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Adolfo Bonilla y San Martín.

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Las leyendas de Wagner en la literatura española Por Adolfo Bonilla y San Martín. (Pdf en formato Zip)

- Adolfo Bonilla y San Martín. - Las leyendas de Wagner en la literatura española. - Conferencia pronunciada en la Asociación Wagneriana de Madrid. Cápitulo VI, Madrid, 1913.

No sucede lo mismo con Parsifal, última de las producciones wagnerianas. Como Tristán, como Lohengrin, ha habido una época en que Parsifal fué harto familiar a los lectores españoles.
Pero, en el argumento de Parsifal, se enlazan dos temas que nos interesa distinguir aquí: el del Grial, y el de Parsifal mismo. Según el Diccionario académico, grial (del bajo latín gradale) es «vaso o platomístico de que se habla en los libros de caballería». Si semejante acepción de grial hubiese sonado en los oídos de un ama de casa del siglo XIV, habría sentido la misma impresión que la que experimentaría una de nuestro tiempo al oir que unas trébedes son un objeto cabalístico. Porque es lo cierto que un grial, en tierra de Castilla, era antiguamente un plato o vaso más o menos grande, sin sentido místico de ningún género. Así el Arcipreste de Hita, describiendo lo que hace la dueña al llegar la Cuaresma, dice que limpia y muda todos los objetos de la cocina casera: «Escudillas, sartenes, tinajas e calderas, cañadas e barriles, todas cosas caseras, todo lo fizo lavar a las sus lavanderas, espetos e griales, ollas e coberteras» (41).
Se decía, pues, grial por vaso (42), plato o escudilla, de la misma suerte que tabla por mesa; y así como la denominación Tabla Redonda tenía una significación especial, aplicada a la institución fundada por el rey Vter Padragón, a instancias del sabio Merlín, así Santo Grial era, tradicionalmente, la copa sagrada en que José de Arimatea recogió la sangre de Jesucristo. Somos tan afortunados en materia de leyendas relativas a copas milagrosas, que, si hemos de creer a la tradición, se conserva precisamente en España y es la más preciada reliquia de la catedral de Valencia, el cáliz usado por Jesucristo en la última Cena. «Su forma es semi-esférica, del tamaño de una naranja grande, y de una especie de piedra ágata conocida con el nombre de cornerina oriental. Su color rojo obscuro es tan especial, que introduciendo en el interior de la copa una luz, aparecen en su transparencia visos de varios matices, con todas las coloraciones del iris, claros, encendidos y obscuros. Dicha copa está desnuda de toda guarnición de adorno, y su pie, que es del mismo color, parece de concha. Los bordes y centros de éste, están guarnecidos de oro purisímo, veintiocho gruesas perlas, dos balajes y dos esmeraldas. El cuello y las asas son de oro, delicadamente cincelados» (43).
Lo que positivamente se sabe acerca de esta copa, es que durante los siglos XIII y XIV se guardaba como reliquia en el monasterio de San Juan de la Peña. Pasó luego al real palacio zaragozano de la Aljafería, en tiempos del rey D. Martín; y después a manos de Alfonso V, quien, teniendo que partir de Valencia, lo depositó en la Catedral. Los monjes de San Juan de la Peña, por su parte, decían que el tal vaso había correspondido a San Pedro, después de la Asunción de la Virgen; que San Pedro lo llevó de Jerusalén a Roma; que, en tiempo de San Sixto II, su tesorero San Lorenzo llevó el cáliz a Huesca, su patria, y que, en los momentos de la invasión sarracena, los cristianos oscenses huyeron con la reliquia a cierta cueva, situada en los abruptos Pirineos, donde más tarde se fundó el citado monasterio de San Juan de la Peña. Todos estos detalles, y algunos más, fueron minuciosamente recogidos en Valencia, el año 1736, por don Agustín Sales, en su Disertación histórica, crítica y expositiva del Sagrado Cáliz en que Cristo Señor Nuestro
consagró en la noche de la Cena Y no es este, por cierto, el único célebre cáliz español. Los autores de la Primera Crónica general (capítulo 981), al hablar de la conquista de Almería por Alfonso VII el Emperador (en 1147), dicen, siguiendo al arzobispo don Rodrigo: «Et ell estando allí ya cuanto tiempo, viniéronle y en ayuda el conde don Remond de Barcilona, su cuñado, et los genueses (genoveses) con sus flotas; et ayudando ellos fielmente, ell emperador vencio et gano Almaria et sus terminos, que era aquello por que el viniera alli. Et retovo para sí la cipdat, et dió la prea toda a los de Genua; et en la prea et en los espojos que tomaron en la cipdat et en los terminos della, fallaron y un vaso de piedra esmeralda que era tamaño como una escudiella, et los de Genua dijieron al emperador que les diesse aquel vaso, et todo lo al que lo diesse a quien él quisiesse, ca ellos non queríen ende más de aquel vaso, et con aquéll eran sus pagados. Et ell emperador otorgógelo, et dióles el vaso, et tomó toda la otra prea et dióla luego toda al conde de Barcilona.» Gayángos hace notar que este vaso debía de ser el mismo que los genoveses mostraron a Luis XII en 1502, diciendo que era la copa usada por el Señor en la última cena, y que la habían adquirido como su parte del despojo en la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099 (44). Crigor, ninguno de estos griales es el de José de Arimatea, el laro es que, en conservado, según la fábula, en el mítico castillo de Corbenic; pero no por eso dejan de ser santos, ni de enlazarse con tradiciones semejantes. Sea de ello lo que quiera, es bien singular que la localización de la leyenda, en el Parzival (¿1200-1216?) y en el Titurel de Wolfram de Eschenbach, sea, como ya echaron de ver Milá y Menéndez y Pelayo, principalmente española. Wolfram menciona, además de Munsalvaesche (Mons Salvationis?), a Salvaterre
(Salvatierra) (45), Zazamanca (Salamanca) y Azaguz (Zaragoza), que no se leen en Chrétien de Troyes. Según el mismo Wolfram, «Perillo, príncipe asiático convertido al cristianismo, se estableció durante el reinado del emperador Vespasiano en el N.E. de España, y guerreó con los paganos de Zaragoza y de Galicia, al intento de convertirlos. Su nieto Titurel venció a estos pueblos y ganó a Granada y otros reinos, auxiliado de los provenzales, arlesianos y karlingios, y fundó el culto del Graal, custodiándole en un suntuoso templo, construido a imitación del de Salomón y situado en Montsalvat o Montsalvatge, montaña que se encuentra camino de Galicia y que circunda un gran bosque, llamado de Salvatierra, e instituyendo para la guarda del santo vaso la caballería del Templo. No es posible desconocer en estos relatos (escribe Milá) al mismo tiempo que la influencia de las Cruzadas... un recuerdo de la restauración de España por los príncipes cristianos, auxiliados alguna vez por las armas francesas; de la instalación de los Templarios en los condados de Foix (1136) y de Barcelona (1144) y de la peregrinación a Santiago de Galicia» (46). Son tan vagos e inseguros los datos geográficos de Wolfram de Eschenbach, que no es grande el partido que de ellos puede sacarse. Es muy probable que en la obra de Kyot (Guiot), a quien menciona, constasen ya. De todos modos, me inclino a creer que su Salvatierra y su Montsalvat estaban, en efecto, camino de Galicia, y que las noticias acerca de esos misteriosos lugares, fueron divulgadas por algunos de los peregrinos que volvieron de Santiago de Compostela. No ha de olvidarse tampoco que los templarios fueron dueños en España de numerosos y fuertes castillos, y que como dice Sandoval, «vemos por toda España, señaladamente en el camino francés que desde Navarra va a Santiago, ruinas de edificios, y templos caídos que fueron destas gentes» (47). En Toledo obtuvieron el monasterio de San Servando, y en otros muchos lugares, importantes posesiones. No es de despreciar, por otra parte, el hecho de que a las Cruzadas concurrieron caballeros catalanes, castellanos, aragoneses, navarros, gallegos y portugueses (48). A ellas fué, por ejemplo, el conde don Fernando de Galicia, hijo del conde don Pedro de Trava, ayo de Alfonso VII el Emperador (49). De Oriente vinieron entonces riquísimos motivos ornamentales, que aprovechó la arquitectura románica; y en Oriente asimismo pudieron observar palmeros y cruzados la relación simbólica del cáliz y de la lanza como instrumentos litúrgicos, pues la Iglesia griega hacía uso de la segunda (a manera de un cuchillo, cuya hoja tiene semejanza con la de una lanza) para dividir la sagrada forma en el sacrificio de la misa.
Nadie puede desconocer hoy (sobre todo, después de los trabajos de Bédier sobre la epopeya francesa), que los monasterios y lugares religiosos constituyeron, durante la Edad Media, factores que influyeron poderosamente en la formación y propagación de las leyendas. Allí se conservaban los restos del saber antiguo, pero también se fabricaban documentos falsos (de que se hallan plagados nuestros Cartularios), y se escribían narraciones fantásticas, con el objeto de aumentar la importancia a de la iglesia y de avivar el celo de sus favorecedores. La Abadía de Glastonbury, en Inglaterra, tiene así su especial representación en la historia fabulosa del rey Artús; la de Fescamp, en Normandía, ostenta el título de haber influído, probablemente, en la fuente leyendaria común de Chrétien de Troyes y de Wolfram de Eschenbach, en lo relativo a Perseval. Creo que alguna parte corresponde también en esta última a los clérigos y juglares de Santiago de Compostela. No me explico de otro modo las referidas alusiones topográficas de Wolfram. Pero las noticias que le comunicaron, fueron, sin duda, confusas y contradictorias, y de ahí la dificultad de su interpretación. Los peregrinos pudieron transmitir los nombres geográficos de Azaguz (la Sarraguce de la Chanson de Roland, la Saragus de la Crónica danesa de Carlomagno), de Zazamanca, de Salvaterre y de Munsalvaesch. Wolfram añade que la historia del Grial «está escrita en las estrellas, y tiene su fundamento en Toledo». No es imposible que en esta última referencia exista algún recuerdo de las famosas reliquias que, según la tradición, fueron trasladadas de Toledo a Asturias en la época de la invasión musulmana, y fueron a parar después a la Catedral de Oviedo. Entre esas reliquias estaban una gran parte de la sábana en que Cristo fué envuelto en el sepulcro; otra de la verdadera cruz; otra de la túnica de Cristo; ocho espinas de la corona; un fragmento del pan de la última cena; y una ampolla de la sangre que derramó milagrosamente la imagen del Salvador crucificada por los judíos en Baruth» (50).
Las reliquias se guardaron primero en cierta cueva situada en un monte (Monte Sacro, Monsagro) dos leguas distante de Oviedo, y fueron luego encerradas en un arca, mandada construir por Alfonso VI. Llegaron a ser tan célebres, que fué popular el refrán (registrado por Correas): «Quien va a Santiago y no a San Salvador, sirve al criado y no al Criador».
Véase, pues, si estamos en el caso de exclamar, con Goethe (51): .«Diess ist unser! so lass uns sagen und so es behaupten!» (Esto es nuestro! así hay que decirlo y así hay que mantenerlo!) Una de las más viejas menciones de Parsifal que encuentro en nuestra literatura, ocurre en cierta poesía de Serverí de Gerona, escrita en 1272 y contenida en el Cançoner dels comtes d' Urgell, publicado en 1906 por mi docto amigo D. Gabriel Llabrés. Allí habla de
«Lansalot e Tristany,
Persaval e Ivani,
Rotlan e Oliver,
Berart de Monleyder
el Xarles qui conques».
Probablemente en la segunda mitad del siglo XIV, se refundió en lengua castellana, casi al mismo tiempo que en portugués, una Queste del Graal francesa; y, después de varias transformaciones, llevó el título de: La Demanda del Sancta Grial, con los maravillosos fechos de Lanzarote y de Galaz su hijo, poniéndosele como libro primero un Baladro del sabio Merlín en el que entra una refundición castellana del perdido Conte du Brait. La Demanda, bien conocida y citada por los poetas del Cancionero de Baena, se imprimió en Toledo, el año 1515, y quizá antes en Sevilla, en 1500 (y después en esta misma ciudad, el año 1535) (52). En ella interviene Parsifal (llamado Perceval), a quien se da el sobrenombre: «de Galaz», por ser natural de esta tierra, y que se dice hijo del Caballero de la bestia ladradora, o sea de Palomades el pagano. Perseval visita, con Galaz y Boores, el palacio del rey Pelles, donde se custodia el Santo Grial, y se hace monje después de la muerte de su amigo Galaz, cuyos últimos instantes presencia. Pero Perseval es un personaje secundario en la Demanda (como en la Quête francesa, a diferencia del Didot-Perceval y del Perceval le Gallois) y no reune ninguna de las extraordinarias cualidades que la leyenda de Parsifal atribuye a éste. El Parsifal de la tradición recogida en la obra castellana es propiamente Galaz, hijo de Lanzarote del Lago y nieto del rey Pelles. Galaz es aquí «el caballero divino», del linaje de David y de José de Arimatea; el único de los caballeros de la demanda que logra contemplar cara a cara el Santo Grial.
No parecerá extraña esta sustitución de Perseval por Galaz, a quien comprenda que el Parsifal-Galaz representa la última y más mística etapa de una evolución harto complicada de la leyenda. Originariamente, el mismo Perseval nada tenía que ver con el Grial (así, en el Sir Perceval of Galles, la tradición del Grial no aparece), que probablemente es de origen céltico y pre-cristiano. En el mismo Wolfram de Eschenbach, el Grial no es un plato o escudilla, como en Chrétien, sino una piedra, que produce todo género de alimento y de bebida, y cuya virtud mágica es sostenida por una paloma que, el día de Viernes Santo, deposita sobre aquélla una hostia.
Otra representación tiene la leyenda del Grial en la literatura española: me refiero al Lanzarote del Lago, del cual hubo traducciones castellana y catalana, ambas, de principios del siglo XV (el manuscrito de la primera lleva fecha de 1414). En la última parte de ese extenso libro, independiente de la Demanda del Sancta Grial, se hace alusión a este último, hablándose de Galaz; pero el héroe de las aventuras, no es Perseval, ni Galaz, sino Galbán. Para Miss Weston, Galbán es precisamente el héroe primitivo de la leyenda, anterior a los otros dos. Mas no es este el lugar adecuado para estudiar las complicadas cuestiones originadas por el Lancelot.
Baste indicar que, según él, Galbán penetra en el castillo donde se guarda el Santo Grial, y le ocurren allí maravillosas aventuras. Existió, sin embargo (y esta es noticia que no creo haya dado ninguno de los historiadores de nuestros libros caballerescos, desde Gayangos hasta Menéndez y Pelayo) un Perseval independiente, en prosa castellana, y hubo de él una edición, impresa en Sevilla (no sé si por Juan y Jacobo Cromberger, o por Juan Varela de Salamanca), el año 1526, con el título de: Historia de Perceval de Gaula, caballero de la Tabla Rotonda, el cual acabó la demanda y aventuras del Santo Grial. No se conoce, desgraciadamente, ningún ejemplar de este libro, y es imposible, por lo tanto, juzgar acerca de su contenido. El título del «Perceval de Gaula», me hace sospechar, sin embargo, que se trate de alguna versión del Perceval le Gallois francés en prosa (derivación del incompleto Cante del Graal de Chrétien de Troyes, escrito circa 1175) del cual se conoce una sola edición francesa, impresa en París, el año 1530.
Alguna paciencia es menester, ciertamente, para leer los 455 capítulos de que consta La Demanda del Sancto Grial castellana, cuya historia y determinación de fuentes requiere un detenido estudio, no hecho todavía; pero está compensado el trabajo puesto en ella, por la belleza y emoción peregrinas de ciertos pasajes, singularmente de aquéllos en que se describe la aparición del Grial. El anónimo clérigo que iba redactando el texto, debió de escribir con verdadera unción esos trozos, en que toma cuerpo la leyenda de sentido más poderosamente místico que concibió la Edad Media:
«Y mientra así fablaban, vino una voz que les dijo: Todos los que no sois conpalleros de la demanda del sancto Grial, salgan fuera, que así lo manda el alto maestro». E cuando el rey Peles esto oyó, salióse del palacio, e con él su fijo, e la santa doncella, e todos los otros; e hincaron los doce compañeros, e semejóles que venía un hombre todo revestido como obispo que quiere decir misa. Y traía una corona de oro en su cabeza, muy rica; y en sus manos muy ricos guantes, e traíanlo cuatro ángeles en una cátreda de oro; y a la siniestra parte estaba una mesa de plata, en que estaba el santo Grial, cubierto de jamete bermejo; e así lo pusieron los ángeles sobre la cátedra, e tenía en la frente letras que decían: «Yo soy Josefes, el primero obispo del mundo, y el que primero entró en la cibdad de Sarras... E quando esto hubo dicho, hincó los hinojos ante la mesa del santo Grial. E cuando hubo así estado una gran pieza, ellos oyeron abrir la puerta de una cámara, y vieron salir dende seis ángeles; los dos traían dos candeleros de plata mucho hermosos, en que estaban dos candelas ardiendo, y los otros traían dos incensarios, y el quinto traía jamete bermejo vestido, y el sexto traía una lanza que corría toda sangre, e había en una bujeta de cristal que el angel tenía en la mano diestra. E los que tenían los dos cirios, pusiéronlos en la Tabla, delante al santo Grial; y el que tenía el primer jamete, tendiólo delante de la Mesa. Y el que tenía la lanza, púsola sobre el santo vaso, en manera que la sangre caía dentro; e los otros dos de los encensarios, encensaban delante del santo Grial. E cuando esto hobieron fecho, Josefes se levantó, e tomó una tovaja pequeña que estaba sobre el altar, e cubrió el santo vaso, que no lo pudieron ver. Y después parecióles que Josefes estaba en sacrificio de la misa, y descobría el sancto vaso, e sacaba una oblea pequeña en semejanza de pan, e alzóla contra arriba con anbas manos sobre la cabeza, así que la vieron todos, y ellos miraron, e vieron venir un niño del cielo y metióse dentro en aquel pan, e vieron que el pan se tomó como hombre carnal...» Vale la pena de leer toda esta parte de la Demanda, donde se cuenta la consagración y adoración del Grial, y cómo los caballeros «pasaron con gran alegría e con gran devoción a la sancta Mesa, llorando e gimiendo con gran gozo, e rogando a Dios que por su gran piedad que no tuviese mientes a las sus faltas, e que los viniese a visitar por su nonbre sancto; e comenzaron a llorar todos muy rezio, así que las caras tenían mojadas de lágrimas, que gran piedad había dellos cualquier que los viese así llorar. E cuando hobieron así estado una pieza, oyeron una conpaña de gente que venía cantando a grandes voces, e muy alto e muy claro, e bendecían a Jesu Christo. Y después oyeron un trueno muy terrible, e tan grande que todos pensaron ser muertos y quel afirmamiento cayera sobre ellos; e después vino un rayo tan espantoso, que bien pensaron que el cielo se facía dos partes; y así fueron espantados, que pensaron que el espantoso día del juicio era venido; y después vínoles un viento tan grande, e tan espantoso, e tan caliente, que todos pensaron ser quemados, e fizo un tan gran trueno, que bien pensaron que el palacio era caido, e que Jesu Christo los había desamparados, e que ya no verían más de sos secretos; mas El lo fazía por probar si eran de firme creencia.» Galaz dá esfuerzo a sus compañeros, y, después de haber él hablado, «toda la tenpestad fué pasada e la escuridad, e vínoles atan grande la claridad, que todo el palacio fué alunbrado, y ellos fueron en tan gran dulzor y en tan gran vicio, que corazón de hombre no lo podría pensar; e luego entró por una finiestra un viento que descubrió el vaso del jamete bermejo, que estaba cubierto, e miraron la mesa do ellos estaban posados. E cuando ellos vieron, miraron contra el santo Grial, e vieron salir dende un hombre todo despojado (el Anfortas de Wolfram y de Wagner), sino un paño de seda encima de la espalda siniestra, y era todo bermejo como sangre, y tenía calzados unos paños de lino; tenía los brazos, e las manos, e las piernas, e los pies, e todo el cuerpo sangriento, corriendo sangre que salía de una llaga que tenía en el costado, e tenía el cuerpo e los otros lugares llenos de llagas y de azotes, así que ninguno no lo vería que no hobiese piedad dél.» Tiene lugar luego la comunión de Galaz y sus compañeros, la unción de aquél y su inmediata muerte; contándose cómo fué llevado el Santo Grial al cielo, «que después no fué vido en tierra, ni vieron después por el ninguna aventura, según lo dice maestre Gualter» (Cap. CCCLXXV y siguientes). Todo ello, referido candorosamente, con sencilla y emocionante elocuencia, es de un encanto que cautivó a nuestros antepasados, y que todavía puede enamorar a los lectores de buena fe.

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