El "Vocabulario valenciano" del catalán Rosanes
Por Ricardo García Moya
Es falso que la castellanización de los valencianos se produjera antes del XIX, salvo en el funcionariado y capas dirigentes; el pueblo llano, en tiempos de Bernat y Baldoví, era incapaz de hablar correctamente el castellano. La implantación sistemática fue iniciada hacia el 1869 por Miguel Rosanes, un catalán de Vic destinado al Reino y que se propuso enseñar la lengua de Cervantes a quienes no conocían más idioma que el valenciano. Según Rosanes, nombrado director de la Escuela Superior de Sueca, era empresa titánica: “Es preciso tocarlo prácticamente para formarse una idea del ímprobo trabajo que esto ocasiona. Cuando tomamos nosotros posesión de la escuela que dirigimos, no hubo entre cincuenta niños mayores de 9 años uno solo que supiese el siginificado de la palabra ceniza. Dios sabe lo que esto nos desalentó” (Rosanes: Miscelánea, 1864, p.78). El pedagogo catalán, tenaz, optó por publicar un “Vocabulario valenciano-castellano” destinado a introducir la gramática de Castilla en las poblaciones en que no se habla la lengua castellana”. El manual tuvo éxito entre los maestros, usándose para la inmersión en castellano con el método de sustituir la voz valenciana por la castellana, táctica perfeccionada en el 2001 por la Generalidad, al prohibir vocablos valencianos e imponer los catalanes y castellanos. Entre los sustantivos que recoge Rosanes hay algunos tan patrimoniales como “chulla” (catalán xulla), “garró” (cat. turmell), “melic” (cat. llombrígol), y “bascoll” (cat. clatell); el derivado “bascollá” (cat. clatellada), recurso pedagógico contundente, también lo incluye Rosanes. Aparte de estos vocablos figuran otros que son idénticos en valenciano y castellano, realidad que la inmersión rechaza sin razonar que la lengua valenciana posee tantas voces similares al catalán como al castellano, y que muchas de ellas surgieron en el Reino antes que en la meseta o en el condado levantino.
Así, la primera documentación de bufanda en castellano es de 1782, mientras que el “bufanda” recogido por Rosanes estaba arraigado en el idioma valenciano del XVIII: “eixes bufandes tan fines” (Coloqui de Pepo Canelles), de donde pasaría al catalán. En la lista de Rosanes encontramos al monstruito regnícola “butoni”, equivalente al coco castellano y papu catalán. Los filólogos catalanes (los que leen país donde dice Reino), han tratado de restarle encanto y misterio al atribuirle la etimología “bu + Toni”, sin documentación que la sustente. Parece que la forma “buto” era la más antigua, pues Escrig da preferencia a butoni (1871), y también existía un juego infantil con tal denominación: “asó es chuar al butoni” (El Mole, 1840, p. 10). Por los mismos años en que Rosanes redactaba su vocabulario en Sueca, el suecano Baldoví ofrecía en verso la sinonimia entre fantasma y butoni: “vore que les femelles / fasen també la fantasma(...) anar fentmos el butoni / a deshora de la nit” (Pascualo y Visanteta, 1861, p.6).
Después de 1707 el idioma valenciano seguía tan vivo como en el 1400, asimilando voces foráneas y modelando morfologías propias, hasta tal punto que la lengua valenciana moderna apenas tiene parecido con el romance de 1238. Hay léxico que suponemos ancestral y no se remonta a más de dos siglos. Así, en la frase: “Chiqueta, tingau trellat y no mos trenqueu eixos butacóns”, usamos el sustantivo “butacóns” incorporado hacia el 1850, procedente del malsonante venezolano “putaka”. De igual modo, butoni o buto pudo estar asociado al valenciano bulto, imagen humana borrosa; o podría emparentar con el italianismo. “busto” en su antigua acepción de cadáver (la generalización fonética y gráfica de sinyor, sinyora en el valenciano del XIX estaría vinculada al italiano signare, y plurales similares al italiano “buoni” podrían generar tras peripecias orales formas populares como butoni). El enmudecimiento consonántico también era decisivo en la creación de voces, de busto a buto pudo suceder como en el cambio morfológico y semántico del antiguo “tresllat” (traslado) al moderno “trellat” (cat. seny).
Los catalanes ambiciosos -los que llaman catalán a Sorolla en la Gran Enc. Catalana-, han conseguido que nos avergoncemos del idioma valenciano del XIX, producto de la evolución independiente del mismo. En 1860 pudo constatar Rosanes que se mantenía la singularidad idiomática respetada incluso por Jaime I, cuando ordenó arromançar los Furs sin supeditarlos a ninguna lengua foránea. El vocabulario del aséptico Rosanes captó esta preciosa morfología valenciana: “bol chaca” (cat. butxaca); “cona de cansalá” (cat. cotna de cansalada),y “robell” o yema de huevo (cat. rovell), cultismo que enlaza con el étimo latino “robigo”, con bilabial (Ros, 1764). Frases como “rama chiqueta que escomensa a arrailar” (p.46) o “Borracho, choquet de chica” (p.59), erizarían pelusas de madame Parrús e incluso las de monsieur Tarancón. Junto a voces surgidas después del 1238 (butacó, arbelló, bolchaca, butoni...), el idioma valenciano que recogió Rosanes contaba con joyas mozárabes como “cuallá” (p.16), derivada del latín coagulare. Hasta los filólogos más rateros admiten la valencianía del mozarabismo: “no tengo pruebas de que el valenciano quallar se haya empleado en catalán” (Corominas, DCECH); y Gulsoy y Cahner también lo reconocen: “La gran vitalidad de quallar en Valencia se deberá al hecho de que allí haya continuado como mozarabismo” (DECLLC,1992). No les queda más remedio que aceptarlo ante la documentación medieval en valenciano donde aparece “quallar” y derivados. Como es sabido, por la ruta valenciana a Lérida fue filtrándose nuestro idioma, aunque Gulsoy observó que, todavía “en el siglo XVII, quallar debía ser poco conocido en el Principado” (DECLLC). Ahora ya lo conocen y utilizan.
Una reflexión: si del latín “coagulare” -pasando por los mozárabes “quwalyo, qalyo” de 1106- , los valencianos creamos la familia semántica de “quallar”: ¿qué autoridad tienen los rosanes de Ascensión -sean mallorquines como Hauf o fanáticos catalaneros como Verónica Cantó-, para impedir que sigamos escribiendo y pronunciando la apócope en “quallá” o “cuallá”? Tal morfología fue creada en el Reino por valencianos libres, no castellanizados ni supeditados a ninguna gestapo del IEC. Otra cosa es que toleremos que los catalanes sigan usando el arcaísmo valenciano “quallada” (que les prestamos gustosamente), pero nosotros tenemos derecho a apocopar sílabas y plasmarlo gráficamente sin sufrir imposiciones de los plomizos vecinos.
Y una duda bizantina: ¿por qué el suecano Joan Fuster, tan perspicaz y erudito, no se enteró de que el Reino -incluida Sueca- fue castellanizado a rajatabla por el catalán Rosanes en 1864?
Diario de Valencia 16 de Diciembre de 2001