Mi hermano Felipe me ha acercado en coche hasta Roncesvalles, punto de partida elegido, aunque mi deseo era haber partido desde el otro lado de los Pirineos, de Saint Jean Pied de Port.
Los nervios por la incertidumbre y también, porqué no, cierto miedo, se dejan sentir en el estómago. Después de montar la bicicleta y todos los aparejos me acerco a recoger la credencial en la que se inscribirán mis datos y que iré sellando por todos aquellos lugares que pase, así como la fecha en que se ha hecho y que luego en Santiago acreditará el haber realizado el camino.
Sobre las 9,30 me despido de mi hermano y parto con dirección al sepulcro del Santo. Tomo el camino siguiendo la primera flecha amarilla, de las miles que a partir de este momento me marcarán la ruta correcta. Primera sorpresa, está todo lleno de barro, una tormenta caída la noche anterior ha enfangado todos los caminos de montaña y dificulta la trayectoria. Los primeros caminantes van quedando atrás. Se oyen los típicos "buen camino" que unos a otros nos deseamos y el suave pero continuo descenso y el verdor de los montes pirenáicos hacen agradables las primeras pedaladas. En Espinal comienza el ascenso a Mezkiriz. No es muy duro pero con el barro se hace pesado. El descenso se hace por una estrecha senda y es algo peligroso, hay que frenar continuamente para no atropellar a los peregrinos que han salido andando a primera hora de la mañana. El camino mejora ya que hay menos agua en él, justo hasta llegar a Lintzoain, donde da comienzo el ascenso al alto de Erro. Pie a tierra, es imposible subir por una pronunciada rampa que además se ve salpicada por cortantes hileras de piedras que salen del suelo. Es muy costoso empujar la bici por aquellos lugares, cosa que hay que seguir haciendo ya que el camino sigue subiendo por una estrechísima senda en la que sus continuos zig-zas impiden rodar. Coincido con tres chicas de Burgos que van andando. Llegados al alto se llanea durante bastante trecho, aunque cada pocos metros hay que pararse y andar a pie de nuevo debido a las tremendas balsas de agua que anegan la pista forestal. El bosque de Erro es de una gran belleza, totalmente cerrado y con un especial encanto. Sufro la primera caída al derrapar la rueda delantera en el fango y me golpeo en la rodilla derecha con la barra de la bici, en caliente no tengo molestias pero temo que me traerá consecuencias. Llega ya el descenso y lo que parece va a ser una diversión se convierte en una continua tensión por la peligrosidad del mismo, por lo que llegar a Zubiri se convierte en un alivio. Pongo el primer sello de mi credencial, aparte del de Roncesvalles.
A lo largo del Camino acumularé 89 sellos. A partir de Zubiri no hay mayores complicaciones y el camino discurre por pequeños pueblos, agradables sendas que bordean huertos y con coquetos puentecitos de madera. Ya antes de llegar a Villaba, el camino desaparece y hasta Pamplona todo es carretera. Una rápida visita a la capital navarra: el monumento a los Sanfermines, Plaza del castillo y las típicas calles del encierro. La salida de Pamplona alterna carretera con camino y a los pocos kilómetros ya se comienza a subir. En Zariquiegui veo varios peregrinos que avanzan en unas condiciones verdaderamente lastimosas. La subida al Alto del Perdón es muy dura y dificultosa por lo que en varias ocasiones no hay más remedio que bajarse de la bici y empujar. Tras mucho sufrimiento corono el Alto y me relajo bajo los imponentes aerogeneradores que en una larga hilera recorren toda la cumbre de la montaña. Hago unas fotos de las figuras metálicas que adornan la zona de descanso y emprendo el descenso hacia Uterga. Debo decir que es el peor descenso de todo el camino, un pedregal empinadísimo y muy peligroso que obliga a apretar las manetas de los dos frenos a tope y que sin embargo no consigue detener la bici, por lo que uno queda absolutamente a merced de la suerte. Sin mayor problema que un gran dolor de dedos llego abajo y un suspiro de alivio escapa de mi boca.
En Óbanos tomo un desvío de dos kilómetros para visitar la ermita de Nuestra Señora de Eunate. Merece la pena, es sin duda el monumento que más me ha gustado de todo el Camino, es de diseño octogonal y de origen templario, sus paredes dejan escapar un claro aire mágico. Entro a Puente la Reina por el camino Aragonés, a partir de aquí el Camino se une con el Francés y es uno sólo. El albergue está lleno y nos envían a otro. Se cruza el casco antiguo de la población y pasamos el río Arga por el famoso "Puente de la Reina". Una fuerte subida de 500 metros me separa del descanso del primer día. Al llegar tengo suerte, quedan tres plazas de litera. Los muchos peregrinos que llegarán después no tendrán tanta y dormirán en el suelo.
Por la tarde los temores sobre mi rodilla se confirman, se me ha hinchado bastante y a medida que se va enfriando me duele más. El fantasma del abandono sobrevuela mi cabeza. Bajo al pueblo y compro una pomada antiinflamatoria en la farmacia. Yo diría que hubo un milagro, no sé si de la pomada o de Santiago el Negro (ahora tras la restauración blanco) que descansa en la Iglesia del mismo nombre y que merece la pena visitar.