Guía de lugares prehistóricos-Francia

 

 

Tras los pasos de Ngai, por Rafael Balaguer i Rosa (trilobit@teleline.es)

 

Aldebarán y las Pléyades "Nkokuai", junto a la estela de una   Cándrida

Aldebarán y las Pléyades “Nkokuai”, junto a la estela de una d Cándrida

   Le conté a William mi encuentro de la noche anterior con los dos Maasai y me explicó más detalles sobre Orión-Ngai. Después de mostrarles en un atlas estelar nuestra visión clásica de Orión, que les pareció graciosa pues no paraban de reírse entre ellos, William me dijo que Ngai es su único dios, que vive en todas la cosas y lo domina todo, el cielo y la tierra. 

   Así Ngai puede enviar prosperidad y alegría y entonces llaman a Ngai “Ngai Norok” (el dios negro); pero cuando Ngai está enfadado y envía hambre y muerte le llaman “Ngai Na-Nokie” (el dios rojo).

   Para los Maasai el negro representa la felicidad y la vida, ya que es el color de las nubes que traen la lluvia de la que depende toda la vida en la sabana. Reflexionando sobre esto y viendo el atuendo de muchos hombres Maasai, que visten telas rojas y negras, se me ocurre pensar que quizás estas telas que adquieren en los mercados de los pueblos y ciudades les gustan tanto porque evocan esa dualidad que tantas culturas han deificado y que ellos simbolizan con los colores rojo y negro, ying-yang, blanco-negro, etc…

   Los Maasai tienen varios lugares sagrados, de los que pudimos visitar dos: la montaña del dios Ngai “Oldoinyo Le Ngai” volcán aún en activo y el agujero del dios Ngai “Shimo La Mungu”, cráter volcánico, ambos cercanos al lago Natron. Ngai vive en el volcán y cuando la actividad volcánica se manifiesta claramente emitiendo sonidos, piensan que Ngai tiene algo importante que comunicarles. William me contó que Ngai no se considera masculino ni femenino y que puede adoptar múltiples aspectos y que cuando creen que Ngai está enfadado y se muestra rojo representa… ¡a los británicos! Ngai es el creador de todas las cosas y al principio Ngai (que también significa “cielo”) estaba unido inseparablemente a la tierra y era dueño y señor de todos los rebaños de ganado del mundo. Pero un día el cielo y la tierra se separaron y Ngai ya no habitó más entre los hombres. Pero había un problema muy grave en todo esto: resulta que Ngai se llevó el ganado al cielo con él porque Ngai amaba el rebaño y luego se dio cuenta de que en el cielo no había hierba y que sin hierba el rebaño moriría de hambre. Para solventar la cuestión Ngai envió de vuelta a la Tierra a todo el ganado del planeta, que bajó del cielo por las raíces aéreas del árbol sagrado, el ficus negro que los Maasai llaman “Oreti”. Ngai encomendó el cuidado del rebaño a los Maasai que desde entonces han sido pastores hasta el punto que cualquier otra actividad resulta indigna y se considera un insulto a Ngai. Tal es el tabú que incluso los Maasai tienen prohibido cavar la tierra para cultivar, que es considerada una tarea muy inferior a su encargo divino de pastorear el rebaño del mundo. Ni siquiera entierran a sus muertos siguiendo este precepto y solamente entierran en ocasiones muy especiales a personas que han sido muy notables, como por ejemplo ancianos que han llegado a vivir 100 años. No se puede enterrar a las personas en la tierra para no contaminar la hierba que crece sobre la sabana. Así la hierba adquiere también un carácter sagrado e incluso se sostiene en la mano como signo de amistad a modo de saludo y también se emplea para bendecir a los animales.

Al nacer Ngai otorga a cada persona un espíritu guardián protector que guía al interesado en el momento de la muerte hacia una tierra llena de ganado y pastos si has sido bueno o hacia un desierto si no te has portado bien en vida. Curiosa coincidencia con nuestro cielo e infierno. Los Maasai explican la muerte como la maldición de “Leeyio”, que fue el primer guerrero que creó Ngai. Como regalo Ngai le dio a Leeyio una canción que tenía el poder de resucitar a los niños muertos y convertirlos en inmortales pero Leeyio no utilizó nunca este poder, excepto cuando murió su propio hijo, lo que molestó a Ngai y anuló para siempre el poder de la canción volviendo a todos los hombres mortales. Algunos días más tarde en el lago Natron le pedimos a Thomas, guerrero Maasai que nos acompañó en nuestra ascensión a la montaña sagrada Oldoinyo Le Ngai, que nos recitara alguna canción en Maa. Por supuesto no entendimos nada de nada, pues estos cánticos tienen grandes oscilaciones de tono y pasan de los graves a los agudos tan rápido que apenas logramos distinguir algunas palabras. Una de las pocas que pudimos separar cuando le hicimos repetir la canción más despacio para internar aprenderla fue, precisamente, “Leeyio” y al preguntarle a Thomas qué significaba la canción nos comentó que tenía que ver con la iniciación de los guerreros. Obvio, si Leeyio fue el primero de dicha casta.

   Cuando le pregunté a William sobre sus conocimientos del cielo me sorprendió llegar a la conclusión de que parecía que no tenían nombres concretos para todas las constelaciones y que sólo nombraban algunas muy notables y las que les resultaban útiles para orientarse y para determinar las estaciones. Esta impresión quedó confirmada cuando a la mañana siguiente le comenté la experiencia a Jordi Serrallonga y me corroboró que, en efecto, las sociedades que se han mantenido fieles a las culturas ancestrales y que viven en entornos naturales y son nómadas o semi-nómadas sólo atesoran conocimientos astronómicos que les resultan de alguna utilidad práctica. 

 

Orión "Ngai"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Orión “Ngai”

  También aquella noche William me confirmó que Orión es el dios “Ngai” y que la Vía Láctea “Nkurrei” es el “camino” por el que Ngai guió el rebaño al bajar a la Tierra a través del ficus sagrado. Además, si alguna vez Ngai viaja de su morada en los volcanes hacia el cielo o viceversa, lo hace transitando este “camino”.  Las Pléyades “Nkokuai”  indican el inicio de la estación de las grandes lluvias y en este sentido los Maasai las equiparan a nuestros meses de marzo-abril y las asocian siempre a la lluvia, ya que están siempre visibles en el cielo en esta estación húmeda.

   Las estrellas reciben el nombre de “Lakra” o “Lakara” y el Sol se llama “Inkoloni”, que también equiparan a nuestro concepto de día, así Sol sería sinónimo de día (en el sentido de secuencia de 24 horas). La Luna se llama “Lapa” y a la Luna nueva la denominan “Enkborra lapa”.

   A la Cruz del Sur la llaman “Lakarinet”, en lo que supongo será una variación del término “Lakara” (estrella). Lo mismo valdría para M42, la gran nebulosa de Orión, a la que llaman “Láke”. También derivada del término “Lakara” parece la denominación para los planetas “Lakanrajshé”. Sobre la primera observación de la Cruz del Sur cabe destacar a Dante Alighieri que en su obra "La Divina Comedia" dice: "distinguí cuatro estrellas vistas por los primeros humanos" (tal vez incluso podría tratarse del mítico Leeyio). Esto, cuando salía del infierno e iba al purgatorio, se cree que se trataba de la Cruz del Sur, aunque la geografía de los tiempos del poeta no conocía tierra alguna desde donde se pudiesen descubrir estas estrellas. La historia dice que el primer europeo que las observó fue Américo Vespuccio según se lo escribió a Lorenzo de Pier Francisco de Médicis. Sin embargo, antes las pudo haber observado Marco Polo, el cual llegó hasta las islas de Java y de Madagascar en 1284, aunque él no las nombra directamente.

   A las Nubes de Magallanes las llaman “Ngare”, precioso nombre en Maa que significa “agua”. Nada podría ser más sugerente y apropiado que este símil para describir la belleza de nuestras dos galaxias vecinas.

   Cuando me repuse de la clase magistral de astronomía Maasai estuvimos observando cúmulos en las entrañas de la Vía Láctea y los Maasai no salían de su asombro. Nunca habían observado el cielo así y yo sólo podía pensar en que si alguna vez conseguía volver por aquellas tierras tenía que llevarles un telescopio y mostrarles los planetas… ¿qué me contarían de Saturno una vez hubieran descubierto sus anillos con sus propios ojos? Entonces les pedí que se colocaran delante de la cámara para intentar hacer alguna foto del cielo nocturno junto a ellos. Trabajo interesante pedirle a unos guerreros Maasai que permanezcan inmóviles en la total oscuridad de la sabana durante varios minutos mientras aquel turista loco les iluminaba de vez en cuando durante un segundo con una potente linterna. No sé que debían pensar de mí en aquellos instantes pero les debía resultar como mínimo muy divertido ya que no paraban de reírse. En fin, cosas de la astronomía trans-cultural.

   Ya muy avanzada la noche y cuando estaba recogiendo el equipo apareció Venus sobre el horizonte. Inmediatamente le pregunté a William sobre Venus y me dijo que a Venus le llaman “Kileken” y me contó la leyenda que explica por qué Venus aparece a veces al amanecer sobre el horizonte este y a veces sobre el horizonte oeste al anochecer. Resulta que en tiempos muy remotos había un pastor Maasai muy anciano que amaba las estrellas casi como si fueran sus propios hijos. Una noche se dio cuenta de que una estrella importante y familiar había desaparecido y, en el mismo momento, un chico apareció junto a la entrada de su casa. El chico le dijo que era huérfano y que se llamaba Kileken y a partir de entonces el chico se quedó junto al anciano. A cambio de comida y cobijo el chico se comprometió a cuidar del rebaño del anciano cada mañana y cada tarde y así protegería el ganado del ataque de los depredadores, especialmente al anochecer. El chico cuidaba tan bien del rebaño que jamás faltaba una res y éstas nunca enfermaban así que el anciano pensó que el chico tenía poderes sobrenaturales. Cuando el anciano le preguntó al chico sobre esta cuestión el huérfano le dijo que seguiría con el anciano cuidando su rebaño siempre que jamás le espiara y que nunca le viera mientras trabajaba. El anciano así lo hizo hasta que un día al anochecer la curiosidad le venció y, en cuanto el anciano vio al chico, Kileken se desvaneció en el cielo, sobre el horizonte oeste, en el que apareció la estrella que faltaba desde que Kileken llegó junto al anciano. Así, la suerte del anciano acabó y su rebaño ya no volvió a ser lo que era, víctima de la curiosidad. El huérfano Kileken continua su periplo por el cielo esperando encontrar otro pastor que merezca su ayuda y así, al amanecer (cuando hay que sacar el ganado a pastar) y al anochecer (cuando hay que recoger el rebaño) Venus “Kileken” aparece en el cielo para guiar a los pastores en sus tareas.

     Con los Maasai de Sinya pasé dos noches inolvidables aprendiendo sus mitos y algo de su astronomía y cosmología. Es curioso notar cómo en todas las civilizaciones y culturas se da algo parecido a la convergencia adaptativa en la evolución biológica y que me atrevería a llamar “convergencia cultural”. Todos los humanos han mirado al cielo preguntándose por la naturaleza de las estrellas y todas las culturas curiosamente han atribuido similares cualidades a las constelaciones que observaban. Orión en nuestra tradición clásica es un gran cazador que huye del Escorpión, persiguiendo a Tauro y las Pléyades, las Siete Hermanas. En las antípodas los aborígenes australianos del territorio “pongaponga” ven las formas de las constelaciones no uniendo las estrellas entre sí como hacemos nosotros, sino que las ven en el fondo negro que las estrellas delimitan. Pese a todo, Orión es Manbuk, que estaba casado con Milajun, una ninfa acuática que tenía 6 hermanas más y que un día decidieron subir al cielo escalando la lluvia. Manbuk, desesperado por recuperar a su esposa, se pasa la eternidad persiguiendo infructuosamente por el cielo a las Siete Hermanas, las Pléyades. De modo similar, al otro lado del mundo uno de los mitos Caribes explica que las Pléyades son una mujer con 5 hijos seducida por un tapir en cuya cabeza figuran las Híades y Aldebarán (el ojo de Tauro), en tanto que el marido (Orión) persigue a los amantes culpables en su venganza eterna a través de los cielos.

     Nuestra experiencia africana continuó desgranando emociones imborrables, como por ejemplo cuando en el campamento de Rongai en el Serengeti, uno de nuestros guías que además también es Maasai, observó por primera vez la Luna con los prismáticos 20 x 90. Mosses estaba entusiasmado… ¡veo gente en la Luna! decía... ¡y además allí arriba está lloviendo!... No hace falta decir que todos nuestros intentos por convencerle de que en la Luna no habitan los Maasai fueron infructuosos.

Para colofón final y para ejercitar en este viaje mi afición a la paleo-antropología encontré en la Cascada del Elefante en el Parque Nacional de Arusha un colgante muy extraño con símbolos árabes inscritos. El colgante es curioso porque se trata de una cajita metálica soldada para que no pueda volver a abrirse, lo que permite suponer que contiene algo importante para el portador del colgante.

   Una vez aquí y gracias a mi amiga Cristina Díaz, que a su vez consultó a Gemma Ruiz (las dos expedicionarias del mismo viaje en agosto de 2004) desciframos la inscripción en árabe de la cajita: “¡Ia, Alí!", es decir, algo así como "¡Ei, Alí!", una exclamación para llamar a Alí, que era el yerno de Mahoma y marido de su hija Fátima. Alí, para algunos chiítas radicales es a quien Alá debería haber entregado el Corán y no a Mahoma, por lo que le consideran el auténtico profeta. Toda una joya que probablemente contiene una oración o fragmento del Corán.

   Así que puestos a encontrar objetos perdidos por África sólo me faltaba descubrir en la zona de Tarangire un yacimiento arqueológico de hace unos 8000 a 10000 años. La primera pieza que encontré fue un percutor de cuarzo que ya me pareció sospechoso nada más verlo pero no le di demasiada importancia porque las marcas que presentaba podían ser naturales. Cuando justo al lado del percutor encontré una pieza lítica que exhibía una perfecta talla centrípeta ya empecé a ponerme nervioso. Entonces el percutor sí que podía ser auténtico. De inmediato le mostré la pieza tallada a Jordi y su emoción también se hizo evidente. ¡Esto está tallado!, exclamó, ¿dónde la has encontrado? 

   Dimos la voz de alarma y en seguida todos los expedicionarios estábamos como locos mirando el suelo y de pronto empezaron a aparecer puntas de sílex, cuchillos de obsidiana, lascas variadas, núcleos de sílex tallados, cerámica decorada y hasta una cuenta de collar. Todos los materiales aparecieron en superficie, en un entorno de arenas finas y en una pendiente, lo que indica que el grueso del yacimiento estaría situado en una posición más elevada y las piezas encontradas habían sido arrastradas hasta allí por el agua. Jordi dató la antigüedad aproximada de los restos en unos 8000-10000 años y consideró que las industrias halladas podían ser perfectamente todas de la misma época o pertenecer a estadios tecnológicos diferentes. Emocionados todos como nunca, Jordi tomó las coordenadas del lugar con el GPS para informar al gobierno tanzano del hallazgo y dejamos allí (nos costó bastante por cierto, hay que confesarlo) todos los materiales encontrados ya que esta terminantemente prohibido sacar de Tanzania ningún tipo de patrimonio arqueológico o natural. La emoción de tocar con tus propias manos herramientas usadas por nuestros antepasados es sencillamente indescriptible. Días más tarde, al visitar la mítica Garganta de Olduvai, lo primero que dijo Jordi fue… ¡sobretodo, atad bien corto a Rafa!, todo un halago viniendo de un arqueólogo como Jordi.

Materiales hallados en Tarangire

Materiales hallados en Tarangire

Materiales hallados en Tarangire

 

   Ahora, ya en casa y después de tantas emociones y tan intensas, sólo nos queda nostalgia por África. Nostalgia por un viaje que nos ha llevado directamente a nuestros orígenes y del que ya jamás regresaremos del todo.

 

 

   Hemos quedado heridos para siempre con la esencia africana, con la esencia pura del verdadero ser humano, esa esencia que no han olvidado los Maasai o los Hadza, amenazados por la globalización, pero que siguen recordándonos de donde venimos. ¿Por qué nos enamora África? ¿Por qué nos fascina y nos atrapa en una amalgama de sentimientos profundos que sólo sentimos una vez que hemos pisado sus tierras? Sencillamente porque nada más llegar allí África nos habla en susurros al oído de los que somos en realidad: hijos de África, siempre tras los pasos de Ngai.

Rafael Balaguer i Rosa (trilobit@teleline.es)

Cazador Hadza

Cazador Hadza