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Había soñado tantas veces con la India que
ya casi podía ver el Ganges con sus cientos de hindúes bañando sus cuerpos y
purificando sus almas; ya tenía frente a mí a sus hermosas mujeres de ojos
negros y profundos, vestidas con sus siempre elegantes saris de infinitos
colores; casi sentía tocar con mis propias manos las delicadas figuras
esculpidas en piedra dando vida a voluptuosas danzas sensuales y atrevidas
escenas eróticas; incluso creía haber recorrido cientos de veces los inmensos
palacios y las inexpugnables fortalezas donde los reyes rajputas habían
obtenido merecida fama como valerosos guerreros. Todo eso, sin haberlo visto
todavía, formaba ya parte de mi imaginario personal, y había excitado mis
ilusiones como un niño a la espera del día de su cumpleaños. Tantas veces
había soñado con la India... Pero lo malo de los sueños es que tarde o
temprano te despiertas, y entonces te das de bruces con la cruda realidad. |
RAJASTÁN
Tierra
de Reyes (I)

Habíamos planeado este
viaje durante meses. Disponíamos de tan sólo veintitrés días, así que
había que elegir cuidadosamente el recorrido. Debido a su fama, la belleza de
sus palacios y la facilidad de sus comunicaciones, decidimos centrarnos
principalmente en Rajastán, aunque sin olvidar Varanasi y Delhi -esta última visita obligada al ser comienzo y
final de nuestro recorrido-, con una breve incursión hasta Agra para contemplar la
grandeza del Taj Mahal. A través de internet reservamos previamente dos billetes de tren,
el trayecto Delhi-Varanasi y el posterior Varanasi-Jaipur. Igualmente,
teníamos reservada la primera noche de hotel en Delhi, así como el traslado
desde al aeropuerto. El resto del recorrido lo
iríamos realizando por nuestra cuenta, aunque con la premisa de permanecer dos
o tres días en cada sitio, para poder disfrutar intensamente de cada uno de los
lugares.
Antes de emprender el viaje, me entregue a la lectura de la obra de
V.S. Naipaul India, una extraordinaria radiografía
contemporánea del país que significó el primer aviso de que la India de mis sueños
apenas tenía que ver con la de la realidad. También durante el propio viaje,
adquirí el libro de relatos Out of India de la escritora anglo-india
Ruth Prawer Jhabvala (a quien yo conocía como guionista de diversas películas
de James Ivory, como Una habitación con vistas o Regreso a Howards
End), el cual me sirvió, además de su disfrute como excelente obra
literaria, para comprender un poco mejor ciertos comportamientos y actitudes que
iba descubriendo a
cada paso. Y por supuesto, la Lonely
Planet sería nuestra guía fundamental, y debo decir que, en general, nos fue de mucha utilidad, ya que casi
toda su información se ajustaba con bastante fidelidad a la realidad. Todo
estaba preparado. Así pues, la madrugada del domingo 26 de septiembre de 2004,
Rosana y yo tomábamos el avión de Alitalia que esa misma noche nos dejaría en
Delhi, con el tiempo justo de llegar al hotel y
descansar convenientemente, ya que apenas la noche
anterior la habíamos pasado íntegramente en el aeropuerto (los inconvenientes
de residir en provincias). Lunes - 27 de octubre de 2004 El
hotel que habíamos reservado para pasar nuestra primera noche en Delhi, el Hotel
Anoop, resulta bastante más deficiente de lo que esperábamos. Si bien la
habitación tiene aire acondicionado, carece de sábanas y la ducha no funciona
(hay que bañarse con cubos de agua). Como habíamos traído con nosotros unos sacos de dormir hechos
de sábanas viejas, creemos más conveniente
hacer uso de ellos que acostarnos sobre aquellos colchones sucios y malolientes.
A partir de entonces, decidimos elevar un poco nuestras exigencias a la hora de
buscar alojamiento, escogiendo siempre entre aquellos hoteles que la Lonely Planet
califica como de precio medio. A la mañana siguiente, emocionados por todo lo
que Delhi promete ofrecernos, nuestro primer paseo por Paharganj (a esas horas
casi desierta) nos ofrece ciertas imágenes que luego se convertirán en
habituales: las vacas sagradas, las mujeres con sus hermosos saris, el cuidado
detallismo de algunas fachadas... También advertimos el alto número de turistas
que se alojan aquí; no en vano, Paharganj es territorio mochilero. Tras recoger los billetes
que habíamos reservado por internet en la oficina que hay junto a la estación de Nueva Delhi, nos
encaminamos a la vieja Delhi subiendo
por Qutb Road, la avenida de la estación. En este trayecto, confirmamos otra de
las constantes que seguirá con nosotros en todos y cada uno de las etapas de nuestro
viaje: las toneladas de suciedad y basura que se acumulan en las aceras.
Lejos del exotismo inicial de Paharganj, los edificios apenas resultan atractivos
y la vida en la calle se asemeja más a un maremagnum de caos y confusión que a
una animada calle comercial. Al cruzar por el Bazar Sadar, el caos se multiplica
por cien, y el ruido del tráfico y de los cláxones sonando casi al unísono
consiguen aplacar nuestra expectación inicial. Old Delhi concentra toda la
esencia de la vieja India. La calle Chadni Chowk se erige en su columna
vertebral; a ambos lados se sitúa el Bazar de Fathepuri, vivo y animado como pocos, y
a sus extremos se divisan la mezquita de Fathepuri y el impresionante Fuerte Rojo.
Hoy es lunes, lo que quiere decir que el fuerte permanece cerrado. Así que sin más
preámbulos nos dirigimos a la
mezquita de Jama Masjid, a unos pocos metros del fuerte. La entrada es gratuita,
pero cobran 150
rupias por cámara.
Jama Masjid es la mezquita más grande de la India, con
capacidad para 25.000 personas. Aparte de su belleza arquitectónica, después
de patear tres o cuatro horas por Old Delhi representa un oasis en medio del caos.
Algo fatigados por tanto ajetreo, aquí encontramos una oportunidad incomparable
para tomar
aliento y reponer fuerzas. Después comemos en el restaurante Karim's, justo a
la puerta de la Jama Masjid, justo en un pequeño callejón a la entrada del
Bazar Chawri. La comida, dicho sea de paso, nos parece buena y barata,
absolutamente recomendable. Nuestra intención es regresar hacia
Paharganj bajando por el mismo bazar Chawri, hasta alcanzar la parte posterior
de la estación de Nueva Delhi. El bazar es estrecho, sin aceras, flanqueado por
numerosas tiendas y comercios (fundamentalmente de musulmanes) y recorrida por cientos de
rickshaws, bicicletas, automóviles y vacas que circulan pegados unos con otros
a una velocidad extremadamente lenta. El olor a queroseno se vuelve intenso, casi asfixiante; hace
mucho calor, y cada pocos metros tenemos que detenernos para dejar paso a algún
rickshaw insistente
y ruidoso. Hemos
madrugado bastante, y salvo el breve descanso en la Jama Masjid y la comida en
el Karim's, apenas hemos parado unos minutos. Por si fuera poco, la calle se
bifurca unos metros más adelante, lo que nos confunde sobre el camino a tomar.
Nos decantamos por uno al azar, pero para nuestra desgracia termina siendo el equivocado. Así, poco a poco, nos
vamos alejando de nuestro destino, hasta dar con una avenida cuyo nombre desconocemos
pero bastante alejada de la estación. Se hace necesario entonces tomar un
ciclo-rickshaw, que por diez módicas rupias nos llevará de vuelta al hotel. A las seis
y media sale nuestro tren hacia Varanasi, así que todavía tenemos tiempo de
tomar una ducha (aunque sea a cubos) y unas bebidas en el restaurante
de la terraza (a pesar de la insistencia del camarero para que pidamos algo de
comida también).
Apenas han sido unas horas, pero me queda la
sensación de que Delhi es una ciudad inabarcable. Hay cierto encanto en sus
bazares, pero la suciedad es mayor de lo que imaginaba y la muchedumbre que
abarrota las calles convierte un simple paseo en toda una odisea. La basura
que se acumula en las aceras va fermentando al calor del sol, y su olor se
mezcla con el humo negro que despiden los viejos moto-rickshaws. La primera
palabra que me viene a la cabeza es saturación; hay demasiado de todo:
demasiado ruido, demasiada suciedad, demasiada gente, demasiados rickshaws...
Tal vez necesite algún tiempo de aclimatación.
En el tren, compartimos
vagón con una pareja, ella sueca y el noruego, que también se dirigen a
Varanasi. Él habla un poco de español, aunque en realidad no conversamos
demasiado. Nosotros estamos realmente cansados y nos apetece ir prontoa dormir.
El aire acondicionado, si bien se agradece nada más subir, está demasiado
fuerte. Paso algo de frío esa noche. A la mañana siguiente descubriré con
preocupación que he pillado un pequeño constipado. Martes -
28 de septiembre de 2004 Nos alojamos en el Hotel Surya. En algún
foro he oído hablar bien de él, y el hecho de estar alejado del centro nos
parece un aliciente: si el caos urbano es similar al de Delhi, agradeceremos un
lugar tranquilo donde encontrar refugio.
Una vez convenientemente alojados, nos
dirigimos a Goudalia, el entramado de callejuelas que conforman la ciudad vieja.
Nada más poner pie a tierra en la avenida que conduce al Ghat Dasaswamedh,
una multitud de guías, vendedores, comisionistas, cazaclientes y pesados varios
salen a nuestro encuentro sin concedernos un segundo de respiro. La situación se
hace más y más agobiante por momentos; ignoramos realmente donde estamos, tenemos
problemas para orientarnos y además no sabemos cómo deshacernos de los pesados
que no quieren entender que no vamos a contratar sus servicios. Se debe notar
que somos recién llegados, porque nuestras insistentes negativas no parecen
desanimarlos. Al final, y tras deambular sin mucho sentido por algunas de las viejas y
sucias callejuelas de Goudalia, conseguimos librarnos del último de ellos. Y
entonces surge la siguiente pregunta: ¿hacia dónde vamos? De repente, comprobamos
que estamos rodeados de innumerables callejuelas que parecen no conducir a ninguna
parte; las mierdas que las vacas ceden graciosamente a la ciudad convierten los
caminos en auténticos terrenos minados; miramos hacia arriba y descubrimos
algunas hermosas pero vetustas fachadas que por un momento nos alivian de la
tensión que hemos acumulado; y encima de éstas, los monos nos observan quizá divertidos pero
ajenos a nuestro dilema. Casi sin querer, damos con el Ghat Meer, nuestro primer encuentro con el Ganges.
A estas horas hay muy poca poca gente, es mediodía y hace calor. Un chaval de unos trece o catorce
años que habla un castellano bastante aceptable se nos acerca;
convencidos finalmente de que estamos en un terreno que no es el nuestro,
decidimos aceptarlo como guía. De esa manera, serpenteando por calles estrechas
y oscuras, pero siempre sucias, nos dedicamos a visitar varios templos hasta llegar
finalmente a un ghat crematorio. En aquel momento, nuestra ignorancia nos impide ver que se
trata simplemente de un timo. Efectivamente, desde el pequeño balcón adonde
nos conducen se pueden
observar las hogueras en que se colocan los cadáveres para su cremación. En una
de ellas aún se pueden ver los restos casi minúsculos de lo que fue un cuerpo
humano. Poco después, un nuevo cadáver hace su aparición e inmediatamente es
lavado en el Ganges, como exige el ritual. Hasta aquí, todo correcto. Un tipo nos
empieza a explicar todo el desarrollo de la cremación. Lentamente, nos va
contando el proceso que se sigue desde el fallecimiento de la persona hasta su
entrega al Ganges, el río sagrado. El problema viene cuando nos dice que la madera sobre la que se
realizan las cremaciones es muy cara y que mucha gente carece del dinero
necesario para comprarla. Bajo los porches del balcón, efectivamente, se
observan algunas personas aguardando la hora de su muerte. El tipo que nos ha explicado
lo de las cremaciones nos pide una ayuda económica; no habla concretamente
de dinero, sino que hace referencia a "kilos" de leña: diez, veinte,
incluso treinta nos dice. Pregunto a cuánto está el kilo de leña: "150
rupias", me contesta. Es decir, que diez kilos de leña significa 1.500
rupias. Acabamos de llegar (este es nuestro segundo día en la India) e
ignoramos todavía la cifras reales que se manejan en estos casos. Desde luego,
tal cantidad me parece excesiva. Encuentro la situación algo intimidatoria (la
solemnidad con que parecen llevarse a cabo las ceremonias y el desconocimiento
del espacio simbólico en que me muevo contribuyen a ello en no poca medida), y
pienso que una cantidad demasiado escasa puede resultarles ofensiva. Al final, dispuesto a no
complicarme la vida demasiado pronto, le suelto un
billete de quinientas rupias, y tras recibir las bendiciones de la vieja (algo
sobre el karma, según me explica el otro individuo), regresamos a las angostas
callejuelas de Varanasi. A los pocos días comprobaré que con unas cuantas
rupias hubiera sobrado. Tras una breve visita al Templo Nepalí, un pequeño
pero hermoso templete de piedra esculpido con hermosas tallas y figuras,
buscamos un lugar para comer. Y lo encontramos en la misma Dasaswamedh Ghad Road
donde nos había dejado el rickshaw nada más llegar. El restaurante se llama Zee, y
está situado en la terraza de un elevado edificio. Desde arriba, se obtienen una
amplias vistas de Varanasi: justo debajo, alguien está friendo una especie de
empanadillas en un aceite oscuro y rusiente (pakoras y samosas,
como mas tarde descubriremos). Desde afuera, a salvo de cazaclientes y
engañabobos, todo parece más exótico, más cinematográfico. Pero la India
hay que saborearla a pie de calle, en primera línea, así que tras dar cuenta
de nuestros respectivos platos regresamos al camino en dirección al Dasaswamedh
Ghat, probablemente el más concurrido de Varanasi. No hay excesiva gente. Casi al borde del río, unos niños juegan
al críquet. Hay también un puñado de personas sentadas en las escaleras (extranjeros
incluidos) y, rondando de un lado a otro, un sinfín de pesados que no paran de
ofrecerte baratijas, postales, masajes cervicales o paseos en bote. Así se hace
difícil disfrutar de cualquier lugar, por hermoso o peculiar que sea. De
nuevo inmersos en callejuelas estrechas y oscuras, descubrimos el ingente número
de policías fuertemente armados que aparecen apostados en diversas esquinas estratégicas. A
la entrada de algunas calles, hay parapetos y tanquetas. Estamos junto al Templo
Dorado, uno de los templos más venerables del hinduismo, consagrado a
Vishwanath. En la actualidad, 4.000 policías velan por su seguridad: está
amenazado por los integristas islámicos, en venganza por el derribo de la
mezquita de Ayodhya llevada a cabo hace unos años por extremistas hindúes. Los
fanatismos religiosos (y los políticos también), vengan de donde vengan, coinciden en
una cosa: su afán por
destruir. Nuestro camino nos conduce a Pilikothi, el barrio musulmán de Varanasi.
Las calles son ahora mucho más tranquilas, ya no hay pesados ni cicerones, parece que
hubiésemos entrado en otra ciudad. Pasamos junto a la mezquita de Alamgir
(también amenazada por integristas hindúes), y damos un breve paseo por su
patio. Su estilo es claramente mogol, y a esas horas apenas hay devotos. Algo más
abajo se encuentra el Panchganga Ghat, en este momento casi vacío. Hay muy poca gente
bañándose, y la tranquilidad que se respira invita a sentarse un rato en
cualquiera de sus
escalones. Está anocheciendo, así que muy a nuestro pesar regresamos de nuevo
a través las
tranquilas callejuelas de Pilikothi hasta encontrar un rickshaw que nos
lleve de vuelta al hotel.
Han sido siete horas intensas, llenas de momentos
significativos pero también de situaciones fastidiosas y agotadoras, aunque
siempre inolvidables. Varanasi no es una ciudad bella, podría decirse
todo lo contrario: la suciedad se acumula a toneladas en las aceras junto a
puestos de frutas y verduras, haciendo juego con las mierdas de las vacas que
todo lo
inundan. Pero tiene un carácter único, peculiar, irrepetible. Así y con todo,
los momentos más intensos de Varanasi aún están por llegar. Miércoles
- 29 de septiembre de 2004 Hoy toca madrugar a las cinco de la mañana
para realizar la ritual travesía en barca por el Ganges. Nosotros hemos
contratado la excursión con el propio hotel Surya, y en total formamos un grupo
de ocho personas. Todavía es de noche, pero conforme nos aproximamos a los
ghats la cálida luz del amanecer va abriéndose paso entre la oscuridad. Vamos
en silencio, casi concentrados, como si estuviéramos participando en alguna
secreta ceremonia. A pesar de las fotos que uno ha visto de esta orilla del Ganges
al amanecer, nada es comparable a la sensación que produce ir deslizándote
suavemente sobre las contaminadas aguas del río, descubriendo los
imponentes palacios y templos que parecen emerger de las
aguas y los miles de creyentes que se acercan a las escalinatas para purificar sus
almas, mientras por lo altavoces suenan cánticos religiosos que impregnan el
ambiente de una atmósfera especial e irrepetible.
El río se ha convertido en una
autopista de botes; pero da lo mismo. La belleza del momento es tal que uno
consigue abstraerse por completo de lo superfluo hasta dejarse enamorar por los
reflejos dorados de las fachadas, por las escuálidas figuras de los bañistas emergiendo
del agua y
por la vida intensa, descomunal, que brota en las orillas. Si hay una ciudad
cuyas calles condensen con intensidad la vida y la muerte, esa es sin duda
alguna Varanasi.
Después del sagrado
paseo en barca, nos acercamos al nuevo Templo de Vishwanath, situado en el
recinto universitario. Explicaciones sobre el hinduismo
aparte, la visita no merece mucho la pena. Me siento poco atraído por una
religión que justifica la pobreza y la miseria como consecuencia de un mal karma
en la vida
anterior, y aunque siempre es instructivo conocer sus rituales y ceremonias, las explicaciones de un creyente sobre su propia religión
siempre dejan muchos aspectos por aclarar.
Por la tarde, nueva ración de
religiosidad. Nos dirigimos a Sarnath, una pequeña población a apenas diez
kilómetros de Varanasi. La localidad es especialmente famosa por ser el lugar
donde Siddartha Gautama (más conocido como Buda) dio su primer sermón. En la
actualidad, se ha convertido en un gran centro de peregrinación budista, e
incluso el Dalai Lama lo visita al menos una vez al año. Posteriormente a la
visita de Buda, se alzaron diversos monasterios y varias estupas de los que en
actualidad se conservan algunos importantes vestigios (como la imponente estupa
de Chamekh y los restos del santuario principal). Además de la extrema
tranquilidad de que se disfruta, anejo al recinto se encuentra el museo arqueológico,
que acoge algunas piezas de enorme valor. Jueves - 30 de
septiembre de 2004 Último día en Varanasi. Dejamos las mochilas en
el hotel y tomamos un moto-rickshaw dispuestos a enfrentarnos cara a cara con la
Varanasi más agreste, la ruda ciudad que nos recibió el primer día.
Sin embargo, las sensaciones serán hoy completamente distintas. El rickshaw nos
deja a la entrada de Goudalia (los vehículos a motor no pueden circular por la
parte vieja); así pues, aprovechamos para dar un pequeño paseo por el bazar
que se extiende a lo largo y ancho de Dasaswamendh Gath Road. Hay mucha gente,
la actividad comercial está en todo su apogeo, pero casi nadie nos molesta.
Entramos en algunas tiendas, e incluso compramos algo de ropa (yo he venido con
poca cosa, y tengo que comprarme algunos calzoncillos). Poco después llegamos
al bazar
del Templo Dorado. Es la calle más frecuentada por los turistas, y también
donde se encuentran los comercios de sedas y las tiendas de recuerdos. Un poco
más adelante, y al igual que ayer, nos topamos con numerosos policías armados hasta los
dientes. A pesar de todo, se respira una completa tranquilidad.
Caminando sin
ningún fin concreto entramos en el Hotel Alka (uno de los más
recomendables de Goudalia) y decidimos darnos un pequeño descanso. El hotel
posee una acogedora terraza desde la que se obtienen unas generosas vistas del Ganges. En ese momento hay
muchos turistas hojeando guías, conversando entre ellos o simplemente
descansando. Tal vez nuestro primer día en Varanasi fue demasiado intenso,
pensamos ahora, quizá hubiera sido mejor tomárselo con algo más de calma. De cualquier
manera, hoy las cosas nos parecen completamente distintas. Después de tres
días en la ciudad, probablemente ya nos conocen y saben de nuestro poco
interés por contratar ningún servicio, por entrar en tiendas o por ir a tal o cual
crematorio, y tal vez sea ese motivo por el que nos dejan en paz. Varanasi es
una ciudad incómoda y difícil, que pocas veces gusta a la primera. Hoy, por el contrario,
se descubre mucho más acogedora y agradable que el primer día: se puede pasear por sus
callejuelas mirando y sintiendo sin ningún tipo de cortapisas; bajamos a los
ghats y observamos a los creyentes tomar sus baños rituales. En el Lalita Ghat,
varias barcas traen y llevan pasajeros desde muy lejos (algunos
desde Madrás) para orar en el Templo Dorado. Han pasado toda la noche en el
tren, después han cogido un rickshaw hasta el embarcadero que hay al otro lado del río
y finalmente han llegado en barca hasta el mismo ghat. Después de orar un rato,
iniciarán el trayecto de vuelta. Me siento en las escaleras y les saludo:
"Namaste", me responden juntando las palmas de sus manos e inclinando
levemente la cabeza. Un muchacho se sienta junto a mí y me explica quiénes son
y
por qué han venido. Estamos así algunos minutos, sólo mirándoles subir y
bajar de las barcas, con
sosiego, sin prisa. Es la India que sólo percibiré en algunas situaciones
concretas como ésta, la India que soñaba con encontrarme más a
menudo.
Cuando pasamos junto al Templo Dorado, alguien nos llama. Nos dice que
podemos subir a una terraza para verlo, que él nos lleva. Insiste en
que no hay que pagar nada, y yo le aclaro que tampoco estamos interesados
en comprar telas ni ningún otro recuerdo. Nos dice que su tienda sale en la guía
Lonely Planet, y que pone que desde su azotea se puede divisar el templo. Como
tampoco tenemos mucho que perder, decidimos seguirle. Y efectivamente, el
muchacho nos conduce hasta la terraza de la tienda y desde allí disfrutamos de
una buena vista del templo de Vishwanath. El templo, como he comentado más
arriba, está amenazado por determinados grupos islámicos radicales. Por esa
razón está muy protegido, y también por eso se prohíbe tomar fotos. Lo
cierto es que su estructura no es especialmente espectacular, aunque lo más
destacable es la enorme cúpula dorada que le da nombre. Justo al lado hay una
mezquita, aunque presumo que en estos momentos estará cerrada al culto. El
muchacho que nos ha traído hasta aquí nos
cuenta que la propia tienda era anteriormente una guest house, pero que el
gobierno les obligó a cerrarla. Antes se permitía tomar fotos desde aquí,
pero ahora está completamente prohibido. También nos advierte de que,
aunque no nos demos cuenta, nos están vigilando desde alguna de las torres
aledañas. En vista de ello, ni se me ocurre pensar en sacar la cámara
de la bolsa. Fiel a su palabra, el muchacho apenas insiste para que
entremos en su tienda; supongo que habrá quedado defraudado por nuestro
comportamiento, pero eso es algo que habíamos dejado claro desde el principio.
Nosotros nos vamos a continuación al restaurante Ganga Fuji, donde aconsejados por
el dueño disfrutamos de una buena comida por poco más de cien rupias (algo más de dos euros). El camarero nos informa de que, a partir de las siete, en el
propio restaurante se ofrece música en directo. Por desgracia, a esas horas
nosotros ya estaremos en el tren camino a Jaipur. Viernes - 1
de octubre de 2004 No ha sido una buena noche. El Marudha Express, el
tren que nos ha llevado de Varanasi a Jaipur, realiza innumerables paradas, lo que supone un continuo trasiego de pasajeros que suben y bajan en
cada estación. Además, y a diferencia de lo que sucedía en el Varanasi
Express, el aire acondicionado está demasiado bajo y hace calor. En el mismo
compartimento (coche cama con litera doble, 2A), viajan junto a nosotros una madre y un hijo,
separados del padre porque éste ocupa una litera lateral. Como a nosotros nos
da igual un sitio que otro, les ofrecemos intercambiar nuestros respectivos asientos para que
viajen juntos: el padre ocupará uno de nuestros asientos y nosotros
nos iremos a las literas laterales. El problema surge cuando el revisor nos
advierte de que la litera superior en que nosotros estamos ahora va a ser
ocupada por un viajero que subirá a la una de la madrugada. Yo intento
explicarle que ese viajero puede ocupar la litera superior del compartimento de
cuatro (ahora ocupada sólo por el matrimonio y su hijo) y así tanto la familia
como nosotros podemos viajar juntos, pero parece que no me entiende (o que no me
quiere entender: no hace más que insistir en que la litera superior está asignada
a otra persona, como si yo no le hubiera comprendido a la primera). Yo miro a la mujer, que está sentada con su hijo (el marido ha
salido a no sé dónde), esperando que intervenga y que le aclare en hindi al
revisor el porqué de nuestro intercambio de asientos, pero para mi asombro ella
permanece en completo
silencio, es más, ni siquiera nos mira, como si el asunto no le incumbiese lo
más mínimo. Por fin, para mi alivio, el marido hace aparición y le explica la
situación al revisor. Aparentemente el asunto se aclara, pero en ese instante
comprendo que el silencio de la mujer viene motivado por su condición
subalterna, como si no estuviera autorizada a discutir de cuestiones mundanas
con otros hombres o como si ésa fuera una atribución que sólo compete al
marido. La India es una sociedad profundamente machista, y a veces se nos olvida.
De cualquier manera, no apreciamos en el matrimonio ninguna actitud de
acercamiento a nosotros ni ningún gesto que pueda calificarse como amable -tampoco observamos
ningún tímido ademán de agradecimiento a
nuestro ofrecimiento; por el contrario, cuando a la mañana siguiente abandonen el tren,
ni siquiera se dignarán en despedirse de nosotros-, y dado que nos da la impresión de
que, una vez solucionado su problema, se desentenderán del tema cuando haga su
aparición el ocupante de la una, decidimos que uno de nosotros pasará a ocupar
la litera superior del compartimento de cuatro, así evitaremos futuros
problemas y, aunque separados, podremos dormir de un tirón hasta la mañana siguiente. Otro
detalle que reclama mi atención es que los padres hablan en inglés con su
hijo. Obviamente, pertenecen a la clase media-alta, visten pulcramente y sus
modales son refinados, casi escrupulosos. Ambos se expresan muy bien en inglés, y
probablemente desean que su hijo (un muchacho de unos nueve o diez años exquisitamente peinado) reciba una educación
acorde con el estatus heredado -la cual, sospecho, incluye un alto
conocimiento de inglés-.
En Agra el matrimonio se baja, y en su lugar
hace su aparición otra trouppe familiar compuesta por un matrimonio y
tres hijos, de extracción social un poco más baja. Yo he aprovechado
la parada para ir a comprar unos plátanos, y a mi vuelta me encuentro con
que mi asiento ha sido ocupado por la madre, así como el resto de asientos lo
han sido por el resto de la familia. Lo que nos queda del viaje será un continuo
ir y venir, de sentarse y levantarse, e incluso de llevar de una litera a otra (incluyendo por
supuesto las nuestras sin pedirnos permiso siquiera) las sábanas y las
almohadas utilizadas durante la noche para dormir, como si lo único que refrenara sus
impulsos fuera el espacio físico y los límites materiales (es esta una
impresión que veremos refrendada en más ocasiones a lo largo del viaje). Al
llegar el mediodía, la mujer saca de entre sus pertenencias una bandeja y va
colocando en ella pequeños cuencos con lo que será la comida del marido.
Éste, una vez preparado el thali, se sienta a comerlo con toda
tranquilidad, sin prisa, con la naturalidad del que sabe que ejecuta su papel de
costumbre. A continuación, la esposa se dispone a preparar el thali para
sus otros dos hijos, aunque el pequeño no debe tener hambre, porque rechaza su
parte. Finalmente, y tras dar cumplida satisfacción a los varones, les toca el
turno a ella y a la hija mayor, aunque a la hora de dar cuenta de la comida se
suben a una de las literas superiores y echan la cortina para que nadie les vea. El
tren va acumulando retraso, de manera que llegamos a Jaipur a las cuatro de la
tarde, dos horas después de lo previsto. Nuestra intención es alojarnos en el
Hotel Arya Niwas, pero lamentablemente está lleno. El conductor que nos ha
traído hasta aquí nos informa de una guest house regentada por un matrimonio
que posee un amplio jardín y que está situada en una zona tranquila. Como tampoco nos apetece
ir de un hotel a otro probando suerte, aceptamos su ofrecimiento.
La guest
house se
llama Shahar Palace, y está situada en una bocacalle de la avenida de Ajmer, en
una zona residencial denominada Barwada Colony. La primera impresión es
realmente positiva: efectivamente, dispone de un amplio y cuidado jardín, y la
habitación que nos ofrecen es espaciosa y agradable. El precio marcado es de
1100 rupias por noche, pero debido a que en ese momento no cuenta con excesiva clientela,
nos la rebajan a 800 rupias (curiosamente, lo mismo que nos pedían en el Arya
Niwas), así que aceptamos. Unos minutos después, iniciamos nuestra primera
inmersión en la ciudad. Nuestra intención es bajar andando hasta el centro, pero
enseguida comprendemos que las distancias reales (en contra de lo que parece en
los mapas) son enormes. Así que tomamos un rickshaw que minutos después nos deja en la Puerta
de Chandpol, una de las tres puertas principales (junto con la Puerta Nueva y la
Puerta de Samrat) que marcan el acceso a la ciudad amurallada. La primera
visión es deslumbrante. Después de haber visitado Delhi y Varanasi (dos
ciudades feas, si nos atenemos a su arquitectura), Jaipur rezuma armonía y
cadencia. La ciudad fue fundada por el marajá Sawai Jai Singh II a principios
del siglo XVIII conforme a las normas establecidas en antiguos tratados de
arquitectura, y está por ello perfectamente estructurada en manzanas y largas
avenidas. El color típico de las fachadas se debe a que fueron mandadas pintar
de color rosa por el marajá Ram Singh para recibir al Príncipe de
Gales. Casualmente, el hermoso color de los edificios adquiere todo su esplendor
a última hora de la tarde, justo en el momento en que nosotros llegamos, cuando la
leve luz del atardecer le confiere un suave tono rojo-crema. Las sensaciones,
como ya he dicho antes, son completamente distintas a las sentidas en Delhi o en
Varanasi: la calle parece un hervidero de vida, hay cientos de puestos de venta,
autobuses atestados de viajeros, vacas ociosas e impertinentes, carros tirados por
camellos, mujeres con hermosos saris... Pero a pesar de todo ese movimiento
y de la circulación acelerada y ruidosa, la vida parece más calmada y ordenada,
e incluso apetece pasear tranquilamente por las calles (unas calles que en su
mayor parte poseen aceras, toda una novedad hasta ahora). Es el reencuentro
con la India más fascinante.
Caminamos por el Bazar Chandpol y a
continuación llegamos al Bazar Tripolia (los bazares, organizados por gremios,
se suceden unos a otros sin solución de continuidad). Las fachadas de los
edificios son realmente llamativas, algunas verdaderamente hermosas, otras
espectaculares, todas con el mismo tono rojizo que a la luz del atardecer
adquiere una tonalidad lenta, difusa, vagamente precisa; merece la pena
detenerse unos segundos para contemplar el espectáculo con serenidad.
La
primera impresión de Jaipur no ha podido ser más reconfortante. La sensación
es que la ciudad se deja querer sin exigir mucho a cambio. La suciedad, el ruido
y la polución no son menores que en otros sitios, pero al ser las avenidas más
amplias, se nota menos. Todavía estamos cansados de las casi veintidós horas
de viaje precedentes, así que nos retiramos a dormir relativamente pronto:
mañana queremos estar totalmente en forma para disfrutar de la ciudad como se
merece. Sábado - 2 de octubre de 2004 Regresamos a
la Puerta de Chandpol para iniciar con más tranquilidad -y con la cámara bien
dispuesta- la visita a Jaipur. Antes, acordamos con el conductor del rickshaw
que nos ha traído hasta aquí que mañana nos pase a buscar a las nueve en
punto para llevarnos al Fuerte de Amber por 150 rupias. De esta manera,
pensamos, nos ahorraremos molestias innecesarias. Contrariamente a las
sensaciones experimentadas ayer mismo, la vieja Jaipur, a las 8:30 de la
mañana, parece haber perdido parte de su encanto; la luz es dura, y el tono
suave de sus fachadas se ha convertido en un rojo desvaído, falto de vida:
parece que por la noche nos hubieran cambiado la ciudad. Por suerte, la belleza
de algunas fachadas continúa intacta.
Plenamente entregados a nuestro
quehacer de turistas, visitamos en primer lugar el Palacio
de la Ciudad. Es nuestro primer palacio del Rajastán, y por ello nos impresiona realmente, ya
que se trata de una construcción imponente. Como llegamos nada más abrir las puertas,
a esas horas apenas si hay visitantes, y eso nos permite disfrutar del lugar con
más intensidad si cabe. Los edificios son de un virtuosismo elevado; las
columnas, los frisos, las ventanas, las celosías... todo parece modelado con
extraña perfección, haciendo que cada detalle se ajuste al conjunto
confiriéndole una armonía extrema, un inconmensurable esplendor. El marajá todavía vive en el palacio, aunque ocupa sólo un edificio al fondo, el cual, lógicamente,
está excluido de las visitas. A la puerta de cada sala, algunos guardias se
ofrecen para ser fotografiados a cambio de unas cuantas rupias. Cuando le hago
notar este último detalle a uno de ellos, me contesta sonriente: "it's my
business". A pesar de todo, no le hago ninguna foto. Junto al palacio se
encuentra el Jantar Mantar, un espectacular observatorio astronómico construido
en 1728 por Jai Singh II, todo un apasionado por los planetas y la astrología.
Uno, que no entiende absolutamente nada de astronomía y menos aún de
astrología, refugio de tanto timador que hay por ahí suelto, no puede dejar
se sentirse impresionado por las extrañas y en ocasiones extravagantes
construcciones erigidas para contemplar las estrellas y disfrutar del universo.
Además, si alguien se aburre, puede entretenerse subiendo y bajando por
escaleras y plataformas hasta hartarse -o hasta sufrir pequeñas molestias
musculares, como me pasó a mí-.
Como tercera etapa de nuestra visita, nos
acercamos al Hawa Mahal o Palacio de los Vientos, un edificio extraordinario
cuya deslumbrante fachada todo el mundo conoce gracias a los folletos
publicitarios (siempre que sale una foto de Jaipur, aparece el Hawa Mahal). A
pesar de todo, sigue asombrando por la exquisitez de sus líneas, sus delicadas
celosías y sus exuberantes filigranas. Sin miedo a parecer cursi, diré que
constituye todo un regalo para la vista. Tenemos pensado dejar Jaipur pasado
mañana, así que nos dirigimos a la estación de autobuses para reservar los
correspondientes billetes a Bundi, nuestro próximo destino. El precio de cada
billete nos parece inusitadamente barato, 105 rupias en autobús "De
luxe" (queda saber en qué consiste el apellido De luxe). Otra cosa que nos
parece realmente barata son las llamadas de teléfono: por 50 rupias puedes
conversar casi tres minutos con España. Visto lo visto, y dada la lentitud de
las conexiones de internet, decidimos que en vez de mandar e-mails llamaremos
más a menudo a través de la línea telefónica convencional. En uno de
nuestros aleatorios paseos, vamos a parar a lo que parece ser el barrio musulmán
de Jaipur. Caminamos por una calle estrecha, flaqueada por algunas mezquitas y
numerosos comercios y talleres, donde abundan hombres con gorro blanco y
mujeres cubiertas completamente de negro. La calle está algo más sucia y
descuidada que otras, y los edificios muestran un estado más lamentable;
finalmente, damos con el Bazar Indra, y todo parece volver a la normalidad. Después
de disfrutar de un pequeño descanso en los jardines públicos Ram Niwas -un
parque frecuentado por numerosos jóvenes y parejas con hijos pequeños, que
aprovechan para pasar la tarde sentados en corros sobre la hierba-, nos
dirigimos a cenar a la calle Mirza Ismail, donde se encuentran la mayor parte de
los restaurantes de Jaipur. Ayer probamos suerte en el Natraj, pero nos pareció
demasiado caro y algo decadente. En esta ocasión recalamos en el Surya Mahal, y
la impresión no puede ser más satisfactoria: buena comida, buenos precios y
buen servicio. Todo lo que se puede pedir a un restaurante.
Justo al lado se
encuentra la famosa sala de cine Raj Mandir, una de las pocas alternativas de
ocio de que se puede disfrutar en la India. La verdad es que no hay mucha cola,
pero estamos demasiado cansados de ir todo el día de aquí para allá, el cielo
comienza a cubrirse amenazando lluvia y la noche se va cerniendo lentamente
sobre los tejados, así que pensamos que lo mejor es una oportuna retirada y
así disfrutar también del hotel y de su acogedor jardín, que no en vano va
incluido en el precio. Domingo - 3 de octubre de 2004 El
rickshaw que habíamos reservado ayer para llevarnos al Palacio de Amber
parece haber encontrado otro cliente mejor, así que decidimos que lo más
conveniente es agenciarnos otro medio de transporte rápidamente si no queremos esperar como pánfilos durante horas. Sin mucha dificultad,
conseguimos otro rickshaw por el mismo precio, y tras cambiar dos o tres veces
de conductor (soy incapaz de comprender por qué los
conductores se iban alternando al volante y por qué se intercambiaban los rickshaws entre sí; si alguien lo
sabe, por favor, que me dé una explicación), finalmente enfilamos la
dirección correcta.
La vista a Amber no defrauda lo más mínimo. Ya desde la distancia,
la fortaleza se va descubriendo poco a poco, impresionante y abrumadora. El patio de entrada, hasta
donde se puede ascender a pie o en inmensos elefantes, va dando paso a una
serie de puertas, a cuál más delicada y exquisita, hasta alcanzar el punto
culminante: la maravillosa Cámara de los Espejos, todo un ejemplo de
minuciosidad y esmero. El resto de las salas no desmerece en absoluto; no hay
duda de que los heroicos guerreros rajputas, además de valerosos y temibles,
tenían un gusto refinado y un sentido estético admirable. Aún queda buena
parte del Palacio por restaurar y muchas de las paredes están negras a causa de
la humedad y el abandono, pero con todo la estructura de pasadizos y aposentos
resulta sobresaliente. De vuelta, hacemos una parada a mitad de camino para contemplar el Jal
Mahal, un hermoso palacio rodeado de agua que en breve albergará un lujoso
hotel. Dada la buena impresión que nos causó ayer, hoy regresamos de nuevo
al restaurante Surya Mahal, una visita que nos confirmará la exquisitez de su
cocina. Nos atiende el mismo camarero que ayer, y tal vez agradecido por la
generosa propina que dejamos, se muestra más atento si cabe. Como ya habíamos
observado la primera vez,
el lugar es muy frecuentado por locales de toda clase, ya sea en familia, en grupo o individualmente. Una niña que está sentada
junto a nosotros nos mira divertida y comenta algo con su hermano sobre nuestra
manera de comer; y yo que pensaba que en la mesa nos comportábamos más o menos
como auténticos nativos... Tras un nuevo paseo por los jardines Ram Niwas -y
tras servir de distracción a apocadas parejas que caminan manteniendo una
respetuosa distancia y a ruidosos grupos de chiquillos-,
regresamos al hotel a saborear tranquilamente una cerveza en su bien cuidado
jardín. Lo cierto es que, después de pasar un día en cualquier ciudad de
la India, se agradece un pequeño retiro en algún lugar apartado y tranquilo: es
necesario reponer fuerzas para el día siguiente, la India está resultando demasiado
agotadora para nuestros delicados organismos de europeos acomodados. ©
Carlos Manzano

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