Al parecer esta noche no está Germán. No, es seguro que no está Germán. Si hubiese estado de servicio ya hacía tiempo que habría pasado a hacerle una visita. Germán es ese tipo de empleado que sabe pasar ante el ojo del jefe siempre en el momento perfecto para bordar una fama de diligente, y mantenerla en el tiempo. A cambio se cobra el derecho de andar a sus anchas por donde le parece, sin que nadie nunca le pregunte qué estás haciendo fuera de tu sitio. Es un tipo rumboso y listo.
No tuvo dudas de quién era después de que una noche, a las tantas de la madrugada le diera por cantar una canción de Aute, cerveza en mano, mandando al carajo a los presos que lo amenazaban con arrancarle los huevos si no se callaba de una jodida vez. Germán conocía bien la norma de la cárcel, la escrita y la otra, y sabía por instinto lo que no hubiera podido nunca formular en una mera frase: que dentro de aquellas paredes sólo tenían derechos los que habían aprendido el arte de hacerse respetar. Y él lo conocía. A su manera, pero lo conocía.
Delio y él se cayeron bien desde la primera vez que se vieron en la enfermería. Pero esa noche avanzaron otro paso en su camino juntos, acaso por el pitillo que Delio le ofreció en medio del escándalo que sacudió la cárcel durante la noche cantante, acaso por la cerveza belga que compartieron mientras el resto del funcionariado revisaba una a una las celdas imponiendo silencio en la galería. Se cayeron bien sin buscarse razones, y eso bastaba. Lo del interés que pudiera tener el uno en el otro era secundario, venía en el lote de la amistad sin duda, pero no era lo principal. Era cierto que a Delio le venía de perlas un enlace con los despachos de la prisión. Y que a Germán no le estaba de más un preso que hablaba con pico de oro y tenía dinero suficiente para seguir pagando cervezas y tabaco por muchos años. Así que secundario todo, pero nada despreciable.
Hablaban a menudo durante la noche, de la vida y de la muerte, y después de eso, de todo lo demás. Germán guardaba con celo, y algo de solera añadida, un fardo enorme de memoria, suficiente para llenar de argumentos a una docena de escritores sin vida propia. Cada noche desgranaba algunas anécdotas, y si la cosa entraba en calor era capaz de convertir una sola de ellas en la historia más grande de su vida. Tuvo muchas historias-más-grandes-de-su-vida. Las contaba sin empalago y con distancia, como los buenos contadores, y tenía el olfato fino para saber dónde estaba la atención de quien le oía. Le encantaba dejar la historia en un momento de máxima emoción, y aprovechaba para decir que ya era suficiente, que no quería hacerse pesado y todas esas coartadas, y que seguía con la ronda de la galería, no le fueran a criticar los colegas de la noche. Así sabía que podría volver cuantas veces quisiera, que siempre había alguna excusa para recuperar la conversación, y seguir contando vida y milagros hasta nueva interrupción, y vuelta a empezar.