a traer unos pastelillos para celebrar que su hija se
casaba. El pulso implacable de la vida y la labor diaria se fueron imponiendo.
Nunca más se volvió a saber nada de Eduardo.
Aunque dicen algunos que su espíritu vaga por los
sótanos…. acechando a José Ortigüela.
Así que, si entras a trabajar en la Delegación y
alguien te pide que le acompañes al sótano para revisar un expediente,
llamándote José Ortigüela “por error”… ¡estás avisado!.