
Vivimos
atolondrados en nuestra sociedad tecnológica del bienestar,
drogados por el
coche, el móvil, la música digital y los viajes
turísticos. El abuso en el
consumo de objetos y servicios nos distrae del MISTERIO, el mismo
misterio que
acompaña al hombre desde que se
hizo consciente.
Nuestra
vida se acaba en un plazo conocido y no sabemos realmente donde estamos
ni el
fenómeno que nos “lleva”. Somos como el niño que viaja en
avión rodeado de su
familia, mirando la tele, comiendo, pensando que sigue en su casa y no
surcando
el espacio camino de un continente desconocido.
Nuestra
vida es una oportunidad única, irrepetible, y pasamos por ella
no sólo
ignorantes de su trasfondo sino idiotizados con los “entretenimientos”
de la
época.
La
dimensión específicamente humana es la que se proyecta
hacia el Misterio que le
envuelve. Sólo las religiones atienden en parte a esa llamada,
pero de manera
dogmática, excluyente, es decir, temerosa e insegura.
Por
encima de lo inmediato del vivir y del placer banal, el todavía
incomprensible
fenómeno cósmico atrae enseguida nuestra conciencia
asombrada. Y en él, el
incipiente camino del hombre por los eones del tiempo futuro se
presenta lleno
de promesas y amenazas. Y todo ello construye el espacio donde se
proyecta hoy
la dimensión trascendente del hombre. Esa necesidad de
trascendencia, recogida
hasta ahora por las religiones como la esperanza en una vida futura
plenamente
realizada y dichosa, es lo más especifico, profundo e ineludible
del hombre.
Siempre
ha sido así con las religiones y los mitos: han llenado ese
vacío trascendental
surgido en la mente consciente del hombre para permitirle vivir de
manera más o menos indolente en
medio del
misterio. Y hoy, peor aún, la
conciencia ordinaria se degrada y emborracha en lo intrascendente, una
vez
abolidas las creencias y los valores de sentido. Hoy el hombre se
neurotiza en
un consumo compulsivo que intenta acallar cada día el
vacío existencial. Pero
quizás ha llegado ya el momento de coger el toro por los
cuernos, de asumir ese
Misterio y hacer de él el pilar de nuestra trascendencia.