
Sir Galahad observando el Grial
William Ernest Chapman
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- Fulcanelli - Las
moradas filosofales - Plaza & Janes, Esplugas de
Llobregat, 1973. - Págs. 34, 178.
Ese spiritus mundi disuelto
en el cristal de los filósofos produce aquella misma
esmeralda que se desprendió de la frente de Lucifer en
el momento de su caída, y en la cual fue tallado el
Graal.
Es la gema hermética que orna el anillo de Piel de Asno,
como el del papa alquimista Juan XXII en su tumba, y que
se vuelve a encontrar en los arcos pintados de la capilla
del convento de Ciminez, ocupando el sello de una sortija
y ensalzada por la leyenda yuxtapuesta den lengua
italiana: "Ne la terra ne il cielo nist ha piu bella."
Ni la tierra ni el cielo han visto otra más bella. San
Justino y san Ireneo lo llaman la iluminación. Es el
bautismo de la luz de los masones.
Esta purificación -la palabra es aquí verdaderamente tópica-
se encuentra indicada en uno de los ídolos gnósticos
descubiertos por De Hammer, quien ha publicado el dibujo.
Sostiene en su regazo -advertid bien el gesto: habla- una
bacinilla llena de fuego.
Este hecho, que habría debido sorprender al sabio teutón,
y con él a todos los simbolistas, no parece haberles
llamado la atención, Sin embargo, el famoso mito del
Graal tiene su origen en esta alegoría. Justamente, el
erudito barón diserta con abundancia acerca de ese
recipiente misterioso cuyo exacto significado aún se
busca. Nadie ignora que, en la antigua leyenda germánica,
Titurel eleva un templo al Santo Graal en Montsalvat, y
confía su custodia a doce caballeros templarios. De
Hammer quiere ver en ello el símbolo de la Sabiduría gnóstica,
conclusión por demás vaga después de haber ardido
tanto tiempo. Que se nos perdone si osamos sugerir otro
punto de vista.
El Graal -¿quien lo duda hoy?- es el más alto misterio
de la Caballería mística y de la masonería, degeneración
de aquélla. Es el velo de Fuego creador, el Deus
absconditus en la palabra INRI, grabada sobre la cabeza
de Jesús en la cruz. Cuando Titurel edifica, pues, su
templo místico, es para que arda allí el fuego sagrado
de las vestales, de los mazdeos e, incluso, de los
hebreos, ya que los judíos mantenían un fuego perpetuo
en el Templo de Jerusalén.
Los doce custodios recuerdan los doce signos del Zodíaco
que recorre el Sol, arquetipo del fuego vivo. El
recipiente del ídolo del barón De Hammer es idéntico
al vaso pirógeno de lso parsis, que se representa en
llamas.
También los egipcios poseían este atributo: Serappis se
representa a menudo con el mismo objeto sobre su cabeza,
llamado Gradal en las riberas del Nilo. En ese Gradal
conservan los sacerdotes el fuego material, como las
sacerdotisas el fuego celeste de Ptah.
Para los iniciados de Isis, el Gradal era el jeroglífico
del fuego divino. Y ese dios Fuego, ese dios Amor se
encarna eternamente en cada ser, ya que todo, el
Universo, tiene la chispa vital. Es el Cordero inmolado
desde el comienzo del mundo, que la Iglesia católica
ofrece a sus fieles bajo las especies de la Eucaristía
conservada en el copón como el Sacramento de Amor.
El copón - y nadie conciba malos pensamientos -, así
como el Graal y las crateras sagradas de todas las
religiones, representa el órgano femenino de la generación,
y corresponde al vaso cosmogónico de Platón, a la copa
de Hermes y de Salomón y a la urna de los antiguos
Misterios.
El Gradal de los egipcios es, pues, la clave del Graal.
Es, en suma, la misma palabra. En efecto, de deformación
en deformación, gradal se ha convertido en Gradal y,
luego, con una especie de aspiración, en Graal.
La sangre que bulle en el santo cáliz es la fermentación
ígnea de la vida o la mixtificación generadora. No
podemos por menos de deplorar la ceguera de aquellos que
se obstinaban en no ver en este símbolo, despojado de
sus velos hasta la desnudez, más que una profanación de
lo divino.
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