El autor de la vida
Puedo decir (puedo decirlo, claro que puedo decirlo y no resultar un imbécil) que todos los días soy el hombre que abre las puertas del mundo. Nadie que me conozca sería capaz de llamarme cretino
Las cartas ya no llegan al desierto
La chica de la permanente cobriza se sentaba en la mesa 15, la mesa que casi quedaba anulada en cuanto aparecía un grupo de más de cuatro, porque en esos casos siempre le robaban las sillas. La
Comidillas
Las sillas de la 16 no solían cruzar miradas con la silla izquierda de la 14, porque era un hecho bien demostrado que había tenido unas relaciones nada convencionales con otra silla de la 12, que
Yo quise ser Lord Byron
Una silla de anea, un buen vaso de vino frío, la tarde muriendo bajo la fragancia de una parra no son, desde luego, las mejores condiciones para escapar de un griego hablador. Cuando entendí que
De repente la ciudad se hizo enorme, y vino el otoño
No que el hombrecillo tuviera un aspecto raro (aunque muy normal no fuera), ni que lo hubiera atravesado con la vista al cruzar, lo que le incomodaba de verdad era haberse topado con él tres