Guía de lugares prehistóricos-Francia

 

(artículo publicado en la revista Astronomía en julio-agosto de 2005)

William y un compañero bajo la Gran Nube de Magallanes y varios cúmulos NGC. La estrella más brillante es Canopus

 William y un compañero bajo la Gran Nube de Magallanes y varios cúmulos NGC. La estrella más brillante es Canopus

 

         Viajar al hemisferio sur y observar las maravillas que oculta su cielo nocturno es el sueño dorado de todos los aficionados a la astronomía que habitamos en latitudes boreales. Si, además de la pasión por las estrellas, sentimos fascinación por la ciencia en general y en especial por la paleo-antropología, entonces un viaje a al norte de Tanzania cumplirá con creces nuestras más altas expectativas de satisfacción emocional. Porque en el fondo, la vida se trata de eso, de satisfacer nuestros pequeños sueños e ilusiones. Alguien dijo una vez “la vida es una ilusión secuencial”. Nada puede resultar más cierto en lo más profundo de la sabana africana, donde la vida se desarrolla en todo su esplendor ante nuestros ojos, ofreciéndonos además una oportunidad única para viajar en el espacio-tiempo, a lugares y comunidades todavía sin alterar por la cultura occidental, a instantáneas que nos transportan inmediatamente a nuestros orígenes como especie y que nos convierten en coetáneos a los primeros tiempos de la humanidad, no sólo como espectadores pasivos, sino como parte integrante e inseparable (me atrevería a decir que ya para siempre, porque África enamora) del ecosistema más fascinante del planeta.

      Así fue como casi por casualidad, y gracias a mi amiga Cristina Díaz, me enteré de que Jordi Serrallonga, arqueólogo investigador de la Universitat de Barcelona, llevaba a cabo expediciones abiertas al público en Tanzania. Justo en la zona que describe maravillosamente en uno de esos libros que impactan, que te atrapan desde la primera línea y cuya principal virtud reside en hacer divulgación de la ciencia en primera persona de forma amena y rigurosa. En efecto, el diario de un científico sobre el terreno puede resultar tan apasionante y enriquecedor como divertido y en “Los Guardianes del Lago” no podemos evitar emocionarnos y ¿por qué no?, también reírnos con las vivencias de Jordi y demás colegas inmersos en la constante aventura de investigar la evolución humana. Esta iniciativa se denomina “Ciencia y Aventura”, iniciativa única en el ámbito de los viajes y actividades de ocio. Supone la perfecta combinación del placer y la experimentación de nuevas vivencias (aventura) con el deseo de ampliar conocimientos y horizontes culturales a través de la observación (ciencia) en lugares y situaciones reales.

    Una vez decidimos con Roser, mi paciente esposa (todos sabemos que la astronomía es una ciencia que requiere sacrificios), que las vacaciones de 2005 nos llevarían a los lugares que vieron nacer a la humanidad y dado que la astronomía me atrapó no se todavía cómo desde que era un niño, nos dispusimos a prepararnos para emprender un viaje que cambiaría nuestra vida cargados con no todo el material astronómico que me hubiera gustado llevar, ya que las características del viaje desaconsejaban llevar material de observación muy sofisticado, pero sí con unos prismáticos Oberwerk de 20 x 90 que harían las delicias de todos los expedicionarios, varios prismáticos de 7 x 50, la vetusta cámara reflex Pentax y la montura ecuatorial Orión MinEQ TableTop motorizada en ascensión recta muy ligera y compacta y que me permitiría intentar tomar alguna que otra fotografía del cielo nocturno, así cómo la imprescindible brújula, linternas, baterías y material de recambio para todos los tornillos y trípodes (en la sabana no abundan las ferreterías). Además claro, había que llevar todo el material apropiado para realizar un safari por la sabana africana en condiciones de seguridad, toda precaución resulta útil en un entorno tan distinto al por el que estamos acostumbrados a deambular.

     Del 7 al 21 de enero de 2005 estaríamos en el norte de Tanzania, muy cerca de la frontera con Kenia, en pleno territorio Maasai. Nada más poner el pie en tierra en el aeropuerto internacional Kilimanjaro las sensaciones ya son embriagadoras. El salto estacional del invierno boreal al verano austral es brusco y agradable ya que aunque durante todo el viaje las temperaturas diurnas no bajaron de los 35 grados al ser un calor seco no se suda demasiado y por la noche el calor es sustituido por un frescor muy reconfortante y vivificador. Además, al llegar ya sabes que estás en un lugar muy especial gracias a un olor omnipresente: la madera de acacia quemada libera un humo de olor muy peculiar que ya no habría de abandonarnos en todo el viaje. La bienvenida a Tanzania no puede ser mejor, la hospitalidad de sus gentes sólo se ve superada por su amabilidad y educación. Incluso los jóvenes que intentan venderte cualquier cosa a cualquier precio en Arusha, la capital del norte del país, resultan cordiales en cuanto entablas conversación con ellos y se supera con éxito (o no tanto) el intento de negocio a costa del turista novato en temas africanos.   Las emociones irían “in crescendo” día a día a medida que la ruta se desarrollara por unos parajes inolvidables.

    Una vez superada la impresión de estar en África y desembarcados en medio de la nada, esa nada extraña que lo abarca todo en la sabana, nos espera el campamento en Sinya. Sinya es una antigua zona minera en la que se extraía espuma de mar con la que se realizaban hermosas pipas a unos 100 Km. al noreste de Arusha. Ser recibidos por un gran jefe Maasai como Kipululi y otros guerreros más jóvenes como Lomayani, Engamérica y William con extrema cordialidad no deja de ser sorprendente para los occidentales que quizás nos hemos olvidado de que en realidad todos somos hijos de África. El retorno al “hogar” siempre resulta agradable.

Kipululi, William, Engamérica y Rafael Balaguer. Los Maasai nos reciben en Sinya

Kipululi, William, Engamérica y Rafael Balaguer. Los Maasai nos reciben en Sinya

    

    La observación de los animales en libertad es un espectáculo grandioso pero lo mejor y más emocionante es, sin duda alguna, el contacto con las etnias que habitan la zona en perfecta armonía con la naturaleza: los ganaderos nómadas Maasai, lo estrictos cazadores-recolectores Hadza y los más esquivos Sonjo.

    Con quienes tuvimos más relación fue con los Maasai de Sinya y los del lago Natron. Los Maasai llegaron a África Oriental desde el norte, probablemente desde el valle del Nilo en el siglo XV a.C. Esta herencia nilótica se puede apreciar en los rostros de algunos guerreros Maasai que exhiben claramente rasgos faciales egipcios. Son básicamente ganaderos nómadas que desplazaron a las demás etnias de los territorios que ahora ocupan gracias a las luchas constantes que libraron con éxito debido principalmente a la ventaja de contar con una casta de guerreros amplia y dedicada única y exclusivamente a la guerra. Así, los hombres son niños, guerreros o ancianos y las mujeres tienen gran poder en términos de economía familiar y de cohesión social de la comunidad dotando de equilibrio al ejercicio de la autoridad entre ancianos y guerreros. Actualmente ya no disputan batallas, aunque recientemente han tenido conflictos con los vecinos Sonjo a causa del ganado (los Maasai consideran que todo el ganado del mundo les pertenece). Sus rebaños constan de vacas, cabras, ovejas y asnos para el transporte y su alimento principal es la leche, que mezclan con sangre extraída de la yugular de los animales, que se recuperan pronto de esta operación. Sólo en ocasiones especiales como rituales de iniciación comen la carne procedente de los animales del rebaño. Trasladan los campamentos en busca de agua fresca para los animales y los Maasai (“los que hablan Maa”) son animistas aunque cada vez hay más iglesias cristianas proliferando por la sabana. Creen que la divinidad está en todas las cosas y su dios único es Ngai.

Guerrero Maasai del lago Natron

Guerrero Maasai del lago Natron

    Como buen aficionado a la astronomía lo primero que hice al salir de la tienda en el campamento de Sinya al finalizar la jornada y después de disfrutar de una bien merecida ducha fue levantar la vista al cielo. ¡Qué maravilla! A simple vista pueden verse unas 6000 estrellas, creo que allí estaban todas. Eran las 20 horas y sobre el horizonte suroeste se me aparecían colgadas junto a la imponente Vía Láctea que partía el cielo las dos Nubes de Magallanes. Era la primera vez que veía el cielo del sur y la emoción se apoderó de mí. Mi corazón latía acelerado y los nervios me dominaban y los compañeros de expedición asistían sorprendidos al espectáculo de verme dando saltos de alegría exclamando sin parar: ¡las Nubes de Magallanes, las Nubes de Magallanes!, tal como un iluminado cualquiera... Soy demasiado apasionado con las cosas que me apasionan, valga la redundancia, y ver tantas estrellas sumado a las experiencias vividas durante el día junto a los Maasai observando la fauna de la zona era demasiado para mí.

   ¡Esa misma noche tenía que preparar mi propio campo de observación en plena sabana!

   Después de la copiosa cena (todas las comidas en África fueron deliciosas) me dispuse a realizar alguna observación para tomar contacto más directo con las zonas del cielo que eran nuevas para mí. Así, mientras William, el joven guerrero Maasai con el que entablaríamos amistad nos acompañaba a nuestra tienda que era la más lejana a la tienda comedor (los campamentos eran grandes y confortables y la separación entre las tiendas es tan grande que te sientes como en casa), le comenté que mi intención era quedarme fuera de la tienda observando el cielo. William me dijo que no me lo recomendaba, que la noche era peligrosa y que él esa noche no podía quedarse conmigo. Yo pensé que no sería para tanto y le pregunté divertido y directamente que si había leones por la zona y mi sorpresa fue grande: William adoptó un gesto grave y afirmó rotundamente que sí, que por la noche por allí podían rondar leones. ¡Vaya!, ahora ya no estaba tan tranquilo. Cuando llegamos a la tienda William nos dejó en cuanto entramos y me repitió que era mejor que no saliera de noche: las tiendas son seguras, los animales las respetan pero la sabana de noche es su territorio y somos nosotros los que debemos respetarlo, aventurarse fuera de las tiendas en la oscuridad puede ser ciertamente peligroso.

Canopus y la Gran Nube de Magallanes "Ngare"

Canopus y la Gran Nube de Magallanes “Ngare”

   Y si además un curtido Maasai con un cuchillo de 50 cm. colgado en la cintura te dice con cierta pesadumbre que el tema de los leones es serio, la verdad es que es mejor no arriesgarse demasiado por realizar una observación astronómica. Pese a todo y gracias a mi tozudez y, sobre todo, al “equipo de supervivencia” que hay en cada tienda, a saber: 1 silbato para soplar a todo pulmón en caso de emergencia, 1 walkie-talkie que básicamente cumple la misma función que el silbato pero con menos encanto y más eficacia y 1 magnífico cuchillo Maasai extraordinariamente afilado, decidí que debía probar mi valentía y salir de la tienda con los prismáticos para observar todo lo que se pusiera a tiro.

     Así que me colgué el silbato del cuello, conecté el walkie y me colgué el cuchillo a la cintura. Curiosamente, llevar el cuchillo no me hacía sentirme más seguro pero en fin, tenía que intentarlo. De esta guisa salí de la tienda con el trípode y los prismáticos de 20 x 90. Una vez todo estuvo instalado y para asegurarme de que todo iba bien decidí barrer con la linterna el perímetro que la potente luz me permitía alcanzar, unos 50 metros a mi alrededor. ¡Mi sorpresa fue mayúscula!, la cantidad de pares de ojos de todos los tamaños que me observaban desde todos los 360º que me rodeaban me inquietó en grado sumo. Los ojos podían pertenecer a impalas, gacelas, aves o a hienas y leones y como mis conocimientos del comportamiento de la fauna en estado salvaje son nulos y, por supuesto, era totalmente incapaz de distinguir por el brillo de los ojos qué criatura era la propietaria de tales destellos, decidí sabiamente que lo mejor sería retirarme a la seguridad de la tienda. Pero justo cuando terminaba de recoger los prismáticos aparecieron dos Maasai armados con cuchillos y lanzas que vigilaban el perímetro del campamento. Sólo hablaban Maa, pero entendían un poco de Inglés y fue realmente divertido hacerles entender que me gustaba la astronomía y que había intentado observar el cielo y el susto que me había llevado al ver que toda la fauna de África estaba observándome a mí. Rieron encantados en cuanto les enseñé el cuchillo que todavía llevaba colgado en el cinto. Entre la mímica y mi pobre Inglés estuvimos un buen rato riéndonos de mí y de mis temores. 

   Es cierto que había leones por la zona, y elefantes, y monos, etc… pero los leones, por ejemplo, han aprendido a evitar a los Maasai a los que detectan por el olfato, ya que saben que los humanos son presas difíciles y además vengativas.  Así que el peligro era relativo…si eres Maasai y has cazado leones con tu lanza supongo que las cosas se ven de otra manera, pero para un occidental de hábitos básicamente sedentarios el miedo puede ser un buen aliado de la prudencia. 

   En la sabana los Maasai son los dueños de la noche así que aproveché el encuentro con ellos para intentar sacarles algo de información astronómica y en este sentido la velada resultó provechosa. Con la linterna apunté directamente a Orión y ellos me dijeron que para los Maasai Orión era “Ngai”, el mismísimo dios Ngai. 

La Vía Láctea "Nkurrei" en Sinya

La Vía Láctea “Nkurrei” en Sinya

   Asombrado, luego les mostré las Pléyades y ellos me dijeron que las llaman “Nkokuai” y, lo más sorprendente, que la maravillosa Vía Láctea se denomina en Maa “Nkurrei” que, casualidades (o no) de la vida, significa “camino”. Nunca olvidaré este momento, con los Maasai indicándome la Vía Láctea con mi linterna y recorriendo el camino sobre el que estábamos con su lanza. 

   Este camino era el que nos comunicaba con el resto del campamento y la tierra sedimentaria blanquecina que lo componía constituía un símil poderoso del camino que los Maasai también veían en el firmamento, impresionante. A la noche siguiente tendría la oportunidad de aprender un poco más sobre la astronomía Maasai cuando William pasaría la noche conmigo charlando tranquilamente al lado del fuego y observando el cielo del sur junto a los guerreros Maasai que custodiaban el sueño del campamento.

   Al amanecer nos esperaba un fantástico safari a pie por la sabana, durante el cual no faltó la diversión del grupo expedicionario a mi costa en cuanto les conté “la gran hazaña” que suponía salir de la tienda en plena noche. Explicar cómo los Maasai se habían reído de mí al verme armado con uno de sus cuchillos que tampoco habría sabido utilizar amenizó el desayuno y parte de la caminata, donde yo ya estaba pensando en la noche siguiente. Después de la comida y en lugar de aprovechar el tiempo libre para descansar o dormir un poco a primera hora de la tarde, decidí montar la montura ecuatorial con luz de día para así facilitar la tarea. Esa noche además de observar intentaría obtener alguna fotografía. De paso, ya fijé la latitud para no tener que preocuparme de ello por la noche. La latitud de Sinya es 3º sur, por lo que al principio de la noche todavía son visibles algunas estrellas del hemisferio norte y a medida que las horas avanzan las estrellas australes van haciendo pausadamente su aparición por encima del horizonte, sólo interrumpido por algunas acacias amarillas que parecen brillar con luz propia y el omnipresente Kilimanjaro.

     Después de la cena (siempre es aconsejable afrontar una sesión de observación con el estómago lleno) desplegué todo el instrumental cerca del fuego del campamento, situado en una llanura inundable que ofrecía una gran superficie plana y relativamente sólida.

Los Maasai de Sinya nos obsequian con una danza nocturna antes de cenar

Los Maasai de Sinya nos obsequian con una danza nocturna antes de cenar

   El primer paso es montar correctamente el equipo y poner en estación con la mayor precisión posible la montura ecuatorial. Para ello lo primero que hay que hacer es fijar la latitud del lugar de observación. Luego hay que orientar la montura según el eje de rotación norte-sur. En el hemisferio norte tenemos la suerte de contar para ello con la estrella Polar, casi perfectamente alineada con el eje de rotación de la Tierra, por lo que esta operación es relativamente sencilla. 

   En el hemisferio sur, en cambio, no hay una estrella perfectamente alienada con este eje de rotación y el sistema de orientación pasa por prolongar el brazo largo de la Cruz del Sur 4 veces y media para acercarse el polo sur celeste. Aún así, la estrella que queda más cerca es Sigma (s) Octantis, demasiado débil para ser útil en estos menesteres. En mi caso, como debía poner en estación la montura sobre las 22 horas y la Cruz del Sur no aparecía por encima del horizonte hasta la 1, no me quedaba más remedio que confiar en la brújula para poner la montura en estación. En principio todo debe ir bien, el inconveniente es que sin poder alinear correctamente la montura la precisión en el seguimiento de los objetos celestes puede verse afectada en exposiciones fotográficas superiores a los 5 minutos, así que las fotografías deberían tomarse con menos exposición. La película seleccionada es de 400 ASA de sensibilidad, muy polivalente y que implica menos riesgos de sobre-exposición en las tomas que en las realizadas sobre películas más sensibles.

   Con el equipo fotográfico en estación coloqué los prismáticos de 20 x 90 sobre el trípode para observar el cielo, cielo que, todo hay que decirlo, sorprende por su tamaño aparente. Es muy curioso notar cómo las constelaciones y hasta la Luna en plena sabana se nos antojaban mucho más pequeñas que cuando las observamos en casa. En el caso de la Luna todos conocemos sus cambios aparentes de tamaño, que nos parece mucho mayor cuando está baja sobre el horizonte que cuando está a alturas más elevadas. De hecho la Luna cambia de tamaño porque a veces está más lejos y a veces más cerca de la Tierra debido a la elipticidad de su órbita, pero estos cambios son pequeños (unos 4 minutos de arco) y no ocurren durante una noche por lo que resulta difícil de apreciar. El efecto de su mayor  tamaño cerca del horizonte y menor tamaño cuando está más alta en el cielo es una ilusión óptica. Cuando la Luna está baja parece grande cuando está cerca de los árboles y de las casas, porque hay algo con lo que compararla; cuando está más alta aparece como un pequeño objeto en la inmensidad del espacio vacío, en nuestro caso lleno de estrellas. Es lo mismo que le ocurre al Sol al amanecer o al ponerse. En la sabana los espacios abiertos son tan vastos que el mismo efecto se aplica a las estrellas y así, hasta Orión-Ngai ve empequeñecida su majestuosidad, rodeado de miles de comparsas estelares.

   Mi experiencia la noche anterior despertó la curiosidad del resto de expedicionarios y así estuvimos todos juntos observando la Gran Nube de Magallanes, nuestra galaxia vecina en el Grupo Local; varios cúmulos impresionantes en los que se resolvían miles de estrellas como los NGC 2516, 3114, 3293, y 3372; las siempre fantásticas Pléyades; M42 en Orión y como no, el cometa C/2004 Q2 Machholz que presentaba en esos días un brillo intensísimo, sobre todo en su núcleo, muy activo con una gran coma ancha y brillante y dos colas impresionantes. De vez en cuando algún meteoro procedente de la lluvia de las Delta (d) Cancridas y también algún que otro satélite artificial como el Cosmos 2084 surcaban la inmensa bóveda africana. La sesión se completó explicando que un buen prismático es el que proporciona una pupila de salida lo más próxima a 7 Mm., que es el tamaño de la pupila humana dilatada al máximo, así toda la luz que capta el instrumento es aprovechada por nuestros ojos. 

Rafael Balaguer ultimando el campo de observación

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rafael Balaguer ultimando el campo de observación

   La pupila de salida se obtiene dividiendo la abertura de los objetivos del prismático por los aumentos que proporciona. Una vez todos los expedicionarios hubieron hecho el cálculo para sus prismáticos más de uno se arrepintió de haber comprado un binocular especialmente para viajar de safari que no ofrecía unas prestaciones óptimas.

   Una vez el grueso de los expedicionarios se retiró a descansar sólo quedamos William, dos compañeros jóvenes guerreros y yo junto al equipo. Fue entonces cuando ellos se animaron a acercarse a ver con detalle qué demonios hacía aquel turista con todos aquellos extraños artefactos. La montura ecuatorial con la cámara les intrigaba especialmente y gracias a que William hablaba Inglés pude explicarles su funcionamiento, que les sorprendió mucho cuando entendieron que la montura lo que hacía era seguir a las estrellas en su desplazamiento. Claro que les parecía extraño y complicado, la realidad para ellos es que es Ngai quien ordena a las estrellas que cada día salgan y se pongan inmutables, Ngai lo decide todo en el universo Maasai.

     No menos sorprendidos se mostraron cuando observaron las Pléyades con los binoculares 20 x 90. Sus exclamaciones de asombro tampoco se me olvidarán nunca, no paraban de repetir “¡Nkokuai, Nkokuai!” mientras se alternaban para observarlas. Lo que ya no les gustó tanto, especialmente a William, fue descubrir que no estaban muy finos en agudeza visual, ya que sólo distinguían a simple vista 5,6 y 6 estrellas respectivamente, cuando deberían poder ver unas 7 si tenían una vista sana. Ya los antiguos griegos utilizaban este método con las Pléyades para graduar las dioptrías y diagnosticar la miopía. Decirle a un orgulloso joven Maasai que es un poco miope no es muy recomendable, aunque si inmediatamente después uno se quita las gafas y les confiesa que sin ellas no es capaz de ver ni una sola estrella en las Pléyades y que para él “Nkokuai” es sólo una macha difusa sin ningún encanto, todo se arregla en un santiamén. En cuanto William les tradujo a sus amigos la historia de los griegos y el turista miope los tres se echaron a reír haciendo gala de un sentido del humor envidiable, un sentido del humor Maasai que en más de una ocasión pudimos disfrutar a lo largo del viaje. No hay que olvidar que los Maasai se consideran superiores a nosotros en todos los aspectos y no conviene entrar en polémicas con guerreros como William, que han participado en cacerías de leones.

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