El autor de la vida
 
 
El autor de la vida
 
 
 
Puedo decir (puedo decirlo, claro que puedo decirlo y no resultar un imbécil) que todos los días soy el hombre que abre las puertas del mundo. Nadie que me conozca sería capaz de llamarme cretino por hablar así. Digo lo que todos ignoran, pero que yo sé de una forma diáfana: que al abrir las puertas, permito que cada día exista el mundo.
Que yo me levante cada día en un piso oscuro y mal aireado, que me ponga la ropa que me lavo y me plancho con mis propias manos, que me siente en un balcón interior cada mañana, y a oscuras me fume un cigarrillo de tabaco negro y barato, no desmerece mi misión. Mi vida es gris, y es mía, y no hay nada que decir. Pero mi misión es otra, y es grande. La cumplo desde mucho tiempo atrás, desde mis veintitrés años, cuando al volver de la mili todos dieron por supuesto que allí me habían hecho un hombre, y ahora me tocaba un nuevo y último paso que diera sentido a mi vida: conseguir empleo para poder casarme. Lo segundo no lo vi claro nunca, y dejó de inquietarme el día que entendí que era posible romper los círculos eternos. Lo primero lo hice con agrado toda mi vida. Hasta hoy.
Me llamo Felipe Conde. Soltero. Sesenta y cuatro años. Tengo entre mis conocidos (las gentes que entran por las puertas) fama de hosco, aburrido, irrecuperable para la sensibilidad. De los gestos con que algunos me tratan, alimento la idea de que me han fabricado una leyenda negra, no sé si de hombre cruel a escondidas, pederasta, asiduo de burdeles y tugurios de chaperos, o desencantado, sin más. Nadie, sin embargo, ha podido en este tiempo negarme que soy ante todo un profesional. Llego a mi hora, me manejo con soltura y diligencia. No pierdo tiempo en chácharas, de ningún tipo, soy escrupuloso, y cumplo con mis obligaciones. Y sobre todo, me precio de no mirar nunca a nadie a los ojos.
Alguno pensará que todo esto que digo no es más que meter ripio. Que hablar de un camarero merece mucho menos romanticismo. Pero hagan un día la prueba, y verán si no soy yo quien abre el mundo. ¿O piensan que hay otro lugar para que un comediante escriba las cosas que sólo sabrá escribir aquí? ¿O que la señora guapa que viste de verde tiene otro sitio desde el que llamar por teléfono, mientras aguarda un lapsus del destino? ¿O hay otro sitio donde el mozo de terraza comprenda que le ha llegado la hora de dejar de ser mozo? ¿O donde un mindundi como ése de la tele, que de vez en cuando vuelve por aquí a recordar días de su infancia, pueda entender que a todos se nos quedó algo sediento en mitad del camino? Por aquí vienen los viejos y los muchachos, los fracasados y los que triunfan, los que sueñan y los que ya no soportan una pesadilla más. Créanme que si no pasaran por estas puertas no existirían.
Así que voy a demostrárselo otra vez. Sólo tengo que acercar la llave, introducirla con sumo tacto, girarla, entonces…
Las puertas se abren
 
Camarero, por  [] 01 [], en Flickr