
El
hombre ha creado un mundo propio imaginario en el que vive. Ha puesto
nombre a
las cosas del entorno en que se desarrolla su vida, a sus sensaciones y
sentimientos; ha desarrollado teorías que predicen los
fenómenos y que le
permiten desarrollar con éxito múltiples actividades
útiles para su comodidad y
beneficio. Llevado por su curiosidad, ha interpretado a su manera
incluso la realidad de las cosas que observa por todos
los rincones del Universo y que en principio no le son útiles,
pero que están
ahí y le intrigan. El estado actual de ese mundo construido en
el interior del
hombre es extraordinario y cada día va incorporando más
detalles a ese reflejo,
a esa imagen mental que construye de lo real. Al principio del hombre
ese mundo
era muy reducido, se limitaba a las cosas más inmediatas en las
que se
desarrollaba su vida, y el número de palabras, signos y
teorías o mitos en los
que expresaba su mundo era pequeño. Cada vez se representan
más los detalles de
esa huella que lo real deja en la mente del hombre. A esa huella
llamamos
conocimiento, conocimiento del hombre, conocimiento o impacto de lo
real en la
mente del hombre. Y sin embargo el hombre forma parte de lo real, es
parte del
Universo, por lo que su conocimiento es el conocimiento que el Universo
tiene
de sí mismo. El Universo se va haciendo consciente de sí
mismo en la mente del
hombre. La mente del hombre es la mente del Universo, o parte de la
mente del
Universo si es que existen otros seres pensantes en él, como
parece
tremendamente probable. Lo real existe como autocreación o
desenvolvimiento a
partir de la semilla divina que dio origen al Universo, pero en esa
autocreación llega un momento que aparece la conciencia. La
conciencia lleva
los rasgos de lo divino, del ser que sabe de sí mismo y es capaz
por ello de
mantenerse. La conciencia permite la creación, y sobre todo la
creación de sí
mismo. Empezamos a ver el rostro de Dios insinuarse en la cara del
hombre. El
hombre es creador, ha creado no sólo mundo imaginario, sino que
con él ha podido
crear también realidad, nueva realidad. Y todo ello actuando
sobre lo real
representado. Ahí están sus ciudades, sus
vehículos, sus fábricas de energía.
El siguiente paso es la creación mejorada de sí mismo. Y
todo ello desde el
deseo, desde la intencionalidad del hombre, desde la intencionalidad
pues del
Universo, de este Universo consciente e intencional que va configurando
un
gesto divino.