A las 6:30 suena el despertador, un ligero desayuno, últimos retoques a la bicicleta y las dos mochilas y con las primeras luces del día cruzo el río Albarregas por el puente romano, de 145 metros de largo y que soporta sobre sus cuatro arcos y después de más de 2.000 años el paso de tráfico rodado, junto al acueducto de los Milagros. Por carretera se asciende suavemente hacia el embalse de Proserpina, con su dique romano piedra sobre piedra y el tímido sol reflejado en las aguas que daban de beber a la ciudadanía emeritense. Sigo por carretera hasta el primer desvío que ya me da algunos problemas con las flechas amarillas.
De esta manera me interno por la dehesa extremeña. El camino asciende con suavidad entre encinas y la primera de las innumerables puertas que hay que abrir y cerrar aparece ante mí. Los primeros cerdos ibéricos trotan entre los árboles con su bello andar. Llegando a El Carrascalejo unos mastines me esperan a lo lejos, cuando me acerco veo que uno está atado, ligero alivio, pero el más lejano baja por la ladera ladrando hacia mi, así que sin esperar a ver sus intenciones emprendo el primero de mis apurados sprints ciclísticos; al llevar sólo las dos alforjas laterales, pesan menos pero también son más inestables y un extremo rozaba con los radios frenando la rueda, así que paro para solucionarlo pero al volver la vista observo a mi canino amigo venir de nuevo, al que lógicamente no esperé y con el ímpetu de la escapada asciendo la dura subida de entrada al pueblo. En seguida se desciende por un mal camino hasta Aljucén, pueblo de unos 150 habitantes pero que cuenta con el primer albergue de la Ruta. Se sale de este pueblo por carretera hasta la gasolinera y se retoma el camino. El viento comienza a dar de cara. El siguiente pueblo es Alcuéscar, a 20 Km, por un difícil camino de tierra y piedra suelta, una dura subida por un encinar y con muy poca señalización, tal es así que en dos o tres cruces de caminos me confundo y únicamente al no ver rodadas de otras bicicletas es cuando me doy cuenta de mi error. Afortunadamente reencuentro de nuevo el buen camino. Se cruza un altiplano por un camino pesadísimo, de una tierra suelta en la que se clavan las ruedas de la bicicleta, siendo muy peligroso al perder la dirección. Se llega a la Cruz del niño muerto y al final de la subida, Alcuéscar. El camino discurre entre huertos y pequeños cercados de ganado y en muchos tramos puede apreciarse el cascajo superficial de la antigua calzada romana.
A Aldea del Cano se llega por un camino paralelo a la carretera N-630 después de Casas de Don Antonio y con un calor ya asfixiante. Es el lugar en que debo encontrarme con Rosa. Compro algo de comida y bebida en una tienda y descanso junto a la “Fuente del pozo nuevo” donde hay un cartel que pone agua no potable pero del que todo el pueblo coge agua para beber en las casas. Hasta Cáceres queda poco más de 20 Km pero se hacen muy duros. El viento no deja de dar de frente y es desmoralizante. En un de las pocas bajadas, un bolsillo de la alforja izquierda se me engancha en una jara y se desgarra, esparciendo todo el contenido por el camino. Tras cruzar un aeródromo en deshuso y por un llano se llega a Valdesalor donde encuentro los primeros caminantes y a su salida... pinchazo en la rueda trasera. La subida al puerto de Las Camellas no es difícil, pero la jornada ha sido dura y el viento mina las fuerzas, físicas y mentales. Un descenso y en un alto espera Castra Caecilia, Cáceres.
Rosa ya espera en la habitación del hotel, en la plaza mayor a los pies de la ciudad antigua, que es imperdonable no visitar. La ducha es un bien reparador y la tarde-noche invita a pasear por la historia escrita entre las piedras. Las cigüeñas son las dueñas de todos los edificios y descendientes sin duda de aquellas otras testigos desde la altura de los abatares de su antigüedad.