El idioma valenciano de la resistencia

El idioma valenciano de la resistencia

Por Ricardo García Moya

En el siglo XVIII, tras escu­driñar cartesianamente el tra­sero de las sirvientas, degustar chocolate y escuchar a Scarlatti, el poder emitía de­cretos de imposición del caste­llano en la Administración y enseñanza. Los valencianos no podían usar su idioma ofi­cialmente, generándose una espontánea resistencia si­milar a la que vivimos en el 2004 ante la imposición del catalán. Esta insumisión no la protagonizaron los filólogos, sino el pueblo que conocía su idioma y no estaba dispuesto a que la lengua de Castilla eli­minara la propia. Curiosa­mente, la transmisión oral del valenciano y el analfabetismo del castellano que sufría la población en edad escolar fue­ron el factor que ayudó al mantenimiento de la lengua, igual que sucedió con el vasco. Ahora, en 2004, la televisión catalana de Camps o los im­presos en la lengua del IEC penetran hasta el putonclub más recóndito del Reino, sien­do imposible la defensa contra el fascismo expansionista ca­talán.
En la Resistencia hubo pseudoeruditos como Ros o Sanelo. El notario, especialmente en la etapa juvenil, se erigió apóstol de un supuesto valenciano culto en su primer diccionario (a. 1739), donde incluía voces estrambóticas y arcaísmos del siglo XIII; mé­todo que juiciosamente aban­donó en la edición de 1764, Ejemplo de voz valenciana que Ros consideraba culta en 1739 sería ‘atayfor’ o ‘mesa redonda de moros’, que sólo existía en algún glosario cas­tellano de voces arábigas; por el contrarío, hay que agra­decerle el testimonio sobre pronunciación y grafía del va­lenciano vivo, y en ello colabo­raron Mayans y Ros: “Se dice Eixátiva” (Mayans: Voc-1787); “el valenciano escribe ahora Eixativa” (Ros: Carti­llas valencianas, 1750). La­mentablemente, el médico Sa­nelo, llevando al límite la pe­dantería arcaizante, recogía voces catalanas del Libre de Menescalia (Barcelona, 1523), y pretendía hacer pasar como valenciano exquisito rarezas medievales como el participio “llest”, en lugar de “llegit” (carta a Soriano, 21-III-1800) Pero el núcleo de la resistencía no era Ros o Sanelo, sino el comerciante, artesano o labra­dor que componía o memorizaba ‘coloquis’; o asistía al co­rral de comedias donde, en obras aparentemente castella­nas, surgía el idioma del Reino.
La semana pasada estuve en la Biblioteca Nacional para hojear, sin convicción y con bostezos, la comedia mística ‘El iris setavino’ de Gabriel Gamez; autor que podríamos incluir en la resistencia. En manuscrito legible, el drama­turgo nos anestesia en los pri­meros 35 folios de esta cata­plasma ambientada en Eixátiva; pero en el siguiente –cuan­do se supone que el dormido censor no proseguiría la ins­pección del texto-, los labrado­res de Eixátiva “salen de valencianos con garrotes” (f. 36,v.) Uno, el más orgulloso, advierte: “Cavallers, miren vostés que estic yo”, mientras el gracioso castellano “Cala­baza” trata de burlarse. El dramaturgo era prudente, por lo que sigue llamando San Phelipe a Eixátíva, pero la lengua brota con vigor en el uso del neutro: “Lo que diu, ya está dit”; y demostrativos: “Allá va eixa”. En fin, con la excusa de loar a la Mare de la Seo d´Eixátiva, el autor da ejemplos léxicos y morfológi­cos: “vostés ascolten” (f.52), “apresa que se fará tart”, “amics, a treballar, cada hu prenga son puesto”. En mayo de 2004, los comisarios de Camps y Rita siguen asesi­nando esta lengua: “yo, ascolten, puesto, tart, apresa, eixa, lo que diu, hu... “, que, curio­samente, coincide con la pro­hibida por chupacirios borbó­nicos de 1753.
En la resistencia aparecen morfologías que, probable­mente, se originaron para dis­tanciarse de homógrafas cas­tellanas-. Así, del árabe `fulán’ surgió la voz ‘fulano’, compar­tida por el valenciano y caste­llano: “A mossén frare fulano, del convent de Sent Martí” (BUV Morlá, Ms. 666- c,1649); “Si fulano la volia, si sutano li ha parlat” (Coloqui de lo que pasa en les novies, c.1840); pero Ros ofrece una morfolo­gía singular: “En valenciano,.. se dice: “Fulá está alicaygut, y a Fulá li han caygut les ales” (Dicc. 1764), El vocable ‘fulá’, arreplegat per Escrig (1887), l’ha prohibit la Gestapo del IEC y també –morro en térra y cul al vent-, el valencianisme zen y alicaigut.
Contrastando con el ‘fulá’ repudiado por el fascismo catalanero, otras voces valen­cianas de raíz arábiga las robaron con avidez. Es el caso de `alcabor´, coqueto aposentillo que se construía en el Reino de Valencia sobre la bó­veda o campana del horno. El recoleto y cálido recinto poseía condiciones afrodisíacas que afectaban a los conocedo­res del mismo, incluso a las clientas de la panadería. Los versos de Roig recogen el caso de la `fornera’ alcahueta que mediaba para que “son fíll dormir / ab ses loçanes parro­quianes, / en l´alcavor” (Espill, 1460). ¿Quién podía re­primirse en el interior del penumbroso y limpio ‘alcabor´, con temperatura razonable­mente demoníaca en invier­no? Impregnado de aromas celestiales (en él fermentaba la pasta, se elaboraba el ‘bescuit de canteIl´, se tostaba almendra, el cacao del chocola­te...), el alcabor era la viagra d’atobons y algeps. La historia del ‘alcabor´ equivaldría a la de la sexualidad morbosa valenciana. Si en 1460 eran parroquianas del horno sus usuarias, en mayo de 1573 se abría en la sala de la Inquisición de Valencia el proceso contra el joven Bartolomé Juárez, adicto al sexo en al­cabor. El acusado había traba­jado en el Horno de San Lo­renzo y en el de Bernat de San Nicolás, practicando contra natura “encima de un saco dentro del pastador” y, con un tal Ramonet, “en el alcabor del homo” (AHN. Inq, L. 913),
Del árabe ‘qabú´ (cúpula, bóveda) brotaron sustantivos valencianos como alcabó, alcavó, alcavor (con bilabial o labiodental, según el dialecto del idioma valenciano de la zona), con acepción hidráulica de conducto subterráneo de aguas, mina, manantial en una cueva, etc.; y, en zona alcoyana, el verbo “alcavorar: fer alcavons baix terra”. Sin duda, el pariente más literario de esta familia léxica fue ‘alcabor´, cuya primera documen­tación figura en los versos de Roig, aunque siglos después se extendiera por Murcia, Aragón y la ruta valenciana a Lérida. En 1846, en la come­dia “Un pillo y els chics edu­cats” figura la alabanza del ‘alcabor’ como lugar de reposo de un golfillo: “El puesto huapo, el millor / pera dormir en l´hibern, / es de un forn el alca­bor / ¡Qué caloreta tan dolsa... / que conforta y no crema” (p. 25). El anónimo autor usa el adjetivo neológico ‘huapo’ que, curiosamente, enlazaba con los primitivos y enigmáti­cos ‘wapo’ y ‘huap’ europeos, hijos tortuosos del latino ‘vappa´ (vino mediocre, bri­bón). Y, por cierto, la grafía ‘hibern’ no era vulgarismo de la resistencia, al respetar la etimología del latín ‘hibernum’. En fí, acabe y els deixe resistint en pau. Vullc vore si trobe per els alrededors un alcabor pera saborejar in situ certes qualitats que...

Diario de Valencia 9 de mayo de 2004

INDICE

http://www.garciamoya.cjb.net