
Dios arde
en su propio ser y permanece ajeno al Universo y a los hombres, pero su
sola presencia los transforma y organiza poco a poco. El Universo
trasmite la imagen de Dios lo mismo que el Sol ilumina los cielos. Las
rocas, la vida, los hombres, transmiten la imagen de Dios y Él
está en ellos de manera primigenia, tosca, a veces grotesca,
como una imagen distorsionada en un espejo imperfecto. Los Soles son
atomos de Dios, rayos de su existencia auténtica reflejada en
núcleos privilegiados de materia. En el Estado Final la imagen
de Dios se hará completa y perfecta en todo el Universo y el ojo
del Hombre al fin lo verá en toda su grandeza. Dios se
hará Universo.