El Diccionario Crítico Castellano e Hispánico de Corominas es tendencioso y falsea la historia de Valencia y su lengua
Ricardo García Moya
Todos sabemos que el ser humano, no importa su formación cultural, puede caer en execrables abismos morales, como el filólogo ruso que asesinó a más de cincuenta personas. Evidentemente, es un caso patológico similar al del marqués de Sade, que seducía a sus sirvientas con el venenoso extracto de cantáridas. No obstante, hay otras maldades –las lingüísticas- que son más difíciles de descubrir, al ser camufladas bajo el disfraz de prestigio del autor. El propio Sartre, teórico defensor de las libertades, no tuvo inconveniente en escribir para los alemanes del III Reich una obra de teatro, “Bariona”, que denigraba al pueblo judio y fomentaba el antisemitismo.
Además de literarios inmorales, también hay libros asesinos, como el códice impregnado de arsénico que recoge Umberto Ecco en “El nombre de la rosa”, quizás, inspirándose en lo sucedido a Alfonso el Magnánimo de Valencia, cuando “su mayor enemigo le envió un libro de Tito Livio. y disuadiéndole los de palacio y los médicos que le manejase, por la sospecha de que en él venia el veneno” (Mendo, A.: El príncipe perfecto, Madrid 1656, p. 82). Actualmente, a los valencianos nos están destruyendo con libros emponzoñados, aunque el veneno empleado no sea ningún compuesto químico.
Un filólogo puede poseer todos los conocimientos de su ciencia y, sin embargo, hacer uso tendencioso de la misma. Veamos el caso de Joan Corominas y su Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico (DCECH), obra de obligada consulta para cualquier profesional de la filología. Nadie puede discutir a Corominas su saber lingüístico; sin embargo, aunque se escandalice la “beatería intelectual”, la finalidad del citado DCECH fue encumbrar el catalán sobre el castellano y, de paso, fagotizar el idioma valenciano. Corominas comenzó en 1927 un diccionario etimológico catalán, pero observó que muchas palabras eran comunes con el castellano y que gran parte del léxico actual se documentaba por primera vez en el Reino de Valencia. En 1939, sin aclarar la causa, se decidió a escribir el diccionario etimológico castellano. ¿Por qué un nacionalista como Corominas –discípulo de Pompeu Fabra, miembro del “Institut de Estudis Catalans” y defensor de los Países Catalanes- se olvidó de su proyecto y decidió “dar prioridad” al idioma enemigo? En 1939, no podía arriesgarse a publicar una obra defensora del imperialismo catalán; el franquismo estaba en su apogeo y no lo hubiera tolerado. Por tanto, aprovechando el material léxico recogido, fue gestando su DCECH en el que introduciría sus anhelos inconfesables. Los cinco tomos de la obra contienen una sutil exaltación del catalán, pero –y ahí está lo censurable- devorando el léxico valenciano de los siglos XIV y XV.
La politización del DCECH se evidencia en su obsesión por ofrecer al lector un concepto del territorio valenciano como colonia del “Principado”. Para Corominas, “Valencia es tierra catalana” (T. 5.°, p. 261), y, con el salvoconducto que le ofrece este concepto, se considera autorizado para saquear léxicamente al Reino de Valencia, que él llama “Pais Valenciano”, aunque a continuación escriba enfáticamente “Principado de Cataluña” cuando se refiere a su tierra. ¡Vaya científico imparcial¡ Corominas, en su avaricia léxica, recalca plomizamente el catalanismo de los vocablos valencianos; aunque respeta la independencia entre gallego y portugués y la singularidad del aragonés, asturiano y leonés. Corominas hurta –metafóricamente hablando- los vocablos de origen árabe y mozárabe que pasaron a través del valenciano a otros idiomas peninsulares. Así, el vocablo Albufera que deriva “del árabe buharra, diminutivo de mar, es catalán”. Corominas, al estudiar la etimología de las lenguas peninsulares, observó que el valenciano aportaba una gran proporción de voces al catalán y castellano; de ahí su sistemático expolio a los clásicos como Jaume Roig. También ignora la opinión de los gramáticos que respetaban el idioma valenciano, como Covarrubias (Tesoro de la Lengua, año 1611), que reconocía el origen valenciano de palabras castellanas (p.e., “chuleta” que derivaba del valenciano “chulleta”). Corominas descubrió que una gran proporción del léxico actual –en gráfica y acepción- no era usado en 1238, fecha de la conquista de Valencia, cuando existía un koiné lingüística romance. El léxico valenciano –que eliminó vocablos romances, arcaístimos latinos y provenzalismos- se formó lentamente en paridad con otros peninsulares y, por supuesto, no fue Cataluña el lugar privilegiado para que surgiera una lengua culta –como insiste Corominas-, sino el Reino de Valencia en su Siglo de Oro; anticipándose también a Castilla, pues incluso en el siglo XV, el gramático Nebrija se avergonzaba de la rudeza de su lengua. El filólogo catalán no perdona ni a la típica exclamación ¡che! (considerada todavía valenciana en la última edición del María Moliner). Corominas sabe que no tenemos defensa, pues la Universidad está en manos del taciturno Lapiedra y la Generalidad hace lo que puede para incrementar el catalanismo.
Están jugando con nosotros como hacían con los soldados heridos de Felipe IV en el siglo XVII: “algunos bárbaros (catalanes) no querían acabar de matarlos, porque tuviese todavía en qué cebarse el furor de los que llegaban después” (Melo, M.: Guerra de Cataluña, año 1641, p. 274).
Las Provincias 18 de mayo de 1992