Cartas de la inglesa que no sabía hablar de amor
 
Cartas de la inglesa ...
 
Accésit del Premio de Relatos Ciudad de Novelda, 2007
Cartas de la inglesa que no sabía hablar de amor





Reformistas de antaño
En la conclusión escrita que redactó después de diez meses de investigación, Nieves Arrébola supo decir y dijo lo que correspondía a una erudita profesora. Que toda la correspondencia que se habían entrecruzado Mrs. Wyard, esposa de Lord Wyard, durante sus años en España entre 1890 y 1913, y D. Rafael Riánsares, secretario del gobernador civil de Granada por aquellos días,  era una suculenta fuente de información sobre el doctrinario krausista y sus adeptos españoles. Dijo también que todas las cartas, (y no menos las de la dama inglesa en un castellano tan escaso como correcto), reflejaban un estilo literario digno de encomio, y constituían una joya del género epistolar que merecía una edición esmerada, si es que aún quedaba algún librero catalán no obsesionado con los beneficios rápidos. Se atrevió a ir más allá al formular con la intrepidez del neófito una frase de consecuencias escandalosas, cuando dijo que si la reforma de la educación en España a comienzos del siglo XX no triunfó, no hubo de ser por la renuencia de las fuerzas conservadoras, sino por el escaso ímpetu de la economía que debía sostener una tarea tan vasta  y, hablando con propiedad, tan poco rentable a corto plazo. Dijo todo esto y mucho más, envalentonada por el fragor del tecleteo de su máquina y los días de soledad, que acaba desproporcionándolo todo, hasta deslizar algunos tópicos que no la favorecían como investigadora en ciernes, y evidenciar que en su cerebro había confundido a veces la historia de aquellos reformistas de cien años atrás con la evanescencia de sus años hippies. Lo que no dijo fue exactamente lo único que hubiese querido decir: que el fondo de aquel mazo de cartas era un poso de amores desgraciados.
  No se levantó de la silla hasta comprobar que todo había quedado perfectamente ordenado y limpio al acabar. A continuación decidió que se merecía una ducha, y para rematar, una copa de ron y un cigarrillo, aprovechando que estaba sola y en las orillas del éxtasis, sola para rendirse un homenaje en condiciones y sin la ristra de contraindicaciones que acarreaban los homenajes cuando todos inundaban la casa. Se le ocurrió también llamar a Guillermo Andrade para decirle que ya había acabado todo, y soltar de una vez la tensión almacenada durante los últimos meses de discusiones al hilo de los estudios, ya estaba todo, por fin habría un motivo para celebraciones, Guillermo, nos falta sólo vernos, y celebrarlo, no sé qué te esperabas tú, yo estoy como una loca, dando saltos y besando tu foto ahora que no me ves, en fin, cualquier oportunidad era buena si se trataba de disfrutar de esa sonrisa tan Che Guevara, unos minutos bien empleados para soñar con el encuentro imaginario hasta que ¡puf! vuelta al silencio porque evidentemente no iba a llamar a Guillermo, ridículo sólo imaginarlo, qué iba a pensar de ella. Lo último que se dijo fue que estaba a treinta minutos de que llegaran los niños, y aún no les había preparado la ropa para el gimnasio. Conque ése fue su homenaje. 
A la tarde capituló entre las duchas de los demás, la merienda, dos llamadas telefónicas,  y la visita de Alejandra Rieger. Con dificultad supo dejar algunos encargos para la asistenta, que hablaba castellano de Lituania, sólo y exclusivamente, así que entendía casi siempre lo menos importante y ahí te quedas siñorra, y no dejó de parecerle una buena coartada la aparición de su cuñada para salir a la calle, y ahora con todas las cartas a su favor. La necesitaba aquella tarde como pocas veces, la Rieger era de las que se negaban a escuchar, con el tesón de un buen adolescente, y eso resultaba perfecto en una tarde como ésa, perfecto poder hablarle si lo único importante era poder hablarle a una pared, decir no puedo con esta situación sin esperar que nadie preguntara más. Podría confesárselo todo, estallar en euforia después de haber dado carpetazo a la investigación, pero igual, sustituir en cierto modo esa copa de ron que no podría tomarse con Guillermo, y que por cierto el ron sería tan sólo un té con limón, ni siquiera un café doble, a poder ser Brasil, porque Guillermo y Brasil terminaba siendo un sudor frío de manos, de pecho, de frente, así que té con limón, pero hoy charlando con la Rieger-comodín, y esa forma fantástica de aceptarlo todo tan sordamente, pero ella también sorda e indiferente en la tarde perfecta, contándoselo todo, que por fin había terminado la investigación, que le importaba bien poco si se publicaba o no, que las mañanas en la cafetería con Guillermo, y esa historia hermosa de Mrs. Wyard, enamorada hasta los huesos del secretario del gobernador de Granada, aunque no hubiesen encontrado una sola palabra, una miserable referencia a su amor entre las docenas de cartas, pero y qué, el amor estaba ahí, se olía su aroma arriesgado entre las frases altruistas que hablaban de la educación de los hijos de los labriegos, de los hijos de los mineros, de las mujeres que a los quince ya se constituían matronas con el destino simplificado, el amor se escondía a la sombra de las palabras, en los ribetes de las firmas, pero qué poco importaba no haber encontrado más, pues claro Alejandra, qué bonita idea para la comunión de tu pequeño Juan Alejandro.
Con el resumen de las llamadas de la tarde planeó una conversación tonta y fugaz con Octavio, y estuvo segura de que después de eso la noche le depararía un sueño largo, como necesitaba. Sin embargo las fuerzas ciegas que ordenan el territorio de los mortales volvieron a rebelarse contra sus mejores cábalas, y a medianoche se despertó cuando un gemido se le atravesó en la garganta. 
Salió al jardín unos minutos, pero hacía frío. Decidió que debía volver a entrar (siempre alguien podía al amanecer pedirle una razón para conjugar marzo crudo, las cuatro menos veinte, y una casa tan cartesiana), así que optó por la vía intermedia y se acurrucó en un sofá interior junto a la ventana que daba al jardín,  y que por supuesto resultaba más conjugable. Bostezó con un libro en la mano, y se empeñó en leer porque sabía que ésa era la medicina, pero bostezó tantas veces sin pasar del primer párrafo que decidió volver al baño en busca de una pastilla de valeriana. Prendió la luz, se miró a los ojos, y entonces se cercioró de que otra vez Mrs. Wyard había tenido la culpa de tanto sobresalto. Otra vez, como siempre, había salido corriendo tras ella por los pasillos inciertos de un palacio andaluz, mientras Octavio, sentado en el patio, fumaba un puro (pero Octavio nunca había fumado), y miraba indiferente la carrera de las dos mujeres por la balconada, ella lanzando al aire las cartas, y Mrs. Wyard amenazándola con el cuchillo de todas las pesadillas, llorando sin cólera cada vez que recuperaba una de las cartas, y se la iba guardando entre la ropa que le cubría el pecho. Ella llamaba a Octavio para que la ayudase, pero Octavio era un éxtasis de humo (y cómo se fumaba un puro si nunca le había gustado ese sabor ni esa costumbre de fumar), y qué te pasa mujer, Nieves, levanta, y ahora sí, estaba sola, sola con Octavio y sin Mrs. Wyard que se iba marchando con sus cartas por el hueco del patio hacia la noche, pero le dedicaba una última mirada recelosa, Nieves, levanta, por qué así, Mrs. Wyard, y qué si ahora tenía tanta prisa, cariño, son más de las ocho, me voy a Madrid a solucionar algunas cosas, otra vez tus pesadillas.

Los amores deletreados
No consiguió dar a la luz los trescientos cincuenta folios de la investigación sin haber dado a torcer su brazo, sobre todo cuando ella y Guillermo formulaban conclusiones. A Guillermo le encantaba llenar el pie de página con docenas de citas, porque en el fondo había pasado una mala adolescencia y le pesaba la inseguridad. Y cuando se trataba  de extraer consecuencias del barullo de artículos, reseñas, libros, conferencias y las mismas cartas, optaba siempre por lo que habían dicho otros, aunque aumentándoles el bombo. Las definiciones arriesgadas no sirven si no tienes más de cincuenta años, decía, y no parecía que le hubiera ido mal en la universidad con ese argumento. A decir verdad, ni en la universidad ni en ningún otro sitio, y era tan cierto que nunca asumía riesgos que incluso se había casado con Elena, la única novia conocida que había tenido desde los años del instituto. A Nieves Arrébola le costaba refrenar el impulso. Había leído la correspondencia de Mrs. Wyard con D. Rafael Riánsares cientos de veces, y era lo único que le importaba. Por la insistencia de Guillermo se había documentado a fondo sobre el krausismo, había leído más de veinte libros sobre Giner de los Ríos, la Institución Libre de Enseñanza y la conspicua Residencia de Estudiantes. Luego había acumulado fotocopias suficientes para justificar algún incendio forestal de los medianos, y había derrochado con la vida secreta de los masones, aunque nunca supo qué interés pudo tener todo aquello para la lectura de unas cartas que por sí mismas se bastaban.
Así que lo del amor se lo guardó para sus horas de soledad. Menudo el dislate para hacerse con una reputación de intelectual, una podía ser ligeramente arriesgada aunque Guillermo pusiese sus trabas, pero comenzar una obra erudita haciéndole concesiones al romanticismo era casi tanto como inmolarse antes de haber hecho la primera comunión. Reconocía que a veces se había puesto en duda sobre sus pesquisas y había tratado de desmentirse, se miraba en el espejo y se decía idiota, idiota, siempre los pájaros rondando por tu cabeza, que lo que ocurría es que terminaba confundiendo las ilusiones con la vida, y la vida era prosaica y tenía sus indiferencias, y su aburrimiento y sus convenciones. A decir verdad tampoco podría sostener ninguna teoría sobre los amores supuestos de Mrs. Wyard y D. Rafael Riánsares, primero porque resultaba un dato al parecer poco pertinente, y sobre todo porque en ninguna carta había hallado una palabra de más que la adentrara en el ámbito de la pasión. Y había intentado dar con ella, por supuesto. Revisó en las cartas cualquier frase que asemejara una insinuación amorosa, ya fuese por medio de símbolos, o de alguna clave secreta de enamorados. Luego buscó combinaciones de letras, algún posible acróstico entre las miles de líneas escritas, y así encontró cuatro secuencias TE AM, dos veces la secuencia MOR, y diez o doce variaciones del TQU sin llegar a cuajar en nada más tangible, al hilo de unos textos que obcecadamente divagaban sobre la necesidad de una educación laica, y gratuita y universal. Al final miró con lupa cualquier mancha de tinta que alargara el trazo de una letra sospechosa, cualquier voluta innecesaria que pudiera insinuar un corazón, o un falo, o cosa semejante, lo que fuera. Pero harta de milongas que debían de estar sólo en su mente, terminó por perder  la esperanza cuando lo único que pudo encontrar fue un anagrama que sólo existió en su imaginación tomando las letras T-E-A-M-O de una página que versaba sobre los ilustrados alemanes. Derrotada, se dijo lo que cualquier ser humano honesto, que buscamos en las historias de los demás lo que le falta a la nuestra.
De toda esta búsqueda acabó por sentirse tan ridícula que no pudo por menos que rezar para que en las charlas con Guillermo Andrade jamás se le escapase una palabra sobre el tema. Se dijo idiota alguna vez más, se miró en el espejo hasta que al otro lado apareció la niña de las trenzas bien atadas con su uniforme de colegial, y ella misma le reprochó lo imperdonable de creer en esos amoríos, con las patas de gallo que se le estaban marcando y las ojeras cada vez más cárdenas y descolgadas, ya no eres una niña, le decía la del espejo, a las mujeres adultas se les exige que tengan los pies en el suelo, y el melodrama era sólo para llorar en el teatro. A Nieves Arrébola le sentó tan mal el sermón, que apagó la luz y la dejó con la palabra en la boca.

Aromas de cafetería
Cinco días después se despertó descompuesta: Mrs. Wyard ya no había vuelto a aparecer en sus sueños. Pensó que la soledad de los días había terminado alargándose hasta sus noches, y ésa era ya demasiada soledad. Contaba al menos con el hecho de que había amanecido jueves, y eso significaba que habría reunión con Guillermo en la cafetería.
Desde bien temprano puso un disco de Bola de Nieve, y la mejor parte de la mañana se le fue tarareando penas entre la lista de convenciones que tan bien sabía cumplir. Tuvo una llamada de Octavio, que seguiría en Madrid hasta el fin de semana para solucionar los problemas de las acciones y la compra de unas oficinas en la Castellana. Luego repasó un catálogo de cortinas, mandó a la asistenta a hacer la compra, y le encargó un capricho que no supo explicar: hoy tomaría vino verde portugués. Cuando quiso ser consciente de lo que le pasaba, los boleros se le habían metido en los huesos, y hacía rato que no paraba de llorar. Entonces volvió a la historia  de Mrs. Wyard.
Según sus investigaciones, Mrs. Wyard había venido a España con la edad de una niña, aunque llevara casada seis años con un lord inglés que había rebasado la línea de los cincuenta ya hacía tiempo. En España conoció la luz mediterránea, la tierra roja recamada de las verdes manchas de los olivos, la mirada adusta de los labriegos como pastores de la Arcadia. En Granada intimó con los ingleses que habitaban las casas vecinas de la Alhambra, reproduciendo sin saberlo los esquemas sociales que había traído de Inglaterra dentro de su maleta de niña. Años después, tal vez antes de sus veinticinco, vivía volcada en las labores sociales, y sobre todo andaba empeñada en escolarizar a los niños de los alrededores de Granada, de Cenes de la Vega, Ogíjares, Armilla. Una carta de D. Rafael Riánsares, por la Pascua de 1910 justificaban la sospecha de que debían haberse conocido unos meses antes (el estilo y el trato era aún demasiado formal) y del resto de la correspondencia se deducía que habían sido habituales de los círculos progresistas donde aún se veneraba la figura de Mariana Pineda.
En 1913, Mrs. Wyard y su marido desaparecen de Granada. Vuelven para siempre a su Inglaterra natal, y de allí apenas sabemos de los negocios del lord, que aumentaron con tal fortuna que, a su muerte dejó una herencia difícil de estimar. No volvieron a España. Ni siquiera mandaron alguna otra carta. Sólo se sabe que a veces enviaron ayuda a un joven intrépido, amigo de la familia, que se había empeñado en venir al sur con la excusa de estudiar las costumbres. Se llamaba Gerald Brenan.
En ese vacío Nieves Arrébola creyó que podía estar la clave de sus estudios. De las más de ochenta cartas que componían la correspondencia entre la inglesa y el español, se entendía una relación estrecha y continua de unos tres años, cierto que en ningún momento la fama virtuosa de Mrs. Wyard podría ponerse en entredicho, como tampoco la del secretario del gobernador. Sin embargo era sospechosa la frecuencia de las misivas, que fue en aumento constante hasta llegar a las dos o tres por semana. Cuando esta relación se interrumpe para siempre, se encontraba en el momento máximo de confianza. Ahí supo que sólo existía una explicación, y en efecto, la más previsible: se habían enamorado. Porque una mujer entiende a otra mujer, incluso con una sima de cien años de por medio. Lo difícil sería demostrar esta parte de la historia, y después justificar su importancia en un libro que abundaría en otros temas más sabios.
Aun sin saber cómo bordar ese ribete se presentó en la cafetería dispuesta a defenderlo, como fuese. Se sentó en la mesa 9, y mientras esperaba a Guillermo Andrade se tomó un vaso de agua natural con gas. Hizo tiempo repasando su agenda, y luego sacó de una carpeta un volumen de folios escritos a bolígrafo, con las notas que Guillermo le había ido pasando a lo largo de todos esos meses de investigación. Las manías de Guillermo se hacían evidentes en los detalles de escolar: los números rojos en cada página, los espacios dobles bien medidos, los márgenes dibujados a lápiz, en fin, se sonrió de encontrar a Guillermo en cada palmo de papel, y aquello le gustó. Fingiendo que descifraba una grafía oscura se acercó el papel a la cara, y aspiró con fuerza: en efecto estaba también allí su aliento pegado a cada frase, a cada garabato dibujado. Durante los segundos en que la felicidad pasaba por delante de su puerta sólo fue capaz de sentir la comezón de la culpa. Todavía le brillaba el rubor en las mejillas cuando le puso la mano en el hombro Guillermo Andrade.
Guardó con tanta premura los folios manuscritos y con tanto escándalo que resultó una colegiala talludita. Enseguida hizo por llamar la atención del camarero, pidió alguna cosa para beber, y luego metió la cara en su bolso fingiendo que el bolígrafo se le resistía. Pero sobre el cuello sentía cómo se le clavaba la mirada atónita y acaso preñada de lujuria con que la miraba Guillermo.
Nieves Arrébola prefirió empezar hablando de su vida vulgar, de la fiesta de cumpleaños que prepararía para el pequeño, del fin de semana que le esperaba en Burriana con sus cuñados, de esa costumbre kitsch de navegar en yate y pasar las tardes charlando en el Club de Regatas entre más perlas que un buceador de Java. Él habló mucho menos. Habló de su trabajo en la universidad, habló de los planes de ampliación de su departamento, habló de Krause, y habló de algunos especialistas en historia contemporánea. Después de un trago largo a su café con leche debió dar por terminada su alocución académica, y echando mano de toda su sutileza le preguntó por Octavio. A Nieves Arrébola se le hizo de repente mucho más grande el paisaje estrecho de su vida vulgar.
En fin, a qué molestarse, si Guillermo era así y ella ya lo sabía, Guillermo siempre tan hombre y los hombres, bueno, podría ahorrarse la revisión de todos los tópicos masculinos, aunque encajaban perfectos. Prefirió levantar el libro entre sus dedos y comenzar a explicarle uno por uno los bloques de contenido en que había dividido todo el trabajo. Le dijo acércate, y como no parecía darse por enterado, se acercó ella misma para compartir el momento mágico. La subyugaba el olor de Guillermo, el aroma de animal que manaba de su pelo, de la piel, cómo todo se impregnaba de su aire y acababa formando parte de su contorno, y se alegró otra vez de ser su contorno, y de impregnarse. Repitió la escena como sabía, y se dejó acunar por la salmodia de sus explicaciones, quiso jugar a volverse niña y a estar enamorada sin que en casa lo supiesen, ni papá ni mamá, borrar por unos momentos a Octavio del libro de familia, dejarse devorar por Guillermo, y Guillermo hablando y mirando, tan intelectual y tan serio, y tan sesudo, y tan intangible. Decía algo sobre la conclusión, y ahora sonreía (pero qué importaba lo que dijera, si sonreía), mientras Nieves Arrébola enumeraba con angustia otros puntos de partida, otra excusa futura para escribir cualquier tesis nueva, cómo dejar para más tarde ese problema, Guillermo, ¿no entiendes?, ahora tengo que descubrir algún otro misterio, indagar entre los libros que no importan a nadie la forma precisa de rescatarte, volver a meterte en mis tardes de cafetería hablando de lo que sea, aunque entiendo que a ti te importe tanto Krause, y esos pensadores de hace cien años, bueno, tal vez encuentre otro momento para escucharte mejor, pero déjame un momento, parece que algo me lastima el ojo, y se rascaba tan coqueta con la puntita de su pañuelo que al final Guillermo se acercó, y ella se dejó acercar, y notó que su aliento era suficiente para devolverle la vida. 
En el tocador de señoras, mientras luchaba por calmarse, volvió en su mente a la pesadilla de Mrs. Wyard. Recordó cómo la perseguía en un torbellino que semejaba una sucesión de patios andaluces. Repasó otra vez las docenas de cartas de amor que no hablaban de amor, y en la razón última que las justificaría. Pensó en Octavio.  Pensó en Guillermo, y en su vida correcta de señora condenada a ser feliz. Pensó en Adán, en Eva, y en el sistema de convencionalismos que inventaron con los siglos los envidiosos que nacieron de su estirpe. Pensó que las hojas con las anotaciones de Guillermo Andrade olían perfectamente a Guillermo Andrade. Pensó que en ningún sitio se escondería mejor el amor de aquellos reformistas que en el propio hecho de enviarse misivas impregnadas del aliento enamorado. Por eso se habían escrito tanto, hablasen de lo que hablasen. Una carta transporta más que un puñado de ideas: transporta vida adherida al papel. Dicho de otra forma, ochenta cartas eran otros tantos besos, otros tantos abrazos. 
Epílogo
Antes de salir se empolvó con cuidado para disimular sus mejillas encarnadas. Luego se retocó el pelo y con mucho cuidado bebió un poco de agua del grifo, porque notaba que el nudo de la garganta le hacía daño. Se sintió feliz y se sintió miserable, y rezó algo que recordaba para que alguna fuerza desconocida impidiera que su marido se la llevara para siempre a Inglaterra. Luego salió con su paso decidido y el mentón levantado (como había visto que caminaban las mujeres desgraciadas), y vio que en la mesa, de espaldas a ella, un camarero le encendía un puro a Guillermo, que después de todo, nunca fumaba.


(Este relato es la versión adaptada del que ganó el accésit del Premio Ciudad de Novelda, en diciembre de 2007).

Sumarios:



“ Se sintió feliz y se sintió miserable, y rezó algo que recordaba para que alguna fuerza desconocida impidiera que su marido se la llevara para siempre a Inglaterra”
“El ron sería tan sólo un té con limón, ni siquiera un café doble, a poder ser Brasil, porque Guillermo y Brasil terminaba siendo un sudor frío de manos”
 
“ Cinco días después se despertó descompuesta: Mrs. Wyard ya no había vuelto a aparecer en sus sueños. Pensó que la soledad de los días había terminado alargándose hasta sus noches, y ésa era ya demasiada soledad”.